Catequesis del Papa Juan Pablo II: Cántico de Isaías

1. En el libro del gran profeta Isaías, quien vivió en el siglo VIII a.c., se recogen también las voces de otros profetas, sus discípulos y continuadores. Es el caso de aquél a quien los expertos en la Biblia llaman «el Segundo Isaías», el profeta del regreso de Israel del exilio de Babilonia, que tuvo lugar en el siglo VI a. c. Su obra se extiende por los capítulos 40 a 55 del libro de Isaías y precisamente del primero de estos capítulos está tomado el Cántico que forma parte de la Liturgia de los Laudes y que se acaba de proclamar.

2. Este Cántico está dividido en dos partes: los dos primeros versículos provienen del final de un bellísimo oráculo de consuelo que anuncia el regreso de los exiliados a Jerusalén, bajo la guía del mismo Dios (Cf. Isaías 40, 1-11). Los versículos sucesivos forman el inicio de un discurso apologético que exalta la omnisciencia y la omnipotencia de Dios, que regresa a Jerusalén precedido por sus trofeos, como Jacob había vuelto a Tierra Santa precedido por sus rebaños (Cf. Génesis 31, 17; 32, 17). Los trofeos de Dios son los judíos exiliados, que Él rescató de la mano de sus conquistadores. Dios es presentado, por tanto, «como un pastor» (Isaías 40, 11). Frecuente en la Biblia y en otras tradiciones, esta imagen evoca la idea de guía y de dominio, pero en este caso tiene sobre todo rasgos tiernos y apasionados, pues el pastor es también el compañero de viaje de sus ovejas (Cf. Salmo 22). Cuida el rebaño no sólo apacentándolo y preocupándose de que no se disperse, sino también inclinándose con ternura sobre los corderos y sus madres (Cf. Isaías 40, 11).

3. Tras concluir la descripción de la entrada del Señor rey y pastor en la escena, se presenta la reflexión sobre su acción como Creador del universo. Nadie puede compararse a él en esta obra grandiosa y colosal: ni el hombre, ni mucho menos los ídolos, seres muertos e impotentes. El profeta recurre después a una serie de preguntas retóricas, en las que ya se incluye la respuesta. Son pronunciadas en una especie de proceso: nadie puede competir con Dios y arrogarse su inmenso poder y su ilimitada sabiduría.

Nadie es capaz de medir el inmenso universo creado por Dios. El profeta da a entender que los instrumentos humanos son ridículamente inadecuados para esta tarea. Por otra parte, Dios ha sido un artífice solitario; nadie ha sido capaz de ayudarle o de aconsejarle en un proyecto tan inmenso como el de la creación cósmica (Cf. versículos 13-14).

En su decimoctava «Catequesis bautismal», san Cirilo de Jerusalén, basándose en nuestro Cántico, invita a no medir a Dios con el metro de nuestros límites humanos: «Para ti, hombre tan pequeño y débil, la distancia de Gotia a India, de España a Persia, es grande, pero para Dios, que contiene en su mano todo el mundo, toda tierra es cercana» («Las catequesis» --«Le catechesi»--, Roma 1993, p. 408).

4. Después de haber ensalzado la omnipotencia de Dios en la creación, el profeta delinea su señorío sobre la historia, es decir, sobre las naciones, sobre la humanidad que puebla la tierra. Los habitantes de los territorios conocidos, pero también los de regiones remotas que la Biblia llama «islas» lejanas, son una realidad microscópica con respecto a la grandeza infinita del Señor. Las imágenes son brillantes e intensas: los pueblos son «como la gota de un cazo», «como escrúpulo de la balanza», «una mota de polvo» (Isaías 40, 15).

Nadie sería capaz de ofrecer un sacrificio digno de este Señor grandioso y rey: no bastarían todas las víctimas de los sacrificios de la tierra, ni todos los bosques de cedros del Líbano para encender el fuego de este holocausto (Cf. versículo 16). El profeta recuerda al hombre la conciencia de su límite ante la infinita grandeza y la soberana omnipotencia de Dios. La conclusión es lapidaria: «En su presencia, las naciones todas como si no existieran, no valen para él nada» (versículo 17).

5. El fiel, por tanto, es invitado desde el inicio de la jornada, a adorar al Señor omnipotente. San Gregorio de Niza, padre de la Iglesia de Capadocia (siglo IV), meditaba en las palabras del Cántico de Isaías de este modo: «Cuando escuchamos pronunciar la palabra "omnipotente", pensamos en el hecho de que Dios mantiene la existencia de todas las cosas, tanto las inteligibles, como las que pertenecen a la creación material. Por este motivo, de hecho, mantiene la existencia del círculo de la tierra, por este motivo contiene en su mano las fronteras de la tierra, por este motivo tiene en su puño el cielo, por este motivo abarca el agua con la mano, por este motivo comprende en sí mismo toda la creación intelectual: para que todas las cosas permanezcan en la existencia, mantenidas con potencia por la potencia que las abraza» («Teología trinitaria» --«Teologia trinitaria»--, Milán 1994, p. 625).

San Jerónimo, por su parte, se detiene asombrado ante otra sorprendente verdad: la verdad de Cristo, que, «siendo de condición divina..., se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres» (Filipenses 2, 6-7). Ese Dios infinito y omnipotente --aclara-- se ha hecho pequeño y limitado. San Jerónimo lo contempla en el portal de Belén y exclama: «Mírale, si bien en su puño encierra el universo, está encerrado en un angosto pesebre» (Carta 22, 39, en «Obras escogidas» --«Opere scelte»--, I, Turín 1971, p. 379).

Audiencia del Miércoles 20 de noviembre del 2002

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