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Los santos escriben sobre la Inmaculada


Textos antiguos sobre la Inmaculada Concepción

San Pedro Crisólogo: "...la Virgen se ha convertido verdaderamente en madre de los vivientes mediante la gracia, Ella que era madre de quienes por naturaleza estaban destinados a la muerte". (Sermón 140, 4; PL 52, 557B-557B).

El sacerdote Sedulio: "Una sola ha sido la mujer por la que se abrió la puerta a la muerte y una sola es también la mujer a través de la cual vuelve la vida". (Himno 1, 5-8; CSEL 10, 153; PL 19, 753).

San Venancio Fortunato: "Oh excelente belleza, oh mujer que eres la imagen de la salvación, potente por causa del fruto de tu parto y que gustas por tu virginidad, por tu medio la salvación del mundo se ha dignodo nacer y restaurar el género humano que la soberbia Eva ha traído al mundo". (In Laudem Sanctae Mariae; PL 88, 276-284).

San Fulgencio di Ruspe: "...la bondad divina ha realizado este plan para redimir al género humano: por medio de un hombre, nacido de una sola mujer, a los hombres les ha sido restituida la vida". (La fe, al diácono Pedro, 18; CCL 91, 716-752; PL 65, 675-700).

San Cirilo de Jerusalén: "Por medio de la Virgen Eva entró la muerte; era necesario que por medio de una virgen, es decir, de la Virgen, viniera la vida...". (Catequesis, XII, 15; PG 33, 741).

El Pseudo-Gregorio Niceno: "...de la Virgen Santa ha florecido el árbol de la vida y de la gracia... De hecho, la Virgen Santa se ha hecho manantial de vida para nosotros... En María solamente, inmaculada y siempre virgen, floreció para nosotros el retono de la vida, ya que sóla ella fue tan pura en el cuerpo y en el alma, que con mente serena respondió al ángel...". (Homilia sobre la Anunciación; La Piana, 548-563).

San Romano, el Melode: "Joaquín y Ana fueron liberados de la verguenza de la esterilidad y Adán y Eva de la corrupción de la muerte, oh Inmaculada, por tu natividad. Esta festeja hoy tu pueblo, rescatado de la esclavitud de los pecados, clamando a ti: 'La estéril da a luz a la Madre de Dios, madre de nuestra vida'". (Himno de la Natividad de Maria; Maas-Trypanis I, 276-280)

San Proclo de Constantinopla: "Ha sido sanada Eva... Por eso le decimos: "Bendita tú entre las mujeres" (Lc 1,42), la sola que has curado el dolor de Eva, la sola que enjugaste las lágrimas de la atribulada...". (Homilía V sobre la Madre de Dios; PG 65, 715-727).

Textos extraídos de la Liturgia de la Iglesia Oriental del I al VI siglo

"Por Eva la corrupción, por ti la incorruptibilidad; por aquella la muerte, por ti, en cambio, la vida... ¡El Médico, Jesús, ha venido a nosotros por ti!, para curarnos a todos, como Dios, y salvarnos... Ave. Inmaculada y Pía, salve, baluarte del mundo...". (Kondakia a la Madre de Dios Virgen; BZ 58,329-332).

"Inmaculada Madre de Cristo, orgullo de los ortodoxos, a ti te ensalzamos. Eres Vida, oh Casta, por ti has dado la vida a quienes te ensalzan...". (Himno en Honor de María Virgen; BZ 18, 345-346).

"Ave, por ti el dolor se extingue... Ave, tesoro inagotado de vida... Ave, medicina de mis miembros: Ave, salvación de mi alma". (AKATHISTOS, I. La Anunciación; Horologion, 887-900).

"...Oh, Virgen doncella inmaculada, salva a quienes en ti buscan refugio". (Megalinaria Festivos - Himno para la Navidad; BZ 18, 347).

"Inmaculada Madre de Dios (...) nosotros, que hemos conseguido tu protección, oh Inmaculada, y que por tus oraciones hemos sido liberados de los peligros y custodiados en todo tiempo por la Cruz de tu Hijo, nosotros todos, como se debe, con piedad, te ensalzamos... Nuestro refugio y nuestra fuerza eres tú, oh Madre de Dios, socorro poderoso del mundo. Con tus plegarias proteges a tus siervos de toda necesidad, oh sola bendita". (Troparios ciclo semanal - Theotokiaferiales; Horologion, 787-815).

La Inmaculada Concepción explicada por San Alfonso María de Ligorio

Grande fue la ruina que el pecado de Adán trajo a los seres humanos, pues al perder la gracia o amistad con Dios se perdieron también muchísimos bienes que con la gracia iban a venir, y en cambio llegaron muchos males.

Pero quiso Dios hacer una excepción y librar de la mancha del pecado original a la Santísima Virgen a la que Él había destinado para ser madre del segundo Adán, Jesucristo, el cual venía a reparar los daños que causó el primer Adán.

Veamos cómo convenía que Dios librara de la mancha del pecado original a la Virgen María. El Padre como a su Hija preferida. El Hijo como a su Madre Santísima, y el Espíritu Santo como a la que había de ser Sagrario de la divinidad.

PUNTO I: Convenía al Padre Celestial preservar de toda mancha a María Santísima, porque Ella es su hija preferida.

Ella puede repetir lo que la Sagrada Escritura dice de la Sabiduría: "yo he salido de la boca del Altísimo" (Ecl. 24, 3). Ella fue la predestinada por los divinos decretos para ser la madre del Redentor del mundo. No convenía de ninguna manera que la Hija preferida del Padre Celestial fuera ni siquiera por muy poco tiempo esclava de Satanás. San Dionisio de Alejandría dice que nosotros mientras tuvimos la mancha del pecado original éramos hijos de la muerte, pero que la Virgen María desde su primer instante fue hija de la vida.

San Juan Damasceno afirma que la Virgen colaboró siendo mediadora de paz entre Dios y nosotros y que en esto se asemeja al Arca de Noé: en que los que en ella se refugian se salvan de la catástrofe; aunque con una diferencia: que el Arca de Noé solo libró de perecer a ocho personas, mientras que la Madre de Dios libra a todos los que en Ella busquen refugio, aunque sean miles de millones.

San Atanasio llama a María: "nueva Eva, y Madre de la vida", en contraposición a la antigua Eva que nos trajo la muerte. San Teófilo le dice: "Salve, tú que has alejado la tristeza que Eva nos había dejado". San Basilio la llama "pacificadora entre Dios y los seres humanos" y San Efrén la felicita como: "pacificadora del mundo".

Pero el pacificador no debe ser enemigo del ofendido ni estar complicado en el delito u ofensa que se le ha hecho. San Gregorio dice que si para aplacar a un ofendido llamamos a uno que es su enemigo, en vez de aplacarlo lo irritamos más. Siendo que María iba a colaborar con Cristo a conseguir la paz entre Dios y nosotros, no convenía que ella fuera una pecadora o enemiga de Dios sino todo lo contrario: una mujer con el alma totalmente libre de toda mancha de pecado.

Convenía que María no tuviera la mancha del pecado original porque ella estaba destinada a llevar entre sus brazos al que iba a pisar la cabeza del enemigo infernal, según la promesa que Dios hizo en el Paraíso terrenal, cuando le dijo a la serpiente: "Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre su descendencia y la tuya, y la descendencia de Ella te pisará la cabeza" (Génesis 3). Si María iba a ser la mujer fuerte que traería al que iba a aplastar la cabeza de Lucifer, convenía que Ella no estuviera ni siquiera por poco tiempo manchada con el pecado con el cual Lucifer manchó el alma de nuestros primeros padres. La que nos iba a ayudar a librarnos de toda mancha de pecado convenía que no tuviera ninguna mancha de pecado.

San Buenaventura dice: "Convenía que María que venía a librarnos de la vergüenza de estar manchados con el pecado, lograra verse libre de las derrotas que el demonio proporciona".

Pero la razón principal por la cual convenía que el Padre Celestial librara a María de todo pecado es porque la tenía destinada a ser Madre de su Santísimo Hijo. San Bernardino decía que si no hubiera otros motivos bastaría este: que por el honor de su Hijo que es Dios, al Padre Celestial le convenía librar a María de toda mancha de pecado.

Santo Tomás enseña que lo que se consagra totalmente a Dios debe ser santo y libre de toda mancha. ¿Y qué creatura humana ha sido consagrada más perfectamente a Dios que la Virgen María? El rey David decía que un templo no se destina para los seres humanos solamente, sino sobretodo para Dios (1 Crónicas 29) y así también el Creador que formó a la Santísima Virgen con un fin principal: ser Madre de su Santísimo, seguramente adornó su alma con los más bellos adornos, y entre todos, el mejor: el estar libre de toda mancha de pecado, para que fuera digna morada donde iba a vivir nueve meses el Salvador del mundo.

San Dionisio afirma: "Dios preparó a su Hijo la más santa y bella morada en ese mundo: el alma de su Madre Santísima, libre de toda mancha".

Y algo parecido dice la liturgia de la Iglesia cuando reza esta oración: "Oh Dios Omnipotente que por medio de el Espíritu Santo has preparado el cuerpo y el alma de María como digna morada de tu Hijo, concédenos a los que la invocamos, vernos libres de todo mal. Amén".

Gloria de los hijos es proceder de padres de intachable conducta. El libro de los Proverbios dice: "La gloria de los hijos son sus padres" (Prov. 17, 6). La gente llega a aceptar que los demás digan que sus padres eran pobres o ignorantes, pero lo que no desean de ninguna manera es que puedan afirmar que sus padres no eran gente buena. ¿Y cómo nos pudiéramos nosotros imaginar que Dios pudiendo hacer que su Hijo naciera de una mujer libre de toda mancha de pecado, hubiera permitido que Ella hubiera estado manchada por el pecado, y que Lucifer pudiera afirmar que aunque fuera por poco tiempo, había logrado esclavizar con el pecado a la Madre de Dios? No, esto nunca lo iba a permitir el buen Dios.

Por eso la Iglesia griega en uno de sus himnos dice: "Por especial Providencia hizo Dios que la Santísima Virgen desde el principio de su vida fuera tan totalmente pura cuanto convenía a su dignidad de Madre de Dios".

Los santos dicen que a ninguna otra creatura le concede Dios alguna virtud o cualidad espiritual que no le haya dado antes a la Madre de su Hijo. San Bernardo afirma: "Las cualidades o virtudes que a otros santos da Dios, no se las negó a la Madre del Redentor". Santo Tomás de Villanueva dice: "Esas cualidades y virtudes y privilegios que Dios les ha concedido a otros santos, ya antes los había regalado a la Santísima Virgen, y aún mucho mayores". Y San Juan Damasceno se atreve a exclamar: "Entre las virtudes de la Santísima Virgen y las de los santos hay tanta diferencia como del cielo a la tierra", y Santo Tomás explica que Ella es la Madre y los demás santos son simplemente "siervos", y que se le acostumbra conceder más privilegios a la Madre que a los siervos.

San Anselmo se pregunta: ¿Pudo Dios preservar a ciertos ángeles de toda mancha de pecado, y no podía preservar a su propia Madre? ¿Pudo Dios crear a Eva sin mancha de pecado y no iba a poder crear el alma de María sin esa mancha? Y si pudo hacerlo y le convenía hacerlo, ¿por qué no iba a hacerlo?

Y continúa el gran doctor San Anselmo: "Era verdaderamente justo que a la Virgen a la cual tenía Dios reservada para ser Madre de su Hijo, la adornara con tan gran pureza que no sólo aventajara a los seres humanos y a los ángeles sino que también se pudiera decir de Ella que en pureza sólo le gana Dios".

San Juan Damasceno exclama: "Dios vigilaba cerca de la Santísima Virgen, para que fuera totalmente pura, porque Ella iba a albergar por nueve meses al Salvador del mundo y lo iba a acompañar en todos sus 33 años sobre la tierra. La que iba a estar junto al más puro de todos los habitantes de la tierra, debía ser también totalmente Inmaculada y libre de toda mancha de pecado".

De María se pueden repetir las palabras del Cantar de los Cantares: "Eres como un lirio entre espinas" (C. 2, 2). Todos fuimos manchados y somos como espinas, y Ella como un lirio blanquísimo, permaneció Inmaculada, sin mancha de pecado.

PUNTO II: Convenía al Hijo de Dios preservar a su Santísima Madre de toda mancha de pecado.

No se concede a los hijos poder escoger a su propia madre ni elegir qué tan santa debe ser. Pero si ello se nos permitiera, nosotros no iríamos a escoger por madre a quien no fuera bien santa y bien amiga de Dios. ¿Y Jesús que fue el Único Hijo que pudo escoger a su propia Madre y crearla según su parecer, no iba a hacer que la que le diera su naturaleza humana y lo acompañara cariñosamente durante toda su vida mortal fuera una mujer extraordinariamente pura y totalmente libre de toda mancha de pecado?

Cuando el Creador determinó que su Hijo naciera de una mujer, escogió a la que más convenía a su Altísima dignidad, dice San Bernardo. Y siendo conveniente que la Madre de un Redentor Purísimo fuera Ella también totalmente pura, así la hizo Nuestro Señor.

La Carta a los Hebreos dice: "Tal convenía que fuera nuestro Pontífice: santo, inocente, sin mancha de pecado, apartado de los pecadores" (Hebr. 7, 26). ¿Y la Madre de este Pontífice Supremo no convenía que fuera también Santa, inocente, sin mancha? ¿Y cómo se hubiera podido afirmar que Jesucristo estaba "apartado delos pecadores" si hubiera tenido una Madre pecadora?

San Ambrosio enseña: "Jesucristo eligió a María por Madre, no en la tierra, sino ya desde el cielo, y para morar en Ella y nacer de Ella y vivir acompañado por Ella, la llenó totalmente de santidad y de pureza". Y este santo se atreve a llamar a María 'Mansión Celestial', no porque Ella no fuera humana, sino porque el Señor la adornó con cualidades celestiales para ser mansión donde viviera el Hijo de Dios.

Santa Brígida dice que en una revelación oyó que María superaba a los ángeles en santidad por estar destinada a traer al mundo al Redentor.

Y la misma santa añade: "María fue concebida sin mancha del pecado original, para que de Ella naciera el Hijo de Dios, también sin mancha alguna. Jesús no quiso permitir que la Madre de la cual iba a nacer, tuviera ni siquiera por breve tiempo, la mancha del pecado en su alma.

Los santos dicen que Dios libró a la Virgen María de padecer la podredumbre de un sepulcro, porque hubiera sido una deshonra para Jesucristo que su Madre se pudriera en una tumba. Pues si hubiera sido deshonroso para Jesucristo que su Madre sufriera la podredumbre de un sepulcro, mucho más deshonroso hubiera sido para Él que María hubiera tenido en su alma, aunque fuera por poco tiempo, la podredumbre del pecado. Hubiera sido verdaderamente deshonroso para Cristo encarnarse en una madre manchada por el pecado, y esclava de los enemigos del alma.

María no sólo fue Madre, sino digna Madre del Redentor, como la han llamado infinidad de santos. San Bernardo le dice: "Sólo tú has sido digna de que el Rey Celestial te eligiera para Madre suya". Santo Tomás de Villanueva afirma: "Si la escogió Dios para madre de su Hijo, es porque estaba bien preparada para este oficio sublime". La misma Iglesia Católica en una de sus oraciones dice: "La Santísima Virgen, cuyas entrañas merecieron llevar al Salvador del mundo". Y Santo Tomás de Aquino lo explica así: "Decimos que Ella mereció llevar en sus entrañas al Salvador del mundo, no porque Ella mereciera por sí misma la Encarnación, sino porque recibió de Dios todo el grado de pureza y de santidad, que eran convenientes para ser Madre del Salvador". Y San Pedro Damián añade: "María recibió de Dios tal grado de santidad que mereció el singular privilegio de ser la única digna de ser elegida como Madre del Redentor".

Santo Tomás enseña que cuando Dios elige a una persona para un oficio especial le concede las gracias y cualidades que necesita para este oficio. Y deduce de esto que si escogió a María para Madre del Redentor, seguramente le concedió a Ella todas las gracias y cualidades que este sublime oficio exigía. Y es que el ángel le dijo: "No temas María, que has hallado gracia delante de Dios" (S. Lucas 1, 30). Si María hubiera tenido mancha de pecado, no hubiera hallado esa gracia y simpatía delante de Dios. Para Jesús habría sido un verdadero desdoro haber tenido por madre a una mujer manchada de pecado.

San Agustín cuando habla de la Santísima Virgen dice: "aquí ni siquiera me atrevo a nombrar el pecado, porque Ella por la excelsa condición de estar destinada a ser Madre de Cristo, tenía que estar libre de todo pecado. María que concibió y dio a luz al que no tuvo la más mínima mancha de pecado, debía estar ella también libre de esa mancha, y recibió gracias especialísimas para vencer en todo el pecado" (De Nat y grat. L.C. 36 Nº 42).

De todo esto teneos que concluir que el Hijo de Dios se escogió por Madre a una mujer tan pura que nunca tuviera que avergonzarse de estar manchada con pecado alguno.

San Proclo exclama: "Para Jesús nunca fue deshonroso que lo llamaran el hijo de María. Pero sí le habría sido deshonroso que los demonios le hubieran podido decir: 'Tu madre fue pecadora en otro tiempo y esclava nuestra'".

Dios que es la Sabiduría misma supo fabricarse muy sabiamente en la tierra a la que había de ser morada de su Hijo. Y si el profeta anunció: "La sabiduría no morará con gusto en cuerpo manchado por el pecado" (Sap. 1, 4) ¿cómo podríamos imaginar que el Hijo de Dios, Sabiduría Infinita, hubiera escogido habitar en su encarnación, a una mujer que no estuviera absolutamente libre de toda mancha de pecado?

Un autor sagrado decía: Dios no encontró otro palacio más bello ni más puro que la Virgen María, para que su Hijo Santísimo viniera a habitar y nacer.

San Cirilo afirma: ¿Qué tal que uno construyera una hermosa morada para sí mismo y después se la diera a un enemigo suyo para que la habitara? ¿Y qué diríamos de Dios, que habiendo formado a la Virgen Santísima para orada y nacimiento de su Hijo, le dejara luego esa santa morada al pecado para que la habitase?

Ningún hijo amó ni amará jamás a su propia madre con un amor tan grande como el de Jesús a María. ¿Y podríamos decir que la amaba verdaderamente si la dejaba esclava del pecado? ¿Si la honra como ningún otro hijo ha honrado a la propia madre, podría permitir que quedara deshonrada con la mancha del pecado? Pregunta Gerson.

San Agustín dice que hay dos modos de redimir: uno, levantando a quien ya cayó en pecado, y otro, evitando que la persona caiga en pecado. Pues a María la redimió de este modo, superior al otro: la libró de toda mancha de pecado, y de caer en pecado.

San Buenaventura en un sermón decía que el Espíritu Santo en vez de tener que liberar después a María Santísima del pecado original, la preservó de este pecado desde el momento mismo de su Inmaculada Concepción.

Y el Cardenal Cussano dice algo muy parecido: "A María, la gracia de Dios la preservó de toda mancha de pecado, mientras que a las demás creaturas lo que hace la gracia es liberarlas de las manchas del pecado que ya tienen. A Ella el Redentor la preservó de mancharse el alma con el pecado, mientras que a los demás el Redentor los libera de esa mancha de pecado cuando ya la han contraído".

Hugo de San Víctor exclama: "El fruto declara qué tal es el árbol que lo produjo. Si el fruto del vientre de la Virgen María fue Jesús, el totalmente puro, el Inmaculado y Santísimo, así la Madre que lo engendró debió ser totalmente pura, inmaculada y santísima. Sólo María fue digna de ser Madre de tal Hijo, y sólo Jesús fue digno de ser hijo de tal Madre".

San Ildefonso le dice: "porque eres perfecta y totalmente pura, por eso fuiste elegida para ser Madre del Creador".

PUNTO III: Convenía al Espíritu Santo que María fuera totalmente libre de toda mancha de pecado.

Santo Tomás llama a María: "Sagrario del Espíritu Santo". Varios santos la llaman "Templo del Espíritu Santo". Pues bien, el Espíritu Santo estaría más contento y más satisfecho si el Sagrario o el templo donde iba a habitar era totalmente libre de toda mancha de pecado. Por eso Dios libró a María de toda mancha pecaminosa.

En el Cantar de los Cantares se dice algo que le corresponde muy bien a María Santísima: "Eres totalmente hermosa y en ti no hay mancha alguna ni defecto" (Cant. 4, 7) y también: Tu eres como un huerto cerrado a donde no han llegado los enemigos a hacer mal, y eres como una fuente sellada que nadie ha podido contaminar (Cant. 4, 12). San Bernardo dice que el Espíritu Santo que es el autor principal de la Sagrada Biblia, afirmó esto de la Santísima Virgen. Y en el Libro Sagrado sigue diciendo: "Las jóvenes son muchas, pero una sola es mi paloma, la perfectamente pura" (Cant. 6, 7).

Por eso el Ángel le dijo al saludarla "Salve, llena de gracia". San Sofronio dice que a las demás creaturas les concede Dios mucha gracia y bendición, pero que a María la llenó totalmente de su gracia. Y si estaba llena de gracia de Dios no podía tener mancha de pecado en su alma.

San Pedro Damián afirma: "La que Dios eligió para ser Madre de su Hijo debía tener su alma totalmente llena del Espíritu Santo". Y por lo tanto sin sitio para la mancha del pecado.

Los Santos afirman: "María estuvo siempre llena de luz espiritual en el alma, y nunca tuvo tinieblas de pecado en su espíritu". - "Dios que creó pura a la Madre carnal de los seres humanos, también podía crear totalmente pura a María, la Madre espiritual de todos los creyentes" - .

San Bernardino afirma: "No es aceptable que Jesús quisiera nacer de una madre manchada por el pecado, pudiendo nacer de una madre totalmente pura y santa".

Si el ángel le dice: "Has hallado gracia delante de Dios" puede significar que en su alma no había ninguna mancha de pecado que la hiciera antipática ante Nuestro Señor.

Ya en el año 1661 solamente entre los Padre Dominicos (que eran los más reacios) se habían contabilizado 136 escritores de esa Orden religiosa que proclamaban que María no tuvo ni la más mínima mancha de pecado en su alma. Y las Universidades más famosas de entonces: la de La Sorbona en París, las de Colonia y Nápoles en Italia, las de Salamanca y Alcalá en España y la de Maguncia en Alemania, declararon solemnemente estar totalmente de acuerdo con la idea de que María Santísima fue preservada de toda mancha de pecado. Si tan altos intelectuales lo han proclamado, ¿por qué no proclamar esto mismo todos los fieles sencillos de la Iglesia Católica?

La Iglesia Católica ha celebrado desde muy antiguo la fiesta de la Inmaculada Concepción, en recuerdo de que María fue concebida sin pecado original, y esta fiesta la han aprobado los Sumos Pontífices y los obispos de todo el mundo.

La Iglesia celebra también el 8 de septiembre la fiesta del nacimiento de la Virgen María. Santo Tomás enseña que la Iglesia católica no acostumbra celebrar el nacimiento de sus santos, pero que a María sí le celebra el nacimiento porque Ella fue totalmente santa ya desde antes de nacer (Summa. T. 3, q. 27 a 1).

ORACIÓN: Inmaculada Madre Mía, me alegro contigo al verte enriquecida con tanta pureza por parte de Dios y quiero dar gracias al Creador por haberte preservado de toda mancha de pecado, como lo creo firmemente. Y estoy siempre dispuesto a defender la gran verdad de que has sido concebida sin mancha de pecado original.

Quisiera que todo el mundo te admirara y te alabara, como la Aurora que anuncia la llegada del Sol, que es Jesucristo; como el Arca de la Nueva Alianza, que se salvó del naufragio de la mancha del pecado original, como la Paloma sin mancha y blanquísima, como el Huerto cerrado al cual no han logrado llegar los enemigos del alma, como la Fuente Sellada que no ha sido contaminada, como el blanco lirio que floreció entre las espinas, pues en medio de tantas gentes manchadas con el pecado, tu naciste y te conservaste siempre blanca, pura y completamente amiga del Divino Creador.

Permíteme que te alabe con las palabras pronunciadas por el mismo Dios: "Toda hermosa eres tú, y en ti no hay mancha alguna". Oh amabilísima e Inmaculada María: tu que eres tan bella ante los ojos de Dios, no dejes de mirar con compasión a las asquerosas llagas de mi pobre alma. Mírame con compasión y ayúdame a curarme de las llagas de mis pecados. Tú que eres un imán que atrae los corazones, atráeme también a mí hacia tu corazón maternal. Tú que desde el primer momento de la vida apareciste tan completamente pura y tan agradable a Dios, ruega por mi que no sólo nací con la mancha del pecado original sino que durante toda mi vida he venido manchando mi alma con tantas culpas y pecados. Dios que te eligió como Hija predilecta del Padre, y Madre Santísima del Hijo y Sagrario del Espíritu Santo, y por eso te libró de toda mancha de pecado y te demostró más amor que a toda otra creatura, ¿qué favor o gracia que pidas para nosotros te podrá negar? Virgen Inmaculada: ¡tienes que ayudarme a salvarme! Por eso te digo con San Felipe Neri: haz que yo siempre me acuerde de Ti, y Tú nunca te olvides de mi. Me parece que faltaran mil años todavía para poder contemplar tu hermoso rostro maternal en el cielo, para empezar a amarte y alabarte en el Paraíso como a la más buena de las madres, mi madrecita, mi Reina, mi gran benefactora, la más bella, la más amable, la más pura, la siempre Inmaculada Virgen María. Amén.

La Concepción de la Sacratísima Virgen María

Sermón de Fray Luis de Granada (siglo XVI)

Dos casas tuvo Dios en este mundo señaladas entre todas las otras. La Una fue la humanidad de Jesucristo, en la cual mora la divinidad de Dios corporalmente, como dice el Apóstol  (Col 2, 9) y la otra, las entrañas virginales de Nuestra Señora, en las cuales moró por espacio de nueve meses. Estas dos casas fueron figuradas en aquellos dos templos que hubo en el Viejo Testamento, uno de ellos que hizo Salomón (1R 7,1) y el otro que se edificó en tiempo de Zorobabel, después del cautiverio de Babilonia (Esd 6,17).

Estos dos templos concuerdan en una cosa y difieren en dos. Concuerdan en ser ambos templos de un mismo Dios, y difieren, lo primero, en la riqueza y primor de las labores, porque mucho más rico fue el primero que el segundo, y lo segundo, en la fiesta de la dedicación de ellos (1R 8,1). Porque en la dedicación del primero todos cantaban y otros lloraban: cantaban los que veían ya acabada aquella obra que tanto deseaban y lloraban los que se acordaban de la riqueza y hermosura del templo pasado, viendo cuán baja obra era ésta en comparación de aquélla.

Pues esto mismo nos acontece ahora en el día de la dedicación de estos dos templos místicos de que hablamos. Y por el día de la dedicación entendemos el día de la concepción; porque este día fueron estos dos templos dedicados y consagrados. Pues en el día de la concepción del Hijo, todos cantan, todos alaban a Dios, todos dicen que fue concebido del Espíritu Santo, y por eso su concepción fue santa y limpia de todo pecado, y donde no hay pecado, no hay materia de lágrimas, sino de alegría y de alabanza. Mas en la concepción de la madre, unos cantan, otros lloran; unos cantan y dicen: Toda eres hermosa, amiga mía y en ti no hay mancha (Ct 4, 7). Otros lloran y dicen: Todos pecaron en Adán (Rm 3, 23)[1] y tienen necesidad de la gracia de Dios. Mas todos concuerdan en que la sacratísima Virgen, antes que naciese, fue llena de todas las gracias y dones del Espíritu Santo, porque así convenía que fuese que ab eterno era escogida para ser madre del Salvador del mundo.

Cuán grande  fuese esta gracia y estas virtudes, no hay lengua humana que lo pueda declarar. La razón es porque Dios hace todas las cosas conformes a los fines para que las escoge, y así las provee perfectísimamente de lo que para ellas es necesario. Escogió a Dios Oliab para maestro de su arca (Ex 36,1), escogió a San Pablo y a todos los otros apóstoles para maestros de su Iglesia. Pues, conforme a esto, los proveyó perfectísimamente de todas aquellas habilidades y facultades que para eso se requerían.

Y porque a esta sacratísima Virgen escogió para la mayor dignidad que se puede conceder a pura criatura, de aquí viene que la adornó y engrandeció con mayor gracia, con mayores dones y virtudes que jamás se concedieron a ninguna pura criatura.

La hermosura de Dios, reflejada en María

Y así, una de las cosas en que Dios tiene más declarado la grandeza de su bondad y sabiduría de su omnipotencia es en la santidad y perfección de esta Virgen. Por la cual, si tuviésemos ojos para saber mirar y penetrar la alteza de sus virtudes, en ninguna cosa de cuantas hay creadas se nos presentaría tan claro el artificio y sabiduría de Dios como en ésta. De manera que ni el sol, ni la luna, ni las estrellas, ni la tierra con todas sus flores, ni el mar con todos sus peces, ni aún el cielo con todos sus ángeles, nos declararían tanto las perfecciones y hermosura del Creador como la alteza y perfección de esta Virgen. Por que si el Profeta  dice que es Dios admirable en sus santos (Sal 67, 36), ¿cuánto más lo será en aquélla que es madre del Santo de los santos, en la cual sola están juntas todas las prerrogativas de todos los santos?

Y  hay en esto dos cosas de grande admiración. La una es compadecerse toda perfección en una criatura de carne y sangre como nosotros. No es maravilla que un oficial haga  más delicadas obras de oro y plata que de una masa  de barro, porque la masa sufre toda esa ventaja y primor. No se espantan los hombres de ver un águila volar por cima de las nubes, más espántase de ver trepar un hombre con dos arrobas de hierro por cima de una cuerda. Quiero decir: no es maravilla que un ángel vuele alto y sea más adornado de todo género de virtudes y perfecciones, pues es sustancia espiritual, que un alma, que está cercada y vestida de carne; mas que un alma, encerrada en un cuerpo sujeto a tantas miserias y cercado de tantos sentidos, pase de vuelo sobre todos los ángeles en perfección y sea más pura que las estrellas del cielo, es cosa de grande de admiración.

No es maravilla que ande limpia una dama que no tiene otro oficio más que andar alrededor del estrado de la reina; mas aquella que toda su vida anduviese sirviendo en una cocina entre los tizones y ollas, y que, con todo eso, al cabo de cincuenta o sesenta años de servicio, salieses de allí más limpia que aquella que está en el palacio real, esto sería de mayor admiración.

Pues según esto, ¿no es cosa admirable ver el alma de esta Virgen encerrada en un cuerpo cercado de tantos sentidos y que en tantos años de vida ninguno se le desmandase en un cabello; que nunca sus ojos se desmandasen en ver, nunca sus oídos en oír nunca su paladar en gustar; que siendo tantas veces necesario comer, y beber, y dormir y hablar, y negociar, y salir de casa, y conversar con las criaturas, que llevase las cosas con tanto compás, que jamás se desmandase en una palabra, ni en un pensamiento, ni en un  movimiento, ni en un afecto, ni en un bocado demasiado? ¿A quien no pone en admiración este tan grande compás, esta tan perfecta igualdad y orden y este concierto tan perpetuo como es el de los mismos cielos y de sus movimientos?

Lo segundo de que nos debemos espantar es de ver con cuán pocos ejercicios llegó esta Virgen a tan alta perfección. El apóstol San Pablo discurriría por el mundo, predicaba a los gentiles, disputaba con los judíos, escribía epístolas, hacía milagros y otras cosas semejantes.

Mas la sacratísima Virgen no entendía en estas obras, porque la condición y estado de mujer no lo consentía. Sus principales ejercicios, después del servcio y crianza de su Hijo, eran espirituales, eran obras de vida contemplativa, aunque no faltaban, cuando eran necesarias, las de la vida activa.

Pues ¿no es cosa de admiración que con tan poco estruendo de obras exteriores, con los que pasaba en silencio dentro de aquel sagrado pecho, dentro de aquel corazón virginal, mereciese tanto a Dios y ganase tanta tierra o, por mejor decir, tanto cielo que pasase de vuelo sobre todos los ángeles y sobre todos los querubines? Pues ¿qué sería esto? ¿Qué pasaría en aquel corazón virginal de noche y de día? ¿Qué maitines, y qué laudes, y qué Magnificat allí se cantarían? ¡Quién tuviera ojos para poder penetrar los movimientos, los arrebatamientos, los ardores, los resplandores y los excesos de amor y todo lo que pasaba en aquel sagrado templo! Teníalos el Espíritu Santo cuando, enamorado de tan grande perfección y hermosura decía: Hermosa eres, amiga mía, hermosa eres. Tus ojos son de paloma, allende de lo que dentro está escondido (Ct 4,1); porque esto solamente podían ver los ojos de Dios, mas no los ojos de los hombres.

¿No sería cosa maravillosa si hiciésemos a un tañedor que en una vihuela de una o dos cuerdas, o en manicordio de una o dos teclas, tañese tantas obras e hiciese tanta armonía como otro con un instrumento perfecto? Pues ¿no es maravilla que con sólo aquel corazón tañase e hiciese esta Virgen tantas obras, obrase tantas maravillas y diese tantas y tan suaves músicas a Dios?

Injustamente os quejáis los que decís que sois pobres y enfermos diciendo que no tenéis de qué hacer bien ni con qué padecer trabajos por amor de Dios. Basta que tengáis corazón para poder amar a Dios y vacar a Dios, porque si de ése os sabéis aprovechar, con él alcanzaréis grandes virtudes y con él haréis innumerables servicios a Dios. ¿En qué entendías aquellos Padres antiguos, aquellos monjes que vivían en los desiertos, sino en contemplación noche y día? Aquel ocio es el mayor de los negocios, aquel no hacer nada es sobre todo lo que se puede hacer. Porque allí el alma religiosa, dentro de su retraimiento, alaba a Dios; allí ora, allí adora, allía ama, allí teme, allí cree, allí espera, allí reverencia, allí llora, allí se humilla delante de la majestad de Dios, allí canta y pregona sus loores, allí hace todas las cosas tanto más puramente cuanto más ocultamente y sin testigos humanos.

Para ser digna Madre de Dios

Pues, volviendo ahora a nuestro propósito, tal convenía que fuese y de tal manera convenía que naciese aquella que ab aeterno era escogida para ser madre de Dios; porque costumbre es de Dios, como está ya dicho, proporcionar los medios con los fines, que es hacer tales los medios cuales competen para la excelencia del fin para que los instituyó.

Pues como Dios escogiese a esta benditísima Virgen para la mayor dignidad de cuantas hay debajo de Dios, que es para ser madre del mismo Dios, así convenía para la excelencia de esta dignidad. De donde así como aquel templo material de Salomón fue una de las más famosas obras que hubo en el mundo, porque era casa que se edificaba no para hombres, sino para Dios, así convenía que este templo espiritual donde Dios había de morar fuese una perfectísima obra, pues para tal huésped se aparejaba. Porque ¿cuál convenía que fuese el alma que el Hijo de Dios había tomado por especial morada, sino llena de toda santidad y pureza? Y ¿cuál convenía que fuese la carne de donde había de tomar carne el Hijo de Dios, sino libre de todo pecado y corrupción? Porque así como el cuerpo de aquel primer Adán fue hecho de tierra virgen antes que la maldición de Dios cayese sobre ella, como cayó después del pecado (Gn 2, 7) es como así convenía que fuese formado el cuerpo del segundo de otra carne virginal, libre y exenta de toda maldición y pecado.

Figuras de la Pureza de María

Por esto, convenientísimamente es figurada esta Virgen por aquella arca del testamento hecha de madera de Setín (Ex 25, 10), que es madera incorruptible, para significar la incorrupción y pureza de esta sacratísima Virgen, que es el arca mística donde estuvo el maná de los cielos y pan de ángeles y donde estuvo aquella vara de la raíz de Jesé, sobre cuya flor se asentó el Espíritu Santo (Is 11,1).

Es también figurada por el hermosísimo trono de Salomón, de que dice la Escritura que era hecho de marfil, y que estaba dorado de un oro muy resplandeciente, y que tal obra como aquélla no fuera nunca hecha en todos los reinos del mundo (1R 10,20). Las cuales cosas, todas perfectísimamente convienen a esta sacratísima Virgen como a trono espiritual de aquel verdadero Salomón, pacificador del cielo y de la tierra.

Es también figurada por aquel huerto cerrado y fuente sellada de los Cantares (4,12) y por aquella puerta oriental que vio el profeta Ezequiel (43,2): porque ninguno comió de la fruta de aquel vergel, ni bebió del agua de aquella fuente, ni entró por aquella puerta, sino sólo el Hijo de Dios, porque sólo él era su amor, su pensamiento, su deseo, sus cuidados, su memoria continua.

Porque, como dice San Agustín, toda la obra y vida de María siempre estuvieron atentas a Dios, que residía en medio de su corazón, según aquello del profeta que dice: Dios en medio de ella nunca será movido, y ayudarla ha el Señor por la mañana muy de mañana (Sal 45,6); o como traslada San Jerónimo: En el nacimiento de la mañana, que es en el principio de la vida, donde fue llena de gracia y dones celestiales; porque tales convenían que fuesen los cimientos de una obra que Dios quería tanto levantar. Porque si el santo Job (31,18) se gloría que del vientre de su madre salió con él la misericordia, ¿qué diremos de ésta, que había de ser madre de Misericordia? Y si Jeremías (1,5) y San Juan Bautista (Lc 1,41) fueron llenos de gracia en el vientre de sus madres, el uno porque lo escogía Dios para profeta y el otro para más que profeta, ¿qué diremos de esta Virgen, escogida para Madre del Señor de los profetas, pues conforme a la dignidad da Dios la gracia y la santidad?

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