La pobreza de la Justicia Social

Lunes 7 de febrero de 2011

por Robert Royal

Hace algunos años, el editor de una enciclopedia católica me pidió escribir una docena de entradas sobre la enseñanza social de la Iglesia, incluyendo una sobre la justicia social. Leí sobre el tema, pero descubrí que la justicia social, si es que existe, es una idea muy floja.

Antes de que escriba: la enseñanza social católica nos dice que tenemos responsabilidades de solidaridad hacia otros, especialmente los pobres. Todos necesitamos reflexionar seriamente sobre ese hecho. Pero Aristóteles, Agustín Aquino y toda la tradición cristiana hasta tiempos recientes hablaron simplemente sobre la justicia, que siempre involucra las relaciones sociales y, por ello, no necesita ser calificada como “social”.

Todo este asunto importa mucho porque, además de la obvia urgencia de sostener a los pobres, los católicos han oído durante medio siglo que la “justicia social” es una parte igual –junto a las actividades pro-vida– en la protección de la vida humana. Y debemos votar de acuerdo a eso (casi siempre en detrimento de los candidatos pro-vida). El problema está en que es relativamente fácil saber cómo proteger a los bebés en el vientre: no abortarlos. Cómo ayudar a los pobres es algo mucho menos claro, especialmente en términos políticos.

Los católicos de vieja escuela aprendieron que la justicia se da de tres maneras: conmutativa, el justo intercambio entre las dos partes, de la que las otras formas dependen; distributiva, que requiere que los bienes y servicios sean razonablemente distribuidos en la comunidad (esto es distinto a la redistribución, ya que los esquemas redistributivos del siglo XX llevaron a regímenes muy injustos e incluso tiránicos) y la justicia general consagrada por la ley.

La justicia social asumió una premisa similar a la que asumió el socialismo, el marxismo y otros tipos de ingeniería social: la creencia de que existe algún análisis “científico” de la sociedad que nos permite establecer “programas” y “sistemas” (dos palabras que siempre exigen un escrutinio cercano) que producirán la justicia social. En esta perspectiva, todo lo que falta es voluntad; y sus defensores usualmente sugieren que fuerzas oscuras, principalmente gente de negocios, son los únicos obstáculos.

Esta figura solía ser muy fuerte, incluso dentro de la Iglesia. Pero en la actual crisis económica, los perros de la justicia social no están ladrando mucho. En la encíclica Caritas in veritate de Benedicto XVI, el término justicia social aparece solo en dos lugres. El primero, no sino hasta la sección 25 del documento, se refiere a las circunstancias distintas para la justicia social (ej. ¿Los medios de empleo de la globalización enviados al extranjero ayudan a los pobres en otros lugares, pero qué hay de los trabajadores en los países desarrollados?). El segundo identifica principalmente la justicia social con lo que a veces se llama valores “pre-políticos” como la confianza y la solidaridad. La justicia social no reclama cosas fáciles. Allí está la sabiduría de Benedicto al limitarse a los principios generales.

Como ya habrán podido notar, incluso en el voluminoso debate sobre el gran asunto de la actual crisis económica, no hay mucho acuerdo. Paul Krugman, premio Nobel, profesor de economía de Princeton y columnista del New York Times, es apopléjico al sostener que el estímulo masivo (más de 800 mil millones de dólares) fue lamentablemente inadecuado. Otras distinguidas eminencias son igualmente apasionadas sobre el hecho de que estos aportes masivos no solo ayudaron poco, sino que nos colocaron lejos de volver crecer en los negocios, la creación de empleo y la reducción de la deuda.

Esa es la aproximación floja. Si quiere hablar de justicia –social o de otro tipo– las cosas son un poco más confusas. Los liberales y conservadores se dedicaron al rescate de Wall Street, mientras que la gente se quedaba sin trabajo en Main Street. El jurado todavía se esfuerza en crear o preservar empleos directamente: como en el rescate de General Motors. Ciertamente, el “dinero por chatarra” muestra en pequeña escala que se puede usar 5 mil millones de dólares de los contribuyentes y no lograr nada sino alentar a la gente a comprar automóviles un poco más antes de lo previsto.

Aquí está la cuestión de la justicia, al menos en el modelo antiguo: ¿cómo es justo rescatar a una industria y no a otra? ¿Por qué los trabajadores de automóviles en Detroit o los constructores de paneles solares obtienen favores financieros mientras que, digamos los pobres lectores, escritores y editores de la Cuestión Católica y los mismos contribuyentes no pueden tener un respiro? ¿Es justo que algunos –un cínico podría decir que aquellos con conexiones políticas o mejores lobistas o con alguna ventaja ideológica– reciban un mejor trato ante la ley?

Las organizaciones privadas no saben mucho sobre la justicia social. Catholic Charities USA (Caridades Católicas de Estados Unidos), a quienes dono algo al final de cada año para su trabajo de ayuda, han establecido reducir la pobreza a la mitad hasta el 2020. Un pío deseo y estaré muy contento si sucediese. ¿Pero pueden hacerlo?

Cuando el Presidente Johnson inauguró la “guerra contra la pobreza” a mitad de los 60s’, la tasa de pobreza estaba en aproximadamente 15 por ciento. Fluctuaba por supuesto –descendió un poco hasta 10 por ciento, de vuelta a 15 por ciento y actualmente está en 14,3 por ciento– básicamente por la economía y no por lo que los defensores de la justicia social han hecho.

Gastar trillones en la pobreza debía tener algún efecto, malo en términos de desincentivos para el bienestar, así como buenos. (Dejaremos para otro día la constitucionalidad y la sabiduría de gobiernos en expansión que difunden valores anti-cristianos). ¿Pero alguien sabe cómo reducir a la mitad la pobreza? Eso significa un históricamente y sin precedentes 7 por ciento. Las estadísticas nunca son simplemente científicas y ciertamente no pueden predecir el futuro, pero no existe política floja en Washington o en la Kennedy School de Harvard que apueste la hipoteca en eso.

Si la justicia social solo es un asunto de lobby y de convencer a la gente de negocios y al gobierno de dejar sus maneras egoístas y adoptar “programas” y “estructuras justas” que eliminen la pobreza –obviamente ninguno de los que han fracasado hasta ahora– ¿por qué no es probable reducir la pobreza a la mitad?

Como dije, los defensores nos dicen que nuestra preocupación por toda vida humana nos exige trabajar hacia la justicia social. Yo mismo sería feliz con la justicia. Pero mientras luchamos con problemas que nadie sabe cómo resolver, no hay excusa para fracasar en enfrentar el más grande asunto de justicia de nuestros días, que sí sabemos como solucionar: la masacre de los inocentes.

Robert Royal es el editor-jefe de La Cuestión Católica y presidente del Faith & Reason Institute en Washington, D.C. Su libro más reciente es The God That Did Not Fail: How Religion Built and Sustains the West (El Dios que no falla: Cómo la religión construyó y sostiene a Occidente), ahora disponible en Encounter Books.

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