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Séptimo día
Adoración de los Reyes Los santos ángeles, los buenos ángeles anunciaron a los piadosos pastores el feliz nacimiento de Jesús. Hay que verlos; ¡cuán hermosos son! ¡qué armoniosamente cantan la reconciliación entre el cielo y la tierra! Uno de ellos habla a los pastores que cuidan sus rebaños en los campos: No teman, les dice, porque vengo a anunciar una gran alegría: que hoy, en la villa de David, les ha nacido un Salvador que es Cristo, el Señor. Este el signo mediante el cual lo reconocerán: encontrarán un niño envuelto envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Luego, el coro de ángeles, desplegando una luz celeste cantó; Gloria a Dios en lo alto del cielo, y paz a los hombres de buena voluntad. Los pastores obedecieron el llamado de lo alto, fueron a la ciudad de David, penetraron en el establo. Vieron al divino recién nacido envuelto en linos y acostado sobre el trono de pobreza. ¡Con cuánta dulzura María los acoge, y cómo esta visita llena de consuelo el corazón de José y de su santa esposa! Eran las primicias de la Iglesia que llegaban al pesebre del Mesías; enviado para evangelizar a los pobres, Jesús, el niño Jesús, los reúne cerca de él, acoge sus presentes, sus homenajes y su amor… José y María adoran y reciben en el fondo de sus almas estas manifestaciones humildes y admirables a la vez. Unámonos a su dulce alegría y adoremos a Jesús con sus primeros servidores, su Madre inmaculada, su Padre adoptivo y sus pastores, amigos de los santos ángeles. Oración Te suplicamos, Señor, concedernos por los méritos del casto esposo de la santísima Virgen María, lo que no podemos obtener por nuestras propias fuerzas, Tú que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Ejemplo Protección de San José Quiero contarle, reverendo padre, cómo, durante una terrible epidemia fuimos preservados del contagio. Hacia el mes de febrero último, aparecieron muchos casos de fiebre amarilla; entonces, volví mis miradas hacia nuestro buen Padre, porque si temía ver caer a mis compañeras y al resto del personal que iba ser dedicado, era únicamente porque vislumbraba la postergación y el abandono que sufrirían los enfermos. Hice el mes de san José lo más solemnemente posible por los hijas de María, para pedir la intercesión de nuestro santo Protector, que nadie de los asistían a los apestados fuera alcanzado por la epidemia. Esas hijas llenos de confianza cumplieron admirablemente su oficio de intercesores delante de san José; además cinco lámparas ardieron delante de la estatua de nuestro santo Protector todo el tiempo que la epidemia atacó con fuerza. Fue San José de la Promesa, como gustamos llamarlo, porque justamente venía de llegar de Francia. Fue, precisamente durante el mes de marzo que la peste hizo los más terribles estragos y, cosa sorprendente, ni las hermanas que hicieron el oficio de enfermeras, de lavanderas, etc., experimentó mal alguno”.
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