Element(o), m=s.getElementsByTagName(o)[0];a.async=1;a.src=g;m.parentNode.insertBefore(a,m) })(window,document,'script','https://www.google-analytics.com/analytics.js','ga'); ga('create', 'UA-526318-1', 'auto'); ga('require', 'GTM-MKNZDXB'); eligiosa el ministro sólo bendice la unión ya contraída. Para los fieles de la Iglesia Católica y de las Iglesias ortodoxas, por citar dos ejemplos, la situación es diferente. Para ellos, el matrimonio-sacramento, sellado ante Dios, y en virtud del cual los cónyuges se comprometen a amarse como Cristo ama a la Iglesia, es el matrimonio válido. Por eso, cuando los católicos dicen en lenguaje coloquial «ya estamos casados por el Civil», manifiestan que todavía no están casados, pero que ya cumplieron con el requisito necesario para que el matrimonio religioso tenga efectos civiles a partir del día en que realmente se casen.

El artículo 21 del proyecto, que puede ser perfeccionado, pone término a esta extraña dualidad. Reconoce el matrimonio celebrado ante entidades religiosas que gocen de personalidad jurídica de derecho público. Sin embargo, para que este matrimonio tenga efectos civiles, el acta del matrimonio religioso, debidamente autentificada, debe ser presentada e inscrita en el Registro Civil. Esta posibilidad abre espacio al ejercicio de la libertad de conciencia y de la libertad de culto, y además valoriza la adquisición de los efectos civiles, mediante la inscripción en el Registro Civil.

¿También acoge el matrimonio indisoluble?

De nuestra parte, los Obispos de la Iglesia católica juzgamos que el Estado debe ser justo con aquellos cónyuges que quieren contraer matrimonio indisoluble, y aceptar en su legislación que puedan hacerlo, si en conciencia así lo resuelven. Con mayor razón, si esta característica es propia e irrenunciable para el matrimonio en la Iglesia a la cual pertenecen libremente.

Pero sin discriminación alguna, y con todos sus efectos civiles

Todas las confesiones religiosas podrán recurrir a esta posibilidad. El artículo no establece discriminación alguna, si bien se sabe que la gran mayoría no va a querer hacer uso de ella, porque en su tradición el matrimonio religioso tiene otro significado. Tampoco queda afectado el trato indiscriminado que la ley debe dar a todas las confesiones religiosas, cuando el Estado cumpla con su deber de exigir de las confesiones religiosas que quieran acogerse a este artículo, el respeto irrestricto a las condiciones que establece la ley para que el matrimonio sea contraído válidamente. Un acuerdo con la respectiva confesión religiosa permitirá certificar que ella cumple con estas condiciones, y establecerá qué oficio debe tener la instancia que autentifique el certificado de celebración del matrimonio religioso para que éste pueda ser inscrito en el Registro Civil de manera válida y expedita.

El artículo 21 de la ley establecerá que todos los efectos civiles del matrimonio religioso estarán regidos por la legislación civil. No así, como es evidente, los efectos religiosos. Por ejemplo, el efecto religioso de dar educación religiosa a los hijos no se regirá por la ley civil, si bien es importante que el Estado, en su búsqueda del bien común, apoye su cumplimiento. Otro efecto religioso es la indisolubilidad. Ante Dios y ante la Iglesia, el matrimonio-sacramento es siempre indisoluble. En este ámbito no puede intervenir la ley civil, ya sea que ésta reconozca el matrimonio religioso o lo desestime.

El artículo 21 del proyecto de ley aún no lo estipula, pero el respeto irrestricto de la libertad de conciencia y de culto postula del Estado que respete también civilmente la voluntad de los cónyuges cuando contraen matrimonio para toda la vida mientras la muerte no los separe y excluyen que una instancia humana pueda disolver su unión. El Estado cumpliría con su tarea de respetar la libertad de conciencia, si también respetase la decisión de las parejas que quieran contraer matrimonio indisoluble por otras razones, no necesariamente religiosas. Ciertamente no dañarían con su resolución ni la moral, ni las costumbres ni el orden público.

Una opción por el bien de Chile y de sus hijos

Concluyo estas reflexiones, valorando la etapa que vivimos de nuestra historia. Chile está dispuesto a construir la paz y a lograr esa amistad cívica que se construye en el respeto, aun de las minorías, por los caminos de la libertad de conciencia, con los medios de la justicia y de la verdad, sin violencia, sin intransigencias ni sectarismos.

A nuestro juicio, el país sólo gana si apoya a incontables parejas que encaminan su amor hacia un compromiso matrimonial realmente definitivo en el gozo y en el dolor, en la salud y la enfermedad, en los conflictos y en la esperanza. Merecen pleno apoyo quienes se prometen mutuamente hacer de la fidelidad su compromiso de vida. Los hijos admirarán el testimonio de sus padres, al saber que fundaron para ellos una familia estable con la cual siempre podrán contar. Constatarán día a día que ellos mantienen su empeño, aun contra seductoras alternativas, y que ennoblecen su alianza conyugal, imitando la fidelidad de Cristo, que nos amó hasta el extremo. Él fue generoso con los débiles, con los cansados, con los enfermos y con los pecadores, aun con quienes lo traicionaron. Él privilegió con su amor a todos los marginados, enalteciendo a las mujeres, a los niños y a los extranjeros, hasta despertar el asombro de sus contemporáneos.

En realidad, no hay razón alguna que impida que las puertas de la legislación queden abiertas al reconocimiento del matrimonio para toda la vida y del matrimonio religioso. Por lo demás, así fue durante largos siglos en la humanidad, y así lo practican actualmente un número considerable de países en el mundo occidental.

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