createElement(o), m=s.getElementsByTagName(o)[0];a.async=1;a.src=g;m.parentNode.insertBefore(a,m) })(window,document,'script','https://www.google-analytics.com/analytics.js','ga'); ga('create', 'UA-526318-1', 'auto'); ga('require', 'GTM-MKNZDXB'); miento de Tolkien sobre su vocación como artista.

Tolkien advirtió que era común, a través de la historia de la humanidad, crear mitologías de manera que transmitan las creencias más elementales. Es razonable asumir, argumentaba el escritor, que si existe un Dios, Él transmitiría su revelación en forma de mito, aunque este mito fuera verdad.

El cristianismo fue el candidato más posible para encarnar el “mito perfecto”, ya que compartía todos los elementos comunes de las mejores mitologías.

El relato evangélico fue considerado por Tolkien y Lewis como una “eucacatástrofe”, la más alegre de todas las tragedias, ya que satisfacía los anhelos más profundos del corazón humano, incluyendo el deseo por una mitología épica. Pero este mito tenía la ventaja de ser un hecho histórico interpretado a través del texto literario y la tradición poética.

Este discernimiento desarrollado por Tolkien y Lewis en toda su literatura filosófica y mitológica los inspiró a crear nuevas mitologías para nuestro tiempo. Ellos pasarían el resto de sus vidas arguyendo por separado sobre cómo el entendimiento de un mito, una religión y literatura podría ser aplicada al arte de escribir.

Para estos dos frustrados poetas, que se ganaban la vida como caballeros de Oxford, existía una obvia consecuencia de su teoría sobre la mito-poética: ellos tenían que empezar a escribir ficción popular. Si Dios usaba narrativa para comunicar su revelación al hombre, y el hombre es llamado a ser imagen de Dios en la tierra, entonces la más noble vocación del hombre es crear nuevos “mundos secundarios” en la narrativa.

La mitología para Inglaterra

Aunque “El Señor de los Anillos” y las “Crónicas de Narnia” representan el florecimiento de un acuerdo sobre la mito-poética, Tolkien y Lewis discrepaban en los propósitos religiosos que utilizaron para crear Narnia y la Tierra Media.

Lewis, el anglicano evangélico, esperaba que sus historias atrajeran a sus lectores a la verdad del Evangelio. Como resultado, “Las Crónicas de Narnia”, se irguieron con un obvio simbolismo cristiano, alegorías y evidentes instrucciones sobre la moral y la religión. En suma, Lewis quiso que sus escritos sean evangelizadores.

Para el católico Tolkien, sin embargo, fue más importante que la Tierra Media fuera una “sub-creación” exitosa. Utilizando su vasta literatura, lingüística y talentos históricos, Tolkien concibió y creó a la Tierra Media como un acto de divina glorificación.

Mientras más convincente y real resultaba la Tierra Media, más pura era su aproximación hacia el acto mismo de la creación de Dios.

A diferencia de Lewis, Tolkien fue mucho más reacio para crear su mundo ficcionario bajo cualquier tipo de designio pedagológico. El creía que en el momento que sus lectores eran conscientes de las muchas conexiones entre nuestro mundo y “los mundos secundarios” de la ficción, el hechizo literario se rompía. Tolkien quiso que sus lectores creyesen de verdad en la Tierra Media y no la concibiesen como un mero instrumento de evangelización.

Pocos lectores de “El Señor de los Anillos” saben que Tolkien esperaba que la Tierra Media se convirtiera en la mitología nativa de Inglaterra. Pensó que la leyenda del Rey Arturo era muy débil comparada con la épica de Homero y la leyenda de Norse. La Tierra Media, con su inspiración heroica y advertencias sobre el peligro de tener el poder, fue creada para preservar un legado único cultural inglés de los terribles y contagiosos errores de la modernidad.

Con esto en mente, podemos entender por qué la Tierra Media parece abrazar la magia y un suave paganismo. El marco histórico de la imaginación de Tolkien fue la antigua Inglaterra pre-cristiana –las leyendas anglosajonas y nórdicas con sus historias de heroico valor y misticismo pagano. Tolkien se propuso establecer la Tierra Media antes de la venida del cristianismo, ya que temía que cayese en una especie de alegoría enervada.

Forjando la geología moral

Pese a su aversión de mostrar públicamente la religiosidad en sus historias, Tolkien siempre afirmó que su trabajo enseña la buena moral y alienta a su lectores a volver a la fe católica. El autor simplemente se resistió a admitir que este debería ser el propósito principal de un hacedor de mitos; por el contrario, Tolkien insistió en que todo el éxito de la “sub-creación” necesariamente conduce a la verdad moral, porque las únicas buenas historias son aquellas que exactamente reflejan el mundo metafísico en que vivimos y las opciones morales que enfrentamos.

Entonces, mientras Tolkien no intentó predicar la teología moral católica, la arquitectura moral de la Tierra Media es explícitamente católica. La asombrosa consistencia teológica de su pensamiento se evidencia leyendo al azar cualquiera de sus cartas publicadas. Ahí, Tolkien admite que creando la Tierra Media cuidadosamente construyó un mundo con el mismo perfil moral de nuestro mundo, un mundo creado por Dios con la misma naturaleza de nuestro Creador.

Por ejemplo, Tolkien evitó ilustrar la lucha entre los libres habitantes de la Tierra Media y las criaturas del villano jefe de Sauron como una estricta batalla entre el “bien y el mal”. La aproximación de Tolkien es sobre todo agustiniana: los personajes de la Tierra Media se distinguen, ante todo, por lo que aman, no por donde viven. En las ciudades-fortalezas de los habitantes libres, Minas, Tirith y Edoras, uno encuentra tanto al hombre como al corrupto. Cada uno de los personajes puede ser arruinado por la vanidad; pero incluso el más débil tiene la capacidad de redención.

Tolkien describe esta tensión más explícitamente en el personaje de Gollum, un obsequioso y malévolo buscador del Anillo Único, quien vacila constantemente entre poseer el anillo y su lealtad a los hobbits. Tolkien cuidadosamente retrata a Gollum como un traidor asesino y como una víctima de su propia voluntad salvaje. Incluso Sauron, el Satán de la Tierra Media, fue en un tiempo un poderoso ángel guardián antes de ser corrompido por sus deseos de maldad.

Los héroes de Tolkien tuvieron sus fallas también, y somos testigos de sus desafíos morales. El mago Gandalf y Boromir, el mayor de los hijos de Denethor de Gondor, son tentados por la promesa de gloria a través del poder del Anillo. Y los hobbits deben luchar contra su propio deseo de abandonar el sufrimiento y retornar a la comodidad de su hogar, la Comarca, en lugar continuar con su misión de llevar el anillo para su destrucción al Monte del Destino.

Siguiendo las enseñanzas de la Summa Contra Gentiles, de Santo Tomás de Aquino, Tolkien nunca cayó en la trampa de describir a un personaje u objeto como algo inherentemente bueno o malo. El mal, después de todo, es la ausencia del bien, por lo que no puede ser atribuido a una persona o cosa.

Incluso el Anillo Único, forjado por el poder mágico de Sauron, no es nunca caracterizado como el mal en sí mismo. Por el contrario, el poder de liderar a los fantasmas del anillo y la invisibilidad que confiere son considerados como tentaciones que hacen del anillo algo muy peligroso para quien lo use. Los hobbits resisten a esta fuerte tentación de pecado mortal que representa solo porque parecen carecer de la capacidad para la vanagloria, pero eventualmente son disminuidos, física y espiritualmente, por los pecados veniales que éste inspira.

A lo largo de las novelas, la ética y metafísica de la Tierra Media son consistentes con el mundo moral que se conoce: corrupción de la voluntad, no poder mágico o destino, mentiras en el corazón que subyugan a los actos malos. Mágicos objetos, como la tecnología en nuestros tiempos, son buenos si es que éstos son usados para buenos propósitos.

¿Pero la apariencia de la moralidad católica hace que la Tierra Media sea católica o moralista? Para la distinción de los componentes católicos, debemos profundizar aún más en los mundos creados por Tolkien.

“Accidentes” católicos

Tolkien rehusó los intentos para encontrar un simbolismo católico en su trabajo ya que detestaba las “alegorías en todas las manifestaciones”. En verdad, Tolkien frecuentemente increpaba a Lewis por intentar disfrazar a Cristo con el traje de León de Aslan en “El león, la bruja y el armario”. Para Tolkien, si el lector observaba tal correspondencia, perdería la mira en la Tierra Media, la cual debía ser vista como un lugar real y no como alguna amalgama de escombros históricos y religiosos.

Aún Tolkien, reconocía que su inconsciente sensibilidad católica inspiraba los personajes y objetos en su mundo imaginario. En una carta fechada en 1952 al Padre Robert Murray (nieto del fundador del Diccionario Inglés de Oxford y amigo de la familia) admitió de buena gana que la Virgen María forja las bases para todas sus “pequeñas percepciones de belleza tanto en majestuosidad y simplicidad”. No es sorprendente, admite el autor, que el personaje de Galadriel –dotada con radiante belleza, impecable virtud y poderes curativos- resuena con el personaje de la Virgen María.

Asimismo, Tolkien no puede negar que la Eucaristía aparece en “El Señor de los Anillos” como el “pan de camino” (lembas), dado por los elfos a los hobbits para comer durante su viaje. Las “lembas” refuerzan la voluntad de los hobbits y les provee del sustento físico necesario para atravesar las tierras oscuras en su viaje al Monte del Destino. Como enseña la Iglesia, mientras la Eucaristía aún parece y sabe como pan y vino, nuestras sensaciones abrigan un profundo misterio: la Eucaristía es verdaderamente el cuerpo y la sangre de Cristo. Por lo que en “El Señor de los Anillos”, la Virgen María y la Eucaristía aparecen ocultas en los misteriosos elementos de la Tierra Media. La mejor manera de entender esto es ver estos ejemplos del simbolismo católico como “accidentes literarios”. Dejarlos a un lado podría restar validez a la historia, ya que ellos son parte del esfuerzo de Tolkien para hacer que su mundo sea completo, verdadero para todos los tiempos y lugares.

Como autor, Tolkien creía que sus historias hacen, en una forma limitada y literaria, lo que el sacerdote realiza en el momento de la consagración: nos presentan a Cristo y la historia de la creación y redención a través de elementos comunes del mundo –en este caso la Tierra Media, la cual se enfrenta con la Verdad de todas las Verdades.

Árbol celestial

Quizás ningún trabajo individual destaca con tanta luz sobre las intenciones artísticas de Tolkien como su corta historia “Hoja de Niggle”, la cual es considerada como la más completa autobiografía de Tolkien y además nos ofrece una ventana hacia su propia alma. Niggle es un hombre de cincuenta años que, en su tiempo libre, pintaba el cuadro de un árbol. Lo que empezó como una insignificante pintura de una hoja, se convirtió después en la pintura de un árbol, y luego en un hermoso campo, llenando un enorme lienzo. El temor de Niggle era no concluir su cuadro antes de emprender un largo viaje del cual no regresaría. Sin embargo, distracciones diversas y obligaciones con la familia, amigos y vecinos le dejaron poco tiempo para pintar. Niggle empieza el viaje con su cuadro no terminado. Antes de que el tren lo lleve a su destino final, se detuvo en una especie de estación purgativa y no puede continuar con su viaje hasta que “dos voces” hicieran un juicio sobre su vida. Al final, ellos permiten que Niggle continúe –no porque ha pintado un hermoso árbol (como Niggle esperaba) sino porque se entregó al máximo para atender al vecino que más lo distraía: Parish (en quien se ve a C.S. Lewis).

El tren de Niggle finalmente lo lleva hacia una tierra encantada. Al centro encuentra un árbol, el mismo árbol que él estaba pintando en su estudio. Pero el árbol y el escenario aledaño estaban incompleto, a Niggle se le permite estar ahí hasta terminar de pintarlo. Una vez concluido, Niggle se prepara para explorar la tierra que ha creado.

La historia nos ofrece lo esencial del catolicismo: los actos corporales de misericordia por más pequeños que sean reflejan nuestra vocación tanto como nuestras vidas profesionales cuando puestas al servicio de Dios. Pero Tolkien nos dice algo más importante acerca de nuestras aspiraciones celestiales: nuestra vocaciones son parte esencial de nuestra identidad. A través de ellas, seguimos sirviendo y glorificando a Dios para toda la eternidad.

Todos los lectores católicos de El Señor de los Anillos comparten una aspiración celestial: algún día esperan viajar, como Tolkien lo hizo, a través de los reinos de la Tierra Media. Encontraremos, entonces, a Tolkien en su hueco de hobbit; él, posiblemente, habrá estado ocupado en nuestra ausencia. Nos sentaremos junto a él, bebiendo un té o fumando un excelente tabaco, mientras lo escuchamos contar las historias de la Tierra Media que nunca tuvo tiempo de terminar.

Jason Boffetti
Crisis Magazine

Más información

J.R.R. Tolkien

El fondo católico de El Señor de los Anillos

Una aproximación católica a Tolkien

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