7 de septiembre de 2010 - 5:57 PM

En México se confunde laicidad con anticlericalismo, advierte medio católico

Redacción ACI Prensa

En México se confunde laicidad con anticlericalismo, advierte medio católico

El Semanario, publicación de la Arquidiócesis de Guadalajara, advirtió en su última edición que “superar la laicidad como anticlericalismo y llegar a la valoración de la libertad de conciencia y de la religión, son todavía metas lejanas, que demorarán décadas en cumplirse” en México.

Ante los reiterados intentos por parte de autoridades y grupos políticos de silenciar a los ministros de culto, un artículo firmado por el P. Maurilio Martínez Tamayo reflexiona sobre la distorsionada visión de la laicidad que impera en el país.

En la nota titulada “¿Por qué tanta confusión? La incomprensible laicidad mexicana”, el autor recuerda que México siempre ha sido un país religioso a pesar de los intentos por silenciar la fe.

El sacerdote explica que ni “la separación entre Iglesia y Estado, promovida por las Leyes de Reforma, de Benito Juárez García” que despojó a la Iglesia “de sus bienes materiales y la pusieron en una situación de sujeción”, ni “la guerra civil, ocasionada por la drástica aplicación de las leyes anticlericales”, logró cambiar la profunda fe de los mexicanos.

“El laicismo actual que muchos proclaman y exigen, ¿es la superación del divorcio espiritual en que hemos vivido, o la revitalización de aquel anticlericalismo trasnochado, que ya el resto del mundo superó desde hace tiempo?”, cuestiona el sacerdote.

El autor recuerda que “el Presidente José López Portillo Pacheco explicó al Papa Juan Pablo II que México era un país ‘surrealista’, pues siendo religioso tenía Gobiernos no religiosos y, añadiríamos nosotros, era regido por leyes antirreligiosas”.

“Hoy, la expresión de este surrealismo se evidencia en el espíritu anticlerical y antirreligioso de ese ‘Estado laico’ que tanto se predica. Ese laicismo mexicano es un traje impuesto a un país religioso, donde las medidas no cuadran, aunque algunos piensen que si la realidad no se adapta a la ideología, pues peor para la realidad”, agrega.

Asimismo, considera que “luego de las reformas constitucionales de 1992, cuando los políticos católicos, en ejercicio de sus derechos religiosos, dejaron de avergonzarse de participar en actos de culto, han tenido frente a sí las constantes amenazas de escándalo de parte de los defensores a ultranza del laicismo, los cuales se rasgan las vestiduras porque con ello ‘se atenta’ contra la separación Iglesia- Estado”.

“Cuando un ministro de culto opina de la vida nacional y juzga el desempeño de sus gobernantes, tal como puede hacerlo todo ciudadano mexicano en uso de sus derechos de libertad de expresión, los enemigos de la vida religiosa lanzan amenazas contra quien se atrevió a levantar la voz sobre el desempeño de las autoridades”, denuncia.

En este sentido, explica que “recientemente se ha promovido el declarar a México una República laica. Esto, aparentemente podría ser una postura aceptable para todos, según el pensamiento moderno, pero sucede que entre nosotros las ideologías y las posturas políticas tienen conceptos divergentes de lo que esto significa. Vivimos una contradictoria laicidad”.

“El poder político no tiene capacidad de soportar y de aceptar la voz profética de sus ciudadanos, más aún si son ministros de culto. Estos son, sin duda, residuos de la tiranía y del poder absoluto, donde las voces discordantes eran amordazadas y desaparecidas”, escribe.

El autor considera que otra de las metas será “lograr que la mentalidad laicista purifique su gravísimo error de considerar la religión como una realidad que hay que soportar, marginar y combatir, sin considerar la carga de valores positivos, la dimensión humana y espiritual que las religiones aportan al individuo en particular, a la sociedad en general, pues civilizan al ser humano, promueven la paz y fomentan la fraternidad entre quienes la profesan, comparten un mismo ideal y un mismo destino”.

“Es necesario, pues, convencernos de que las religiones son un bien público, y que todos, incluido el Estado, hemos de proteger y promover democráticamente, sin esas intolerancias que nos destruyen”, concluye.

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