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Conoce al “Padre Francisco”, sacerdote mártir que defendió a los indígenas en Guatemala

Foto : El P.Stanley Francis Rother
Foto : El P.Stanley Francis Rother "el Padre Francisco" / Fotos cortesía de la Archdiócesis de Oklahoma

DENVER, 19 Feb. 16 / 05:35 pm (ACI).- En su visita a México, el Papa Francisco mostró interés por los indígenas en Chiapas: almorzó con ellos, en la calle se detenía a bendecirlos y besarlos e incluso durante la homilía en la Misa celebrada en San Cristóbal de las Casas les habló en su propia lengua. Así como el Santo Padre, también hubo un sacerdote que tuvo el mismo interés por los indios hasta el punto de morir mártir en Guatemala.

Corría el año 1981 y el país estaba en plena guerra civil desde hacía tres décadas, donde las principales víctimas eran los indígenas. El P. Stanley Rother, conocido como el “Padre Francisco” era considerado un enemigo por proteger a sus parroquianos y proclamar el evangelio.

A la 1:30 a.m. del 28 de julio  el “Padre Francisco” fue despertado por el grito de “Padre, han venido por usted” pronunciado por una persona que fue conducida a punta de pistola hasta su habitación.

Lo esperaban tres hombres enmascarados conocidos como “ladinos”, los hombres que masacraban a los indígenas y los campesinos pobres. Eran conocidos por sus secuestros y ahora querían “desaparecer” al P. Stanley. Él se resistió, no quería poner en peligro a la misión de la parroquia. Luchó durante 15 minutos hasta que le dispararon dos veces. Así murió.

¿Cómo llegó este hombre proveniente de una familia sencilla de granjeros alemanes hasta la tierra de los indígenas de Guatemala?

Stanley Francis Rother nació en un pequeño pueblo llamado Okarche, ubicado en el estado de Oklahoma (Estados Unidos), donde la religión, la educación y la granja eran los pilares de la sociedad.

El joven llevaba una vida sencilla y trabajaba en la granja familiar. Al estar rodeado de sacerdotes sintió el llamado de Dios y partió al seminario. Ahí comenzaría la verdadera aventura de su vida.

En el seminario desaprobó varios cursos. La hermana Clarissa Tenbrick, que fue su profesora en quinto grado, le escribía para alentarlo y le recordaba que el Santo patrono de los sacerdotes, San Juan Vianney, también tuvo los mismos problemas en el seminario.

“Ambos eran hombres simples que sabían que tenían el llamado al sacerdocio y alguien tuvo que impulsarlos para que pudieran completar sus estudios. Después ellos llevaron la bondad, la simplicidad y un corazón generoso a todo lo que hacían”, dijo a ACI Prensa Maria Scaperlanda, la autora de la biografía del P. Stanley.

Mientras Stanley estaba en el seminario, San Juan XXIII pidió a Iglesia en Estados Unidos que envíe ayuda y que establezca misiones en Centroamérica. En respuesta a ese llamado, la diócesis de Oklahoma y la diócesis de Tulsa fundaron una misión en Santiago Atitlan, una comunidad indígena muy pobre en Guatemala.

Unos años después de haberse ordenado, el P. Stanley aceptó la invitación de unirse a la misión. Ahí pasó los siguientes 13 años de su vida.

Cuando llegó, el sacerdote resultó ser un curioso personaje en medio de los indígenas con su metro ochenta y su barba roja. Su nombre también era extraño para los mayas Tz´utujil que al no encontrar un equivalente en español para Stanley, lo empezaron a llamar “Padre Francisco”, por su segundo nombre Francis.

Por su parte, el P. Stanley se dio cuenta de que todo lo que aprendió en la granja de su familia le podría servir ya que como sacerdote misionero no sólo estaba llamado a celebrar la Misa, sino también a ayudar en el trabajo cotidiano de los campesinos.

Arreglaba camiones, trabajaba en el campo, construyó un granero, una escuela, un hospital y la primera estación de radio católica, cuya señal llegaba hasta los pueblos más remotos.

El “Padre Francisco” también era conocido por su bondad, su entrega, su alegría y su preocupación por sus parroquianos. Scaperlanda comentó que los niños lo seguían y lo querían mucho.

“El P. Stanley tenía una disposición natural para compartir el trabajo con la gente, de compartir el pan con ellos y de celebrar la vida con ellos. Eso hizo que esta comunidad guatemalteca dijera “él era nuestro sacerdote””, comentó la autora.

La guerra civil

La violencia de la guerra civil llegó hasta la aldea. Sin embargo, las desapariciones, los asesinatos y el peligro no amedrentaron al “Padre Francisco”. Más bien se mantuvo firme y se convirtió en el apoyo de su pueblo.

Entre los años 1980 y 1981 la violencia alcanzó un punto insoportable. El P. Stanley veía como sus amigos y parroquianos eran secuestrados o asesinados. Incluso su nombre estaba en la lista negra. En una carta que envió a su familia en su última Navidad escribió lo siguiente:

“La realidad es que estamos en peligro. Pero no sé cuándo o qué forma usará el gobierno para reprimir más a la Iglesia. Dada la situación no estoy listo para irme. Pero si es mi destino y debo dar mi vida aquí, será así. No quiero abandonar a este pueblo… aún se puede hacer mucho bien en estas circunstancias”.

La carta termina con lo que sería su frase más famosa: “el pastor no puede huir ante la primera señal de peligro. Oren por nosotros para que podamos ser la señal del amor de Cristo para nuestro pueblo, que nuestra presencia los fortalezca para que enfrenten estos sufrimientos como preparación para el Reino que se acerca”.

En enero de 1981 volvió a Oklahoma por unos meses y regresó para pasar la Pascua con su pueblo en Guatemala. En julio fue asesinado a causa de su fe y por proteger a los indígenas.

Scaperlanda, que también ha trabajado para la causa de canonización del “Padre Francisco”, indicó que “el testimonio de vida de este sacerdote es un ejemplo para el Año de la Misericordia”.

En junio del año pasado, la Congregación para las Causas de los Santos reconoció al P. Stanley como mártir.

Traducido y adaptado por María Ximena Rondón. Publicado originalmente en CNA.

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Etiquetas: violencia, Guatemala, Pueblos indígenas, Papa Francisco, misioneros, asesinatos a sacerdotes, sacerdote mártir, guerra civil

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