Tema 27: La Biblia y la Tradición

Queridos hermanos:

A menudo los hermanos evangélicos, discutiendo con nosotros los católicos, nos dicen: «¿Dónde habla la Biblia del purgatorio? ¿Dónde dice la Biblia que San Pedro fue a Roma? ¿De dónde sacan ustedes los católicos eso de que María es la Inmaculada Concepción y que subió al cielo en cuerpo y alma?».

Para los evangélicos, la Revelación Divina y la Biblia son lo mismo. Es decir, para ellos solamente en la Biblia se encuentra toda la Revelación de Dios.

Ahora bien: ¿Es correcta esta posición? ¿Es cierto que la Biblia contiene todo el Evangelio de Cristo? ¿Qué dice la misma Biblia al respecto? Además, ¿quién reunió todos los libros inspirados que constituyen la Biblia? ¿Acaso no fue la Iglesia la que recibió el encargo de predicar el Evangelio por todo el mundo, hasta el fin de los tiempos? ¿Qué hubo primero: la Biblia o la Iglesia?

Hermanos, en esta carta les explicaré por qué la Revelación Divina no abarca solamente la Biblia, como piensan los evangélicos, sino que la Revelación de Dios se manifiesta en la Tradición Apostólica y en la Biblia. Es un tema un poco difícil, pero fundamental para la comprensión correcta de la fe católica. Es un tema que ha sido causa de muchos malos entendidos entre la Iglesia Católica y las distintas iglesias evangélicas.

1. La Revelación Divina:

La Revelación es la manifestación de Dios y de su voluntad acerca de nuestra salvación. Viene de la palabra «revelar», que quiere decir «quitar el velo», o «descubrir».

Dios se reveló de dos maneras:

1) La Revelación natural, o revelación mediante las cosas creadas. Dice el apóstol Pablo: «Todo aquello que podemos conocer de Dios El mismo se lo manifestó. Pues, si bien a El no lo podemos ver, lo contemplamos, por lo menos, a través de sus obras, puesto que El hizo el mundo, y por sus obras entendemos que El es eterno y poderoso, y que es Dios» (Rom 1,19-20).

2) La Revelación sobrenatural o divina. Desde un principio Dios empezó también a revelarse a través de un contacto más directo con los hombres, mediante los antiguos profetas y de una manera perfecta y definitiva en la persona de Cristo Jesús, el Hijo de Dios. «En diversas ocasiones y bajo diferentes formas, Dios habló a nuestros padres, por medio de los profetas, hasta que, en estos días que son los últimos, nos habló a nosotros por medio de su Hijo» (Heb.1,1-2). Jesús nos reveló a Dios mediante sus palabras y obras, sus signos y milagros; sobre todo mediante su muerte y su gloriosa resurrección y con el envío del Espíritu Santo sobre su Iglesia. Todo lo que Jesús hizo y enseñó se llama «Evangelio», es decir, «Buena noticia de la Salvación».

2. ¿Cómo fue transmitida la Revelación Divina?

Para llevar el Evangelio por todo el mundo, Jesús encargó a los apóstoles y a sus sucesores, como pastores de la Iglesia que El fundó personalmente:

 «Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado. Yo estoy con ustedes todos los días has-ta que se termine este mundo» (Mt. 28,18-20).

Aquí notamos cómo Jesús ordenó «predicar» y «proclamar» su Evangelio. Y de hecho los Apóstoles «predicaron» la Buena Nueva de Cristo. Años después algunos de ellos pusieron por escrito esta predicación. Es decir, al comienzo la Iglesia se preocupó de predicar el Evangelio. Por supuesto el Evangelio que Jesús entregó a los Apóstoles no estaba escrito. Jesús no escribió nunca una carta a sus Apóstoles; su enseñanza era solamente oral. Así lo hicieron también los Apóstoles.

3. La Tradición Apostólica

Este mensaje escuchado por boca de Jesús, vivido, meditado y transmitido oralmente por los Apóstoles, se llama «la Tradición Apostólica».

Cuando aquí hablamos de la Tradición» (con mayúscula), nos referimos siempre a la «Tradición Apostólica». No debemos confundir «la Tradición Apostólica» con la «tradición» que en general se refiere a costumbres, ideas, modos de vivir de un pueblo y que una generación recibe de las anteriores. Una tradición de este tipo es puramente humana y puede ser abandonada cuando se considera inútil. Así Jesús mismo rechazó ciertas tradiciones del pueblo judío: «Ustedes incluso dispensan del mandamiento de Dios para mantener la tradición de los hombres» (Mc.7,8).

La Tradición Apostólica se refiere a la transmisión del Evangelio de Jesús. Jesús, además de enseñar a sus apóstoles con discursos y ejemplos, les enseñó una manera de orar, de actuar y de convivir. Estas eran las tradiciones que los apóstoles guardaban en la Iglesia. El apóstol Pablo en su carta a los Corintios se refiere a esta Tradición Apostólica: «Yo mismo recibí esta tradición que, a su vez, les he transmitido» (1 Cor. 11, 23).

Resumiendo, podemos decir que Jesús mandó «predicar», no «escribir» su Evangelio. Jesús nunca repartió una Biblia. El Señor fundó su Iglesia, asegurándole que permanecerá hasta el fin del mundo. Y la Iglesia vivió muchos años de la Tradición Apostólica, sin tener los libros sagrados del Nuevo Testamento.

4. La Biblia

Solamente una parte de la Palabra de Dios, proclamada oralmente, fue puesta por escrito por los mismos apóstoles y otros evangelistas de su generación.

Estos escritos, inspirados por el Espíritu Santo, dan origen al Nuevo Testamento (NT), que es la parte más importante de toda la Biblia. Está claro que al escribir el NT, no se puso por escrito «todo» el Evangelio de Jesús.

«Jesús hizo muchas otras cosas. Si se escribieran una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros», nos dice el apóstol Juan (Jn. 21,25).

La Sagrada Escritura, y especialmente el NT, es la Palabra de Dios, que nos manifiesta al Hijo en quien expresó Dios el resplandor de su gloria (Heb.1,3).

Podemos decir que sólo la parte más importante y fundamental de la Tradición Apostólica fue puesta por escrito. Por esta razón la Iglesia siempre ha tenido una veneración muy especial por las Divinas Escrituras.

5. Biblia y Tradición

Después de esto podemos decir que la revelación divina ha llegado hasta nosotros por la Tradición Apostólica y por la Sagrada Escritura. No debemos considerarlas como dos fuentes, sino como dos aspectos de la Revelación de Dios. El Concilio Vaticano II lo describe muy bien: «La Tradición Apostólica y la Sagrada Escritura manan de la misma fuente, se unen en un mismo caudal y corren hacia el mismo fin». La Tradición y la Escritura están unidas y ligadas, de modo que ninguna puede subsistir sin la otra.

Además, la Sagrada Escritura presenta la Tradición como base de la fe del creyente: «Todo lo que han aprendido, recibido y oído de mí, todo lo que me han visto hacer, háganlo» (Fil.4,9). «Lo que aprendiste de mí, confirmado por muchos testigos, confíalo a hombres que merezcan confianza, capaces de instruir después a otros» (2. Tim. 2,2).

«Hermanos, manténganse firmes guardando fielmente las tradiciones que les enseñamos de palabra y por carta» (2 Tes. 2,15).

Está claro que el Apóstol Pablo, para confirmar la fe de los cristianos, no usa solamente la Palabra de Dios escrita, sino que recuerda también de una manera muy especial la Tradición o la predicación oral. Para el Apóstol las formas de transmisión del Evangelio: Sagrada Escritura y Tradición, tienen la misma importancia. En realidad, una vez que se escribió el NT no se consideró acabada la Tradición Apostólica, como si estuviera completa la Revelación Divina. La Biblia no dice eso; en ninguna parte está escrito que el cristiano debe someterse ¡sólo a la Biblia! Esta es una idea que surgió entre los protestantes recién en los años 1550. En la Iglesia Católica hubo siempre una conciencia clara sobre la importancia de la Tradición Apostólica, sin quitar a la Biblia el valor que tiene.

6. ¿Sólo la Biblia?

Es un error creer que basta la Biblia para nuestra salvación. Esto nunca lo ha dicho Jesús y tampoco está escrito en la Biblia. Jesús, reitero, nunca escribió un libro sagrado, ni repartió ninguna Biblia. Lo único que hizo Jesús fue fundar su Iglesia y entregarle su Evangelio para que fuera anunciado a todos los hombres hasta el fin del mundo. Fue dentro de la Tradición de la Iglesia donde se escribió y fue aceptado el N.T., bajo su autoridad apostólica. Además la Iglesia vivió muchos años sin el N.T., el que se terminó de escribir en el año 97 después de Cristo. Y también es la Iglesia la que, en los años 393-397, estableció el Canon o lista de los libros que contienen el N.T.

Por tanto, si aceptamos solamente la Biblia, ¿cómo sabemos cúales son los libros inspirados? La Biblia, en efecto, no contiene ninguna lista de ellos. Fue la Tradición de la Iglesia la que nos transmitió la lista de los libros inspira-dos. Supongamos que se perdiera la Biblia, en ese caso la Iglesia seguiría poseyendo toda la verdad acerca de Cristo, la cual hasta la fecha ha sido transmitida fielmente por la Tradición, tal como lo hizo antes de escribir el NT.

Los evangélicos, al aceptar solamente la Biblia, están reduciendo considerablemente el conocimiento auténtico de la Revelación Divina. Guardemos esta ley de oro que nos dejó el apóstol Pablo: «Manténganse firmes guardando fielmente la Tradiciones que les enseñamos de palabra y por carta» (2 Tes. 2,15).

7. El Magisterio de la Iglesia

La Revelación Divina abarca la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura. Este depósito de la fe (cf. 1 Tim. 6, 20; 2 Tim. 1, 12-14) fue confiado por los Apóstoles al conjunto de la Iglesia. Ahora bien el oficio de interpretar correctamente la Palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia. Ella lo ejercita en nombre de Jesucristo. Este Magisterio, según la Tradición Apostólica, lo forman los obispos en comunión con el sucesor de Pedro que es el obispo de Roma o el Papa.

El Magisterio no está por encima de la Revelación Divina, sino que está a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido. Por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, el Magisterio de la Iglesia lo escucha devotamente, lo guarda celosamente y lo explica fielmente.

Los fieles, recordando la Palabra de Cristo a sus apóstoles: «El que a ustedes escucha, a mí me escucha» (Lc.10, 16), reciben con docilidad las enseñanzas y directrices que sus pastores les dan de diferentes formas. El Magisterio de la Iglesia es un guía seguro en la lectura e interpretación de la Sagrada Escritura, «ya que nadie puede interpretar por sí mismo la Escritura» (2 Ped. 1, 20).

El Magisterio de la Iglesia orienta también el crecimiento en la comprensión de la fe. Gracias a la asistencia del Espíritu Santo, la comprensión de la fe puede crecer en la vida de la Iglesia cuando los fieles meditan la fe cristiana y comprenden internamente los misterios de la Iglesia. Es decir, el creyente vive la palabra de Dios en las circunstancias concretas de la historia y hace cada vez más explícito lo que estaba implícito en la Palabra de Dios.

En este sentido la Tradición divino-apostólica va creciendo, como sucede con cualquier organismo vivo.

Este es precisamente el significado que hay que dar a las definiciones dogmáticas, hechas por el Magisterio de la Iglesia.

Conclusión:

1. Resumiendo, podemos decir que la Iglesia no saca solamente de la Escritura la certeza de toda la Revelación Divina.

2. La Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un único depósito sagrado de la Palabra de Dios, en el cual, como en un espejo, la Iglesia peregrinante contempla a Dios, fuente de todas sus riquezas.

3. El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios ha sido confiado únicamente al Magisterio de la Iglesia, a los obispos en comunión con el Papa.

4. La Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el plan de Dios, están íntimamente unidos, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros. Los tres, cada uno según su carácter, y bajo la acción del único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de los hombres.

Cuestionario:

¿Qué fue primero: la Biblia o la Iglesia? ¿Qué significa la palabra revelación? ¿De cuántas maneras se reveló Dios al Hombre? ¿Qué ordenó Jesús antes de subir al cielo? ¿Cuándo se pusieron por escrito las enseñanzas de Jesús? ¿Qué significa la palabra Tradición Apostólica? ¿Basta la sola Biblia para la salvación? ¿Jesús fundó una Iglesia o mandó difundir la Biblia? ¿Cuál es la función del Magisterio?

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Tema 28:  Carta abierta a un hermano separado

Queridos hermanos:

Aquí les envío una carta que escribí pensando en un hermano separado:

«Antes que nada quiero decirte, sinceramente, que te considero como un verdadero hermano mío, y que te aprecio y te admiro por muchas cosas buenas que he visto en ti y en tu iglesia.

Admiro tu deseo de dar a conocer a Cristo y tu entrega... De veras que muchas veces he sentido en mi corazón una santa envidia por tu celo apostólico.

Naturalmente, hay también ciertas cosas que no me gustan en tu actuación. De esto he hablado en varias de mis cartas anteriores. De todos modos, ¿en qué familia no hay problemas o malentendidos?

Lo que quiero aclarar ahora es esto: «Te admiro y te aprecio como un verdadero hermano en Cristo».

En realidad, lo que nos une es bien profundo:

-Tú y yo creemos igualmente en el mismo Dios, Creador, Providente y Padre amoroso. Y esto, de por sí, ya es mucho en un mundo tan materialista y lleno de pesimismo.

-Tú y yo creemos igualmente en Jesucristo como «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn.14, 6), el único Salvador, Señor y Mediador entre nosotros y el Padre.

-Los dos amamos igualmente y estudiamos la Biblia, tratando de descubrir en ella la voluntad de Dios.

Hay muchas otras cosas más que nos unen. Pero he querido subrayar solamente las más importantes, para que nos demos cuenta de que, en lugar de fijarnos en lo que nos divide, aprendamos a fijarnos mejor en lo que nos une, para tratar de vivir el mandamiento nuevo que nos dejó Jesús, con sinceridad y sin exclusivismos: «Ámense unos con otros, como yo los amo a ustedes» (Jn15,12).

Estamos separados

Pero por desgracia, no estamos completamente unidos. El pecado nos ha dividido. Hemos desgarrado el cuerpo de Cristo. Cristo está roto por nuestra culpa y por la culpa de nuestros mayores. El adversario nos ha ganado.

En lugar de luchar juntos para mejorar la Iglesia, cada uno ha querido hacerlo a su modo, apartándose del hermano. El sueño de Cristo, expresado con tanta insistencia en la vigilia de su pasión y muerte, se ha esfumado:

«Que todos sean uno,
como Tú, Padre, estás en mí y yo en ti.
Sean también ellos uno en nosotros:
así el mundo creerá
que tú me has enviado»
(Jn.17,21)

 Y como consecuencia, a causa de nuestras divisiones, muchos llegan a rechazar a Cristo y a odiar cualquier religión, privándose así de esta gran riqueza. A causa de nuestras divisiones nuestros pueblos están internamente divididos y debilitados en su espíritu comunitario. Y todo esto, ¡por nuestra culpa! ¡Qué gran responsabilidad tenemos frente al mundo, por nuestras divisiones! «Así el mundo creerá que Tú me has enviado» (Jn.17,21), dijo Jesús. Y ¿cómo va a creer si estamos desunidos?

Al estar nosotros divididos, muchos no creen en Cristo, de modo que, en lugar de ser un signo de que Cristo es el enviado de Dios, representamos, mediante nuestra división, una piedra de tropiezo para los que quisieran acercarse a El.

Muchos piensan: «Quiero buscar a Dios, a lo mejor el cristianismo me da la clave. Pero... Otro le contesta: Fíjate que ¡los mismos cristianos están divididos entre sí y se odian!... Mejor busco por otro lado». Y puede ser que dejen de buscar para siempre, decepcionados de todo y de todos.

Y este problema de la división ya apareció desde el principio, viviendo todavía los apóstoles. De modo que no le podemos achacar la culpa a una determinada persona o institución. De por sí el hombre es pecador y tiende a apartarse de Dios y de su hermano. Puede ser por envidia, orgullo, intereses personales, etc. para formar un grupo aparte y sentirse superior. Todo lo demás es puro pretexto. En realidad, la voluntad de Cristo es muy clara: «Que todos sean uno» (Jn. 17, 21). El que se aparta, para formar otro grupo, tiene que saber claramente que se está portando mal, poniéndose en contra de la voluntad clara de Cristo. Jesús quiere la unidad de todos los que creen en su nombre. La división viene del pecado y del demonio.

«Cada uno va proclamando:
Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo,
yo soy de Pedro, yo soy de Cristo
¿Acaso está dividido Cristo?»
 (1Cor.1,12-13).

«Hijitos míos, es la última hora, y se les dijo que tendría que llegar el Anticristo; en realidad, ya han venido varios anticristos, por donde comprobamos que ésta es la última hora. Ellos salieron de entre nosotros mismos, aunque realmente no eran de los nuestros. Si hubieran sido de los nuestros, se habrían quedados con nosotros. Y al salir ellos, vimos claramente que entre nosotros no todos eran de los nuestros» (1Jn. 2, 18-19).

A Dios el juicio

Hermano en Cristo: Recuerda que no es mi intención ofenderte. Solamente quiero que reflexiones en forma más detenida sobre la cita bíblica anterior. Si crees que no viene al caso para ti, no te preocupes. Entonces esta reflexión podrá servir para otros.

Muchos dicen: «Cuando yo era católico, era malo, me emborrachaba, le pegaba a mi mujer, etc. Cuando dejé la religión católica y entré en esta nueva religión, encontré a Cristo y cambié de vida».

Ahora mi pregunta es la siguiente y quisiera que la respondieras con toda sinceridad: «Antes de cambiar de religión, ¿conocías de veras el catolicismo? Y si lo conocías, ¿tratabas de vivirlo? ¿O tal vez abandonaste el catolicismo antes de haberlo conocido y vivido?

No quiero juzgarte ni culparte de nada. Para mí las palabras de JesúsNo juzguen y no serán juzgados» (Lc. 6, 37), son ley. Quiero solamente decirte esto: Si antes de conocer y vivir el catolicismo cambiaste de religión: «Tú no eras de los nuestros. Si hubieras sido de las nuestros, te habrías quedado con nosotros. Al salirte, vimos claramente que entre nosotros no todos eran de los nuestros» (1 Jn. 2, 19).

Y este problema sigue todavía. A causa de tantos malos ejemplos presentes en la Iglesia, a falta de buenos evangelizadores y frente a la triste realidad de una masa que se llama católica, carente de instrucción y vivencia cristiana, muchos se aprovechan para desacreditarla y sacar gente para sus distintos grupos.

¿Lo hacen con sinceridad? ¿Por interés? ¿Por orgullo? ¿Por odio en contra de la Iglesia Católica? ¿Por motivos políticos, tratando de adormecer las conciencias y así detener la marcha de la Iglesia Católica en favor de los derechos fundamentales de la dignidad del hombre y de la igualdad de todos los pueblos?

Yo creo que hay de todo. Sólo Dios conoce el corazón del hombre y sabe por qué razones actúa cada cual.

Mi intención es ponerte en guardia, para que no creas fácilmente a cualquier persona que te hable muy bonito de Cristo, persiguiendo otros fines, reconocidos abiertamente o no.

Tú obedece a tu conciencia. Si estás convencido de que andas bien, sigue adelante según tu conciencia y sin temor. Dios juzga el corazón. Si eres sincero contigo mismo y buscas la verdad, no tengas miedo. Dios te ayudará. Ora mucho y sigue buscando la voluntad de Dios. Tal vez estas cartas que escribo te podrán ayudar en algo.

Que Cristo sea conocido

No obstante lo anterior, yo, por mi parte, sigo siendo optimista. Me doy cuenta perfectamente de que para algunos «la religión es puro negocio» (1 Tim. 6, 5). Me doy cuenta que algunos viven de lo que otros cooperan.

En realidad, «el amor al dinero es la raíz de todos los males» (1 Tim. 6, 10). Sin embargo, lo que más importa es que Cristo sea conocido, aunque se trate de un Cristo roto y con verdades a medias. Algo es algo.

Claro que me gustaría que estuviéramos todos unidos y predicáramos al mismo Cristo con amor hacia todos, dando testimonio de aquel Reino de paz y justicia, que Cristo vino anunciar y empezó a implantar en este mundo. Pero... hay que ser realistas. Es un hecho que somos pecadores y que no logramos hacer las cosas a la perfección.

A este propósito recuerdo las palabras de San Pablo: «Algunos son llevados por la envidia y quieren hacerme la competencia, pero, al fin, ¿qué importa que unos sean sinceros y otros hipócritas? De todas maneras, se anuncia a Cristo y eso me alegra, y seguiré alegrándome» (Fil1,15-18).

Se llegará a la unidad

A pesar de las fuerzas destructoras y los fanatismos que operan en este mundo, estoy convencido de que el sueño de Cristo se va a realizar algún día. La verdad tiene que abrirse paso; si somos dóciles a los impulsos del Espíritu, se llegará a la unidad:

«Yo soy el Buen Pastor: conozco mis ovejas y ellas me conocen a mí.
Tengo otras ovejas, que no son de este corral.
A ellas también las llamaré y oirán mi voz:
y habrá UN SOLO REBAÑO, como hay un solo pastor»  (Jn. 10,14-16)

Así pues, adelante, hermano, con fe en estas palabras de Jesús. Un día llegaremos a formar una sola Iglesia todos los creyentes en Cristo. Tratemos de luchar para que este día no sea muy lejano.

Quiero terminar esta carta con las palabras de un pastor protestante:

«No te conformes nunca con el escándalo de la separación de los cristianos que tan fácilmente proclaman el amor al prójimo pero siguen viviendo separados. Busca ardientemente la unidad del Cuerpo de Cristo» (Pastor Roger Schultz).

El Mesías Verdadero al darles la Comunión
dijo vivan en unión hasta el último momento.
Este es mi testamento no me lo hagan al revés
tengan un solo querer perseveren bien unidos
no se olviden mis amigos de cumplir este deber
Hoy después de dos mil años esta es la pura verdad
se perdió aquella unidad que el Señor dejó ordenado.
El nos llama a reencontrarnos en amor y santa unión
busquemos de corazón aquella unidad perdida
y sanemos las heridas que causó la división.

Cuestionario:

¿Qué pidió Jesús en la oración sacerdotal? ¿Cuál es la realidad actual que nos toca vivir? ¿Por qué estamos se-parados? ¿Va esto contra la expresa voluntad de Jesús? ¿Es también esto un escándalo par l mundo? ¿Dificulta esto la evangelización a nivel mundial? ¿Por qué algunos católicos se cambian a los evangélicos? ¿Por qué renuncian tan fácilmente a la Fe Católica? ¿Estamos suficientemente informados sobre los postulados de nuestra Fe? ¿Llegará algún día la unidad deseada por Jesús? ¿Qué se nos exige mientras?

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Tema 29:  ¿Quiso Jesús una sola Iglesia?

Queridos hermanos:

No es raro escuchar de labios de algún católico: «Yo amo a Jesús pero no me importa la Iglesia». Creo que esta opinión, para muchos, es simplemente un pretexto para seguir viviendo como «católicos a su manera». No hacen caso a la Iglesia, no van a la Misa, no quieren prepararse para recibir dignamente los sacramentos, no hay obediencia a la Jerarquía eclesiástica, sólo cuando les conviene se acercan a la Iglesia y dicen que siguen la religión «a su manera».

Otros, no sin dolor, van repitiendo que su aspiración es amar a Cristo pero al margen de la Iglesia. Ellos se separan de su Iglesia porque no ven una clara coherencia entre lo que se dice y lo que se hace; sienten que el lenguaje y la vida de los católicos están alejados del Evangelio.

La Iglesia no es algo abstracto. Somos nosotros, laicos y pastores, comunidad creyente, su rostro visible. La Iglesia es humana y divina a la vez. Y sabiendo que esta Iglesia lleva en sus miembros las huellas del pecado, es necesario que nos preguntemos muy en serio: ¿Qué Iglesia confesamos, en qué Iglesia creemos, en qué Iglesia servimos? La respuesta es clara: Pertenecemos a la Iglesia que Jesucristo soñó, la Iglesia que Jesucristo realmente quiso. Todo lo que digo aquí no es un invento de hombres, es Cristo mismo el que nos lo enseñó. Leamos con atención en la Biblia y meditemos juntos las enseñanzas sagradas acerca de Jesucristo y su Iglesia.

¿Qué nos enseña la Biblia?

En el Antiguo Testamento, Dios quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente, sino que quiso hacer de ellos un pueblo. De entre todas las razas Yavé Dios eligió a Israel como su Pueblo e hizo una alianza, o un pacto de amor, con este pueblo.

Le fue revelando su persona y su plan de salvación a lo largo de la Historia del Antiguo Testamento. Todo esto, sin embargo, sucedió como preparación a la alianza más nueva y más perfecta que iba a realizar en su Hijo Jesucristo. Es decir, este pueblo israelita del Antiguo Testamento era la figura del nuevo Pueblo de Dios que Jesús iba a revelar y fundar: la Iglesia.

¿Cómo preparó Jesús su Iglesia?

1. Jesús comenzó con el anuncio del Reino de Dios. En su primera enseñanza el Señor proclamó: «Ha llegado el tiempo, y el Reino de Dios está cerca. Cambien de actitud y crean en el evangelio de salvación» (Mc. 1, 15). Pero el pueblo de Israel rechazó a Jesús como Mesías y Salvador y no aceptó sus enseñanzas. Por eso Jesús comenzó a formar un pequeño grupo de discípulos y mientras enseñaba a la multitud con ejemplos, a sus discípulos les explicó los misterios del Reino de Dios (Lc. 8, 10)

2. Entre los discípulos, el Señor escogió a Doce Apóstoles (enviados) con Pedro como cabeza. «Los Doce» serán las células fundamentales y las cabezas del nuevo pueblo de Israel ( Mc. 3, 13-19 y Mt 19, 28). Para los judíos «do-ce» era un número que simbolizaba la totalidad del pueblo elegido (como las doce tribus de Israel). Y el hecho de que haya Doce apóstoles anunció la reunión de todos los pueblos en el futuro nuevo Pueblo de Dios. Jesús preparó a sus apóstoles con mucha dedicación: Los inició en el rito bautismal (Jn. 4, 2), en la predicación, en el combate contra el demonio y las enfermedades (Mc. 6, 7-13), les enseñó a preferir el servicio humilde y a no buscar los pri-meros puestos (Mc 9, 35), a no temer las persecuciones (Mt. 10), a reunirse para orar en común (Mt. 18, 19), a per-donarse mutuamente (Mt. 18, 21). Y también preparó a sus apóstoles para hacer misiones dentro del pueblo de Israel (Mt. 10, 19). Después de la Resurrección de Jesús recibieron la orden de enseñar y bautizar a todas las naciones (Mt. 28, 19).

3. Entre los Doce, Pedro es quien recibió de Jesús la responsabilidad de «confirmar» a sus hermanos en la fe (Jn. 21, 15-17). Además Jesús lo estableció como una roca de unidad: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no podrán nada contra ella» (Mt. 16, 18).

A Pedro, «la roca» que garantizó la unidad de la Iglesia, Jesús le dio la responsabilidad de mayordomo sobre la Iglesia. Es Pedro el que abre y cierra las puertas de la Ciudad celestial y él tiene también en sus manos los poderes disciplinares y doctrinales: «Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que tú prohíbes aquí en este mundo quedará prohibido también en el cielo, y lo que tú permitas en este mundo quedará permitido en el cielo».

A los Doce, Jesús les encargó la renovación de la Cena del Señor: «hagan esto en memoria mía» (Lc. 22, 19). También les dio la responsabilidad de «atar y desatar», que se aplicará especialmente al juicio de las conciencias. (Mt. 18, 18). «Reciban el Espíritu Santo. Si ustedes perdonan los pecados de alguien, éstos ya han sido perdonados; y si no los perdonan, quedan sin perdonar» (Jn. 20, 22-23).

4. Estos textos de los evangelios revelan ya la naturaleza de la Iglesia, cuyo creador y Señor es Jesucristo mismo. Jesús dio claras indicaciones de una Iglesia organizada y visible, una Iglesia que será acá en la tierra signo del Reino de Dios. Además Jesús quiso realmente su Iglesia construida sobre la roca, y quiso su presencia perpetua en su Iglesia por el ejercicio de los poderes de los Apóstoles y por la Eucaristía. Y el poder del Infierno no podrá vencer a esta Iglesia.

La Iglesia nació en la Pascua y en Pentecostés

La Iglesia, tal como Jesús la ha querido, es aquella por la que El murió. Con su muerte y resurrección en la Pascua, Jesús terminó la obra que el Padre le encargó en la tierra. Pero el Señor no dejó huérfanos a los apóstoles (Jn. 14, 16), sino que les envió su Espíritu en el día de Pentecostés para reunir y santificar a estos hombres en un Pueblo de Dios (Jn. 20, 22).

Es en el día de Pentecostés cuando la Iglesia de Cristo se manifestó públicamente y comenzó la difusión del Evangelio entre los pueblos mediante la predicación (Hch. 2). Es la Iglesia la que convoca a todas las naciones en un nuevo Pueblo para hacer de ellas discípulos de Cristo (Mt. 28, 19-20). (La palabra griega «ecclesía», que aparece en el N. T. 125 veces, significa en castellano «asamblea convocada» o «Iglesia»). Quienes crean en Jesucristo y sean renacidos por la Palabra de Dios vivo (1 Ped. 1, 23) no de la carne, sino del agua y del Espíritu (Jn. 3, 5-6), pasan a constituir una raza elegida, un reino de sacerdotes, «una nación santa».

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo

El Apóstol Pablo es el autor inspirado que más escudriñó el profundo misterio de la Iglesia. Cuando en aquel tiempo Saulo perseguía a la Iglesia, el mismo Señor se le apareció en el camino de Damasco. Allí Saulo tuvo la revelación de una misteriosa identidad entre Cristo y la misma Iglesia: «Yo soy Jesús, el mismo a quien tú persigues» (Hch. 9, 5). Y en sus cartas, Pablo sigue reflexionando sobre esta unión misteriosa entre Cristo y su Iglesia. Sigamos ahora la meditación del apóstol Pablo sobre la Iglesia. La realidad de la Iglesia como «el Cuerpo de Cristo» ilumina muy bien la relación íntima entre la Iglesia y Cristo. La Iglesia no está solamente reunida en torno a Cristo; está siempre unida a Cristo, en su Cuerpo. Hay cuatro aspectos de la Iglesia como «Cuerpo de Cristo» que Pablo resalta específicamente.

1 «Un solo Cuerpo». La Iglesia para el Apóstol Pablo no es tal o cual comunidad local, es, en toda su amplitud y universalidad, un solo Cuerpo (Ef. 4, 13). Es el lugar de reconciliación de los judíos y gentiles. (Col. 1, 18, 23). El Espíritu Santo hace a los creyentes miembros del Cuerpo de Cristo mediante el bautismo: «Al ser bautizados, hemos venido a formar un sólo Cuerpo por medio de un sólo espíritu» (1 Cor 12, 13). Además esta viva unión es mantenida por el pan eucarístico «Aunque somos muchos, todos comemos el mismo pan, que es uno solo; y por eso somos un solo cuerpo» (1 Cor 10, 17).

2. Cristo «es la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia» (Col. 1, 18). Dice el Apóstol Pablo: «Dios colocó todo bajo los pies de Cristo para que, estando más arriba de todo, fuera Cabeza de la Iglesia, la cual es su Cuerpo» (Ef. 1, 22). Cristo es distinto de la Iglesia, pero El está unido a ella como a su Cabeza. En efecto, Cristo es la Cabeza y nosotros somos los miembros; el hombre entero es El y nosotros. Cristo y la Iglesia es todo uno, por tanto, el «Cristo total» es Cristo y la Iglesia.

3. La Iglesia es la Esposa de Cristo. La unidad de Cristo y su Iglesia, Cabeza y miembros del Cuerpo, implica para Pablo también una relación muy personal. Cristo ama a la Iglesia y dio su vida por ella. (Ef. 5, 25). Esta imagen arroja un rayo de luz sobre la relación íntima entre la Iglesia y Cristo: «Los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, se lo digo respecto a Cristo y la Iglesia» (Ef. 5, 31-32).

4. El Espíritu Santo es el principio de la acción vital en todas partes del cuerpo. El Espíritu Santo actúa de múltiples maneras en la edificación de todo el Cuerpo. «Hay un solo cuerpo y un solo espíritu». Y por Cristo todo el cuerpo está bien ajustado y ligado, en sí mismo por medio de la unión entre todas sus partes; y cuando una parte trabaja bien, todo va creciendo y desarrollándose con amor (Ef. 4, 4). Los distintos dones del Espíritu Santo (dones jerárquicos y carismáticos) están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo. (1 Cor. caps. 12 y 13).

Diversas imágenes bíblicas de la Iglesia

En el Nuevo Testamento encontramos distintas imágenes que describen el misterio de la Iglesia. Muchas de estas figuras están ya insinuadas en los libros de los profetas, y son tomadas de la vida pastoril, de la agricultura, de la edificación, como también de la familia y de los esponsales. No podemos en esta carta analizar todas estas figuras que representan la Iglesia. Sería demasiado largo. Solamente quiero referirme a las imágenes más importantes de la Iglesia con sus respectivos textos de la Biblia. Es una buena oportunidad para que ustedes lean y mediten personalmente con la Biblia. En el N. T. la Iglesia es presentada como: «aprisco o rebaño» (Jn. 10, 1-10), «campo y viña del Señor» (Mt. 21, 33-34 y Jn. 15, 1-5), «edificio y templo de Dios» (1 Cor 3, 9), «ciudad santa y Jerusalén Celestial» (Gál. 4, 26), «madre nuestra y esposa del Cordero» (Ap. 12, 17 y 19, 7).

Resumiendo

1. La Iglesia es creación de Dios, construcción de Cristo, animada y habitada por el Espíritu Santo (1 Cor. 3,16 y Ef. 2, 22).

2. La Iglesia está confiada a los hombres, apóstoles «escogidos por Jesús bajo la acción del Espíritu Santo (Hch. 1, 2). Y los apóstoles confiaron la Iglesia a sus sucesores que, por imposición de las manos, recibieron el carisma de gobernar (1 Tim. 4, 14 y 2 Tim. 1, 6).

3. La Iglesia guiada por el Espíritu Santo (Jn. 16, 13) es «columna y soporte de la verdad» (1 Tim. 3, 15), capaz de guardar el depósito de las «sanas palabras recibidas» (2 Tim. 1, 13). Es decir, de explicarlo sin error.

4. La Iglesia es constituida como Cuerpo de Cristo por medio del Evangelio (Ef. 3-10), nacida de un solo bautismo (Ef. 4, 5), alimentada con un solo pan (1 Cor. 10, 17), reunida en un solo Pueblo de hijos de un mismo Dios y Padre (Gál. 3, 28).

5. La Ley de la Iglesia es el «mandamiento Nuevo: amar como el mismo Cristo nos amó» (Jn 13, 34). Esta es la ley «nueva» del Espíritu Santo y la misión de la Iglesia es ser la sal de la tierra y luz del mundo (Mt. 5, 13).

Después de esta breve reflexión bíblica acerca de la Iglesia de Cristo, no puedo comprender cómo un cristiano puede decir: «Creo en Jesucristo, pero no en la Iglesia». Esta manera de hablar es simplemente mutilar el Mensaje de Cristo y refleja una gran ignorancia de la verdadera Fe cristiana.

La Iglesia es la continuación de Cristo en el mundo. En ella se da la plenitud de los medios de salvación, entrega-dos por Jesucristo a los hombres, mediante los apóstoles. La Iglesia de Cristo es «la base y pilar de la verdad» (1 Ti. 3, 15); es el lugar donde se manifiesta la acción de Dios, en los signos sacramentales, para la llegada de su Reino a este mundo.

Así que aceptar a Cristo significa aceptar su Iglesia. El «Cristo total» es Cristo y la Iglesia. No se puede aceptar a Cristo y rechazar su Iglesia. Dijo Jesús a sus Apóstoles y discípulos: «El que a ustedes recibe, a Mí me recibe. Y el que me recibe a Mí, recibe al que me ha enviado. Como el Padre me envió a Mí, así Yo los envío a ustedes».

Queridos amigos:

La verdadera Iglesia de Jesús se reconoce en la Iglesia Católica a la que nosotros tenemos la dicha de pertenecer. Cierto que la Iglesia es a la vez santa y pecadora, porque está formada por seres humanos, pero es la única que en-tronca y conecta con los Apóstoles y con Cristo. A nosotros corresponde crecer día a día en santidad para que brille en ella el rostro de la verdadera Iglesia de Cristo. Y, siendo esto así, cometería un grave error quien la desconociera. Así que no más cristianos «a mi manera», sino a la manera que Cristo dispuso. Y Cristo quiso salvarnos en su Iglesia que es Una, Santa, Católica, y Apostólica.

Cuestionario: 

¿Qué es la Iglesia? ¿A qué Iglesia pertenecemos? ¿Cómo preparó Jesús a su Iglesia? ¿A cuántos y a quiénes es-cogió Jesús como base y cimiento de su Iglesia? ¿Por qué fueron «doce» los Apóstoles? ¿Cuándo nació la Iglesia Católica? ¿Qué significa que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo? ¿Qué imágenes de la Iglesia hay en la Biblia? ¿Cuál es la verdadera Iglesia? ¿Podemos cerrarnos a aceptar la Verdadera Iglesia que Jesús fundó? ¿Qué dice al respecto el Concilio Vaticano?

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Tema 30:  Visión  de  los  católicos  y  de  los  evangélicos sobre  la  Iglesia

Queridos hermanos católicos:

Nuestros hermanos evangélicos nos dicen muchas veces: Sólo Cristo salva, la Iglesia no salva.

Es decir, los hermanos evangélicos aceptan solamente la fe en Jesucristo y su Palabra y no aceptan que la Iglesia, como Cuerpo de Cristo, fue instituida por El mismo y es mediante ella que Cristo quiere salvar a los hombres.

Esta enseñanza de los evangélicos es muy atractiva y tentadora, porque simplifica bastante la religión: basta tener fe en Jesucristo y en su Palabra y uno se salva; no necesita nada de Iglesia ni de sacramentos, nada de Jerarquía ni menos de obediencia al Papa.

Nosotros los católicos debemos preguntarnos muy en serio si este concepto evangélico acerca de la Iglesia es correcto o no, o es sólo una verdad a medias.

En esta carta trataré de exponer las dos visiones de Iglesia: la de los católicos y la de los evangélicos. Creo sinceramente que éste es el punto clave de la triste situación entre los cristianos de hoy. No es mi intención ofender a mis hermanos evangélicos. No es el gusto por discutir lo que me hace escribir esta carta, sino que es el amor por la verdad lo que me mueve a escribir estas palabras y sólo la verdad nos hará libres (Jn. 8, 32).

Cuando aquí hablo de los evangélicos, me refiero a los miembros de las distintas Iglesias que tienen su origen en la Reforma del siglo XVI. Mientras nosotros los católicos hablamos de «las iglesias protestantes» (por su protesta contra la Iglesia católica), los protestantes prefieren hablar de «las iglesias evangélicas» o «los evangélicos», por su vuelta radical al Evangelio.

En general, todas las Iglesias evangélicas siguen el concepto de Iglesia que les fue entregado por los grandes re-formadores: Lutero, Calvino, Zwinglio. Por eso es importante ver primero lo que pasó en el siglo XVI.

Pero antes de leer esta carta, les recomiendo que lean mi carta anterior: «¿Quiso Jesús una sola Iglesia?». Allí encontraremos una profunda reflexión bíblica acerca de la unión misteriosa entre Jesucristo y su Iglesia: Aquella meditación nos hace ver que aceptar a Cristo es también aceptar a su Iglesia.

Un poco de historia

Al terminar la Edad Media, la Iglesia Católica se encontraba en una triste situación religiosa y moral que alcanzaba hasta las más altas jerarquías eclesiásticas. Buscar honores, diversiones y dinero era la aspiración común entre la mayorías de los sacerdotes, obispos, cardenales y Papas. Y en la vida de los cristianos se manifestaron muchas prácticas y devociones religiosas muy dudosas.

La autoridad de la Iglesia no se comprendía ya como una autoridad divina, y la obediencia a la Iglesia no se entendía ya como un acto de Fe. El sentido profundo y misterioso de la Iglesia como Cuerpo de Cristo se oscureció. Es decir, la Iglesia como «Cuerpo Místico de Cristo» no funcionó más en la vida de los cristianos. Y la imagen exterior de la Iglesia, con sus grandes desviaciones humanas, se confundió con el misterio de la Iglesia.

La situación de la Iglesia de aquella época era fatal y llevó a Lutero, con su gran preocupación pastoral, a reformar y finalmente a romper con esta Iglesia. En el fondo Lutero rechazó un catolicismo que no era católico.

El concepto de Iglesia según los Evangélicos

Lutero y los reformadores niegan que Jesús quiso una Iglesia. Y para ellos la Iglesia no es una institución de salvación y de gracia. Ellos creen que es solamente por medio del Evangelio y de la Palabra que el Espíritu Santo provoca el acto de fe y realiza así la justificación (salvación) del hombre. Y la Iglesia tiene una función secundaria: ser «servidora de la Palabra».

Explicando el misterio de la Iglesia, Lutero hizo la famosa distinción entre «Iglesia espiritual» (Iglesia con mayúscula), Iglesia invisible y entre «iglesia visible» (iglesia con minúscula). Esta distinción sigue en la práctica viva hasta hoy entre los evangélicos.

1. La Iglesia espiritual (Iglesia con mayúscula). Es una entidad invisible, escondida, interior y sin estructuras visibles, ni jerárquicas. Esta Iglesia escondida existe allí donde la Palabra de Dios es predicada y escuchada en toda su pureza. Es una realidad misteriosa e invisible, es la comunidad de fe (Iglesia «del Credo») que nació para la Palabra. Y, según ellos, todos los verdaderos creyentes que escucharon y aceptaron el Evangelio puro pertenecen a esta Iglesia. La Iglesia invisible es totalmente «una», nunca puede ser dividida y sólo Dios conoce sus miembros. La Iglesia espiritual es el Cuerpo de Cristo. Esta Iglesia escondida puede existir sin necesidad de una Iglesia visible.

2. La iglesia visible no es de institución divina y no tiene carácter absoluto con una autoridad divina y obligatoria. Por supuesto que es necesaria una cierta organización y orden, pero la Iglesia en su forma externa es siempre relativa, puede caer en errores y ser infiel. La Iglesia visible no es de ninguna manera una realidad sobrenatural y misteriosa. Dice Lutero que ninguna frase de la Biblia está a favor de cualquier Iglesia visible. La Palabra de Dios es el único signo externo que hace confrontar al hombre con la comunidad espiritual. Y la función de la Iglesia visible es solamente ser «servidora de la Palabra».

Concluyendo, podemos decir que la Iglesia en la tierra, como comunidad de gracia y sobrenatural, es rechazada por los evangélicos. La justificación (salvación) llega al hombre por la Palabra, y no por la Iglesia.

3. Los sacramentos de la Iglesia se reducen al mínimo: al bautismo y a la cena del Señor. Pero no es verdad que la Iglesia por medio de los sacramentos produce un estado de gracia divino en el hombre. Los sacramentos únicamente tienen fuerza por la Palabra. Sólo son expresiones de fe, y no dan la gracia por ellos mismos sino por la fe. Los sacramentos no son de ninguna manera acciones de Cristo por medio de la Iglesia.

4. En cuanto al misterio de dirección de las comunidades, los evangélicos niegan el estado sacerdotal, porque dicen que los cristianos todos son sacerdotes. No hacen falta intermediarios, ya que Dios salva al hombre directamente. Cada cristiano es sacerdote de sí mismo y Cristo lo es de todos. Por ello los evangélicos rechazan toda mediación de la Iglesia. Y si hay un ministerio en la Iglesia, este ministerio es sólo «una función» como otros servicios dentro de la Iglesia. El único y verdadero ministerio en la Iglesia se reduce a la predicación y al culto, pero no lo necesitan como un servicio a la unidad y menos como un ministerio sacerdotal de salvación.

El concepto católico de Iglesia

La Iglesia católica en su reflexión acerca del misterio de la Iglesia nunca ha hecho esta diferencia artificial entre «Iglesia espiritual» e «Iglesia visible». No hay ninguna indicación clara en la Biblia para hacer esta separación.

1. La Iglesia Católica siempre ha seguido la dinámica de la encarnación, es decir, el Verbo (Cristo) se ha hecho visible, se ha hecho carne y ha entrado en la historia de los hombres. Esta encarnación de Cristo prosigue de modo renovado en la Iglesia que es el Cuerpo de Cristo acá en la tierra (Mt. 16, 13-20). La Iglesia es la continuación de Cristo encarnado en este mundo. Por eso la Iglesia de Cristo es al mismo tiempo comunidad visible y comunidad espiritual; es al mismo tiempo comunidad jerárquica por institución divina y Cuerpo místico de Cristo. La Iglesia de Cristo es una sola realidad y tiene inseparablemente aspectos humanos y aspectos divinos y no son dos realidades distintas, como proclaman los evangélicos. Ahí está el misterio de la Iglesia que sólo la Fe puede aceptar.

2. La revelación divina no se limita a la Palabra escrita, sino que está en la Palabra escrita (la Biblia) y en la Tradición de la Iglesia, que ayuda a comprenderla y actualizarla a través de los tiempos. La revelación divina abarca la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición: «Manténganse firmes guardando fielmente las tradiciones que les enseñaron de palabra o por escrito (2 Tes. 2, 15). Además la Iglesia de Cristo, guiada por el Espíritu Santo, es «columna de verdad» (1 Tim. 3, 15), capaz de «guardar el depósito de las sanas palabras recibidas de los apóstoles» (2 Tim. 1, 13). Es decir, que el depósito de la fe (1 Tim. 6, 20 y 2 Tim 3,. 12-14) fue confiado por los Apóstoles al conjunto de la Iglesia.

3. En la Iglesia de Cristo hay claramente aspectos objetivos creados por Dios y que de ninguna manera son creación humana. Estas realidades creadas por Jesucristo, como el ministerio de la unidad, el ministerio de la verdad y la plenitud de la gracia en los sacramentos, son realidades divinas intocables e infalibles, y visibles aquí en la tierra. Son aspectos objetivos que encuentran su origen en la institución divina. La Iglesia Católica no duda que ella es la Iglesia fundada sobre la roca de Pedro, y que ella, con su Magisterio vivo y su enseñanza infalible, es la prolongación o encarnación de Cristo sobre la tierra. La Iglesia Católica es consciente de que con sus sacramentos, que son realmente acciones de Cristo, comunica la plenitud de la gracia. Y no puede ser de otra manera, porque ella existe por voluntad de Dios. Y esta Iglesia visible en la tierra es, al mismo tiempo, el Cuerpo Místico de Cristo.

Por supuesto que podemos distinguir en la Iglesia un aspecto divino y un aspecto humano. Pero cuando el católico habla de la Iglesia de Cristo, siempre se refiere a esta realidad divina y objetiva, que es intocable e infalible acá en la tierra. La Iglesia de Cristo no es de origen humano y tiene definitivamente un carácter sobrenatural. Y no podemos dudar de la autoridad divina que Cristo comunica por el Espíritu Santo a sus apóstoles y sus legítimos suceso-res, el Papa y los obispos.

4. La Iglesia de Cristo es siempre y en todas partes la misma, también en épocas de decadencia, en tiempos de pobreza espiritual, y falta de comprensión, en tiempos de ignorancia y estrechez de miras. Siempre la Iglesia es el Cuerpo de Cristo y Madre de todos los creyentes. Cristo siempre es la Cabeza de la Iglesia que es «una», «santa», «católica» y «apostólica»; y el Espíritu Santo es siempre el principio de vida de esta Iglesia.

Dijo Jesús a sus apóstoles: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta que termine este mundo» (Mt. 28, 20), y «las fuerzas del infierno no la podrán vencer» (Mt. 16, 18). Podemos decir que ningún católico puede aceptar que la visión acerca de la Iglesia de los reformadores del siglo XVI sea una decisión definitiva.

Consideración final

Nosotros los católicos no podemos negar que Lutero era una personalidad profundamente religiosa, que buscó con toda honestidad y con abnegación el mensaje evangélico. Su crítica contra la Iglesia tenía una intención auténtica-mente cristiana; la Iglesia debería repudiar siempre todo lo que no es evangélico.

El mérito de Lutero y la Reforma es que descubrieron de nuevo el centro del mensaje evangélico: sólo por la gracia y por la fe en la acción salvadora de Cristo, somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo, que nos invita a realizar obras buenas. Ningún católico va a negar este mensaje evangélico. Pero Lutero tomó este núcleo del Evangelio y olvidó todo lo demás. Esto es una simplificación del Evangelio que equivale a una amputación. Por-que, si bien el núcleo es lo más importante, no lo es todo.

Lutero se vio forzado a construir un nuevo concepto de Iglesia y creó el concepto de una Iglesia escondida y una iglesia visible. Pero esta visión acerca de dos iglesias no tiene una adecuada correspondencia con las Sagradas Escrituras y con la Tradición Apostólica. Sin duda este nuevo concepto de Iglesia que creó Lutero es el punto de mayor dificultad entre católicos y evangélicos.

Los evangélicos actualmente no tienen culpa del hecho de esta desunión y no están privados de sentido y de fuerza en el misterio de salvación. Pero un católico nunca podrá aceptar esta opinión: «Cristo salva, la Iglesia no salva». Es presentar un cristianismo mutilado, es una verdad a medias. Aceptar a Cristo significa aceptar a su Iglesia. La Iglesia es, por tanto, el «Cristo total» , su proyección y encarnación en el tiempo. El Concilio Vaticano en la Lumen Gentium (Nro. 14) tiene una frase que da mucha luz al respecto: «Enseña que la Iglesia peregrina es necesaria para la salvación... y no podrían salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia Católica fue instituida por Jesucristo, como necesaria, desdeñaran entrar o no quisieran permanecer en ella». Hermanos queridos, cuando les inviten a cambiar de religión, lean y mediten estos temas que, repito, he escrito sin ánimo de ofender, y sólo por esclarecer la verdad. Católicos, ¡lean y mediten esto y no se cambien de religión!

Cuestionario:

¿Es correcta la expresión: «Sólo Cristo salva»? ¿Cuál es la visión protestante al respecto? ¿Qué significa, según Lutero, que Jesús fundó una Iglesia espiritual e invisible? ¿Cuál es la visión católica de la Iglesia? ¿Dónde se encuentra la revelación Divina? ¿Dan y significan la gracia los sacramentos? ¿Cuáles son las cuatro notas esenciales a la Verdadera Iglesia? ¿Es necesaria la Iglesia para la salvación?

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Tema 31:  La  contribución  a  la  Iglesia

Queridos hermanos:

Hoy vamos a conversar un poco sobre nuestra contribución material a la Iglesia. Y, aunque a primera vista este tema aparezca un poco ajeno a lo que estamos tratando, en realidad no es así, sino que, en realidad, condiciona la misión de la Iglesia.

Efectivamente, Nuestro Señor Jesucristo antes de subir al cielo dijo a sus discípulos estas hermosas palabras: «Vayan por todo el mundo y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos» (Mt. 28, 19) He aquí su glosa:

El día de la Ascensión con un gozo muy profundo
Jesús dijo por el mundo lleven mi predicación.
Por todo pueblo y nación prediquen la santa fe,
Yo los acompañaré hasta el final de los tiempos
y en la cruz y en el tormento con ustedes Yo estaré.
El mandato de Jesús.

Lo primero que percibimos en las palabras de Jesús es que aquí hay un mandato: Anunciar y propagar la Buena Nueva a través de todo el mundo.

Ello se hace con la dedicación y esfuerzo del Papa, de los obispos y sacerdotes, de los catequistas, de los misioneros y de todos los que son consecuentes con su bautismo. Cada cristiano, en razón de su bautismo, está llamado a cooperar a la hermosa tarea de Evangelización que Jesús nos dejó.

Pero para cumplir con este mandato, además de recursos humanos y de la gracia del Espíritu Santo, se necesitan también recursos materiales. Es necesario preparar personal, construir seminarios, locales para reuniones, templos, parroquias, capillas, obras de caridad, etc. No podemos evangelizar sin contar con los medios necesarios para el apostolado. No debemos «tentar a Dios» pensando que Él va a arreglar todo milagrosamente.

El refrán dice: «A Dios rogando y con el mazo dando». Dios nos ha dado manos y la inteligencia para solucionar los problemas que se presentan en el camino. De ahí la necesidad de que todos los bautizados cooperen también materialmente a la extensión del Reino.

Y ¿en qué se fundamenta esta obligación?

Este deber tiene, por supuesto, un fundamento bíblico.

En el ANTIGUO TESTAMENTO:

Moisés en el Deuteronomio muestra el profundo sentido del diezmo o primicia, que nació como una forma de agradecer a Dios por todos los dones recibidos (Deut. 12, 6-9 y 14, 22-28).

En el NUEVO TESTAMENTO:

- Jesús es presentado al templo y hace su ofrenda (Lc. 2, 24).

- Jesús paga el impuesto al templo (Mt. 17, 24-27).

- Jesús elogia a la pobre viuda (Lc. 21, 1-4).

- Jesús necesita y pide cinco peces y dos panes (Jn. 6, 9).

En la Iglesia primitiva

En la primera comunidad los cristianos compartían todo (Hch. 2, 42).

San Pablo pide a los Romanos una colecta para gastos de viaje (Rom. 15, 24).

Además, la comunión de bienes materiales es signo de la comunión en la fe y en el amor. Y al ofrecer dinero, uno se ofrece a sí mismo (2 Cor. 8, 5).

¿Cumple el cristiano con esto dando una limosna?

A veces los cristianos colaboran con la Iglesia dando una limosna en la Misa, en las Campañas de Cuaresma o con motivo de una colecta especial. Sin duda que esto es bueno y hay que hacerlo, pero ninguna de estas colaboraciones dispensa del compromiso mensual del cristiano con su Parroquia.

¿Cuál es la situación real de los católicos en nuestro país?

En nuestro país el porcentaje de católicos comprometidos con su iglesia es muy bajo. Esta situación, de por sí, ya revela una gran falta de madurez. Sólo gracias a la generosidad de otras Iglesias extranjeras se pueden mantener las obras de la Iglesia. Pero esta dependencia es incompatible con la condición de una Iglesia adulta. Tenemos que comprometernos.

¿A qué nos llama hoy la Iglesia?

La Iglesia nos llama a asumir este compromiso con sentido misionero. Algunos, pocos, ya lo hacen, y lo cumplen sagradamente todos los meses. Sigan cooperando sabiendo «que Dios ama al que da con alegría» (2 Cor. 9,7).

A quienes todavía no se han inscrito, la Iglesia los invita a hacerlo cuanto antes. Si usted es uno de ellos, vaya a su parroquia, pregunte e intégrese al grupo de cristianos comprometidos. No lo deje para otro día.

Asuma el compromiso en familia

¡Qué hermoso es cuando el papá o la mamá conversan sobre esto con sus hijos, los educan en este compromiso y mes a mes van cumpliendo generosamente con este deber! Ahí sí que experimentan el gozo y la alegría de ser cristianos.

¿Por qué hay tantos católicos pasivos en nuestra Iglesia? ¿Por qué entre los católicos hay tan poca conciencia de pertenecer a la Iglesia? Sin duda por la falta de compromiso en lo económico. ¿Y por qué avanzan tanto las sectas? En parte porque son sumamente exigentes en este punto. Es frecuente que un católico que nunca ha colaborado económicamente con su Iglesia, se pasan a las sectas e inmediatamente se compromete a pagar el diezmo.

Piense, además, cuántos misioneros laicos y sacerdotes se comprometen de por vida con el Señor. Pregúntese: ¿Hasta dónde llega mi compromiso con Cristo? ¿Soy de los que tan sólo me gusta recibir en la Iglesia, o soy de los que están prontos a cooperar, siquiera con un granito de arena para que la causa del Reino siga avanzando?

Hermano mío. Si todos cumplimos, la obra del Reino irá creciendo de día en día y nuestra Iglesia irá avanzando. Si no cumplimos, algo quedará por hacer.

Finalmente una pregunta: ¿Cómo quisiera ver usted a su Iglesia? ¿La quiere ver hermosa, sin mancha ni arruga, y que avance cada día?

Inscríbase hoy mismo como contribuyente y sentirá que también usted es parte de la Iglesia. Medite estas décimas:

Este es el primer deber que tiene todo cristiano
ayudar desde temprano al progreso de la Fe.
Nadie se margine pues de este hermoso compromiso
comprométase de fijo a sacar esta tarea
y verá como la Iglesia va cumpliendo su destino.
Si usted tiene un buen hogar y también trabajo estable
comprométase cuanto antes y sin hacerse rogar.
El Señor lo ayudará téngalo por entendido
con su esposa y con sus hijos cumpla, pues, con su tarea
y verá como la Iglesia va cumpliendo su destino.

Resumiendo:

Desde el momento en que un católico coopera con su Iglesia ya está trabajando por extender el Reino. Y al contrario, quien pudiendo no colabora, está frenando la acción misionera de su Iglesia.

El verdadero católico colabora con su Iglesia.

El que es católico a su manera sólo quiere recibir de su Iglesia, pero nunca está dispuesto a cooperar.

Piénselo bien: Dios nos da la vida, la salud, el tiempo...

Y nos pide tan poco. Unas miguitas que, sumadas a las de otros cristianos, harán posible el crecimiento del Reino.

Si usted colabora activamente podrá decir con orgullo: Yo soy socio de mi Iglesia. Yo también soy misionero y ayudo con lo que puedo. Ahora bien, si usted no tiene recursos o no tiene trabajo y es tan pobre que no puede cooperar, no se haga problema. Dios ve su buena voluntad.

He aquí unos versitos que nos llaman a participar en la misión:
Cada uno tiene un don una gracia y un talento
para que el Reino de Dios vaya siempre en aumento.
Vamos todos a la Viña a la Viña del Señor
y hagamos un mundo nuevo un mundo nuevo y mejor.
En los Hechos se asegura que los primeros cristianos
se ayudaban mutuamente como auténticos hermanos.
Este es el gran mandato que dejó Nuestro Señor:
anunciar la Buena Nueva y hacer un mundo mejor.
Coopere sin demora y con gozo muy profundo
a extender la Buena Nueva a través de todo el mundo.
Nuestra Santa Madre Iglesia tiene el sagrado deber
de anunciar al mundo entero las riquezas de la fe.
Para hacer esta tarea a través del mundo entero
nuestra Iglesia necesita de su aporte y su dinero.

 Cuestionario:

¿Cuál fue el mandato de Jesús el día de la Ascensión? ¿A quiénes va dirigido este mandato? ¿Tiene que ser misionera toda la Iglesia? ¿Cómo se comprometen los sacerdotes y religiosos en esta tarea? ¿cómo se comprometen los laicos? ¿Qué grado de compromiso con la Iglesia tengo yo? ¿Coopero a la extensión de Reino también con mi aporte en lo material?

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Tema 32:  ¿Son iguales todas las religiones?

Queridos hermanos:

En estos últimos años hemos presenciado un gran crecimiento de las sectas en toda América Latina. ¿Responde esto a un crecimiento normal de las religiones? Creemos que no. Creemos que en gran parte ello obedece a un plan fríamente elaborado para destruir o debilitar la Iglesia Católica y su influencia en cada región. Algunas de estas sectas son financiadas por los grandes grupos económicos de EEUU., verdaderas transnacionales proselitistas que invierten millones en propaganda, vendiendo o distribuyendo revistas, libros y folletos. Pasan de casa en casa, convidan a personas poco iniciadas en la Biblia y bajo pretexto de orar con ellos les arrebatan su mayor tesoro que es la fe católica. Por eso no podemos permanecer pasivos ante esta realidad y vamos a dar aquí un vistazo a algunas de las principales sectas o religiones que vemos a nuestro alrededor, no con el afán de polemizar, sino con el único objetivo de dar una orientación a quienes la necesitan. Por lo demás, todo el mundo tiene derecho a saber quién es quién.

Digamos primero que Jesús quiere una sola Iglesia. Esto es precisamente lo que Él le pidió al Padre en su oración sacerdotal: «Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti» (Jn. 17, 21). Y si Cristo quiso la unidad de todos sus seguidores ¿qué podemos pensar de los que siembran la división? ¿Qué podemos pensar de aquellos que, con el correr de los siglos, han querido enmendar la página al Señor creando nuevas religiones? ¿No será que con esta actitud entorpecen el plan de Dios y en lugar de construir la unidad colaboran a la división? Conozcamos algunas de estas denominaciones.

Los Testigos de Jehová

Nacieron en Estados Unidos hace poco más de cien años. Su fundador es Carlos Taze Russell, hijo de presbiterianos. Niegan la Santísima Trinidad y dicen que Cristo, antes de ser hombre, era el arcángel San Miguel. Alteran los textos bíblicos a su capricho. Dicen que Jesús no murió en una cruz sino en un palo y que resucitó sólo como criatura espiritual. Para ellos todas las religiones, fuera de la suya, son satánicas, y sostienen que Dios castigará a todos los que no han querido entrar en su secta. Prohíben la transfusión de sangre y consideran que la Iglesia Católica está corrompida y que es la Babilona moderna.

Lo que llama la atención es que, a pesar de este cúmulo de errores, muchos católicos se dejan fascinar por su «su-puesto» amor a la Biblia y los siguen. Esto sólo se explica por la gran ignorancia religiosa en que viven muchas personas. Y lo peor es que los católicos que se cambian, después despotrican contra la Iglesia Católica, renegando de ella, y a veces dicen: «Yo cuando era católico tomaba y le pegaba a mi señora... Pero desde que soy Testigo de Jehová llevo una vida ordenada». En realidad nunca conocieron ni vivieron a fondo su fe católica. Nosotros les decimos que no es necesario cambiarse de religión para dejar el trago o para no pegarle a la mujer. Basta ser consecuente con su fe católica y punto. Decimos que Jesús fundó una sola Iglesia sobre el Apóstol Pedro y no autorizó a nadie para que fundara otras iglesias. Jesús dijo a Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».

Los Mormones

Su fundador es José Smith, nacido en Vermont, EEUU. A la edad de 15 años recibió unas revelaciones que le anunciaron que todas las iglesias cristianas estaban corrompidas y que él debía organizar la verdadera Iglesia de Cristo. Su secreto está en un libro que, según él, en 1823 le entregó el ángel Moroni. Se trataría de un libro escrito en planchas de oro en el que hay una relación de los antiguos habitantes del continente americano que habrían lle-gado a EE. UU después de la destrucción de la torre de Babel. En este libro estaría la plenitud del Evangelio comunicado a ellos por el mismo Cristo, que también viajó a Estados Unidos después de su Resurrección. En 1830 esta iglesia recibió el nombre de «Iglesia de los Santos de los Últimos Días».

Para ellos, Cristo fue engendrado carnalmente de Dios Padre. La Biblia y el libro de Mormón son su única norma de fe, pero sólo aceptan «su» Biblia, porque las demás, según ellos, estarían mal traducidas. Además la Biblia tiene que complementarse con el libro de Mormón. Tienen sólo dos sacramentos: el bautismo por inmersión y la santa cena con pan y agua. Bautizan a los muertos y en su trabajo misionero siempre van de a dos.

El hombre latinoamericano, que es educado y acogedor, fácilmente los hace entrar en su casa pero después no se los puede sacar de encima. Insisten de una y otra manera en que uno deje su fe católica y pase a ser mormón. Y no pocas veces tratan de convencer a la gente dándoles regalos, dólares y promesas y, por supuesto, algunos quedan enredados en sus redes.

¿Por qué han progresado tanto los mormones en estos últimos años? Hay una razón política que es bueno que todos conozcan.

Hace unos treinta años Rockefeller, después de recorrer casi todos los países de América Latina, informó al Congreso de EEUU. que había que contrarrestar la labor de la Iglesia Católica, la que, al despertar en los pueblos la conciencia de su dignidad, se constituía en la principal fuerza opositora a los intereses de Estados Unidos en Amé-rica Latina y, en consecuencia, había que anularla o dividirla hasta donde fuera posible. Entonces, el Congreso programó un sucesivo y creciente envío de misioneros mormones para debilitar la unidad de la Iglesia Católica y destinó millones de dólares para que se construyeran templos mormones en toda América Latina. También en sus visitas domiciliarias los mormones ofrecen dólares y viajes a EEUU. para que la gente se cambie a su religión y algunos, ante la tentación del lucro o porque pasan necesidad, sucumben y se hacen mormones.

Los mormones son una religión sin base teológica seria, y su «historia» más bien parece un cuento de ciencia ficción, porque ¿en qué pruebas científicas basan su planteamiento?

Sin embargo, tienen algunas cosas muy positivas: son buenos organizadores y tienen muchos colegios, cooperativas y granjas. Es una lástima que su base religiosa sea tan pobre y que deformen tanto la Biblia.

Tanto los católicos como la mayoría de las iglesias cristianas protestantes los rechazan como no cristianos, porque niegan la divinidad de Jesucristo. Por lo tanto, no podrían llamarse sectas, sino que son una «religión» sin referencia a Jesús ya que no creen en su divinidad. Muchos católicos llaman a los Mormones la religión del dólar, porque con el dólar hacen cualquier cantidad de ofertas para ganar adeptos.

Los Pentecostales

Son los que más han crecido en estos últimos años en toda América Latina. Más del 63 por ciento de todos los protestantes de América Latina son pentecostales. Hay muchas razones por las que nuestro pueblo se siente a gusto con ellos: la alegría, los cantos, la curación y la fraternidad.

Se caracterizan porque son cerrados, por su fanático proselitismo y sus ataques contra la Iglesia Católica.

Los movimientos pentecostales hoy son numerosos y abarcan más de 30 millones de adherentes en América Latina. Al principio rechazaron toda organización, pero pronto la necesidad los obligó a agruparse. De ello nacieron las Asambleas de Dios que también están extendidas por toda América Latina.

El nombre «Pentecostal» ya indica la gran importancia que estos grupos dan al acontecimiento siempre actual de Pentecostés, el que se actualiza en el Bautismo llamado del Espíritu Santo.

El movimiento pentecostal nace como una respuesta a un anhelo de renovación espiritual que estaba latente, tanto en la mente de los pastores como de los fieles de algunas iglesias tradicionales. La Iglesia tenía que renovarse de nuevo con el fuego de Pentecostés. Fieles y pastores invocan repetidamente al Espíritu Santo, piden a Cristo que envíe de nuevo al Espíritu, y comienzan a sentirse renovados, llenos de entusiasmo, de calor, hablan en lenguas y efectúan curaciones.

Los Pentecostales tienen en común con nosotros los Católicos que creen en el misterio de la Santísima Trinidad y también creen en la divinidad de Cristo el único Salvador. Pero no aceptan la Tradición. Es decir, para ellos la Biblia es la única fuente de revelación dejada por Dios al mundo. Su bautismo es por inmersión y el lavado de su cuerpo en el agua pura es un símbolo externo de purificación.

El Ejército de Salvación

Esta secta tiene una serie de elementos que lo asemejan a un ejército mundano: uniforme militar, grados militares, una fuerte disciplina y son realmente un ejército de paz en favor de los marginados. Mantienen muchas obras socia-les. Su divisa es «sangre y fuego». Sangre de Cristo y fuego del Espíritu. Nacieron en 1865, en Inglaterra, y su fun-dador es Guillermo Booth. Tienen multitud de obras sociales: maternidades, asilos, dispensarios, centros de droga-dictos, centros de rehabilitación de alcohólicos etc. Se les reprocha el no atacar la pobreza de raíz y de no atacar las causas que la originan.

Su objetivo es extender el protestantismo y se inspiran en la doctrina protestante: Predican la justificación por la sola fe, la sumisión a la Palabra del Señor, y su conversión personal se demuestra con el testimonio misionero. Se reúnen en las calles con sus bandas «militares» y así atraen a la gente y ofrecen servicios religiosos de predicación de la Palabra y cantos.

Otras sectas o denominaciones

Hay en nuestro país otras denominaciones cristianas que no son examinadas en este libro. Imposible abarcar todo en un librito como este.

En todas las religiones hay elementos positivos y negativos, hay gracia y santidad, pero tiene que quedar muy claro que la plenitud de la gracia y de los medios de santificación dejados por Cristo a su Iglesia se hallan únicamente en la Iglesia Católica fundada por Jesús.

Dice el Concilio que cometería un grave error quien, consciente de ello, la desconociera, es decir, se cambiara de religión. El Concilio reafirma que la Iglesia fundada por Jesús se reconoce hoy solamente en la Iglesia Católica. Todas las sectas, sin excepción, rechazan la sumisión al Papa. Sólo la Iglesia Católica acepta su autoridad y este es su sello característico.

Es también muy revelador observar que todas las religiones cristianas son relativamente nuevas, es decir, de estos últimos 500 años. Ahora bien, la verdadera Iglesia tiene que conectar con Cristo que vivió hace 2.000 años. ¿Dónde estaban estas religiones en los 1500 años de vida de la Iglesia católica? ¿Dónde estaban ellos cuando Jesús nació en Belén? ¿Dónde estaban cuando Jesús murió y resucitó? ¿Dónde estaban cuando la Iglesia Católica sufría las terribles persecuciones de los primeros siglos? ¿Se habrán condenado todos los que nacieron antes que se fundara su religión?

Para nosotros queda muy claro, que la Iglesia Católica -y sólo la Iglesia Católica- es la única Iglesia fundada por Cristo. La única que proviene del mismo Cristo, la única que ha mantenido la sucesión apostólica sin interrupción y la única que por medio de los Apóstoles entronca con Cristo.

El Concilio Vaticano.

¿Y qué dice el Concilio Vaticano sobre la necesidad de la Iglesia Católica para salvarse? He aquí un texto que deberíamos meditar con frecuencia:

«El Concilio Vaticano, fundado en la Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación». «Por lo cual no podrían salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia Católica fue instituida por Jesucristo como necesaria, desdeñaran entrar a ella o no quisieran permanecer en ella».

El católico debe evitar polemizar y discutir con otras religiones ya que con ello no se adelanta nada. Las sectas esgrimen infinidad de argumentos y no escuchan a nadie. Hablan con altanería y tratan de llevar a toda costa el agua a su molino. Hablan y no escuchan a nadie. Lo que el católico debe hacer cuando llamen a la puerta de su casa es atenderlos con educación pero con firmeza. Díganles que no se interesan por sus ofrecimientos y punto. Y si no se van, cierren delicadamente la puerta de su casa, sigan con sus tareas y recen por tantos propagandistas baratos de la religión. Nada se adelanta con discutir con ellos. Ellos dicen textos y más textos y no escuchan a nadie. Y recuerden siempre que si piden orar con ustedes o comentar la Biblia, tienen otro interés que el de arrebatarles su Fe Católica. Con un evangélico respetuoso y educado se puede orar y dialogar, pero en este caso, es necesario haber estudiado bien la Fe Católica, conocer la Biblia y pedir ayuda de Dios. Este libro les ayudará a saber dar razón de su Fe.

Cuestionario:

¿A qué se debe el crecimiento de las sectas en estos últimos años? ¿Qué debemos hacer los católicos? ¿Hemos de recuperar el sentido misionero? ¿Quiénes son los Testigos de Jehová? ¿Quiénes son los Mormones? ¿Quiénes son los Pentecostales? ¿Qué es el Ejército de Salvación? ¿Puede un católico cambiarse de Religión? ¿Qué dice el Concilio Vaticano sobre los que dejan la Iglesia Católica sabiendo que es la única Iglesia querida y fundada por el mismo Jesús? ¿Cómo ha de recibir un católico a quien llega a su casa y bajo pretexto de 'orar juntos' lo único que desea es arrebatarle su religión?

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 Tema 33:  ¿Podemos  orar  por  los  difuntos?

Queridos hermanos:

Les voy a contar un caso que me sucedió hace algún tiempo. Un día se murió un amigo mío que en cuanto a religión no era ni chicha ni limonada, unas veces iba a misa y otras iba al culto de los evangélicos. Cuando murió, los evangélicos lo velaron con muchos cantos y alabanzas, y al día siguiente lo llevaron al cementerio. Como era amigo mío, quise ir al cementerio a orar por él. Una vez allá, le pregunté al pastor, si me dejaba hacerle un responso, y me contestó: «El finado era oveja de nuestro rebaño y nosotros no les rezamos a los muertos porque a estas alturas de nada le sirven las oraciones». Total que no me permitieron rezarle el responso y tuve que contentarme con orar en silencio.

Esta anécdota nos da pie para preguntarnos: ¿Podemos orar por los difuntos? ¿Les sirven nuestras oraciones? ¿Cuál es la doctrina católica y la evangélica al respecto?

La Doctrina católica

La Biblia nos dice que después de la muerte viene el juicio: «Está establecido que los hombres mueran una sola vez y luego viene el juicio» (Hebr. 9, 27). Después de la muerte viene el juicio particular donde «cada uno recibe con-forme a lo que hizo durante su vida mortal» (2 Cor. 5, 10).

Al fin del mundo tendrá lugar el «juicio universal» en el que Cristo vendrá en gloria y majestad a juzgar a los pueblos y naciones.

Es doctrina católica que en el juicio particular se destina a cada persona a una de estas tres opciones: Cielo, Purga-torio o Infierno.

-Las personas que en vida hayan aceptado y correspondido al ofrecimiento de salvación que Dios nos hace y se hayan convertido a El, y que al morir se encuentren libres de todo pecado, se salvan. Es decir, van directamente al Cielo, a reunirse con el Señor y comienzan una vida de gozo indescriptible «Bienaventurados los limpios de corazón -dice Jesús- porque ellos verán a Dios» (Mt. 5, 8).

-Quienes hayan rechazado el ofrecimiento de salvación que Dios hace a todo mortal, o no se convirtieron mientras su alma estaba en el cuerpo, recibirán lo que ellos eligieron: el Infierno, donde estarán separados de Dios por toda la eternidad.

-Y finalmente, los que en vida hayan servido al Señor pero que al morir no estén aún plenamente purificados de sus pecados, irán al Purgatorio. Allá Dios, en su misericordia infinita, purificará sus almas y, una vez limpios, podrán entrar en el Cielo, ya que no es posible que nada manchado por el pecado entre en la gloria: «Nada impuro entrará en ella (en la Nueva Jerusalén)» (Ap. 21, 27).

Aquí surge espontánea una pregunta cuya respuesta es muy iluminadora: ¿Para qué estamos en este mundo? Estamos en este mundo para conocer, amar y servir a Dios y, mediante esto, salvar nuestra alma. Dios nos coloca en este mundo para que colaboremos con El en la obra de la creación, siendo cuidadores de este «jardín terrenal» y para que cuidemos también de los hombres nuestros hermanos, especialmente de aquellos que quizás no han recibido tantos dones y «talentos» como nosotros. Este es el fin de la vida de cada hombre: Amar a Dios sobre todas las cosas y salvar nuestra alma por toda la eternidad.

¿Qué acontece, entonces, con los que mueren?

Ya lo dijimos: Los que mueren en gracia de Dios se salvan. Van derechamente al cielo. Los que rechazan a Dios como Creador y a Jesús como Salvador durante esta vida y mueren en pecado mortal se condenan. También aquí la respuesta es clara y coincidente entre católicos y evangélicos.

-Pero, ¿qué ocurre con los que mueren en pecado venial o que no han satisfecho plenamente por sus pecados? Ahí está la diferencia entre católicos y evangélicos. Los católicos creemos en el Purgatorio. Según nuestra fe católica, el Purgatorio es el lugar o estado por medio del cual, en atención a los méritos de Cristo, se purifican las almas de los que han muerto en gracia de Dios, pero que aún no han satisfecho plenamente por sus pecados. El Purgatorio no es un estado definitivo sino temporal. Y van allá sólo aquellos que al morir no están plenamente purificados de las impurezas del pecado, ya que en el cielo no puede entrar nada que sea manchado o pecaminoso.

Ahora bien, según los evangélicos no hay Purgatorio porque no figura en la Biblia y Cristo salva a todos, menos a los que se condenan.

Para nosotros, los católicos hay Purgatorio y en cuanto a su duración podemos decir que después que venga Jesús por segunda vez y se ponga fin a la historia de la humanidad, el Purgatorio dejará de existir y sólo habrá Cielo e Infierno.

Por consiguiente, según nuestra fe católica, se pueden ofrecer oraciones, sacrificios y Misas por los muertos, para que sus almas sean purificadas de sus pecados y puedan entrar cuanto antes a la gloria a gozar de la presencia divina. Los evangélicos insisten en que la palabra «Purgatorio» es una pura invención de los católicos y que ni siquiera este nombre se halla en la Biblia. Nosotros argumentamos que tampoco está en la Biblia la palabra «Encarnación» y, sin embargo, todos creemos en ella. Tampoco está la palabra «Trinidad» y todos, católicos y evangélicos, creemos en este misterio. Por tanto, su argumentación no prueba nada.

En definitiva, el porqué de esta diferencia es muy sencillo. Ellos sólo admiten la Biblia, en cambio para nosotros, los católicos, la Biblia no es la única fuente de revelación. Nosotros tenemos la Biblia y la Tradición. Es decir, si una verdad se ha creído en forma sostenida e ininterrumpida desde Jesucristo hasta nuestros días es que es dogma de fe y porque el Pueblo de Dios en su totalidad no puede equivocarse en materia de fe porque el Señor ha comprometido su asistencia. Es el mismo caso de la Asunción de la Virgen a los cielos, que si bien no está en la Biblia, la Tradición cristiana la ha creído y celebrado desde los primeros tiempos, por lo que se convierte en un dogma de fe. Además esto lo ha reafirmado la doctrina del Magisterio durante los dos mil de fe de la Iglesia Católica.

La Tradición de la Iglesia Católica

La Tradición constante de la Iglesia, que se remonta a los primeros años del cristianismo, confirma la fe en el Purgatorio y la conveniencia de orar por nuestros difuntos. San Agustín, por ejemplo, decía: «Una lágrima se evapora, una rosa se marchita, sólo la oración llega hasta Dios». Además, el mismo Jesús dice que «aquel que peca contra el Espíritu Santo, no alcanzará el perdón de su pecado ni en este mundo ni en el otro» (Mt. 12, 32). Eso revela clara-mente que alguna expiación del pecado tiene que haber después de la muerte y eso es lo que llamamos el Purgatorio. En consecuencia, después de la muerte hay Purgatorio y hay purificación de los pecados veniales.

El Apóstol Pablo dice, además, que en el día del juicio la obra de cada hombre será probada. Esta prueba ocurrirá después de la muerte: «El fuego probará la obra de cada cual. Si su obra resiste al fuego, será premiado, pero si esta obra se convierte en cenizas, él mismo tendrá que pagar. El se salvará pero como quien pasa por el fuego» (1 Cor. 3, 15). La frase: «tendrá que pagar» no se puede referir a la condena del Infierno, ya que de ahí nadie puede salir. Tampoco puede significar el Cielo, ya que allá no hay ningún sufrimiento. Sólo la doctrina y la creencia en el Purgatorio explican y aclaran este pasaje. Pero, además, en la Biblia se demuestra que ya en el Antiguo Testamento, Israel oró por los difuntos. Así lo explica el Libro II de los Macabeos (12, 42-46), donde se dice que Judas Macabeo, después del combate oró por los combatientes muertos en la batalla para que fueran liberados de sus pecados. Dice así: «Y rezaron al Señor para que perdonara totalmente de sus pecados a los compañeros muertos». Y también en 2 Timoteo 1, 1-18, San Pablo dice refiriéndose a Onesíforo: «El Señor le conceda que alcance misericordia en aquel día».

Resumiendo, entonces, digamos que con nuestras oraciones podemos ayudar a los que están en el Purgatorio para que pronto puedan verse libres de sus sufrimiento y ver a Dios.

No obstante, como que en la práctica, cuando muere una persona, no sabemos si se salva o se condena, debemos orar siempre por los difuntos, porque podrían necesitar de nuestra oración. Y si ellos no la necesitan, le servirá a otras personas, ya que en virtud de la Comunión de los Santos existe una comunicación de bienes espirituales entre vivos y difuntos. Esto explica aquella costumbre popular de orar «por el alma más necesitada del Purgatorio».

Las catacumbas

En las catacumbas o cementerios de los primeros cristianos, hay aún esculpidas muchas oraciones primitivas, lo que demuestra que los cristianos de los primeros siglos ya oraban por sus muertos. Del siglo II es esta inscripción: «Oh Señor, que estás sentado a la derecha del Padre, recibe el alma de Nectario, Alejandro y Pompeyo y proporciónales algún alivio». Tertuliano (año 160-222) dice: «Cada día hacemos oblaciones por los difuntos». San Juan Crisóstomo (344-407) dice: «No en vano los Apóstoles introdujeron la conmemoración de los difuntos en la celebración de los sagrados misterios. Sabían ellos que esas almas obtendrían de esta fiesta gran provecho y gran utilidad» (Homilía a Filipo, Nro. 4).

Amigos y hermanos míos, creo que les quedará bien claro este punto tan importante de nuestra fe. Quien se profese católico no sólo puede sino que debe orar por sus difuntos

Y aquí cabe una pregunta: ¿Cómo queremos que nos recuerden nuestros amigos y familiares cuando nos muramos, con o sin oración?

Por lo menos entre los católicos, todos dirán que su deseo es que oren por ellos y que se les recuerde con la Santa Misa, porque aunque un católico muera con todos los sacramentos, siempre puede quedar en su alma alguna mancha de pecado y por eso conviene orar por ellos. Este es el sentir de la Iglesia Católica desde sus comienzos.

En lo que se refiere al Purgatorio hay que agregar que no es como una segunda oportunidad para que la persona establezca una recta relación con Dios. La conversión y el arrepentimiento deben darse en esta vida.

Los católicos, pues, no nos contentamos solamente con cantar alabanzas y glorificar a Dios, sino que elevamos plegarias a Dios y a la Santísima Virgen por nuestros difuntos y con más razón en los días inmediatos a su muerte.

La oración por los difuntos

Los primeros misioneros que evangelizaron América introdujeron la costumbre, que aún perdura en algunos lugares, de reunirse y hacer un velorio que se prolonga por una semana o nueve días. Se reza aún una Novena en la que los familiares se congregan para acompañar a los deudos y ofrecen a Dios oraciones por el difunto. También la Iglesia, desde tiempo inmemorial, introdujo la costumbre de celebrar el día 2 de Noviembre dedicado a los difuntos, día en el que los católicos vamos a los cementerios y, junto con llevar flores, elevamos una oración por nuestros seres queridos.

Los evangélicos, por lo general, sólo alaban a Dios por los favores que Dios le concedió al difunto. Pocas son las sectas que oran por ellos. En materia doctrinal, hay mucha variedad entre una secta y otra, ya que, como interpretan la Biblia según su libre albedrío, cada iglesia y cada persona tienen su propio criterio.

En cambio, entre los católicos sabemos que cualquier texto de la Escritura no debe ser objeto de interpretación personal, sino que la Iglesia, inspirada por el Espíritu Santo, nos revela a través de sus pastores el verdadero sentido de cada texto. Y en este sentido, el Papa es el garante la verdad revelada, es decir, del depósito de la Fe. Así, el Papa nos confirma en que nuestra Fe es la misma de los primeros cristianos, y la misma que perdurará hasta el fin de los tiempos.

Digamos, para terminar, que los católicos no sólo podemos orar por los difuntos, sino que éste es un deber cristiano que obliga, especialmente, a los familiares y a los amigos más cercanos.

Orar por los vivos y por los difuntos es una obra de misericordia. De la misma manera que ayudaríamos en vida a sus cuerpos enfermos, así, después de muertos, debemos apiadarnos de ellos rezando por el descanso eterno de sus almas.

Ente los católicos la tradición es orar por los difuntos y en lo posible celebrar la Santa Misa por su eterno descanso.

Dice la Liturgia: "dales, Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz eterna"

Y san Agustín dijo:"Una lágrima se evapora, una flor se marchita, sólo la oración llega al trono de Dios".

Cuestionario:

¿Cuál es la respuesta protestante al respecto? ¿Cuál es la respuesta católica? ¿Qué acontece después de la muerte del ser humano? ¿Hay Purgatorio? ¿Que sostiene la Tradición de la Iglesia Católica? ¿Qué frases, al respecto, hay escritas en las catacumbas junto a los sepulcros martiriales? ¿Qué día la Iglesia dedica a orar de forma especial por los difuntos?

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Tema 34:  Nuestra identidad católica

¿Qué son las Iglesias Cristianas?

Iglesias cristianas son aquellas comunidades de creyentes que aceptan a Jesucristo como Hijo de Dios y Salvador. Católicos y Evangélicos somos cristianos porque nos inspiramos en la persona de Cristo.

No son cristianos, en cambio, los musulmanes fundados por Mahoma, que vivió en el siglo VI, ya que ven en Jesús sólo a un profeta a quien ponen al mismo nivel de Moisés o de Mahoma. Tampoco son cristianos los Mormones que no consideran a Jesucristo como Dios y dan más importancia al Libro del Mormón, escrito por José Smith en 1827, que a la misma Biblia. (Smith murió linchado por decenas de maridos traicionados por él, aunque él decía que todo se lo revelaba un ángel en unas planchas de oro). Tampoco son cristianos quienes ven en Jesús de Nazaret sólo a un hombre bueno y sabio y no a Cristo el Salvador ungido por Dios.

El Consejo Mundial de Iglesias fundado en 1948 acepta como miembros sólo a las comunidades que aceptan que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que el Hijo de Dios hecho hombre es Jesucristo como lo atestigua la Biblia. Desde el Concilio Vaticano II (1962-1965) la Iglesia Católica coopera en el movimiento ecuménico con las demás Iglesias Cristianas.

¿Quiénes somos Católicos?

Somos católicos los que además de ser cristianos aceptamos por el Bautismo ser miembros de la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica.

¿Ahora bien ¿Cómo se sabe en la práctica si uno es o no es católico? La nota más distintiva para saber a qué Iglesia pertenece una persona es su adhesión o rechazo al Papa. El católico acepta al Papa como Vicario de Cristo, como Pastor universal de la Iglesia dejada por Jesús. Así que un católico unido al párroco, al obispo y al Papa, se sabe seguro dentro la Iglesia Católica. Los evangélicos rechazan la autoridad del Papa. Los ortodoxos se llaman católicos pero también rechazan la autoridad del Papa. Tenemos que orar para que llegue el día y la hora prevista por Dios parar el feliz reencuentro con la Iglesia Ortodoxa y ojalá también con las denominaciones evangélicas.

¿Qué es el Ecumenismo?

El Ecumenismo es el movimiento nacido bajo la acción del Espíritu Santo que busca la unión de los cristianos de diferentes iglesias mediante el diálogo teológico, la oración y el servicio en común a los más necesitados. El católico que se siente seguro de su Fe puede orar con cristianos de otras Iglesias, pero sin dejarse atropellar. También puede hacer con ellos obras buenas y practicar la solidaridad con los más necesitados, pero el diálogo teológico se debe dejar a los especialistas. El católico debe tratar con respeto a los que tienen otra religión (Col. 4, 5-6) y debe exigir también este mismo respeto. La Iglesia católica mantiene un diálogo religioso de acercamiento con otras confesiones no cristianas a condición de que respeten los postulados de nuestra Fe católica y los Derechos de la persona humana. Hay grupos que manipulan la mente de sus adherentes y los llevan a acciones antinaturales y de suicido como se ha visto en varios casos en años recientes.

¿En qué consiste la identidad católica?

1) La Iglesia Católica fortalece su unidad y resuelve diferencias de opiniones doctrinales en los Concilios Ecuménicos, según el modelo de Hechos 15. Los Concilios no deciden simplemente por presión de la mayoría, sino teniendo en cuenta lo que la Iglesia ha creído siempre y en todas partes, basándose en la enseñanza y práctica de Jesucristo, de sus Apóstoles y sucesores más antiguos.

2) La Iglesia Católica respeta la autoridad del sucesor de Pedro en materia de fe y disciplina y da importancia central a la caridad y a la Eucaristía. Ciertas prohibiciones de comidas están suprimidas en el Nuevo Testamento (Gál. 4, 3-11; 5, 1-5; Col 2, 16; Heb. 13, 9). Los primeros cristianos cambiaron el sábado (del hebreo «shabat», reposo) por el primer día de la semana, que llamaron Domingo (del latín «Domini dies», día del Señor), en el cual empezaron a celebrar la muerte y Resurrección de Jesús representada en la Ultima Cena (Lc. 22, 14- 20; Hech. 20, 7). El mismo Jesús daba más importancia al amor al prójimo que a los ayunos y al sábado (ver Mc. 2, 18-22).

3) La Iglesia Católica tributa devoción, sin adoración a María, a los santos y a los ángeles. Adorar es reconocer a Dios como creador, salvador y santificador. Los católicos reconocemos como Dios solamente al Padre, a su Hijo Jesucristo y al Espíritu Santo. Por ignorancia, los evangélicos acusan erróneamente a la Iglesia de adorar a la Virgen María, a los santos y a los ángeles. Los católicos vemos en María y demás santos a cristianos cercanos a nosotros, que nos muestran como seguir a Jesús y que ruegan a Dios por nosotros. Ellos nos ayudan a alcanzar la santificación que consiste en la plena unión con Dios y en el amor al prójimo. Sólo a Dios pedimos que tenga piedad de nosotros.

4) La fe católica acepta y practica la doctrina social de la Iglesia. Los obispos unidos al Papa aplican las enseñanzas bíblicas a las relaciones sociales, ya para una época, ya para un continente o país, en favor de la liberación de los pobres y oprimidos. Ciertos cristianos acusan a los obispos de meterse en política. Si bien los obispos no pueden usar su cargo en favor de un partido político, deben exigir a todas las autoridades un uso correcto del poder que viene de Dios para servir al bien común.

En el Credo aprobado en los Concilios de Nicea y de Constantinopla, mucho antes de la separación de las grandes Iglesias cristianas actuales, se resume la identidad de la verdadera Iglesia diciendo que es Una (unida en su fe y disciplina), Santa (en su fundador y en su meta, aunque incluye pecadores, aun en sus miembros. Católica (o abierta a todos) y Apostólica (derivada de los Apóstoles y dedicada al apostolado).

Algunas consecuencias prácticas

Las Sociedades Bíblicas Unidas se dedican a traducir la Biblia desde los originales hebreo, arameo y griego y a editarla barata, gracias a donaciones. Las ediciones católicas le agregan notas o explicaciones para evitar interpretaciones que se aparten de la tradición original. La Iglesia Católica mantiene contacto con las S. B. U. a través de la Federación Bíblica Católica. «La Biblia de Estudio» es una traducción de las S. B. U. con notas católicas, que incluye los libros deuterocanónicos. Ni la Iglesia Católica ni las Sociedades Bíblicas aceptan la traducción de la Biblia de los Testigos de Jehová (editadas por la Watchtower Bible Association, o Asociación Bíblica Atalaya), por-que adaptan la traducción a sus propias doctrinas, sin respetar los manuscritos más antiguos que se conservan en las lenguas originales.

La Iglesia Católica Ortodoxa que se separó de la Iglesia Católica en el siglo XI conserva la misma doctrina y tiene sacramentos válidos, pero no obedece al Papa aunque tiene cada vez mejores relaciones con la Iglesia Católica. Sin permiso, un católico no puede comulgar en la misa de ortodoxos ni tampoco recibir los sacramentos en sus iglesias, aunque reconocemos que sus sacramentos son válidos.

La Iglesia Anglicana, que en Estados Unidos tomó el nombre de Iglesia Presbiteriana, se originó cuando Enrique VIII, al no obtener su divorcio con Ana Bolena en el siglo XVI, se proclamó jefe de la Iglesia de Inglaterra, martirizó a los obispos fieles al Papa y ordenó obispos favorables a él, además de aceptar a otros que se separaron del Papa. La Iglesia Católica reconoce sólo sacerdotes ordenados por obispos legítimos. Con los anglicanos tenemos casi la misma doctrina pero aún no podemos compartir los sacramentos. Hemos de orar a Dios para que pronto se produzca la anhelada unión.

La Iglesia Evangélica Luterana se separó de la Iglesia Católica cuando Martín Lutero protestó contra la venta de indulgencias que hacían Julio II y León X para construir la basílica de San Pedro en el cerro Vaticano de Roma, y negó obediencia al Papa. Conservó los sacramentos de bautismo y eucaristía, sin dar a ésta gran importancia; afirmó que para salvarse basta la sola fe sin las obras buenas y que la fe consiste en aceptar la sola Escritura sin hacer caso de la Tradición. Los protestantes fueron invitados al Concilio de Trento, pero se retiraron en la primera sesión al ver el predominio de la obediencia al Papa y a la Tradición. Los protestantes niegan obediencia al Papa, y afirman la salvación por la sola fe (sin las buenas obras mandadas por Jesucristo: ver Mt. 7, 26; Lc 11, 27) y basada en la sola Biblia (sin la Tradición). Cada protestante interpreta la Biblia a su modo, generalmente en forma literal o fundamentalista, otras veces en forma muy liberal y hasta racionalista, sin contar con un Magisterio público, como el que existe en la Iglesia Católica. Y como dicen que cada fiel se guía por el Espíritu Santo para interpretar la Biblia, las Iglesias protestantes se dividen y subdividen por razones doctrinales y también por cuestiones personales entre los distintos pastores.

Las Iglesias Pentecostales son movimientos fervorosos que se originan de reavivamientos espirituales que atribuyen al Espíritu Santo. Hacen una interpretación protestante de la Biblia, agregan la predicación callejera, el pago del diezmo a su pastor, lo que les permite multiplicar sus capillas, y la oración con mucha emoción y expresión corporal, especialmente por los enfermos. A veces logran sanaciones con las cuales reafirman su fe en el poder de Dios, como si este poder sólo estuviera en su Iglesia. Cada Iglesia pentecostal es independiente. Un católico tiene muchos más medios de salvación que un no católico, pero ambos se pueden salvar, si cumplen sinceramente con lo que manda su conciencia ( Rom. 2, 12- 24).

El primado de Pedro

Un católico debe aceptar y adherir a la Iglesia Católica que Jesús fundó. Aceptar a Jesús y renegar de la Iglesia Católica es prácticamente separar aquello que Dios ha unido y arrancar la cabeza del cuerpo.

La Iglesia Católica, a la que tenemos la dicha de pertenecer, es la única fundada por Cristo hace ya casi dos mil años, la única que ha llegado a nosotros sin ninguna interrupción en la sucesión apostólica, la única que nos ofrece la plenitud de los medios de salvación dejados por el mismo Jesús.

La Iglesia Católica es la única fundada sobre Pedro cuando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del reino de los cielos, y lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra que-dará desatado en el cielo» (Mt. 16, 19).

Junto al mar de Galilea el Señor dijo a Simón:
estarás en el timón de la santa Madre Iglesia.
Mis ovejas pastorea con amor y suavidad,
me las vas a pastorear con gran amor y cariño
y en las pruebas y peligros Yo los voy a acompañar.
La sagrada obligación de anunciar a Jesucristo
obliga como hemos visto a todos sin excepción.
Cada uno tiene un don, una gracia y un talento
para que vaya en aumento nuestra católica fe
Yo los acompañaré hasta el final de los tiempos.

 Cuestionario

¿Qué son las Iglesias Cristianas? ¿Qué es la Iglesia Católica? ¿Son cristianos los musulmanes o los mormones? ¿Qué es el Ecumenismo? ¿Qué diferencia hay entre Iglesia cristiana no católica e Iglesia Cristiana Católica? Qué es lo fundamental de la identidad católica? ¿Cuál es el punto clave para distinguir la Iglesia Católica de la Iglesia Evangélica? ¿Cuál es el servicio a la identidad católica que presta el Papa en la Iglesia? ¿Cómo nació la Iglesia Ortodoxa y la Luterana? ¿Qué significa para un católico el primado de Pedro?

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Tema 35:  La  creación  del  mundo  y  del  hombre

Algunos al leer las primeras páginas de la Biblia, tal vez se pregunten: ¿Cómo se formó este mundo? ¿Cómo surgió la vida sobre la tierra? ¿Qué nos la ciencia al respecto? ¿Hay contradicción entre la Biblia y la ciencia?

Como cristianos creemos que el mundo y todo lo que en él se contiene, fue creado por Dios y que El es el Ser Supremo, inmanente y trascendente; pero, ¿cómo hizo Dios el mundo?

Durante siglos, la inmensa mayoría de los creyentes, interpretando literalmente las palabras de la Biblia, pensó que Dios había creado todas las cosas desde un comienzo, tal como las vemos ahora. O sea, que había creado el sol, la luna, las estrellas y los había puesto cada uno en su lugar para que siguieran dando vueltas en el firmamento. Se creía también que Dios había hecho los montes, las semillas, las plantas, los animales y el mismo hombre, tal como los vemos ahora y que cada especie había tenido descendientes siempre en todo semejantes a sus progenitores.

Esta era una lectura que hoy llamaríamos «fundamentalista» de la Biblia. Es decir, una lectura que interpretaba cada frase en sentido literal y sin atender para nada al estilo literario que utilizaban los orientales en sus narraciones. Era una lectura sin sentido crítico ni literario. Y de hecho algunas sectas fundamentalistas siguen aún esta tendencia y la exigen a sus adeptos. ¿Qué pensar?

Hoy las ciencias humanas han avanzado mucho y nos aseguran que esos relatos no son históricos en el sentido actual de la palabra, sino que son poéticos y nos presentan el relato bíblico en el marco de una cultura oriental que se expresa preferentemente a través de signos e imágenes poéticas.

¿Qué nos quiere decir, entonces, la Biblia?

En términos de Fe, lo que la Biblia nos quiere decir en los primeros capítulos del Génesis es que Dios creó la materia y que le comunicó un primer impulso para que ésta, a través de sucesivas transformaciones acaecidas durante millones de años, generara la vida, primero la de las plantas, después la de los animales y finalmente la del ser humano.

O sea que Dios, con su infinito poder, creó la materia de la nada y le dio su impulso creador para que se fuera transformando hasta llegar a ser lo que vemos que es el mundo hoy día.

Pero además la creación no fue una cosa del pasado. No fue un hecho que aconteció hace millones de años y que duró un instante. La creación fue y sigue siendo. Dios sigue hoy conservando el mundo y con su divina Providencia lo sigue acompañando hacia su total plenitud.

Esta interpretación surgió en la Iglesia a principios de este siglo y se debió principalmente a un hombre visionario, a un Jesuita llamado Teilhard de Chardin, quien tuvo la genialidad de hacer la síntesis entre los avances de la ciencia y la Biblia. Según esta teoría, entonces, entre la fe y la ciencia no sólo no hay contradicción sino que una mutua complementación.

¿Cómo se habría formado la tierra?

Hoy la ciencia nos dice que el universo cambia a cada momento. Que las galaxias se alejan unas de otras a velocidades de miles de kilómetros por segundo. Que el universo está en constante mutación. Y que mientras aparecen mejores telescopios, más el hombre se asombra de la grandeza del universo y de la pequeñez del planeta Tierra.

La ciencia hoy se inclina por creer que hace miles de millones de años, la materia de la que están hechos los astros, los planetas y la misma Tierra era como una gran masa amorfa, que en un momento dado experimentó una gran explosión -«big bang» la denominan los científicos- y de repente se fragmentó en millones de pedazos que se esparcieron por todo el firmamento. Y después de un larguísimo proceso de fragmentación y de descenso de las temperaturas que eran de millones de grados, empezaron a aparecer los astros, los planetas y las estrellas, tal como los vemos ahora. En un comienzo, entonces, la Tierra formaba parte de aquella gran masa amorfa de materia y energía que explotó repentinamente y que se disgregó por el universo. Después aquella masa se fue enfriando y cuando se dieron las condiciones adecuadas, lentamente a través de millones de años, surgió la vida.

¿Cómo surgió la vida y el ser humano?

Cuando en la Tierra se dieron las condiciones adecuadas de temperatura, agua y aire, empezaron a aparecer los primeros seres vivientes. Primero fue una vida muy primaria y molecular, después apareció la vida vegetal y final-mente la vida animal. Los seres más primitivos fueron núcleos celulares. Después de sucesivas transformaciones aparecieron los nuevos géneros de vida, tanto vegetal como animal. Y así, poco a poco fueron apareciendo las plan-tas, los peces y las aves y todos los animales. Así la vida fue desarrollándose lentamente hasta llegar a ser lo que es hoy.

La vida, primero en el mar y después sobre la tierra, surgió tras millones de años de mutaciones y transformaciones. Los seres vivientes nacieron, crecieron y fueron adaptándose al medio. Unos permanecieron en el mar y otros emergieron hacia la tierra y fueron evolucionando, es decir, se adaptaron al nuevo medio. Y así muchos seres terrestres, se desarrollaron en el mar durante la primera etapa de su vida y después, millones de siglos más tarde, emergieron hacia la superficie de la tierra.

Según esta interpretación, Dios habría dado a la creación el impulso inicial, y habría fijado las leyes a la naturaleza , y ésta, obedeciendo al impulso del Creador en una cadena ininterrumpida de transformaciones, llegó a generar las diferentes especies de vida -de plantas, aves, peces y animales- que hoy vemos en nuestro planeta. Y de una de estas especies, previamente elegida por el Creador, habría salido el «homo sapiens». Esto es lo que se enseña hoy en cualquier libro de biología sobre el origen del universo y del hombre. Se enseña que la vida del antepasado del hombre surgió del mar y que a través de millones de años fue adaptándose a la tierra, es decir al terreno seco. Se agrega también que primero, el antepasado del hombre, anduvo en cuatro patas, luego se fue irguiendo de a poco y que finalmente se irguió y caminó sobre dos pies. También, en colecciones de cráneos que se han podido recopilar y estudiar, se muestra cómo las formas el cerebro del hombre fue evolucionando hasta transformarse en el «homo sapiens».

Ahora bien, en el plano teológico hay que afirmar que para que el antepasado del hombre pasara del estado de no -hombre al de hombre-racional hay que creer que hubo una intervención especial de Dios.

Cada alma es creada por Dios.

Ya el Papa Pío XII en la Encíclica «Humani Generis», en 1950, afirmaba que «no era contrario a la fe reconocer al cuerpo del hombre un origen que podía ser una materia viva, con tal de mantener que las almas son creadas directamente por Dios, lo que es compatible con un cierto evolucionismo».

Cabe notar aquí cómo la Iglesia -Madre y Maestra también en la interpretación de la Biblia- hace hincapié en que el hombre está formado de cuerpo y alma y que el alma no puede ser fruto de esta evolución cíclica sino que cada alma por ser única e irrepetible es creada directamente por Dios. De ahí, entonces, la gran diferencia que hay entre el ser humano en relación a los otros seres vivos de la creación.

La creación del alma, que en definitiva es lo que le da dignidad al hombre, es una acción directa e inmediata del Creador. Y cuando un hombre y una mujer se unen para generar una nueva vida, entonces Dios crea el alma única, inmortal e irrepetible de cada nuevo ser.

Millones de personas durante siglos han interpretado los primeros libros del Génesis en forma literal, es decir, pensaron que Dios creó el mundo en seis días como los nuestros y que todo lo creó tal cual lo vemos hoy día.

Hoy tenemos nuevos elementos para interpretar cómo surgió la vida sobre la tierra. Como católicos, entonces, podemos aceptar la teoría de la evolución, según la cual Dios creó la materia y le dio el primer impulso creador. Y llegado el momento elegido por el mismo Dios, y previa una especial intervención suya, crea el alma, y de ahí sur-ge el ser humano.

Y esta teoría en nada disminuye el poder y la grandeza de Dios Creador sino todo lo contrario, que más y más lo aumenta ya que así Dios no sólo aparece como autor de la materia y del cosmos sino también de las leyes que rigen el universo. Y es en este contexto que recobra todo su sentido el texto de San Pablo a los Colosenses (Col. 1, 15- 20), en que aparece la figura de Cristo Redentor como centro de la creación, quien diviniza a los hombres en una espiral ascendente hasta la plenitud de su vocación divina.

Hizo Dios Nuestro Señor
con su gran sabiduría
las estrellas, sol y luna
la noche y también el día. 

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