Homilía en la Santa Misa en el Catedral de San Esteban en Viena
Domingo 9 de septiembre de 2007

¡Queridos hermanos y hermanas!

“Sine dominico non possumus!” Sin el don del Señor, sin el día del Señor no podemos vivir: así respondieron en el año 340 los cristianos de Abisinia, en la hoy Tunisia, atrapados mientras celebraban la Eucaristía dominical, al ser llevados ante el juez.

Les fue preguntado como es que celebraban la misa dominical, a pesar de saber que sobre ello pesaba la pena de muerte. “Sine dominico non possumus”: en la palabra dominico existen dos significados indisolublemente entrelazados, cuya unidad debemos aprender a percibir nuevamente.

Está ahí antes que nada el don del Señor –este don es Él mismo: el Resucitado, cuyo contacto y cercanía necesitaban los cristianos simplemente, para ser ellos mismos. Pero no es apenas un contacto espiritual, interior y subjetivo: el encuentro con el Señor se inscribe en el tiempo con un día determinado.

Y así se inscribe en nuestra existencia concreta, personal y comunitaria, que es la temporalidad. Le da a nuestro tiempo y así a toda nuestra vida un centro, un orden interno.

Para estos cristianos, la eucaristía dominical no era un mandato, sino una necesidad interior. Sin ella, que sostiene nuestra vida, la propia vida se vuelve vacía. Abandonar o traicionar su centralidad, le quitaría a la vida su fundamento, su dignidad interior y su belleza.

¿Nos atañe esta postura de los cristianos de entonces también a los cristianos de hoy? Sí, vale también para nosotros, que necesitamos una relación que nos sustente y que le dé sentido y contenido a nuestra vida. También nosotros necesitamos del contacto con el Resucitado, que nos sostiene a través de la muerte.

Necesitamos de este encuentro, que nos une a todos, que nos da un ámbito de libertad, que nos permite ver por encima de lo cotidiano el amor creador de Dios, del cual venimos y hacia el cual nos dirigimos.

Por supuesto, cuando oímos el evangelio de hoy, al Señor que nos habla, nos asustamos. “Quien no renuncia a todos sus bienes y no deja también todos sus lazos familiares no puede ser mi discípulo”.

Quisiéramos replicar a ello: ¿Qué nos dices aquí, Señor? ¿Acaso no necesita el mundo de la familia? ¿Acaso no necesita del amor de padre y madre, el amor entre los padres y los hijos, entre esposo y esposa?

¿No necesitamos el amor por la vida, la alegría de la vida? ¿Y no necesitamos también de personas que inviertan en los bienes de este mundo y que cultiven la tierra que nos has dado, de modo que todos participemos de sus dones?

¿No se nos ha encargado también el desarrollo de la tierra y su cultivo? Cuando escuchamos más exactamente al Señor y escuchamos sobretodo aquello que nos dice, comprendemos entonces, que Jesús no exige lo mismo de todas las personas.

Cada quien tiene su propio llamado y el modo correspondiente en el seguimiento. En el Evangelio de hoy habla Jesús directamente de aquella que no es la tarea de todos los que lo seguían en su peregrinación hacia Jerusalén, sino de la vocación especial de los doce.

Ellos deben antes que nada soportar el escándalo de la Cruz, y estar dispuestos a dejarlo realmente todo para asumir la aparente absurda tarea, de ir hasta los confines de la tierra, y con su pobre formación, anunciar el Evangelio de Jesucristo a un mundo lleno de vanagloria por su saber, a un mundo aparente o realmente instruido –y naturalmente anunciarlo también de manera especial a los pobres y sencillos.

En su camino por todo lo ancho de este mundo, deben estar dispuestos a sufrir incluso el martirio, para así ser testigos del evangelio del Crucificado y Resucitado. Cuando la palabra de Jesús sale al encuentro de los doce en la peregrinación hacia Jerusalén, naturalmente su llamado va más allá de ese momento histórico y alcanza a todos los siglos.

En todos los tiempos llama personas a dejarlo todo por Él, a dejarlo todo para ser totalmente suyos y así totalmente para los demás: oasis de un amor desinteresado para llegar a un mundo en el que tan frecuentemente parecen solo importar el poder y el dinero.

Damos gracias al Señor, por habernos dado a lo largo de los siglos hombres y mujeres, que por su causa lo dejaron todo y se tornaron señales luminosas de su amor. Pensemos solo en personas como Benito y Escolástica, como Francisco y Clara de Asís, Isabel de Turingia y Eduviges de Silesia, como Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila hasta llegar a Madre Teresa y el Padre Pío.

Estas personas con toda su vida, se han tornado exponentes de la palabra de Jesús, que en ellos se nos hace cercana y comprensible. Pidamos al Señor, que también en nuestro tiempo conceda a los hombres la valentía de dejarlo todo para así ser para todos.

Cuando nos aproximamos nuevamente al Evangelio, podemos percibir, que el Señor no nos habla apenas de unos pocos y de su especial llamado: lo central de aquello a lo que se refiere el Señor vale para todos.

De lo que se trata finalmente, lo destaca una vez más: “Quien quiera salvar su vida, ese la perderá. Mas quien la pierda por mí, ese la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar todo el mundo, si con ello pierde su alma?” (Lc 9,24ss)
Quien quiera tener su vida apenas para si, ese la pierde. Solo quien se entrega, recibe su vida. Dicho de otro modo: solo el que ama encuentra la vida. Y el amor exige siempre el salir de uno mismo, exige abandonarse a si mismo.

Quien se preocupa de sí mismo, quien quiere tener a los otros solo para si, ese se pierde a si mismo y a los demás. Sin este profundo dejarse a si mismo no hay vida. El ansia incesante de amor, que embarga hoy a los hombres, acaba en el desierto de la vida perdida.

“Quien pierda su vida por mí...” dice el Señor: un abandono definitivo de nosotros mismos solo es posible cuando finalmente no nos dejamos caer en el vacío, sino en las manos del Amor eterno.

Solo el Amor de Dios, que se dio a si mismo por nosotros y a nosotros, nos permite ser libres, abandonarnos y así encontrar verdaderamente la vida. Eso es lo central de lo que el Señor nos quiere decir hoy en ese aparentemente duro Evangelio dominical.

Con su Palabra nos da el Señor la certeza, de poder construir sobre su amor, el amor del Dios hecho hombre. Reconocer esto es la sabiduría de la que nos habló la primera lectura. Nuevamente se trata, de que toda la sabiduría del mundo no nos sirve, si es que no aprendemos a vivir, cuando no percibimos de qué se trata verdaderamente la vida.

“¡Sine dominico non possumus!” Sin el Señor y sin el día que le pertenece, la vida no prospera. En nuestras sociedades occidentales, el domingo se ha convertido en fin de semana, en tiempo libre. El tiempo libre es ciertamente, en medio de la agitación del mundo moderno, algo bello y necesario, todos lo sabemos.

Pero cuando el tiempo libre no tiene un centro interior, cuando pierde su orientación hacia el todo, se vuelve tiempo vacío, que no nos fortalece y no nos ayuda. El tiempo libre necesita de un centro –el encuentro con Aquel que es nuestro origen y meta.

Mi gran predecesor en la Cátedra episcopal de Münich y Freising, el Cardenal Faulhaber, lo señaló alguna vez: “Dadle al alma su domingo, dadle al domingo su alma”.

Justamente por tratarse profundamente el domingo del encuentro con el Cristo Resucitado en Palabra y Sacramento, su radio abarca toda la realidad. Los primeros cristianos celebraron el primer día de la semana como el día del Señor, por ser el día de la resurrección.

Pero muy pronto comprendió la Iglesia que el primer día de la semana es la mañana de la creación, el día en el cual dijo Dios: “Hágase la luz” (Gn 1,3). Por eso el domingo es también en la Iglesia la fiesta semanal de la creación –la fiesta de la gratitud por la creación de Dios y de la alegría por ella.

En un tiempo, en el que la creación parece peligrar de varias maneras debido a la obra del hombre, deberíamos justamente por ello tomar conciencia de esta dimensión del domingo.

Para la Iglesia temprana la herencia del sétimo día, del Sabbat entró dentro del primer día. Participamos del descanso del Señor, que abarca a todos los hombres. Así percibimos en este día algo de la libertad y de la igualdad de todas las criaturas de Dios.

En la oración de hoy recordamos precisamente que Dios nos ha redimido por su Hijo y nos ha asumido como sus hijos amados. Le pedimos por eso, que mire lleno de bondad a los fieles cristianos y nos conceda la verdadera libertad y la vida eterna. Pidamos poder ver la bondad de Dios.

Nosotros mismos necesitamos de esta visión de la bondad del domingo en medio de nuestro día a día. Pidiéndolo sabemos, que esta visión ya nos ha sido concedida. Mas aún, sabemos, que Dios nos adopta como sus hijos, que realmente nos ha llevado a la comunión con Él.

Ser hijos significa –lo sabía la Iglesia primitiva- ser libre, no esclavo sino miembro de la familia. Y eso significa ser heredero. Si pertenecemos a Dios, que es el Poder sobre todo poder, entonces no tenemos miedo y somos libres, y somos entonces herederos.

La herencia, que Él nos ha legado, es Él mismo, su Amor. Sí, Señor, concédenos que esto penetre profundamente en nuestras almas, para que así experimentemos la alegría de los redimidos. Amén.


Traducción no oficial de ACI Prensa

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