El retoño de David

Después de Abraham, el personaje más importante en la genealogía es David, honrado con título de “rey” (Mt 1, 6). En la Sagrada escritura son muchas las narraciones que se refieren a él, empezando desde su juventud, cuando el profeta Samuel fue a Belén a visitar la familia de Jesé y, por revelación divina, ungió rey, en lugar de Saúl, al hijo mas pequeño de Jesé, es pastorcito David. Conocido es el episodio del combate del joven David con el gigante Goliat, a quien hiere en la cabeza y después decapita. Ingresado a la corte de Saúl, nuestro gran héroe pasa de victoria en victoria y llega a ser rey después de la muerte de Saúl, acaecida en combate. El hará de Jerusalén la capital de su reino, que engrandecerá en sus fronteras. Hombre pasional, ofende gravemente a Dios con un adulterio y homicidio (en la genealogía es expresamente recordada la mujer de Urías), pero con el arrepentimiento expresado en el célebre Salmo Miserere regresa a Dios y lo sirve con todo el corazón promoviendo eficazmente el culto sagrado. Graves sufrimientos tuvo que soportar aun de personas muy queridas, convirtiéndose en tipo y figura de Jesús y elegido para ser jefe de su pueblo, fue sin embargo, perseguido por los suyos.

En la historia del pueblo hebraico David ha tenido el rol de personificar el Reino de Dios en la tierra representando su punto ideal de referencia. Mateo presenta constantemente a Jesús como “hijo de David”, porque el reconocimiento de este título es indispensable para la medianidad de Jesús. Pablo lo hace objeto de su predicación en la sinagoga de Antioquia de Pisidia; después de haber descrito la historia de Israel hasta Saúl, el Apóstol puntualiza: “Depuso a Saúl y suscitó por rey a David, de quien precisamente dio este testimonio: 2He encontrado a David, el hijo de Jesé, un hombre según mi corazón, que realizará todo lo que yo quiera. Desde la descendencia de éste, Dios, según la promesa, ha suscitado para Israel un Salvador, Jesús” (Hc 13, 22 ss).

Pablo insiste en que Jesucristo es “nacido del linaje de David según la carne” (Rm 1.3, 2 Tn 2, 8). La promesa remonta a 2 Samuel /, donde se encuentra la profecía más importante del Antiguo Testamento acerca de la estabilidad de la dinastía de David. Él quiere edificar el templo de Dios; Dios agradece su intención, pero será Salomón  el llamado a realizar el proyecto. Natán anuncia entonces a David: “El señor te edificará una casa. Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de s realeza… Yo seré para él padre y él será para mí hijo… Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; su trono estará firme eternamente” (vv. 11-16). Esta promesa es repetida en los Salmos (89; 132) para recordar a Dios, en la oración, su juramento: “Un fruto de tu seno asentaré en tu trono” zacarías, padre del Bautista, bendice al señor, que “nos ha suscitado una fuerza salvadora en la casa de David, su siervo, como había prometido…” (Lc 1, 69). Para terminar, ¿no dirá el ángel Gabriel a María respecto de Jesús: “El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin? (Lc 1, 32s). Pues bien, esta grande promesa, tocante el culmen del plan de Dios, se realiza a través de José el esposo de María, que en el árbol genealógico es el descendiente de David más cercano a Jesús. Su presencia y su consentimiento para la actuación de esta promesa, que consentirá a Jesús de ser llamado “hijo de David” y sea reconocido como Mesías, son indispensables como lo ha sido el consentimiento de María para la encarnación.

Imposible separar a María de José y a José de María! Los dos participan, como lo expresa el teólogo francisco Suárez, al orden de la unión hipostático. La genealogía de Jesús pasa a través de José, expresamente llamado por el ángel “hijo de David” (Mt 1, 20). También Lucas introduce la anunciación de Gabriel, que garantiza a Jesús, “el trono de David su padre”, con la indispensable premisa que María era “desposada con un hombre llamado José, de la casa de David” (Lc, 1, 27). Y se comprende el por qué. Lo mismo será repetido para explicar el viaje a Belén: José “por ser de la casa y familia de David” (2,4). 

Tomado de Stramare, Tarcisio
San José en la historia de la salvación


Transcrito por José Gálvez Krüger para ACI Prensa

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