Los
Vicios Capitales
Evagrio Póntico
La Lujuria
Capítulo IV
La temperancia genera la
mesura, mientras la gula es la madre del desenfreno;
el aceite alimenta la luz de la lámpara y el
frecuentar mujeres atiza la llamarada del placer.
La violencia del oleaje
se desencadena contra el mercader mal anclado como el
pensamiento de la lujuria sobre la mente intemperante.
La lujuria acogerá como aliada a la saciedad,
le dará licencia, se juntará a los adversarios
y combatirá finalmente del lado de los enemigos.
Permanece invulnerable
a las flechas enemigas aquel que ama la tranquilidad
, quien en cambio se mezcla con la multitud recibe golpes
continuamente.
Mirar a una mujer es como
un dardo venenoso, hiere el alma, nos inocula el veneno
y cuanto más perdura, tanto más arraiga
la infección. El que busca defenderse de estas
flechas se mantiene lejos de las multitudinarias reuniones
públicas y no divaga con la boca abierta en los
días de fiesta; es mucho mejor quedarse en casa
pasando el tiempo orando en vez de hacer la obra del
enemigo creyendo que se honra las fiestas.
Evita la intimidad con
las mujeres si deseas ser sabio y no les des la libertad
de hablarte ni confianza. En efecto, al inicio tienen
o simulan una cierta cautela, pero seguidamente osan
hacerlo todo descaradamente: en el primer acercamiento
tienen la mirada baja, pían dulcemente, lloran
conmovidas, el trato es serio, suspiran con amargura,
plantean preguntas sobre la castidad y escuchan atentamente;
las ves una segunda vez y levanta un poco más
la cabeza; la tercera vez se acercan sin mucho pudor;
tú has sonreído y ellas se han puesto
a reír desaforadamente; seguidamente se embellecen
y se te muestran con ostentación, su mirada cambia
anunciando el ardor, levantan las cejas y rotan los
ojos, desnudan el cuello y abandonan todo el cuerpo
a la languidez, pronuncian frases ablandadas por la
pasión y te dirigen una voz fascinante al oído
hasta que se apoderan completamente el alma.
Sucede que estas trampas
te encaminan a la muerte y estas redes entretejidas
te arrastran a la perdición; por tanto no te
dejes ni siquiera engañar de aquellas que se
sirven de discursos discretos: en éstas, en efecto,
se oculta el maligno veneno de las serpientes.
Capítulo
V
Acércate al fuego
ardiente antes que a una mujer joven, sobre todo si
tú también eres joven: en efecto, cuando
te acercas a la llama y sientes una buena quemazón,
te alejas rápidamente, mientras que cuando eres
seducido por las charlas femeninas, difícilmente
logras darte a la fuga.
La hierba crece cuando
está cerca al agua, como germina la intemperancia
frecuentando a las mujeres.
Aquel que repleta el vientre
y hace profesión de sabiduría se parece
a quien afirma que frena la fuerza del fuego con paja.
Como efectivamente es imposible apagar el mutable agitarse
del fuego con la paja, así es imposible colmar
en la saciedad el ímpetu inflamado de la intemperancia.
Una columna se apoya en
una base y la pasión de la lujuria tiene sus
cimientos en la saciedad.
La nave presa de las tempestades
se apresura en llegar al puerto y el alma del sabio
busca la soledad: una huye de las amenazadoras olas
del mar, la otra de las formas femeninas que traen dolor
y ruina.
Un semblante embellecido
de mujer hunde más que un oleaje marino: aún
así, éste te da la posibilidad de nadar
si quieres salvar la vida, mientras que la belleza femenina,
tras el engaño, te persuade de despreciar incluso
la vida misma.
La zarza solitaria se sustrae
intacta a la llama y el sabio que sabe mantenerse alejado
de las mujeres no se enciende en la intemperancia: como
el recuerdo del fuego no quema la mente, así
ni siquiera la pasión tiene vigor si falta la
materia.
Capítulo
VI
Si tienes piedad para con
el enemigo éste será siempre tu enemigo,
y si concedes a la pasión ésta se te revelará.
La vista de las mujeres
excita al intemperante, mientras empuja al sabio a glorificar
a Dios; pero si en medio de las mujeres la pasión
está tranquila no le des crédito a quien
te anuncia que has alcanzado la paz interior.
El perro justamente menea
la cola cuando se lo deja en medio de la multitud, pero
cuando se aleja, muestra su maldad. Sólo cuando
el recuerdo de la mujer surja en ti privado de pasión,
entonces considérate cerca de los confines de
la sabiduría. Cuando en cambio su imagen te empuja
a verla y sus dardos cercan tu alma, entonces considérate
fuera de la virtud.
Pero no debes mantenerte
así en esos pensamientos ni tu mente debe familiarizarse
mucho con las formas femeninas, la pasión es
en efecto reincidente y tiene al peligro junto a sí.
Como sucede
efectivamente que una apropiada fundición purifica
la plata pero si se prolonga la destruye fácilmente,
así una insistente fantasía de mujeres
destruye la sabiduría adquirida: no tengas, por
tanto, familiaridad prolongada con un rostro imaginado
para que no se te adhieran las llamas del placer y no
queme la aureola que circunda tu alma: así como
la chispa, si permanece en medio de la paja, desencadena
las llamas, así el recuerdo de la mujer, persistiendo,
enciende el deseo.
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