ntsByTagName(o)[0];a.async=1;a.src=g;m.parentNode.insertBefore(a,m) })(window,document,'script','https://www.google-analytics.com/analytics.js','ga'); ga('create', 'UA-526318-1', 'auto'); ga('require', 'GTM-MKNZDXB'); oacute;n nos dejó Fray Galvão!
Como son actuales para nosotros, que vivimos en una época tan llena de hedonismo, las
palabras que aparecen en la cédula de consagración de su castidad: “quitadme antes la
vida que ofender a tu bendito Hijo, mi Señor”. Son palabras fuertes, de un alma
apasionada, que deberían hacer parte de la vida normal de cada cristiano, sea él
consagrado o no, y que despiertan deseos de fidelidad a Dios dentro o fuera del
matrimonio. El mundo necesita de vidas limpias, de almas claras, de inteligencias simples
que rechacen ser consideradas criaturas objeto de placer. Es necesario decir no a aquellos
medios de comunicación social que ridiculizan la santidad del matrimonio y la virginidad
antes del casamiento.

Es en este momento que tendremos en Nuestra Señora la mejor defensa contra los males
que afligen la vida moderna; la devoción mariana es garantía cierta de protección
maternal y de amparo en la hora de la tentación. ¿No será esta misteriosa presencia de la
Virgen Purísima cuándo invoquemos protección y auxilio a la Señora Aparecida? Vamos
a depositar en sus manos santísimas la vida de los sacerdotes y laicos consagrados, de los
seminaristas y de todos los vocacionados para la vida religiosa.

6. Queridos amigos, permitidme concluir evocando la Vigilia de Oración de Marienfeld en
Alemania: delante de una multitud de jóvenes, quise definir a los Santos de nuestra época
como verdaderos reformadores. Y añadía: “solo de los Santos, solo de Dios proviene la
verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo” (Homilía, 25/08/2005). Ésta es la
invitación que hago hoy a todos vosotros, del primero al último, en esta inmensa
Eucaristía. Dios dijo: «Sed santos, como Yo soy Santo» (Lv 11,44). Agradezcamos a
Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, de los cuales nos vienen, por intercesión
de la Virgen María, todas las bendiciones del cielo; este don que, juntamente con la fe es
la mayor gracia que el Señor puede conceder a una criatura: el firme deseo de alcanzar la
plenitud de la caridad, en la convicción de qué no solo es posible, como también
necesaria la santidad, cada cuál en su estado de vida, para revelar al mundo el verdadero
rostro de Cristo, nuestro amigo! ¡Amén!

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