o)[0];a.async=1;a.src=g;m.parentNode.insertBefore(a,m) })(window,document,'script','https://www.google-analytics.com/analytics.js','ga'); ga('create', 'UA-526318-1', 'auto'); ga('require', 'GTM-MKNZDXB'); ute;ritu suscitó a lo largo y ancho de este Continente. El Papa Juan Pablo II os convocó para una nueva evangelización, y vosotros respondisteis a su llamado con la generosidad y el compromiso que os caracterizan. Yo os lo confirmo y, con palabras de esta Quinta Conferencia, os digo: sed discípulos fieles, para ser misioneros valientes y eficaces.

La segunda Lectura nos ha presentado la grandiosa visión de la Jerusalén celeste. Es una imagen de espléndida belleza, en la que nada es simplemente decorativo, sino que todo contribuye a la perfecta armonía de la Ciudad santa. Escribe el vidente Juan que ésta “bajaba del cielo, enviada por Dios trayendo la gloria de Dios” (Ap 21,10). Pero la gloria de Dios es el Amor; por tanto la Jerusalén celeste es icono de la Iglesia entera, santa y gloriosa, sin mancha ni arruga (cf. Ef 5,27), iluminada en el centro y en todas partes por la presencia de Dios-Caridad. Es llamada “novia”, “la esposa del Cordero” (Ap 20,9), porque en ella se realiza la figura nupcial que encontramos desde el principio hasta el fin en la revelación bíblica. La Ciudad-Esposa es patria de la plena comunión de Dios con los hombres; ella no necesita templo alguno ni ninguna fuente externa de luz, porque la presencia de Dios y del Cordero es inmanente y la ilumina desde dentro.

Este icono estupendo tiene un valor escatológico: expresa el misterio de belleza que ya constituye la forma de la Iglesia, aunque aún no haya alcanzado su plenitud. Es la meta de nuestra peregrinación, la patria que nos espera y por la cual suspiramos. Verla con los ojos de la fe, contemplarla y desearla, no debe ser motivo de evasión de la realidad histórica en que vive la Iglesia compartiendo las alegrías y las esperanzas, los dolores y las angustias de la humanidad contemporánea, especialmente de los más pobres y de los que sufren (cf. Gaudium et spes, 1). Si la belleza de la Jerusalén celeste es la gloria de Dios, o sea, su amor, es precisamente y solamente en la caridad cómo podemos acercarnos a ella y, en cierto modo, habitar en ella. Quien ama al Señor Jesús y observa su palabra experimenta ya en este mundo la misteriosa presencia de Dios Uno y Trino, como hemos escuchado en el Evangelio: “Vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Por eso, todo cristiano está llamado a ser piedra viva de esta maravillosa “morada de Dios con los hombres”.¡Qué magnífica vocación!

Una Iglesia enteramente alentada y movilizada por la caridad de Cristo, Cordero inmolado por amor, es la imagen histórica de la Jerusalén celeste, anticipación de la Ciudad santa, resplandeciente de la gloria de Dios. De ella emana una fuerza misionera irresistible , que es la fuerza de la santidad . La Virgen Maria le alcance a América Latina y el Caribe ser abundantemente revestidas de la fuerza de lo alto (cf. Lc 24,49) para irradiar en el Continente y en todo el mundo la santidad de Cristo. A Él sea dada gloria, con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Comentarios

Síguenos:

Libros del padre José Antonio Fortea

Tendencias:

El blog de Mons. José Gómez
Cara a cara con Alejandro Bermúdez