Catequesis del Papa Juan Pablo II: Salmo 143

1. Acabamos de escuchar la primera parte del Salmo 143. Tiene las características de un himno real, entretejido por otros textos bíblicos, que dan vida a una nueva oración (Cf. Salmo 8, 5; 17,8-15; 32, 2-3; 38, 6-7). Quien habla en primera persona es el mismo Rey David, que reconoce el origen divino de sus éxitos.

El Señor es representado con imágenes marciales, según el antiguo uso simbólico: aparece, de hecho, como instructor militar (Cf. Salmo 143, 1), fortaleza inexpugnable, escudo protector, triunfador (Cf. v. 2). De este modo, se quiere exaltar la personalidad de Dios, que se compromete contra el mal en la historia: no es una potencia obscura o una especie de hado, ni un soberano impasible e indiferente ante las vicisitudes humanas. Las citas y el tono de esta celebración divina están influenciadas por el himno de David conservado en el Salmo 17, y en el capítulo 22 del Segundo Libro de Samuel.

2. Ante la potencia divina, el rey judío reconoce su fragilidad y debilidad, propias de todas las criaturas humanas. Para expresar esta sensación, el rey orante recurre a dos frases presentes en los Salmos 8 y 38, y las entrecruza dándoles una nueva y más intensa eficacia: «Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él? ¿Qué los hijos de Adán para que pienses en ellos? El hombre es igual que un soplo; sus días, una sombra que pasa» (versículos 3-4). Emerge aquí la firme convicción de que somos frágiles, como el soplo del viento, si el Creador no nos conserva en vida, Él --como dice Job-- «tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de toda carne de hombre» (12, 10).

Sólo con la ayuda divina podemos superar los peligros y las dificultades que salpican todos los días de nuestra vida. Sólo si contamos con la ayuda del Cielo podemos comprometernos, como el antiguo rey de Israel, a caminar hacia la libertad de toda opresión.

3. La intervención divina es presentada con las tradicionales imágenes cósmicas e históricas con el objetivo de ilustrar el señorío divino sobre el universo y sobre las vicisitudes humanas. Entonces aparecen los montes que echan humo en imprevistas erupciones volcánicas (Cf. Salmo 143,5). Aparecen los rayos como saetas lanzadas por el Señor y dispuestas a aniquilar el mal (Cf. versículo 6). Aparecen, por último, las «aguas caudalosas» que, en el lenguaje bíblico, son símbolo del caos, del mal y de la nada, en una palabra, de las fuerzas negativas en la historia (Cf. versículo 7). A estas imágenes cósmicas se asocian otras de carácter histórico: son «los enemigos» (Cf. versículo 6), los «extranjeros» (Cf. versículo 7), los mentirosos, los que juran en falso, es decir, los idólatras (Cf. versículo 8).

Es una manera muy concreta y oriental de representar la malicia, las perversiones, la opresión y las injusticia: realidades tremendas de las que nos libera el Señor, mientras nos adentramos en el mundo.

4. El Salmo 143, que nos propone la Liturgia de los Laudes, concluye con un breve himno de acción de gracias (Cf. versículos 9-10). Surge de una certeza: Dios no nos abandonará en la lucha contra el mal. Por este motivo, el orante entona una melodía acompañándola con su arpa de diez cuerdas, convencido de que el Señor da la victoria a su consagrado, y salva a David, su siervo (Cf. versículos 9-10).

La palabra «consagrado» en hebreo es «mesías»: nos encontramos, por tanto, ante un Salmo real que se transforma, en el uso litúrgico del antiguo Israel, en un canto mesiánico. Nosotros los cristianos lo repetimos poniendo la mirada en Cristo, que nos libera de todo mal y nos sostiene en la batalla. Ésta, de hecho, no se combate «contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en las alturas» (Efesios 6, 12).

5. Concluyamos con una consideración que nos sugiere San Juan Cassiano, monje del siglo IV-V, que vivió en Galia. En su obra, «La Encarnación del Señor», basándose en el versículo 5 de nuestro Salmo, «Señor, inclina tu cielo y desciende», ve en estas palabras la espera de la entrada de Cristo en el mundo.

Y sigue así: «El salmista suplicaba que [...] el Señor se manifestara en la carne, apareciera visiblemente en el mundo, entrara visiblemente en la historia (Cf. 1 Timoteo 3, 16) y que finalmente los santos pudieran ver, con los ojos del cuerpo, todo lo que había sido previsto espiritualmente por ellos» («La Encarnación del Señor» --«L’Incarnazione del Signore»--, V,13, Roma 1991, páginas 208-209). Precisamente esto es lo que testimonia todo bautizado en la alegría de la fe.

Audiencia del Miércoles 21 de mayo del 2003

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