Elena significa:
“antorcha resplandeciente”.
Nació a mediados
del siglo III, probablemente en Bitinia, región
del Asia Menor. Los autores británicos
sostienen que nació en Inglaterra, que
era en aquel tiempo provincia romana, y que
Constancio Cloro, tribuno y más tarde
gobernador de la isla, se enamoró de
ella, y la tomó en matrimonio. Hacia
el año 274 tuvieron a un niño,
a quien pusieron por nombre Constantino.
Constancio Cloro llegó
a ser mariscal de campo; luego el emperador
Maximiano lo nombró corregente y, por
tanto, su sucesor en el Imperio, pero con la
condición de que repudiara a su mujer
y tomase por esposa a su hijastra Teodora.
Tanto Elena como Constancio
Cloro eran paganos. Llevado por la ambición
Constancio se separó de ella y se llevó
a Roma a su pequeño hijo Constantino.
Catorce años lloró Elena su desgracia,
hasta que al morir Constancio, en el año
306, fue nombrado emperador Constantino, con
lo que se inició para ella una nueva
forma de vida.
Constantino mandó
llamar a su madre a la corte, le confirió
el nombre de Augusta y el título de emperatriz.
Purificada por el sufrimiento,
Elena recibió el bautismo, probablemente
en el año 307, y fue una cristiana ejemplar,
testigo de la gran jornada en que Constantino
hizo poner por primera vez la cruz en los estandartes
de sus legiones para vencer en batalla a su
rival Majencio. Era el mes de octubre del año
312.
A comienzos del 313 el emperador
publicó el edicto de Milán, por
el cual se permitía al cristianismo en
el Imperio. Siguiendo el ejemplo de su madre,
se convirtió, siendo bautizado por el
Papa san Silvestre. Después de trescientos
años de persecución, la Iglesia
de Cristo se asentaba triunfante en la tierra.
La piadosa emperatriz se dedicó por entero
a socorrer a los pobres y aliviar las miserias
de sus semejantes.
Anciana ya -tenía
entonces setenta y siete años- visitó
en peregrinación los santos lugares.
Subió a la cima del Gólgota; donde
se erigía un templo en honor de Venus,
hecho construir por el emperador Adriano, y
al enterarse de la costumbre judía de
enterrar en el lugar de la ejecución
de un malhechor los instrumentos que sirvieron
para darle muerte, mandó derribar el
templo y buscar la cruz donde padeciera el Redentor.
Tres cruces fueron halladas. Una antigua tradición
relata el modo milagroso como logró identificar
la que correspondió a Jesús, mediante
la curación de un moribundo.
Santa Elena hizo dividir
la cruz en tres partes. Uno de los trozos lo
entregó al obispo Macario, para que lo
entronizara en la Iglesia de Jerusalén;
el segundo lo envió a la Iglesia de Constantinopla
y el tercero a Roma, a la basílica que,
por tal motivo, se llamó Santa Cruz de
Jerusalén. Mandó también
construir tres edificios, llamados casas de
Dios: uno junto al monte Calvario, otro en la
cueva de Belén y un tercero en el monte
de los Olivos. La emperatriz permaneció
largo tiempo en Palestina, sirviendo al Señor
con la oración y las obras de caridad.
Cuidaba a los enfermos, libertaba a los cautivos
y daba alimentos a los pobres, llevando siempre
en su espíritu -como ejemplo- la imagen
de la Virgen María.
Tenía ochenta años
cuando regresó de su viaje. Falleció
poco después, probablemente en Tréveris,
hacia el año 328 ó 330. El martirologio
romano la conmemora el 18 de agosto.
Algunas de sus reliquias
se conservan en Roma, en una capilla dedicada
a ella.
Santa
Elena