La historia del cometa más célebre de la astronomía podría necesitar una revisión. Una nueva investigación sostiene que, seis siglos antes de que el astrónomo Edmond Halley describiera científicamente su periodicidad en 1705, un monje inglés del siglo XI ya había comprendido que se trataba del mismo objeto celeste observado en distintos momentos del tiempo.
No puede decirse, en sentido estricto, que Halley fuera el descubridor del cometa que hoy lleva su nombre.
El científico británico se apoyó en registros históricos anteriores, pero fue el primero en demostrar, con método científico, que las apariciones de 1531, 1607 y 1682 correspondían a un único cuerpo celeste que regresaba de forma periódica, aproximadamente cada 76 años. Aquella conclusión marcó un hito en la historia de la ciencia y contribuyó decisivamente a desterrar la visión de los cometas como presagios sobrenaturales.
Sin embargo, un estudio reciente sugiere que esa intuición sobre la recurrencia del fenómeno ya estaba presente, de forma embrionaria, en la Europa medieval.
El trabajo, realizado por el astrofísico Simon Portegies Zwart y el historiador Martin Lewis, identifica como posible precursor a Eilmer de Malmesbury —también conocido como Æthelmær u Oliver de Malmesbury—, un monje benedictino inglés que habría observado el cometa en dos ocasiones separadas por casi ocho décadas, en los años 989 y 1066.
Los resultados se recogen en el volumen Dorestad and Everything After. Ports, Townscapes & Travellers in Europe, 800-1100, una obra dedicada al conocimiento y la movilidad en la Europa medieval. Según los autores, Eilmer habría reconocido en 1066 el mismo astro que había visto en su juventud, una deducción excepcional para su tiempo, basada en la memoria personal y en una comparación temporal poco habitual en la Edad Media.