Catequesis del Papa Juan Pablo II: Salmo 99

1. La tradición de Israel ha dado al himno de alabanza que acabamos de proclamar el título de «Salmo para la todáh», es decir, para la acción de gracias en el canto litúrgico, por lo que se presta muy bien a ser entonado en las Laudes matutinas. En los pocos versículos de este gozoso himno se pueden identificar tres elementos significativos, capaces de hacer fructuosa su recitación por parte de la comunidad cristiana orante.

2. Ante todo aparece el intenso llamamiento a la oración, claramente descrita en dimensión litúrgica. Basta hacer la lista de los verbos en imperativo que salpican el Salmo y que aparecen acompañados por indicaciones de carácter ritual: «Aclamad..., servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios... Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre (versículos 2-4). Una serie de invitaciones no sólo a penetrar en el área sagrada del templo a través de las puertas y los patios (cf. Salmo 14, 1; 23, 3.7-10), sino también a ensalzar a Dios de manera festiva.

Es una especie de hilo conductor de alabanza que no se rompe nunca, expresándose en una continua profesión de fe y de amor. Una alabanza que desde la tierra se eleva hacia Dios, pero que al mismo tiempo alimenta el espíritu del creyente.

3. Quisiera hacer una segunda y breve observación sobre el inicio mismo del canto, en el que el Salmista hace un llamamiento a toda la tierra a aclamar al Señor (cf. v. 1). Ciertamente el Salmo centrará después su atención en el pueblo elegido, pero el horizonte abarcado por la alabanza es universal, como con frecuencia sucede en el Salterio, en particular en los así llamados «himnos al Señor rey» (cf. Salmos 95-98). El mundo y la historia no están en manos del azar, del caos, o de una necesidad ciega. Son gobernados por un Dios misterioso, sí, pero al mismo tiempo es un Dios que desea que la humanidad viva establemente según relaciones justas y auténticas. «Él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente... regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad» (Salmo 95, 10.13).

4. Por este motivo, todos estamos en las manos de Dios, Señor y Rey, y todos le alabamos, con la confianza de que no nos dejará caer de sus manos de Creador y Padre. Desde esta perspectiva, se puede apreciar mejor el tercer elemento significativo del Salmo. En el centro de la alabanza que el Salmista pone en nuestros labios se encuentra de hecho una especie de profesión de fe, expresada a través de una serie de atributos que definen la realidad íntima de Dios. Este credo esencial contiene las siguientes afirmaciones: el Señor es Dios: el Señor es nuestro creador, nosotros somos su pueblo, el Señor es bueno, su amor es eterno, su fidelidad no tiene límites (cf. versículos 3-5).

5. Ante todo nos encontramos frente a una renovada confesión de fe en el único Dios, como pide el primer mandamiento del Decálogo: «Yo soy el Señor, tu Dios... No habrá para ti otros dioses delante de mí» (Éxodo 20, 2.3). Y, como se repite con frecuencia en la Biblia: «Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro».

Se proclama después la fe en el Dios creador, manantial del ser y de la vida. Sigue después la afirmación expresada a través de la así llamada «fórmula de la alianza», de la certeza que tiene Israel de la elección divina: «somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (v. 3). Es una certeza que hacen propia los fieles del nuevo Pueblo de Dios, con la conciencia de constituir el rebaño que el Pastor supremo de las almas las lleva a los prados eternos del cielo (cf. IPedro 2, 25).

6. Después de la proclamación del Dios único, creador y fuente de la alianza, el retrato del Señor ensalzado por nuestro Salmo continúa con la meditación en tres cualidades divinas con frecuencia exaltadas en el Salterio: la bondad, el amor misericordioso («hésed»), la fidelidad. Son las tres virtudes que caracterizan la alianza de Dios con su pueblo; expresan un lazo que no se romperá nunca, a través de las generaciones y a pesar del río fangoso de pecado, de rebelión y de infidelidad humanas. Con serena confianza en el amor divino que no desfallecerá nunca, el pueblo de Dios se encamina en la historia con sus tentaciones y debilidades diarias.

Y esta confianza se convierte en un canto que no siempre puede expresarse con palabras, como observa san Agustín: «Cuanto más aumente la caridad, más te darás cuenta de lo que decías y no decías. De hecho, antes de saborear ciertas cosas, creías que podías utilizar palabras para hablar de Dios; sin embargo, cuando has comenzado a sentir su gusto, te das cuenta de que no eres capaz de explicar adecuadamente lo que experimentas. Pero si te das cuenta de que no sabes expresar con palabras lo que sientes, ¿tendrás por eso que callarte y no cantar sus alabanzas?... Por ningún motivo. No seas tan ingrato. A Él se le debe el honor, el respeto, y la alabanza más grande... Escucha el Salmo: "¡Aclama al Señor, tierra entera!". Comprenderás la exultación de toda la tierra si tú mismo exultas con el Señor («Comentarios a los Salmos», «Esposizioni sui Salmi» III/1, Roma 1993, p. 459).

Audiencia del Miércoles 7 de noviembre 2001

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