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Suma
de Teología
Santo Tomás
de Aquino
Cuestión
151
La castidad
Ahora nos toca tratar de
la castidad. Empezaremos hablando de la misma virtud
de la castidad; después, de la virginidad, que
es parte de la castidad; en tercer lugar, de la lujuria,
que es el vicio opuesto.
Sobre lo primero se plantean
cuatro preguntas:
1. ¿Es la castidad una
virtud? 2. ¿Es una virtud general? 3. ¿Es una virtud
distinta de la abstinencia?. 4. ¿Qué relación
existe entre ella y el pudor?
Artículo 1
¿Es la castidad una
virtud?
Objeciones por las
que parece que la castidad no es virtud.
1. Aquí hablamos
de virtudes del alma. Pero parece que la castidad es
propia del cuerpo, ya que se dice que una persona es
casta porque se comporta de una cierta manera en el
uso de ciertas partes del cuerpo. Luego la castidad
no es virtud.
2. Aún más:
la virtud es un hábito voluntario, como
se nos dice en II Ethic.. Pero no parece que
la castidad sea algo voluntario, ya que puede quitarse
a las mujeres violadas por la fuerza. Luego parece que
no es virtud.
3. Y también: no
existe ninguna virtud en los infieles. Sin embargo,
algunos de ellos son castos. Por consiguiente, la castidad
no es una virtud.
4. Todavía más:
los frutos se distinguen de las virtudes. Pero la castidad
se considera como fruto, según leemos en Gál
5,23. Luego no es virtud.
En cambio está
lo que dice San Agustín en su obra De Decem
Chordis: A pesar de que debes superar a tu esposa
en virtud, porque la castidad es virtud, caes al primer
asalto de la sensualidad y quieres que tu esposa salga
vencedora.
Solución. Hay
que decir: La palabra castidad indica que
la concupiscencia es castigada mediante la razón,
porque hay que dominarla igual que a un niño,
según se nos dice en III Ethic. Ahora
bien: lo esencial de la virtud humana consiste en ser
regulada por la razón, como dijimos antes (1-2
q.64 a.1). Por lo cual queda claro que la castidad es
una virtud.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: Puede decirse
que la castidad tiene como sujeto el alma; pero su materia
es el cuerpo, ya que es propio de ella el que la persona,
mediante el juicio de la razón y la elección
de la voluntad, haga un uso moderado de los miembros
corporales a.
2. A la segunda hay
que decir. Como dice I De Civ. Dei, mientras
persevere la resolución del alma, mediante la
cual mereció ser santificado también el
cuerpo, no quita la santidad al cuerpo la fuerza de
la pasión ajena, que está custodiada por
la perseverancia de su continencia. Y en la misma
obra se añade: La virtud del alma que va acompañada
por la fortaleza es capaz de tolerar cualquier mal antes
que consentir al pecado.
3. A la tercera hay
que decir: Como afirma San Agustín en IV
Contra Iulian., no es posible que exista virtud
en alguien que no es justo, y es imposible que sea justo
quien no vive de la fe. De ello saca como conclusión
que en los infieles no hay verdadera castidad ni ninguna
otra virtud, porque no se ordenan a su debido fin. Y
como añade en la misma obra, las virtudes
no se distinguen de lo vicios por sus funciones, es
decir, sus actos, sino por sus fines.
4. A la cuarta hay
que decir. La castidad, en cuanto que actúa
bajo el dictamen de la razón, posee la razón
esencial de virtud; en cuanto que se deleita en su acto,
se considera uno de sus frutos.
Artículo
2
¿Es la castidad una
virtud general?
Objeciones por las
que parece que la castidad es una virtud general.
1. Dice San Agustín
en el libro De Mendacio: La castidad es un movimiento
del alma que no supedita las cosas más importantes
a las menos importantes. Pero esto puede decirse
de toda virtud. Luego la castidad es una virtud general.
2. Aún más:
la palabra castidad se deriva de castigo.
Ahora bien: todo movimiento del apetito ha de ser
castigado por la razón. Dado pues, que cualquier
virtud moral castiga el movimiento del apetito, parece
que cualquier virtud moral es castidad.
3. Y también: la
fornicación se opone a la castidad. Pero la fornicación
parece darse en todo género de pecado, pues se
nos dice en el salmo 72,27: Castigarás a todos
los que fornican apartándose de ti. Luego
la castidad es una virtud general.
En cambio está
el hecho de que Macrobio la considera parte de la templanza.
Solución. Hay
que decir. La palabra castidad puede tomarse según
una doble acepción. Primero, en sentido propio.
Así considerada, es una virtud especial con una
materia específica es decir, los deseos de deleites
que se dan en lo venéreo b. En
segundo lugar, metafóricamente. En efecto, así
como el deleite venéreo es fruto de la mezcla
del cuerpo, objeto propio de la castidad y del vicio
opuesto a ella, que es la lujuria, así también
una cierta unión espiritual de la mente con otras
cosas constituye el deleite, que es materia de una castidad
espiritual metafórica, y también una fornicación
espiritual, metafórica c. En efecto,
si la mente humana se deleita en la unión espiritual
con aquello a lo cual debe unirse, es decir, a Dios,
y se abstiene de unirse en el deleite a otros objetos
opuestos al orden divino, se llamará castidad
espiritual, según lo que leemos en 2 Cor 11,2:
Os he desposado a un solo marido para presentaros
a Cristo como una casta virgen. Pero si la mente
se deleita, contra el orden divino, uniéndose
a otras cosas, se producirá la fornicación
espiritual, según las palabras de Jer 3,1: Has
fornicado con tus muchos amantes. Tomada así
la castidad, es una virtud general porque cualquier
virtud hace que la mente humana no se una al deleite
mediante cosas ilícitas. Pero la esencia de esta
castidad reside en la caridad y en otras virtudes teológicas,
mediante las cuales la mente humana se une a Dios.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: El argumento
es válido si se aplica a la castidad tomada metafóricamente.
2. A la segunda hay
que decir. Como ya dijimos antes (q.142 a.2), la
concupiscencia del placer se asemeja mucho a un niño,
en cuanto que nos es connatural la tendencia a lo deleitable,
sobre todo de lo deleitable al tacto, cuyo fin es la
conservación de la naturaleza. De ahí
que, si la concupiscencia se alimenta con el deseo de
estos objetos deleitables por el hecho de consentir
en ellos, aumentará en gran proporción,
como el niño que se deja a su capricho. Por eso,
el deseo de estos objetos deleitables ha de ser castigado
con máximo rigor. Y de ahí que la castidad
se ocupe principalmente de estos deseos, al igual que
la fortaleza se ocupa de materias en las que necesitamos
una gran firmeza de ánimo.
3. A la tercera hay
que decir: El argumento toma la fornicación
espiritual en sentido metafórico, que se opone
a la castidad espiritual como ya dijimos (In corp.).
Artículo
3
¿Es la castidad una
virtud distinta de la abstinencia?
In Sent. 2 dist.
44 q.2 a.1 ad 3
Objeciones por las
que parece que la castidad no es una virtud distinta
de la abstinencia.
1. Es suficiente una virtud
para encargarse de materias que son del mismo género.
Ahora bien: parece que son de un mismo género
las materias pertenecientes a un mismo sentido. Dado,
pues, que el placer de la comida, objeto de la abstinencia,
y el placer venéreo, objeto de la castidad pertenecen
al tacto, parece que la castidad no es una virtud distinta
de la abstinencia.
2. Aún más:
el Filósofo, en III Ethic., compara a
todos los pecados contra la templanza con los pecados
de los niños, que necesitan ser castigados. Ahora
bien: castidad dice relación con castigo
de los vicios opuestos. Luego, dado que la abstinencia
refrena algunos vicios de intemperancia, parece que
coincide con la castidad.
3. Los placeres de los
otros sentidos pertenecen a la templanza en cuanto que
se ordenan a los placeres del tacto, que son objeto
de la templanza. Pero los placeres de la comida, de
los que se ocupa la abstinencia, se ordenan a los placeres
venéreos, de los que se ocupa la castidad, puesto
que dice San Jerónimo: El vientre y los genitales
están muy cercanos para que se comprenda la asociación
de los vicios por la vecindad de los miembros. Luego
la abstinencia y la castidad no son virtudes distintas
entre sí.
En cambio está
la autoridad del Apóstol, quien, en 2 Cor 6,5-6,
distingue a la castidad de los ayunos, los cuales son
materia de la abstinencia.
Solución. Hay
que decir: Como ya dijimos (q.141 a.4), la templanza
propiamente dicha se ocupa de los deseos de los deleites
del tacto. Por eso conviene que, donde han diversas
razones de placer, haya distinta virtudes subordinadas
a la templanza. Ahora bien: los placeres se acomodan
a las operaciones a las que perfeccionan, como se dice
en X Ethic., y es evidente que son de distinto
género las operaciones sobre el uso de la comida,
gracias a las cuales se conserva la naturaleza del individuo,
y las relativas al uso de lo venéreo, que se
ocupa de conservar la naturaleza de la especie. Por
eso la castidad, que se ocupa de los placeres venéreos,
es una virtud distinta de la abstinencia, que se ocupa
de los deleites de la comida.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: La templanza
no se ocupa principalmente de los deleites del tacto
en cuanto al juicio que el sentido emite sobre los objetos
tangibles, y que es de la misma naturaleza en todos,
sino en cuanto al uso de los mismos, tal como se dice
en III Ethic.
Los motivos del uso de
la comida y bebida, por una parte, y de lo venéreo,
por otra, son distintos. Por tanto, conviene que sean
distintas las virtudes, aunque del mismo orden.
2. A la segunda hay
que decir: Los deleites venéreos son más
fuertes y atacan a la razón más que los
de los alimentos. Por eso necesitan de un freno y castigo
mayor, porque si, se les deja, crece la concupiscencia
y disminuye la energía de la mente. Por eso dice
San Agustín en I Soliloq.: Creo que nada debilita
el espíritu del hombre tanto como las caricias
de una mujer y las intimidades que acompañan
a la vida matrimonial.
3. A la tercera hay
que decir: Los deleites de los otros sentidos no
se ordenan a la conservación de la naturaleza
humana, a no ser en cuanto que se ordenan a los placeres
del tacto. Por eso no existe ninguna virtud, como parte
de la templanza, que se ocupe de estos placeres. Pero
los deleites de la comida, aunque digan alguna relación
a los placeres venéreos, se ordenan esencialmente
a la conservación de la vida del hombre. De ahí
que haya una virtud que se ocupe especialmente de ellos,
llamada abstinencia, aunque los actos de ésta
se ordenen al fin de la castidad.
Artículo
4
¿Pertenece la pudicicia,
de un modo especial, a la castidad?
2-2 q.143 a.1
Objeciones por las
que parece que la pudicicia no pertenece de un modo
especial la castidad.
1. Dice San Agustín
en I De Civ. Dei: La pudicicia es una virtud del
alma. Luego no es algo que pertenezca a la castidad,
sino que es esencialmente una virtud distinta de la
castidad.
2. Aún más:
Pudicicia se deriva de pudor, que parece
coincidir con vergüenza. Pero ésta, según
el Damasceno, se refiere al acto torpe, lo cual
podemos afirmar de todo acto vicioso. Luego la pudicicia
pertenece a todas las virtudes y no especialmente a
la castidad.
3. Y también: dice
el Filósofo, en III Ethic., que toda intemperancia
es, en general, sumamente vituperable. Pero parece
que pertenece a la pudicicia rehuir todo aquello que
es vituperable. Luego ésta pertenece a todas
las partes de la templanza y no a la castidad de un
modo especial.
En cambio está
lo que dice San Agustín en su obra De Perseverantia:
Debe predicarse la pudicicia para que todo el que
tiene oídos para oír se abstenga de hacer
nada ilícito con sus genitales. Ahora bien:
el uso de tales miembros cae propiamente bajo la castidad,
luego el pudor pertenece especialmente a ella.
Solución. Hay
que decir: Como dijimos antes (obj.2), el nombre
de pudicicia procede de pudor, en el que
va incluida la vergüenza. Por eso conviene que
la pudicicia se ocupe propiamente de aquellas materias
de las que más se avergüenzan los hombres.
Y de lo que más se avergüenzan es de los
actos venéreos, como dice San Agustín
en I De Civ. Dei, hasta tal punto que incluye
el acto conyugal al que el matrimonio ennoblece, no
deja de llevar consigo una cierta vergüenza. Esto
sucede porque el movimiento de los órganos genitales
no está sujeto al imperio de la razón,
como lo está el movimiento de los otros miembros
externos. Pero el hombre no solo se avergüenza
de esa unión venérea, sino incluso de
sus signos, como dice el Filósofo en II Rhet..
Por eso la pudicicia trata de un modo propio lo venéreo
y, como los signos externos son los que más se
ven, se ocupa particularmente de miradas impuras, beso
y tocamientos, mientras que la castidad trata más
de la unión venérea propiamente dicha.
De ahí que la pudicicia se ordene a la castidad
no como virtud distinta de ella, sino en cuanto que
se ocupa de una circunstancia especial. Pero a veces
se toman indistintamente.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: San Agustín,
en ese texto, toma la pudicicia por castidad.
2. A la segunda hay
que decir: Aunque todos los vicios llevan consigo
alguna torpeza, eso puede decirse de un modo especial
de los vicios de intemperancia, como puede deducirse
de lo ya dicho(q.142 a.4).
3. A la tercera hay
que decir: Entre los vicios de intemperancia son
especialmente vituperables los pecados venéreos,
bien por la desobediencia que muestran los miembros
genitales o bien porque son los que más obnubilan
a la razón.
Cuestión 152
La virginidad
Viene a continuación
el tema de la virginidad. Sobre ella se plantean cinco
preguntas:
1. ¿En qué consiste
la virginidad? 2. ¿Es lícita? 3. ¿Es virtud?
4. ¿Es más excelente que el matrimonio? 5. ¿Es
más excelente que las otra virtudes?
Artículo 1
¿Consiste la virginidad
en la integridad de la carne?
In sent. 4 dist.
33 q.3; Quodl. VI q.10 a.1
Objeciones por las
que parece que la virginidad no consiste en la integridad
de la carne.
1. San Agustín dice,
en su obra De Nupt. et Concup., que la virginidad
es un esfuerzo continuo por mantener la incorrupción
en la carne corrompida. Pero ese esfuerzo no pertenece
a la carne, luego la virginidad no está en la
carne.
2. Aún más:
la virginidad lleva consigo cierto pudor. Pero San Agustín
dice, en I De Civ. Dei, que el pudor es algo
propio del alma, luego la virginidad no consiste en
la integridad de la carne.
3. Y también: parece
que la integridad de la carne consiste en el sello del
pudor virginal. Pero a veces se rompe el sello sin perderse
la virginidad, pues dice San Agustín, en II De
Civ. Dei., que esos miembros pueden ser forjados
en diversos casos, y a veces el médico, por razones
de salud, hace cosas horribles, y a veces la partera
ha echado a perder la virginidad de una doncella al
explorar con su mano. Y añade: No creo
a nadie tan necio que piense que con eso se pierde también
algo de la santidad del cuerpo, aunque se haya perdido
la integridad de ese miembro. Por consiguiente,
la virginidad no consiste en la incorrupción
de la carne.
4. Más incluso:
la corrupción de la carne se da, sobre todo,
en la emisión del semen, la cual puede tener
lugar sin el coito, sea estando dormido o despierto.
Pero no parece que se pierda la virginidad sin el coito,
ya que, como dice San Agustín en su obra De
Virginit., la integridad virginal y la inmunidad de
todo coito carnal por piadosa continencia es obra angelical.
Por tanto, la virginidad no consiste en la integridad
de la carne.
En cambio está
el hecho de que San Agustín, en la misma obra,
dice que la virginidad es la continencia con la que
se promete al creador del cuerpo y del alma, se consagra
y se conserva la integridad de la carne.
Solución. Hay
que decir: La palabra virginidad parece derivarse
de verdor. Y así como se dice que lo que
está verde conserva su verdor mientras no experimenta
el ardor producido por el excesivo calor, también
la virginidad implica que la persona que la practica
esté inmune del ardor de la concupiscencia, que
parece darse en la consumación del sumo deleite
corporal, que es el venéreo. Por eso dice San
Ambrosio, en su obra De Virginitate, que la
castidad virginal es la integridad de la carne intacta.
En el deleite venéreo
hay que considerar tres cosas. Una, por parte del cuerpo,
es la violación del sello virginal. Una segunda
es aquello en que se unen lo que es del alma o lo que
es del cuerpo: la emisión del semen, que es causa
del deleite sensible. Y una tercera, sólo por
parte del alma: la decisión de llegar a tal deleite.
De las tres, la primera es accidental con relación
al acto moral, que se considera esencial únicamente
por parte del alma. La segunda es parte material del
acto moral, ya que las pasiones sensibles son materia
de las virtudes morales. Y la tercera es formal y perfectiva,
porque la razón de moralidad se cumple adecuadamente
en el hecho de ser racional.
Y dado que la virginidad
lleva consigo la ausencia de dicha corrupción,
se deduce que la integridad del miembro corporal es
accidental respecto de la virginidad. La inmunidad respecto
del deleite que lleva consigo la emisión del
semen es algo material, mientras que la decisión
de abstenerse, para siempre, de tal deleite, es elemento
formal y perfectivo de la virginidad.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: La definición
de San Agustín expresa directamente lo que es
formal en la virginidad, puesto que esfuerzo indica
decisión de la razón. En cuanto a lo que
añade, perpetuo, no significa que la virgen
esté siempre pensando en esa decisión,
sino que debe tener la intención de perseverar
en ella siempre. En cuanto al elemento material, lo
expresa sólo indirectamente al hablar de incorrupción
en la carne corruptible. Esto lo añade para
dar a entender la dificultad de ser virgen, ya que,
si la carne fuera incorruptible, no sería difícil
esforzarse por mantenerla siempre.
2. A la segunda hay
que decir: El pudor se halla esencialmente en el
alma y materialmente en la carne, igual que la virginidad.
Por eso dice San Agustín, en el libro De Virginit.,
que, aunque la virginidad se conserve en el cuerpo
y sea, por tanto, corporal, sin embargo es espiritual
la continencia de la piedad que ella fomenta y guarda.
3. A la tercera hay
que decir: Como ya dijimos (In corp.), la
integridad de un miembro del cuerpo es accidental respecto
a la virginidad, en cuanto que, por el hecho de abstenerse
del deleite venéreo por decisión de la
voluntad, permanece la integridad de ese miembro. Luego
si, en algún caso, pierde la integridad corporal
por otra circunstancia, ello no afecta a la virginidad
más que si la persona se hiere en una mano o
en un pie.
4. A la cuarta hay que
decir: El deleite producido por la emisión
de semen puede darse de dos modos. Primero, puede ser
fruto de una decisión de la mente, en ese caso
quita la virginidad, sea con coito o sin él.
Pero San Agustín menciona el coito, porque la
emisión de semen más común natural
es la del coito. En segundo lugar, el deleite puede
llegar sin intención de la mente, sea durante
el sueño, mediante violencia en la que no consiente
la mente, aunque raras veces se experimenta deleite,
o por enfermedad, como en aquellos que sufran pérdida
de semen. En estos casos no pierde la virginidad, porque
no se da por impureza, a lo cual se opone la virginidad.
Artículo 2
¿Es ilícita la
virginidad?
In Sent. 4 dist.
26 q.1 a.2; dist.33 q.3 a.2 ad 1 et 2; Contra Gentes
3,136; In Ethic. 2 lect. 2; De Malo q.15
a.2 ad 13; De Virt. in Comm. a.13 ad 6
Objeciones por las
que parece que la virginidad es ilícita.
1. Es ilícito todo
cuanto va contra un precepto de la ley. Pero, al igual
que precepto de ley natural para la conservación
del individuo está formulado en Gén 2,16.
Come de todo árbol que hay en el paraíso,
así también el precepto de ley natural
para la conservación de la especie está
expresada en Gén 1,28: Creced y multiplicaos,
y llenad la tierra. Luego, de igual modo que pecaría
el que se abstuviera de todo alimento, porque obraría
contra el bien del individuo, también peca el
que se abstiene totalmente del acto sexual, por ir contra
el bien de la especie.
2. Aún más:
todo aquello que se aparta del justo medio de la virtud
es peligroso. Pero la virginidad se aparta del justo
medio de la virtud al abstenerse de todo placer venéreo,
ya que, según dice el Filósofo en II Ethic.,
quien goza de todos los apetitos es inmoderado, pero
el que se priva de todos es agreste e insensible. Luego
la virginidad es un vicio.
3. Y también: sólo
el vicio es digno de castigo. Ahora bien: entre los
antiguos se castigaba a los que llevaban siempre una
vida célibe, según dice Máximo
Valerio. Y por eso se dice que Platón, como narra
San Agustín en su obra De Vera Relig., ofreció
sacrificios para expiar su continencia. Luego la
virginidad es un pecado.
En cambio está
el hecho de que ningún pecado es objeto de consejo.
Pero lo es la virginidad, puesto que en 1 Cor 7,25 se
dice: Sobre las vírgenes no tengo precepto
del Señor, pero os doy un consejo. Luego
la virginidad no es un acto ilícito.
Solución. Hay
que decir: En los actos humanos es vicioso aquello
que no sigue a la recta razón, la cual dictamina
que se use de los medios en la medida en que es conveniente
para el fin. Ahora bien: existe una triple clase de
bienes en el hombre, tal como leemos en I Ethic..
Una consiste en las cosas externas, tales como las riquezas;
otra en los bienes del cuerpo, y la tercera en los bienes
del alma, dentro de los cuales los bienes de la vida
contemplativa son más excelentes que los de la
vida activa, como enseña el Filósofo en
I Ethic. y el Señor lo corrobora al decir
en Lc 10,42: Maria ha escogido la mejor parte. Los
bienes externos se ordenan a los bienes del cuerpo,
y éstos a los del alma; y los bienes de la vida
activa se ordenan a los de la vida contemplativa. Por
consiguiente, si alguno se abstiene de poseer cosas
cuya posesión sería licita, por la salud
del cuerpo o por la contemplación de la verdad,
no comete pecado, sino que obraría conforme a
la recta razón b. De igual modo, si
alguien se abstiene de los deleites corporales para
dedicarse a la contemplación de la verdad, obra
conforme a la recta razón.
Quien practica la virginidad
se abstiene de todo deleite venéreo para dedicarse
más libremente a la contemplación de la
verdad, ya que dice el Apóstol en 1 Cor 7,34:
La mujer soltera y virgen piensa en las cosas del
Señor, en ser santa de cuerpo y alma; pero la
que está casada piensa en las cosas del mundo,
en cómo agradar a su marido. Por tanto, la
virginidad no es algo vicioso, sino loable.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: El precepto
es algo que obliga, como dijimos antes (q.44 a.1; q.100
a.5 ad 1; q.122 a.1). Una cosa puede ser obligatoria
de dos modos. En primer lugar, porque manda que se cumpla,
en cuyo caso no puede omitirse sin pecado. En segundo
lugar, puede darse un precepto que debe cumplir la mayoría,
sin que esté obligado a cumplirlo un determinado
miembro de ésta, puesto que hay muchas cosas
necesarias para la mayoría y para cuyo cumplimiento
no basta uno solo, sino que las cumple la mayoría
cuando uno hace una cosa, otro otra. El precepto
de ley natural sobre la comida, dado al hombre, tiene
que ser cumplido por cada uno de ellos, porque de lo
contrario no podría conservarse el individuo.
Pero el precepto referente a la generación contempla
a los hombres como un todo, e incluye no solo la multiplicación
corporal, sino el progreso espiritual. Por ello basta,
para salvar la naturaleza humana, con que algunos practiquen
la generación, mientras que otros, al abstenerse
de ella y dedicarse a la contemplación de las
cosas divinas, contribuyen a la belleza y salvación
del género humano. Esto mismo sucede en el ejército,
donde unos vigilan el cumplimiento, otros llevan los
estandartes, otros luchan con la espada. Todos estos
actos deben realizarlos el colectivo, pero no puede
hacerlos un hombre solo.
2. A la segunda hay
que decir: El que se abstiene de todos los deleites
sin obedecer a la recta razón, como si sintiera
horror por los deleites en sí mismos, es insensible
como el rústico. Pero la persona virgen no se
abstiene de todo deleite, sino sólo del venéreo,
y conformándose a la recta razón, como
dijimos (In corp.). Por otra parte, el justo
medio de la virtud no lo da la cantidad, sino la recta
razón, tal como se dice en II Ethic..
Por eso se dice del magnánimo, en IV Ethic.,
que es extremoso en grandeza de ánimo,
pero se mantiene en el justo medio en lo conveniente.
3. A la tercera hay
que decir: Las leyes se dan conforme a lo que sucede
en la mayoría de los casos. Y era raro entre
los antiguos que alguien se abstuviera del placer venéreo
por amor a la contemplación de la verdad, lo
cual se dice expresamente de Platón. Por ello,
no ofreció sacrificios porque lo considerase
pecado, sino para condescender con la mala opinión
de los ciudadanos, como dice San Agustín
en el mismo lugar.
Artículo 3
¿Es la virginidad una
virtud?
1-2 q.64 a.1 ad 3; In
Sent. dist.33 q.3 a.2; Contra Gentes 3,136;
In Ethic. 2 lect.2; De Virt. Card. a.2
ad 7.
Objeciones por las
cuales parece que la virginidad no es una virtud.
1. Ninguna virtud nos
es connatural, como dice el Filósofo en II
Ethic.. Pero la virginidad lo es. Luego
no es virtud.
2. Aún más:
quien posee una virtud posee todas, tal como dijimos
antes (1-2 q.65 a.1). Pero hay quienes poseen otras
virtudes y no poseen la virginidad. De lo contrario,
si nadie va al cielo sin practicar la virtud, nadie
podría ir a él sin la virginidad, lo cual
equivaldría a condenar el matrimonio. Por tanto,
la virginidad no es virtud.
3. Y también: toda
virtud se repara mediante la penitencia. Pero esto no
se cumple en la virginidad, de tal modo que San Jerónimo
dice: Aunque Dios puede todo, no puede hacer que
se recupere la virginidad en la virgen que ha pecado.
Luego parece que la virginidad no es virtud.
4. Todavía más:
ninguna virtud se pierde sin haber cometido pecado.
Pero la virginidad se pierde, sin cometer pecado, en
el matrimonio. Luego no es virtud.
5. Además: la virginidad
se compara con la viudedad y la pudicicia conyugal.
Pero ninguna de estas dos
es virtud. Por consiguiente, tampoco lo es la virginidad.
En cambio está
la autoridad de San Ambrosio, quien escribe en su obra
De Virginit.: El amor a la virginidad nos invita
a decir algo sobre ella, no vaya a parecer que se trata
a la ligera, y como de paso, la que es la virtud más
excelsa.
Solución. Hay
que decir: Como dijimos antes (a.1.2), en la virginidad
es algo formal y perfectivo la voluntad de abstenerse
siempre del placer venéreo. Esa voluntad hace
loable por el fin, puesto que se hace para dedicarse
a las cosas divinas. En cuanto a lo material de la virginidad,
consiste en la integridad de la carne que no experimenta
el placer venéreo. Ahora bien: es claro que donde
hay una materia especial con una especial excelencia,
allí se encuentra una razón especial de
virtud, como sucede con la magnificencia, la cual se
ocupa de gastos especiales, y en esto se distingue de
la liberalidad, cuya materia común es todo uso
de dinero. Pero el conservarse libre de placer venéreo
posee cierta razón de alabanza sobre lo que supone
conservarse libre del desorden de ese placer. Así,
pues, la virginidad es una virtud especial, cuya relación
con la castidad es la misma que la de la magnificencia
respecto de la liberalidad.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: Los hombres
tienen por nacimiento, lo que es material en la virginidad,
es decir, la integridad de la carne, inmune a la experiencia
venérea. Pero no poseen lo formal de la virginidad,
que es la voluntad de conservar esta virginidad por
Dios. Esto es lo que le da la razón de virtud,
y por eso dice San Agustín en su obra De Virginit.:
No alabamos en las vírgenes el hecho de serlo,
sino el hecho de estar consagradas a Dios mediante una
santa continencia.
2. A la segunda hay
que decir: La conexión entre las virtudes
se toma según lo que es formal en ellas, es decir,
por la caridad o la prudencia, como ya dijimos (q.129
a.3 ad 2) y no según lo que es material en cada
virtud. En efecto, se puede admitir que una persona
virtuosa proporcione la materia de una virtud y no la
de otra. Así, un pobre posee la materia de la
templanza, pero no la de la magnificencia. Desde este
aspecto, a una persona que posee otra virtud le falta
la materia de la virginidad, es decir, la integridad
de la carne, y puede, no obstante, poseer lo que es
formal en dicha virtud, es decir, la voluntad de su
ánimo de estar dispuesta a conservar esta integridad
si le fuere preciso. Del mismo modo, el pobre puede
tener en su ánimo el propósito de hacer
grandes gastos si hubiere lugar a ello, al igual que
el que posee grandes riquezas tiene en su mente el propósito
de soportar una fortuna adversa si llega la ocasión.
Sin esta disposición de ánimo no se puede
ser virtuoso.
3. A la tercera hay
que decir: Puede repararse la virtud, mediante la
penitencia, en su aspecto formal, pero no en el material.
Si el que posee la virtud de la magnificencia gasta
todas sus riquezas no las recupera mediante la penitencia.
Del mismo modo, el que pierde la virginidad por el pecado
no recupera, mediante la penitencia, la materia de la
virginidad, sino el propósito de la misma.
En cuanto a la materia
de la virginidad, es algo que puede repararse milagrosamente
por intervención divina, y se trata de la integridad
del miembro, la cual, según dijimos (a.1), es
accidental a la misma virginidad. Pero hay algo que
no puede repararse ni con un milagro: el que, una vez
que se ha experimentado el placer venéreo, no
se haya experimentado. En efecto, Dios no puede hacer
que no haya sucedido algo que ha tenido lugar, como
dijimos en la primera parte (q.25 a.4).
4. A la cuarta hay que
decir: La virginidad, como virtud que es, lleva
consigo la voluntad, confirmada con un voto, de conservar
siempre la integridad, ya que según San Agustín,
en su obra De Virginit., mediante la virginidad
se dedica, se consagra y se guarda para Dios la integridad
de la carne. Por consiguiente, la virginidad como
virtud sólo se pierde por el pecado.
5. A la quinta hay que
decir c: La castidad conyugal sólo
es loable en cuanto que se abstiene de los placeres
ilícitos. Por ello no posee ninguna excelencia
respecto de la castidad común. La viudez añade
algo a esta castidad común, pero no llega a la
perfección en esta materia, es decir, a la abstención
absoluta del placer venéreo, como la virginidad.
Por ello, sólo se considera como virtud especial
la virginidad, superior a la castidad como la magnificencia
es superior a la liberalidad.
Artículo 4
¿Es la virginidad más
excelente que el matrimonio?
2-2 q.153 a.2 ad 1; Contra
Gentes 3,136-137
Objeciones por las
que parece que la virginidad no es más excelente
que el matrimonio.
1. Dice San Agustín,
en su obra De Bono Coniugali: No posee un mérito
menor la continencia de San Juan, que no se casó,
que la de Abrán, que engendró hijos. Ahora
bien: a una virtud mayor corresponde un mérito
también mayor. Luego la virginidad no es una
virtud más excelente que la castidad conyugal.
2. Aún más:
la alabanza del virtuoso depende de la virtud. Luego
si la virginidad fuera superior a la continencia conyugal,
parece que se seguiría que toda virgen es más
loable que cualquier casada, lo cual es falso. Luego
la virginidad no es superior al matrimonio.
3. Y también: el
bien común es más importante que el privado,
como corrobora el Filósofo en I Ethic.
. Pero el matrimonio se ordena al bien común,
ya que San Agustín afirma en su obra De Bono
Coniugali: Lo que es el alimento para la subsistencia
del hombre es el coito para la subsistencia del género
humano. Pero la virginidad se ordena a un bien especial,
es decir, a evitar la tribulación de la carne
que padecen los casados, como enseña el Apóstol
en 1 Cor 7,28. Luego la virginidad no es mejor que la
continencia conyugal.
En cambio está
lo que dice San Agustín en su obra De Virginit.:
Mediante el proceso de la razón, con la autoridad
de las Santas Escrituras, demostramos que el matrimonio
no es pecado, sin poder igualarlo al bien de la continencia
de la virginidad, ni siquiera de la viudez.
Solución. Hay
que decir: San Jerónimo, en Contra Iovin.,
afirma que el error de Jovino consistió en mantener
que la virginidad no era superior al matrimonio. Este
error queda rechazado, en primer lugar, por el ejemplo
de Cristo, que eligió a su madre virgen y él
mismo se mantuvo virgen, y según la doctrina
del Apóstol en 1 Cor 7,25ss, aconsejó
la virginidad como un bien mejor. También lo
rechaza la razón. En primer lugar, porque el
bien divino es mejor que el humano. En segundo lugar,
porque el bien del alma es más excelente que
el del cuerpo. En tercer lugar, porque el bien de la
vida contemplativa es más excelente que el de
la activa. Ahora bien: la virginidad se ordena al bien
del alma en la vida contemplativa, que consiste en pensar
en las cosas de Dios, mientras que el matrimonio
se ordena al bien del cuerpo, que es la multiplicación
del género humano, y pertenece a la vida activa,
puesto que el hombre y la mujer casados tienen que pensar
en las cosas del mundo, tal como dice el Apóstol
en 1 Cor 7,33-34. Por consiguiente, sin lugar a duda,
la virginidad es mejor que la continencia conyugal
d.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: El mérito
no sólo se cuenta por la clase de acto, sino
sobre todo por la disposición del que lo realiza.
Abrán tuvo tal disposición de ánimo
que estaba dispuesto a haber guardado la virginidad
a su debido tiempo, y por eso el mérito de la
continencia conyugal en él se equipara a la virginidad
en San Juan con respecto al premio sustancial, no al
accidental. Por ello dice San Agustín, en el
libro De Bono Coniugali, que el celibato de
San Juan y el matrimonio de Abrán fueron ofrecidos
a Cristo conforme a la diferencia de tiempos; pero San
Juan practicó la continencia perfecta, mientras
que Abrán sólo poseía la disposición
de ánimo.
2. A la segunda hay
que decir: Aunque la virginidad es mejor que la
continencia conyugal, puede una persona casada ser mejor
que una persona virgen bajo un doble aspecto. En primer
lugar, por parte de la castidad misma, en cuanto que
el casado puede tener su ánimo, si conviniera,
más dispuesto a la virginidad que el del que
practica realmente la virginidad. Por eso, San Agustín
habla de una persona virgen en la obra De Bono Coniugali,
al hacerle decir: No soy mejor que Abrán,
pero la castidad de los célibes es mejor que
la de los casados. Y lo demuestra a continuación:
En efecto, lo que yo hago ahora lo hubieran hecho
ellos mejor si hubieran tenido que hacerlo entonces,
mientras que lo que ellos hicieron yo no lo haría
ahora también como ellos, aunque tuviera que
hacerlo. En segundo lugar, porque la persona que
no es virgen puede poseer otra virtud más excelente.
Por eso dice San Agustín en el libro De Virginit.:
¿Cómo sabe una virgen, dedicada a las cosas de
Dios, que, quizá por alguna deficiencia desconocida
para ella, no está preparada para el martirio,
mientras que otra mujer, a la que ella se creía
superior, ya puede beber el cáliz de la pasión
del Señor?
3. A la tercera hay
que decir: El bien común es mejor que el
privado si son del mismo género; pero puede suceder
que un bien privado sea mejor que el común en
su género. En este sentido, la virginidad dedicada
a Dios es mejor que la fecundidad carnal. De ahí
que San Agustín diga, en De Virginit., que
hay que afirmar que la fecundidad de la carne, aun
la de aquellos que ahora no buscan en el matrimonio
sino una prole que dedicar a Cristo, no puede resarcirse
de la virginidad perdida.
Artículo 5
¿Es la virginidad la
virtud más excelente?
In Sent. 4 d.33
q.3 a.3
Objeciones por las
que parece que la virginidad es la virtud más
excelente.
1. Dice San Cipriano, en
su libro De Virginit.: Ahora hablo a las vírgenes,
cuyo cuidado ha de ser mayor cuanto mayor es su gloria.
Son la flor del jardín de la Iglesia, honra y
ornato de la gracia espiritual, la porción más
ilustre del rebaño de Cristo.
2. Aún más:
cuanto más excelente es una virtud, mayor premio
se le debe. Ahora bien, a la virginidad se debe el premio
máximo, es decir, el ciento por uno, como dice
la Glosa sobre Mt 13,23. Luego es la más
excelente de las virtudes.
3. Y también: tanto
más excelente es una virtud cuanto más
hace asemejarse a Cristo. Pero la mayor conformidad
con Cristo se realiza mediante la virginidad, ya que
en Ap 14 3-4 se dice, de las vírgenes, que siguen
al Cordero a todas partes, y que cantan un cántico
nuevo que ningún otro puede cantar. Luego
la virginidad es la virtud más excelente.
En cambio está
lo que dice San Agustín en su obra De Virginit.:
Nadie, que yo sepa, se ha atrevido a poner la virginidad
por encima de la vida religiosa. Y en la misma obra
dice: Existe un valiosísimo testimonio dado
por la autoridad de la Iglesia, porque todos los fieles
saben en qué lugar del sacrificio de la misa
se recitan los nombres de los mártires y de las
religiosas difuntas. Todo ello da a entender que
el martirio y la vida monástica son superiores
a la virginidad.
Solución. Hay
que decir: Podemos considerar una cosa como la más
excelente bajo un doble aspecto. Primero, en un género
determinado. Bajo este aspecto, la virginidad es muy
excelente en el género de la castidad, puesto
que está por encima de la castidad de los viudos
y de los casados. Y dado que a la castidad se atribuye
por antonomasia la belleza, a la virginidad hay que
atribuirle una hermosura elevadísima. Por eso
dice San Ambrosio en el libro De Virginit.: ¿Quién
puede imaginar una belleza mayor que el brillo de una
virgen que es amada por el Rey, es probada por el Juez,
se dedica al Señor y está consagrada a
Dios?
Bajo un segundo aspecto,
puede decirse que una cosa es la más excelente
por sí misma. Tomada así, la virginidad
no es la más excelente de las virtudes. En efecto,
el fin siempre está por encima de los medios,
tanto mejor es una cosa cuanto más eficazmente
se ordena al fin. Ahora bien: el fin que hace loable
la virginidad es el dedicarse a las cosas divinas, como
ya dijimos (a.2.3). Por ello, las mismas virtudes teológicas
y la virtud de la religión, cuyo acto consiste
en ocuparse de las cosas divinas, son más excelentes
que la virginidad. De un modo semejante, los mártires,
que sacrifican su propia vida para unirse más
a Dios, y los que viven en monasterios, que sacrifican
su propia voluntad y todo cuanto pueden poseer para
unirse más fielmente a Dios, son más meritorios
que las vírgenes, que sacrifican por las cosas
divinas los placeres venéreos. Así, pues,
la virginidad no es la mejor de las virtudes absolutamente
hablando.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: Las
vírgenes son la porción más
importante del rebaño de Cristo, y su
gloria es sublime en comparación con las
viudas y las casadas.
2. A la segunda hay
que decir: San Jerónimo concede el ciento
por uno a la virginidad porque es más importante
que la viudez, a la que da el sesenta por uno, y que
el matrimonio, al que otorga el treinta por uno. Pero
como dice San Agustín en su libro De Quaest.
Evang., el ciento por uno es para los mártires,
el sesenta por uno para las vírgenes y el treinta
por uno para los casados. No se sigue, por tanto,
que la virginidad sea absolutamente la más excelente
de las virtudes, sino más excelente que los otros
grados de castidad.
3. A la tercera hay
que decir: Las vírgenes acompañan
al Cordero dondequiera que vaya porque imitan a
Cristo no sólo en la integridad de su mente,
sino también de su carne, como dice San Agustín
en el libro De Virginit.. Por eso siguen casi
siempre al Cordero. Pero no necesariamente desde mas
cerca, porque otras virtudes acercan a Dios mediante
la imitación por parte de la mente. En cuanto
al cántico nuevo que entonan sólo
las vírgenes, es el gozo que tienen por haber
conservado intacta su carne.
Cuestion 153
El vicio de la lujuria
Pasamos ahora a tratar
del vicio de la lujuria, que se opone a la castidad.
Lo estudiaremos primero en general y después,
en sus especies (q.154). Sobre el primero se plantean
cinco problemas:
1. ¿Cuál es la materia
de la lujuria? 2. ¿Es ilícito todo comercio carnal?
3. ¿Es la lujuria pecado mortal? 4. ¿Es la lujuria un
vicio capital? 5. ¿Cuáles son sus especies?
Artículo 1
¿Son materia de la lujuria
únicamente los deseos y placeres venéreos?
In 1 Tim. c.3 lect.2
Objeciones por las
que el objeto de la lujuria no son únicamente
los deseos Y placeres venéreos.
1. San Agustín dice,
en las Confesiones, que la lujuria reclama
para sí la saciedad y la abundancia. Pero
la saciedad pertenece al alimento la abundancia a la
riqueza. Luego la lujuria no tiene como materia propia
la concupiscencia y los placeres venéreos.
2. Aún más:
leemos en Prov 20,1: El Vino es una cosa lujuriosa.
Pero el vino pertenece a los deleites de la comida
y de la bebida. Luego parece que éstos son la
materia principal de la lujuria.
3. Y también: se
dice que la lujuria es el apetito de voluptuosidad
carnal. Pero dicha voluptuosidad existe no sólo
en el placer venéreo, sino también en
otras muchas materias. Luego los deseos y placeres venéreos
no son el único objeto de la lujuria.
En cambio está
lo que se dice en De Vera Relig.: Se dice a los lujuriosos
(Gál 6, 8): El que siembra en carne, de
la carne cosechará corrupción. Ahora
bien: se siembra en carne por medio de los placeres
venéreos. Luego éstos son el objeto de
la lujuria.
Solución. Hay
que decir: Como afirma San Isidoro en su libro Etymol.,
lujurioso viene a significar entregado a los
placeres. Pero los placeres venéreos son
lo que más degrada la mente del hombre. Por eso
se consideran los placeres venéreos como
la materia más apropiada de la lujuria.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: Así
como la templanza, tiene como objeto principal y propio
los deleites del tacto y, como consecuencia, por cierta
semejanza, algunas otras materias, así también
la lujuria tiene por materia principal los placeres
venéreos, que desatan el alma humana de una manera
particular y, de modo secundario, otras materias pertenecientes
al exceso. Por eso la Glosa a Gál 5,19
dice que es lujuria todo exceso.
2. A la segunda
hay que decir: Se considera que el vino es lujurioso,
bien de igual moda que se relaciona con la lujuria la
abundancia de cualquier materia o en cuanto que el uso
superfluo del vino supone un incentivo pare el placer
venéreo.
3. A la terrera hay
que decir: Aunque se diga que hay, placer libidinoso
en otras materias, este nombre se reserva, de modo especial,
para los placeres venéreos, en los cuales esta
palabra tiene un sentido especial, como dice San Agustín
en XIV De Civ. Dei.
Artículo 2
¿Puede darse algún
acto venéreo sin pecado?
In Sent. 4 dist.l6
q.1 a.3; Contra Gentes 3,126; De Malo q.l5
a.1
Objeciones por las
que parece que puede darse ningún acto venéreo
sin pecado.
1. Sólo el pecado
puede impedir la virtud. Ahora bien: todo acto venéreo
impide en gran manera la virtud, ya que dice San Agustín
en I Sóliloq.: Creo que nada ablanda el ánimo
varonil tanto como las caricias femeninas y las intimidades
matrimoniales. Luego parece que ningún acto
venéreo puede darse sin pecado.
2. Aún más:
siempre que se encuentra algo superfluo que nos aparta
del bien de la razón, es vicioso, va que la virtud
se corrompe por exceso o por defecto,
como se dice en II Ethic. . Pero en
todo acto venéreo hay un exceso de deleite, que
absorbe la razón en tanto en cuanto es imposible
reflexionar sobre nada en ese momento, como
dice el Filósofo en VII Ethic.. Y como
afirma San Jerónimo, en dicho acto el espíritu
de profecía no afectaba al corazón de
los profetas. Por consiguiente, ningún acto venéreo
puede darse sin pecado.
3. Y también: la
causa es más importante que el efecto. Pero el
pecado original en los niños procede de la concupiscencia,
sin la cual no puede darse el acto venéreo, como
demuestra San Agustín en su libro De Nuptiis
et Concup.. Luego ningún acto venéreo
puede realizarse sin pecado.
En cambio está
lo que dice San Agustín en De Bono Coniug.:
Ya se les ha respondido suficientemente a los
herejes, si quieren aceptarlo, que no hay pecado en
lo que no es contrario a la naturaleza, ni al uso, ni
al precepto. Y se trata del acto venéreo,
que los antiguos patriarcas practicaban con varias esposas.
Luego no todo acto venéreo es pecado.
Solución. Hay
que decir: Es pecado, dentro de los actos humanos,
aquello que se opone al orden de la razón, el
cual hace que cada cosa se oriente convenientemente
a su fin. Por tanto, no se comete pecado cuando el hombre
hace uso de algunas cosas conforme al fin al que están
destinadas, de un modo conveniente, siempre que tal
fin sea realmente bueno. Ahora bien: así como
conviene que se conserve la naturaleza corpórea
del individuo, también es un bien excelente el
que se conserve la naturaleza de la especie humana.
Y del mismo modo que, para conservar la vida del individuo,
está el uso de los alimentos, así para
la conservación de todo el género humano
está el uso del placer venéreo. Por eso
dice San Agustín en De Bono Coniug.: Lo que
es el alimento para la conservación del hombre
es el concúbito para la conservación de
la especie. Por consiguiente, al igual que el uso
de los, alimentos puede hacerse sin pecado si
se realiza conforme al modo y orden debida, porque se
ordena a la conservación del cuerpo, así
también el uso del placer venéreo puede
darse sin pecado si se realiza conforme a un modo y
orden debidos, en cuanto que es conveniente para la
conservación del género humano.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: Una cosa puede
impedir la virtud de dos modos. En primer lugar, en
cuanto al estado común de virtud, en cuyo caso
el único obstáculo para la virtud es el
pecado. En segundo lugar, en cuanto al estado perfecto
de virtud, y en ese caso la virtud puede ser impedida
por algo que no es pecado, pero que es menos bueno.
Entonces el uso de la mujer aparta al ánimo no
de la virtud, sino de la cima, es decir, de la
perfección de la virtud. De ahí que diga
San Agustín en De Bono Coniug.: Así
como era bueno lo que hacía Marta ocupada en
servir a los santos, pero era mejor lo que hacia María,
escuchando la palabra de Dios, así también
alabamos lo bueno de Susana en su castidad conyugal,
pero preferimos el bien de la viuda Ana, y más
aún el de la Virgen María.
2. A la segunda hay
que decir: Como señalamos antes (q.152 a.2
ad 2; 1-2 q.64 a.2), no se mide el justo medio de la
virtud por la cantidad, sino en cuanto que se acomoda
a la recta razón. Por ello, la abundancia de
deleite que se siente en el acto venéreo ordenado
por la recta razón no se opone al justo medio
de la virtud. Además, no es propio de la virtud
considerar cuánto deleite experimentan los sentidos
externos, lo cual se logra por la disposición
del cuerpo, sino en qué medida es sensible al
placer el apetito interior. Y ni siquiera el hecho de
que la razón no puede producir un acto, propio
para considerar las cosas espirituales a la vez que
el placer, significa que ese acta sea contrario a la
virtud a, puesto que no contrario a ella
el que el acto de razón se mezcle a veces con
otra cosa que se hace conforme a ésta. De lo
contrario, no sería conforme a la razón
el entregarse al sueño.
Sin embargo, el que la
concupiscencia y el placer de lo venéreo no se
sujeten al imperio y moderación de la razón
procede de la pena del primer pecado, en cuanto que
la razón rebelde a Dios mereció que la
carne se rebelara contra ella, como nos dice San Agustín
en XIII De Civ. Dei.
3. A la tercera hay
que decir. Como afirma San Agustín en el
mismo lugar, de la concupiscencia de la carne, hija
del pecado, pero que no se imputa como pecado a los
regenerados, nace el niño sujeto al pecado original.
De lo cual no se deduce que aquel acto sea pecado,
sino que en el acto primero hay algo de pena, fruto
del primer pecado.
Articulo 3
¿Puede ser pecado
la lujuria que trata de los actos venéreos?
Cont. Gentes 3,122; De
Malo q.15 a.l; In 1 Cor. c.6 lect.3
Objeciones por las
que parece que la lujuria que trata de actos venéreos
no puede ser pecado.
1. Mediante los actos venéreos
se emite semen, que es lo que sobra del alimento,
como afirma el Filósofo en su libro De
Generat. Animal.. Pero cuando hay emisión
de otras sustancias superfluas no se considera que haya
pecado. Luego tampoco puede haber pecado en los actos
venéreos.
2. Aún más:
todos pueden hacer uso de lo que les pertenece, mientras
lo hagan lícitamente. Pero en el acto venéreo
el hombre no hace uso sino de lo que es suyo, si exceptuamos
el adulterio y el rapto. Por consiguiente, en el uso
del placer venéreo no puede haber pecado, y tampoco
la lujuria puede ser pecado.
3. Si también: a
todo pecado se opone un vicio. Pero no parece que haya
vicio alguno opuesto a la lujuria. Luego ésta
no es pecado.
En cambio está
el hecho de que la causa es más importante que
el efecto. Ahora bien: el vino se prohíbe por
razón de lujuria, como dice el Apóstol
en Ef 5,18: Y no os embriaguéis de vino, en
el cual está la lujuria. Luego también
está prohibida la lujuria.
Además, en Gál
5,19, se cita la lujuria entre las obras de la carne.
Solución. Hay
que decir: Cuanto más necesaria es una cosa,
tanto más necesario es guardar en ella
el orden de la razón y, por consiguiente, más
pecado habrá en la transgresión de dicho
orden en ella. Ahora bien, el acto venéreo, como
dijimos antes (a.2), es muy necesario para el bien común,
que consiste en la conservación del género
humano. Por eso debe guardarse de manera especial, en
esta materia, el orden de La razón y, consiguientemente,
si se hace algo en contra de lo que la razón
ordena, será vicioso. Pero es propio de la lujuria
el incumplir el orden y moderación que la razón
exige en los actos venéreos. Por tanto la lujuria
es ciertamente pecado b.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: Como afirma
el Filósofo en la misma obra , el semen es
algo superfluo, pero necesario. Es superfluo por
ser un residuo de la operación nutritiva, pero
es necesario para la facultad generativa. Ahora bien:
existen en el cuerpo otros productos superfluos y no
necesarios, y por ello no importa cómo se emitan
mientras se observen las reglas de la decencia de la
vida en común. Pero no podemos decir lo mismo
de la emisión de semen, la cual debe adecuarse
al fin que lo hace necesario.
2. A la segunda hay
que decir: Como dice el Apóstol en
1 Cor 6,20, hablando de la lujuria, fuisteis comprados
a gran precio; por tanto, glorificad a Dios en vuestro
cuerpo. Por ello, el que hace un uso desordenado
de su cuerpo mediante la lujuria, ofende al señor,
que es el principal dueño de nuestro cuerpo.
De ahí que San Agustín diga en De Decem
Chordis: El Señor, que gobierna a sus siervos
mirando el bien de ellos y no el suyo propio, mandó
que no se destruya, mediante los placeas ilícitos,
el templo suyo que has empezado a ser.
3. A la tercera hay
que decir: El vicio opuesto a la lujuria no es frecuente,
porque los hombres son más bien propensos a la
lujuria misma. Sin embargo, existe ese vicio y es la
insensibilidad, que se da cuando se odia tanto
el unirse a una mujer que se niega el débito
a la mujer propia c.
Artículo 4
¿Es la lujuria un vicio
capital?
1-2 q.84 a.4; In Sent.
2 dist.42 q.2 a.3; De Malo q.8 a.l;
q.15 a.4
Objeciones por las
que parece que la lujuria no es un vicio capital.
1. Parece que la lujuria
es equivalente a la inmundicia, según
la Glosa a Ef 5,3. Ahora bien: la inmundicia
es hija de la gula, tal como dice San Gregorio en XXXI
Moral.. Luego la lujuria no es un vicio capital.
2. Aún más:
dice San Isidoro, en su obra De Summo Bono, que,
así como mediante la soberbia de la mente
se llega a la prostitución del placer, así
mediante la humildad de la mente se salta la castidad
de la carne. Ahora bien: parece contrario a la esencia
de vicio capital el que tenga su origen en otro vicio.
Luego la lujuria no es un vicio capital.
3. Y también: la
lujuria es efecto de la desesperación, según
se nos dice en Ef 4,19: Desesperados, se entregaron
a la lascivia. Pero la desesperación no es
un vicio capital, sino que se considera hija de la ansiedad,
como va dijimos (q.35 a.4 ad 2). Luego con mucho menor
razón será vicio capital la lujuria.
En cambio está
el hecho de que San Gregorio, en XXXI Moral., enumera
a la justicia entre los vicios capitales.
Solución. Hay
que decir: Como queda claro por lo ya dicho (q.148
a.5; 1-2 q.84 a.3 y 4), un vicio capital es el que se
ordena a un fin muy apetecible, de tal modo que, al
apetecerlo, el hombre llega a cometer muchos pecados,
todos los cuales se dice que proceden de aquel vicio
como de un vicio principal. Pero el fin de la lujuria
es el deleite venéreo, que es el más fuerte.
Por ello, tal deleite es sumamente apetecible por parte
del apetito sensitivo, ya debido a la vehemencia del
deleite, ya por lo connatural que es esta concupiscencia.
Queda claro, pues, que la lujuria es un vicio capital.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: La
inmundicia, para algunos, es hija de la gula y, por
tanto, una inmundicia corporal, como dijimos antes (q.148
a.6). En este sentido, la objeción no es válida.
Pero si se entiende por tal la inmundicia de la lujuria,
hemos de decir que es efecto de la gula materialmente,
en cuanto que la gula proporciona a la lujuria la materia
corpórea, no como causa final, bajo cuyo aspecto
consideramos que otros vicios tienen su origen en los
vicios capitales.
2. A la segunda
hay que decir: Según ya vimos (q.122 a.4
ad 1) al hablar de la vanagloria, se considera a la
soberbia como madre común de todos los pecados.
Bajo este aspecto, también los vicios capitales
tienen su origen en la soberbia.
3. A la tercera hay
que decir: Algunos se abstienen de los deleites
de la lujuria principalmente por la esperanza de la
gloria futura, a la cual hace desaparecer la desesperación.
Por eso es causa de la lujuria, al suprimir el motivo
que impide el bien obrar, no como causa esencial, lo
cual parece que se requiere para constituir un vicio
capital.
Artículo 5
¿Están bien clasificadas
las hijas de la lujuria?
q.l5 a.3; q.20 a.4; q.53
a.6; De Malo q.15 a.4
Objeciones por las
que parece que no están bien señaladas
las hijas de la lujuria: ceguera mental, inconsideración,
inconsistencia, precipitación, egoísmo,
odio a Dios, amor a la vida presente y horror o desesperación
de la vida futura.
1. La ceguera mental, la
inconsideración v la precipitación pertenecen
a la imprudencia, la cual se halla presente en todo
pecado, así como la prudencia se halla en toda
virtud. Luego no deben considerarse hijas de la lujuria.
2. Aún más:
la constancia se considera parte de la fortaleza, como
vimos antes (q.128 a.l ad 6; cf. q.137 a.3). Ahora bien:
la lujuria no se opone a la fortaleza, sino a la templanza.
Luego la inconstancia no es hija de la lujuria.
3. Y también: El
amor de sí mismo hasta llegar a despreciar a
Dios es el principio de todo pecado, como dice San
Agustín en XIV De Civ. Dei. Por tanto,
el egoísmo no debe considerarse una hija de la
lujuria.
4. Incluso más:
San Isidoro señala cuatro hijas de la lujuria,
a saber: palabras deshonestas, necias, lascivas y
tontas. Por consiguiente, la enumeración
anterior parece inapropiada.
En cambio está
la autoridad de San Gregorio en XXXI .Moral..
Solución. Hay
que decir: Cuando las potencias inferiores se muestran
especialmente sensibles al placer, es natural que las
potencias superiores se vean impedidas y desordenadas
en sus actos. Ahora bien: el vicio de la lujuria hace
que el apetito inferior, el concupiscible, se ordene
de un modo vehemente a su objeto propio, lo deleitable,
debido a la impetuosidad del deleite. De ello se sigue,
lógicamente, que las potencias superiores, entendimiento
y voluntad, se sientan altamente desordenadas por la
lujuria.
En la vida moral intervienen
cuatro actos de la razón. En primer lugar, la
simple inteligencia, que percibe la bondad del fin.
Este acto se ve impedido por la lujuria, conforme a
lo que leemos en Dan 13,56: La hermosura te engañó
y la concupiscencia pervirtió tu corazón.
Esto lo realiza la ceguera mental. El segundo acto
es la deliberación sobre los medios que han de
elegirse, y también se ve impedido por la concupiscencia
de la lujuria. Por eso dice Terencio, en Eunuco,
hablando de un amor licencioso: lo que no admite
deliberación ni medida, no se puede regular por
la deliberación. Para ello ponemos la precipitación,
que es privación del consejo debido, como ya
dijimos ante (q.53 a.3). El tercer acto es el juicio
sobre lo que ha de hacerse. También este acto
tercero se ve impedido por la lujuria, pues leemos en
Dan 13,9 sobre los ancianos lujuriosos: Pervirtieron
su sentido no se acordaron de los juicios justos. Esta
función la desempeña la inconsideración.
El cuarto es el imperio de la razón. También
lo impide la lujuria, al obstaculizar la ejecución
del decreto de la mente. Por eso dice Terencio en su
Eunuco, refiriéndose a uno que aseguraba
que dejaría a una amiga: Una falsa lágrima
borrará esas palabras.
Por parte de la voluntad
encontramos un doble acto desordenado. El primero es
el deseo del fin. Bajo este aspecto tenemos el egoísmo,
que busca el deleite de un modo desordenado y, como
vicio contrapuesto, el odio a Dios, quien prohíbe
el deleite deseado. Existe también el deseo de
los medios, que se ve impedido por el amor a la vida
presente, en la cual el hombre quiere disfrutar del
placer, y como vicio contrapuesto, la desesperación
de la vida futura, en cuanto que, al detenernos excesivamente
en los placeres carnales, no nos preocupamos de los
espirituales, que nos disgustan.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: Como
dice el Filósofo en VI Ethic., la intemperancia
corrompe en grado sumo a la prudencia. Por eso los vicios
opuestos a la prudencia tienen origen preferentemente
en la lujuria, que es la principal especie de intemperancia.
2. A !a segunda hay
que decir: La constancia en cosas arduas y terribles
se considera como parte de la fortaleza. Pero la constancia
en abstenerse de los placeres se considera parte de
la templanza, como dijimos antes (q.143). Por eso se
considera como hija de la lujuria a la inconstancia,
que es opuesta a ella.
Sin embargo, también
la primera clase de inconstancia es efecto de la lujuria,
en cuanto que relaja y afemina el corazón del
hombre, según leemos en Os 4,11: La fornicación,
el vino y la embriaguez quitan el corazón. Y
Vegecio dice en De Re Militari: Menos teme !a muerte
quien menos deleite conoció en vida. Y
no es necesario, como ya dijimos muchas veces (cf.
q.36 a.4 ad 1; q.118 a.8 ad l) que las hijas de un vicio
capital se ocupen de la misma materia que él.
3. A la terrera hay
que decir: El egoísmo es principio común
de pecados por razón de todos los bienes que
desea. Pero se considera hija de la lujuria en cuanto
al desea específico del placer carnal.
4. A la cuarta
hay que decir: Los vicios enumerados por San Isidoro
son actos externos desordenados que se refieren, sobre
todo, a la comunicación externa. En cuanto a
ésta, puede darse un desorden por cuatro conceptos.
En primer lugar, por razón de la materia del
discurso, en cuyo caso tenemos las conversaciones
torpes. En efecto, puesto que de la abundancia
del corazón habla la boca, como leemos en
Mt 12,34, el lujurioso, cuyo corazón está
lleno de torpes deseos, fácilmente pronuncia
palabras obscenas. En segundo lugar, por parte de la
causa. Dado que la lujuria produce inconsideración
y precipitación, es lógico que obligue
a pronunciar palabras poco pensadas, que llamamos tontas.
En tercer lugar, por razón del fin, ya que
el lujurioso, al buscar el deleite, ordena hacia él
sus palabras, y así pronuncia palabras jocosas.
En cuarto lugar, en cuanto al sentido de las palabras,
que la lujuria pervierte por la ceguedad mental que
produce. De ahí que fácilmente se incline
a pronunciar necedades, dado que con sus palabras
prefiere los deleites que apetece a cualquier otra cosa.
Cuestión 154
Las especies de la lujuria
Nos toca ahora tratar de
las partes de la lujuria. Sobre ello se plantean doce
problemas:
1. ¿Cómo se dividen
las partes de la lujuria? 2. ¿Es la simple fornicación
un pecado mortal? 3. ¿Es el pecado más grande?
4. ¿Puede existir pecado mortal en los tocamientos,
besos y actos semejantes? 5. ¿Es pecado mortal la polución
nocturna? 6. E1 estupro. 7. El rapto. 8. El adulterio.
9. El incesto. 10. El sacrilegio. 11. El pecado contra
la naturaleza. 12. El orden de gravedad en estas especies
de pecado.
Artículo 1
¿Es adecuada la división
de la lujuria en seis especies?
In Sent. 4 dist.41
a.4 q. l y 2; De Malo q.15 a.3
Objeciones por las
que parece que no es adecuada la división de
la lujuria en seis especies: simple fornicación,
adulterio, incesto, estupro, rapto y vicio contra la
naturaleza.
1. La diversidad de materia
no da lugar a especies distintas. Ahora bien: esta división
se toma de la diversidad de materia, es decir, en cuanto
que se tiene contacto carnal con una casada, con una
virgen o una mujer de otra condición. Luego parece
que no se dan distintas especies de lujuria según
este criterio.
2. Aún más:
no parece que se originen distintas clases de un vicio
por algo que es propio de otro vicio. Pero el adulterio
no se distingue de la simple fornicación sino
por el hecho de tener contacto carnal con la mujer de
otro, en cuyo caso se comete una injusticia. Luego parece
que el adulterio no debe considerarse como un pecado
de lujuria.
3. Y también: así
como se puede pecar con una mujer casada, también
se puede pecar con una mujer consagrada a Dios mediante
voto. Por consiguiente, del mismo modo que se considera
al adulterio cono especie de lujuria, deberíamos
hacer lo mismo con el sacrilegio.
4. Incluso más:
el casado no sólo peca si tiene contacto carnal
con otra mujer, sino también si practica el acto
sexual de modo indebido con su mujer, lo cual
es un pecado
de lujuria. Luego también
esto debería considerarse como una especie de
lujuria.
5. Todavía más:
dice el Apóstol en 2 Cor 12,21: Que Dios no
me humille de nuevo, cuando vaya a vosotros, a causa
vuestra y tenga que llorar por muchos de los que antes
pecaron y no hicieron penitencia de su impureza, de
su fornicación y de su lascivia. Parece,
pues, que la impureza y la lascivia deben
considerarse partes de la lujuria, como lo es la fornicación.
6. Incluso más:
lo dividido no debe figurar como parte de la división.
Pero esto se da en la lujuria, ya que se dice en Gál
5,19: Son manifiestas las obras de la carne: fornicación,
inmundicia, impureza, lujuria. Por consiguiente,
la fornicación no debe considerarse como especie
de lujuria.
En cambio estáel
hecho de que esta división aparece en las Decretales,
XXXVI caus., q.l.
Solución. Hay
que decir: Como ya señalamos antes (q.153
a.3), el pecado de lujuria consiste en el uso del placer
venéreo en contra de la recta razón. Esto
puede suceder de dos modos. En primer lugar, por la
materia en la que se busca este deleite. En segundo
lugar, en cuanto que, aun habiendo una materia debida,
no se cumplen otras condiciones necesarias. Y dado que
la circunstancia, en cuanto tal, no especifica el acto
moral, sino que lo hace el objeto materia del acto,
es conveniente que las parte ele la lujuria se tomen
atendiendo a la materia u objeto.
La disconformidad con la
recta razón puede tener su origen en un doble
principio. Primero, por no ordenarse al fin del
acto venéreo. Y así, si se impide la generación
de la prole, se da el vicio contra la naturaleza, como
en todo acto venéreo del que no puede seguirse
la generación. Y si se impide la debida y digna
educación de la prole, hay fornicación
simple, de hombre libre con mujer libre.
La materia en la que se
busca el acto venéreo puede estar en disconformidad
con la razón bajo otro aspecto, en relación
con otros hombres. Esto es posible por un doble capítulo.
Primero, por parte de la mujer con la que se peca, al
no guardarse el respeto que se le debe. A esto responde
el incesto, que es el abuso de una mujer unida por consanguinidad
o afinidad. En segundo lugar, si tenemos en cuenta aquella
persona bajo cuya autoridad está la mujer. En
efecto, si está bajo la autoridad del esposo,
se comete adulterio; si está bajo la autoridad
paterna, se comete o bien estupro, si no se emplea violencia,
o rapto, si se hace uso de violencia.
Las especies se diversifican
por parte de la mujer más que por parte del hombre,
ya que en el acto venéreo la mujer desempeña
el papel de elemento pasivo, mientras que el hombre
actúa como principio activo, y ya dijimos que
las especies se diversifican por razón de la
materia a.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: la
diversidad de materia lleva consigo la diversidad formal
de objeto, que se toma de los diversos modos de oponerse
a la recta razón, como ya dijimos (In corp.).
2. A la segunda hay'
que decir: Puede admitirse que en un mismo acto
se den torpezas propias de varios vicios, como se dijo
ante (1-2 q.18 a.7). Por eso el adulterio cae bajo la
lujuria y la injusticia. Y la torpeza de la injusticia
no es, en absoluto, accidental a la lujuria, pues ésta
se hace más grave cuando conduce a un grado tan
alto de concupiscencia que incluye también injusticia.
3. A la tercera hay
que decir: La mujer que promete continencia se desposa,
de algún modo, con Dios. Por eso el sacrilegio
cometido al violar a una mujer en esta condición
es un adulterio espiritual. De igual manera, los demás
modos de sacrilegio se reducen a otros modos de lujuria.
4. A la cuarta hay que
decir: El casado no peca con su mujer a causa
de una materia indebida, sino por otras circunstancias
que no constituyen una especie moral del acto, como
dijimos antes (In corp.; cf. 1-2 q.18
a.2).
5. A la quinta hay que
decir: Como dice la Glosa en el lugar
citado, la inmundicia equivale a la lujuria
contra naturaleza. Por su parte, la impudicicia
es la que comete el hombre con mujeres libres,
y parece reducirse al estupro. Puede decirse,
también, que la impudicicia comprende
ciertos actos que acompañan al acto venéreo,
como besos, tocamientos, etc.
6. La lujuria designa toda
clase de exceso, como dice la Glosa en el
mismo lugar.
Artículo 2
¿Es pecado mortal la
fornicación simple?
In Sent. 4 d.33
q.l a.3 q.a2; Cont. Gentes 3,122;
Quodl VIII q.6 a.5; De Malo q.15 a.2 ad
11, 12, 16 y 17; Quodl. III q.5 a.2; op. IV
De duobus Praec.
Objeciones por las
que parece que la fornicación simple no es pecado
mortal.
1. Cuando una cosa se enumera
juntamente con otras, ha de ser igual a ellas. Ahora
bien: la fornicación se enumera con otras cosas
que no son pecado, pues en Act 15,29 se dice: Que
os abstengáis de carne inmolada a los ídolos,
de la carne, de lo ahogado y de la fornicación.
Pero el uso de las otras cosas no es pecado mortal,
de acuerdo con lo que se dice en 1 Tim 4,4: Nada
hay reprobable tomado con acción de gracias.
Luego la fornicación no es pecado mortal.
2. Aún más:
ningún pecado mortal es objeto de precepto divino.
Pero en Os 1,1 el Señor dice: Ve toma
por mujer una prostituta y ten hijos de prostitución.
Luego la fornicación no es pecado mortal.
3. Y también: ningún
pecado mortal se menciona en la Sagrada Escritura
sin su correspondiente recriminación. Pero
la fornicación aparece en 1a Escritura y
en los Padres antiguos sin ser recriminada, ya que en
Gén 16,4 Abrán hizo uso de su esclava
Agar; en 30,9 Jacob se acerco a las esclavas de sus
mujeres Balam y Zelfa, y en 38,15ss Judas hizo uso de
Tamar, a la que tomó por meretriz. Luego la fornicación
simple no es pecado mortal.
4. Además: todo
pecado mortal se opone a la caridad. Ahora bien: la
fornicación simple no se opone a ella ni por
parte del amor de Dios, porque no es pecado que vaya
directamente contra El, ni por parte del prójimo,
porque en ella el hombre no comete injusticia contra
nadie. Luego la fornicación simple no es pecado
mortal.
5. Todavía más:
todo pecado mortal lleva a la perdición eterna.
No así la fornicación simple, ya que,
al comentar el pasaje de 1 Tim 4,8, la piedad es
útil para todo, dice la Glosa de San
Ambrosio: El resumen de la disciplina cristiana se
encuentra en la misericordia en la piedad, y quien las
cumpla, aunque sucumbe ante el placer de la carne, será
azotado, pero no perecerá. Luego la fornicación
simple no pecado mortal.
6. Más incluso:
como dice San Agustín en De Bon. Coniug.,
lo que es el alimento para la salud del cuerpo es
el acto venéreo para la conservación del
género humano. Pero no todo uso desordenado
del alimento es pecado mortal. Por consiguiente, tampoco
lo es el uso desordenado de lo venéreo. Este
parece aplicable, en primer lugar, a la fornicación
simple, que es la más leve de las especies enumeradas.
En cambio está
lo que se dice en Tob 4,13: Guárdate, hijo,
de toda fornicación, y no
cometas el crimen de
conocer a otra mujer que no sea la tuya. Ahora bien:
la palabra crimen se refiere al pecado
mortal. Luego la fornicación, y todo comercio
carnal con otra mujer que no sea la propia, es
pecado mortal. Sólo el pecado mortal aparta del
reino de Dios. Pero la fornicación realiza esto,
como se afirma en Gál 5,19ss, donde el Apóstol,
después de hablar de la fornicación e
de otros vicios, escribe: Lo que tal hacen no
poseerán el reino de Dios. Por tanto, la
fornicación simple es pecado mortal. En las
Decretales, XXII caus., q.l , leemos: Deben
saber que al perjurio debe imponérsele una
penitencia similar a la del adulterio y la fornicación,
homicidio voluntario y demás vicios criminal.
Luego la fornicación simple es pecado criminal,
es decir, mortal.
Solución. Hay
que decir: Hay que sostener que, sin ningún
lugar a duda, la fornicación simple es pecado
mortal a pesar de lo que dice la Glosa sobre
Dt 23,17, que no haya prostituta... : Prohíbe
el trato con las meretrices, cuya torpeza es venial.
En efecto, no es venial, sino venal, lo
propio de las meretrices.
Para ver esto claramente,
hay que tener en cuenta que es pecado mortal todo pecado
cometido directamente contra la vida del hombre.
Ahora bien: la fornicación simple lleva consigo
un desorden que repercute en perjuicio de la
vida de aquel que va a nacer de tal acto carnal. En
efecto, vemos que en todos los animales en los que se
requiere, para la educación de la prole, la colaboración
del macho y de la hembra, no practica un trato indiscriminado,
sino del macho con una determinada hembra, o varias:
tal es el caso de las aves. Es distinto el caso de los
animales entre los que la hembra se basta para la educación
del feto, entre los cuales se da un trato carnal indiscriminado:
tales son los perros y otros similares. Ahora
bien: es evidente que para la educación del hombre
se requiere no sólo el cuidado de la madre que
lo alimenta, sino mucho más el del padre, que
debe educarlo, defenderlo y guiarlo. Por eso es contrario
a la naturaleza humana el que el hombre practique indiscriminadamente
el trato carnal, siendo preciso, por el contrario, que
sea marido de una determinada mujer, con la que ha de
permanecer no durante un corto período de tiempo,
sino por mucho tiempo, incluso durante toda la vida.
Por eso los padres tienen obligación de preocuparse
de la seguridad de la prole como exigencia de su misma
naturaleza, para educarla convenientemente. Esta seguridad
desaparecería si se admitiera un trato carnal
no definido. Esta concreción de una mujer se
llama matrimonio, y por eso se dice que es de
derecho natural. Pero dado que el comercio carnal se
ordena al bien de todo el género humano, y los
bienes comunes están sujetos a la determinación
de la ley, como se vio antes (1-2 q.90 a.2), es lógico
que esta unión del macho y de la hembra, llamada
matrimonio, esté sujeta a alguna ley. Cómo
está determinada entre nosotros se verá
en la tercera parte (Suppl. q.l), cuando hablemos
del matrimonio como sacramento. De aquí se deduce
que, siendo la fornicación un contacto indeterminado,
al no darse dentro del matrimonio, va contra el bien
de la educación de la prole y es, por ello, pecado
mortal.
Y no obsta a lo dicho el
que, en algún caso, se provea a la educación
de la prole, ya que lo que viene determinado por una
ley se juzga conforme a lo que sucede más comúnmente
y no según lo que puede suceder en un caso particular.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: La fornicación
se nombra con los otros vicios, no porque tenga la misma
razón de gravedad que ellos, sino que, si se
juntan, es más bien porque de todos ellos podría
originarse disensión entre judíos y gentiles,
rompiendo así la armonía en que debían
vivir. Los gentiles no consideraban la fornicación
simple como ilícita, debido a la corrupción
de su razón natural. Los judíos, en cambio,
instruidos en la ley divina, la consideraban ilícita.
En cuanto a los otros vicios que se enumeran allí,
los judíos los reprobaban por una costumbre de
convivencia legal. De ahí que los Apóstoles
se los prohibieran a los gentiles no porque fueran ilícitos
en sí mismos, sino por ser reprobables para los
judíos, como ya dijimos antes (1-2 q.103 a.4
ad 3).
2. A la segunda
hay que decir: La fornicación es considerada
como pecado en cuanto que se opone a la recta razón.
Y la recta razón humana se guía por la
voluntad divina, que es la regla primera y principal.
Por eso lo que hace el hombre por voluntad de Dios,
obedeciendo a su mandato, no va contra la recta razón,
aunque parezca que se opone al orden común de
la razón, del mismo modo que no va contra la
naturaleza lo que se opera milagrosamente mediante el
poder divino, aunque se oponga al curso ordinario
de sus leyes. De ahí que, así como Abrán
no pecó al querer sacrificar a su hijo inocente,
ya que obedeció a Dios, aunque ello, considerado
en sí mismo, suele ser opuesto a la rectitud
de la razón humana, tampoco pecó Oseas
al fornicar cumpliendo un precepto divino, ni tal comercio
carnal debe llamarse propiamente fornicación,
aunque se llame así según el lenguaje
ordinario. Por eso dice San Agustín en III Confess.:
Cuando Dios ordena algo contrario a cualquier costumbre
o pacto, aunque no se haya hecho nunca, hay que hacerlo.
Y añade: Puesto que, así
como en el orden humano el superior puede ordenar al
inferior, así Dios puede mandar sobre todos los
seres.
3. A la tercera hay
que decir: Abrán y Jacob, al usar de las
esclavas, no cometieron fornicación, como diremos
más adelante al hablar del matrimonio (Suppl.
q.65 a.5 ad 2). A Judá no es necesario eximirlo
de pecado, puesto que también vendió a
su hermanos José.
4. A la cuarta
hay que decir: La fornicación simple va contra
el amor al prójimo en cuanto que se opone al
bien de la prole, como ya dijimos (In corp.), ya
que no engendra conforme a lo que es conveniente para
ésta.
5. A la quinta
hay que decir: Las obras de piedad hacen que el
que ha cometido pecado carnal se libre de la perdición
eterna, en cuanto que, mediante ellas, se dispone a
conseguir la gracia del arrepentimiento, y en cuanto
que satisface por 1os pecados carnales. Pero esto no
quiere decir que, si sigue cometiendo pecado carnal
sin arrepentirse hasta la muerte, se libre mediante
estas obras de piedad.
6. A la sexta hay que
decir: De una sola relación carnal puede
nacer un hombre. Por eso la relación carnal desordenada,
que impide el bien de la prole que puede nacer, es pecado
mortal en si misma y no sólo por el desorden
de la concupiscencia. En cambio, por el abuso o desorden
de una sola comida no se impide el bien de la vida entera
del hombre. Por ello, el pecado de gula no es, en sí
mismo, mortal. Lo sería, no obstante, si se tomara,
a sabiendas, un alimento que originara la pérdida
de la condición humana, como en el caso de Adán
(cf. Gén 2,17). Pero no se sigue que la fornicación
sea el pecado menos grave dentro de los de lujuria.
Es menos grave el contacto venéreo con la propia
esposa hecho por puro placer.
Artículo 3
¿Es la fornicación
el pecado más grave?
Cont. Gentes 3,122;
De Malo q.2 a.10; q.15 a.2 ad 6
Objeciones por las
que parece que la fornicación es el más
grave de los pecados.
1. Parece que un pecado
es tanto más grave cuanto procede de una mayor
sensualidad. Ahora bien: la mayor sensualidad se da
en la fornicación, ya que en la Glosa a
1 Cor 6,18 se dice que el ardor de la sensualidad es
máximo en la lujuria. Parece, pues, que la fornicación
es el pecado más grave.
2. Aún más:
tanto más gravemente peca el hombre cuanto recae
sobre una materia más próxima a él.
Así peca más gravemente quien golpea a
su padre que el que golpea a un extraño. Pero,
como se dice en 1 Cor 6,8 el que fornica peca
contra el propio cuerpo, que es lo más
allegado al hombre. Por tanto, parece que la fornicación
es el pecado más grave.
3. Y también: cuanto
más excelente es un bien, tanto más grave
parece ser el pecado cometido contra él. Ahora
bien: el pecado de fornicación parece ir contra
el bien de todo el género humano, como queda
demostrado por lo dicho ya (a.2). Va también
contra Cristo, según lo que leemos en 1 Cor 6,15:
¿Convertiré los miembros de Cristo en miembros
de una meretriz? Por consiguiente, la fornicación
es el pecado más grave.
En cambio está
el hecho de que San Gregorio dice que los pecados carnales
son menos graves que los espirituales.
Solución. Hay
que decir: La gravedad del pecado puede medirse
bajo dos aspectos, en sí mismo y por las circunstancias
que 1o rodean. Considerado en sí mismo, se mide
su gravedad por razón de su especie, la cual
se considera por el bien al que el pecado se opone.
La fornicación va contra el bien del hombre que
ha de nacer, y por eso, en su especie, es un pecado
más grave que los que se oponen a los bienes
externos, como son el hurto y otros similares; pero
menos grave que los pecados que van directamente contra
Dios y que el pecado contra un hombre ya nacido, como
es el homicidio.
Respuesta a las
objeciones: 1. A la primera hay que decir: La
sensualidad que hace al pecado más grave es la
que se da en la inclinación de la voluntad. Pero
la sensualidad que se da en el apetito sensitivo hace
más leve al pecado, dado que, cuanto más
leve es la pasión que mueve al hombre a pecar,
tanto más leve es el pecado. Así considerada,
la sensualidad de la fornicación es la más
grave. Por eso dice San Agustín, en su obra De
Agone Christiano, que entre todos los combates
del cristiano los más duros son los referentes
a la castidad, en los que se lucha diariamente, y se
triunfa raras reces. Y San Isidoro, en su
obra De Summo Bono, dice que por la
lujuria de la carne se hace el género humano
más esclavo de Satanás que por ningún
otro pecado, porque es más difícil
vencer la vehemencia de esta pasión.
2. A la segunda
hay que decir: Se dice que el que fornica
peca contra su cuerpo, no solo porque el deleite de
la fornicación se consuma en la carne, lo cual
también se cumple en la gula sino también
porque obra en contra del bien de su propio cuerpo,
en cuanto que lo satisface indebidamente y lo mancha
y mezcla con otro cuerpo. De ello no se sigue, sin embargo,
que la fornicación sea el pecado más grave,
ya que, en el hombre, la razón es más
importe, que el cuerpo y, por tanto, será más
grave el pecado que más se oponga a la razón.
3. A la tercera hay
que decir: El pecado de fornicación se opone
al bien de la especie humana en cuanto que impide la
generación concreta de un hombre que iba a nacer.
Ahora bien: participa más de la razón
de especie humana quien posee actualmente la razón
de tal que el que es hombre sólo en potencia.
Por eso el homicidio es más grave que la fornicación
y que todas las especies de lujuria, por ser algo que
se opone más al bien de la especie humana. También
el bien divino es más excelente que el de la
especie humana; por eso son más graves los pecados
contra Dios. Ahora bien: la fornicación no es
un pecado que vaya directamente contra Dios, de tal
modo que el que la comete busque ofenderle, sino como
consecuencia, al igual que todos los pecados mortales:
del mismo modo que los miembros de nuestro cuerpo son
miembros de Cristo, también nuestro espíritu
se identifica con Cristo, según se dice en 1
Cor 6,17: El que se une a Dios, se hace una cosa
con El. De ahí también que los pecados
espirituales sean más opuestos a Cristo que la
fornicación.
Artículo 4
¿Existe pecado mortal
en los besos y en los tocamientos?
De Verit. q.15 a.4;
In Ef. c.5 lect.2; De Malo q.15 a.2 ad
18
Objeciones por las
que parece que en los tocamientos y en los besos no
hay pecado mortal.
1. El Apóstol dice
en Ef 5,3: La fornicación y toda clase de
inmundicia, o de avaricia, que ni siquiera pueda decirse
que existe entre vosotros, como conviene a los santos.
Y añade (v.4): ni palabras torpes,
ni groserías, ni truhanerías. Todo
esto lo interpreta la Glosa como besos y abrazos,
palabras suaves y obscenas, y lo que los necios llaman
chocarronería. Dice a continuación
(v.5) San Pablo: Pues habéis de saber que
ningún fornicario, o impuro, o avaro, que es
como adoración de los ídolos, tendrá
parte en la heredad del reino de Dios y de Cristo. Pero,
puesto que aquí no recrimina la torpeza, palabras
groseras ni truhanería, síguese que éstos
no son pecado mortal.
2. Aún más:
decimos que la fornicación es pecado mortal porque
impide el bien de la generación y educación
de la prole. Pero a esto no colaboran, en absoluto,
los besos, tocamientos ni abrazos. Luego en ellos no
se da pecado mortal.
3. Y también: las
cosas que son, en sí mismas, pecado mortal, no
pueden hacerse nunca sin cometer pecado. Pero los besos,
tocamientos, etc., pueden darse alguna vez sin pecado.
Luego no son, en sí mismo, pecado mortal.
En cambio está
el hecho de que es menos obscena una mirada que el tocamiento,
abrazo o beso. Ahora bien: la mirada obscena es un pecado
mortal, condenado en Mt 5,28: El que mira a una mujer
y la desea, ya pecó era su corazón. Luego
con mayor razón serán pecado mortal el
beso sensual y actos similares.
2. Dice San Cipriano en
su obra Ad Ponponium de Virginitate: Ciertamente,
el contacto carnal, los abrazos, las conversaciones
obscenas, el dormir en la misma cama, ¡cuánto
tienen de deshonroso y de criminal! Luego
el hombre, al cometer estos actos, es reo de crimen,
es decir, de pecado mortal.
Solución. Hay
que decir. Consideramos que una cosa es pecado mortal
desde un doble aspecto. En primer lugar, por su especie.
Y así considerados, los besos, abrazos y tocamientos
no son necesariamente pecado mortal, puesto que pueden
darse sin sensualidad, bien sea por costumbre patria,
por necesidad o por otra circunstancia o causa
razonable.
En segundo lugar, decimos
que una cosa es pecado mortal por razón de su
causa: el que da limosna para inducir a herejía,
peca mortalmente por la corrupción existente
en la intención con que lo hace. Ahora bien:
ya dijimos antes (1-2 q.72 a.8) que no sólo el
consentimiento en el acto de pecado mortal es pecado
grave, sino también el consentimiento en el deleite
del mismo. Por ello, dado que la fornicación
es pecado mortal, y lo son mucho más las otras
especies de lujuria, sígase que no sólo
el consentimiento en el acto, sino también el
consentimiento en el deleite de tal pecado es pecado
mortal. Por consiguiente, dado que los besos, abrazos,
etc., tienen por fin el placer, síguese que son
pecado mortal. Sólo bajo este aspecto decimos
que son libidinosos y, como tal pecado grave.
Respuesta a las objeciones:
1. A 1a primera hay que decir: El Apóstol
no menciona los tres últimos actos porque no
revisten gravedad de pecado sino en cuanto dicen relación
con los anteriores.
2. A la segunda hay
que decir: Los besos y tocamientos, aunque
no impiden directamente el bien de la prole, son fruto
de la sensualidad, que es la raíz de la oposición
a dicho bien. De ahí que sean pecado mortal.
3. A la tercera hay
que decir: De la objeción se deduce que esos
actos no son pecado mortal por su misma naturaleza.
ARTICULO 5
¿Es pecado mortal la
polución nocturna?
3 q.80 a.7 ; In Sent.
4 d.9 a.4 q.a1.2; De verit. q.28 a.3
ad 7
Objeciones por las
que parece que la polución nocturna es pecado.
1. El merecer y desmerecer
se refieren a una misma cosa. Ahora bien: el que duerme
puede merecer, como leemos de Salomón, que pidió
a Dios el don de sabiduría mientras dormía,
tal como se dice en 3 Re 3,5ss y en 2 Par 1,7ss. Luego
también se puede desmerecer mientras se duerme.
2. Aún más:
todo el que tiene uso de razón puede pecar. Dado
que, mientras se duerme, se tiene uso de razón,
porque con frecuencia se razona en ese estado y se refiere
una cosa a otra, se asiente o se disiente síguese
que se puede pecar mientras se duerme. Así, pues,
no se excluye el que la polución nocturna pueda
ser pecado, puesto que ese acto lo es en sí mismo.
3. Y también: es
inútil increpar e instruir a quien no puede obrar
conforme a la razón y ni contra ella. Pero algunos
hombres son instruidos e increpados mientras duermen,
según leemos en Job 33,15-16: en sueños
o en visión nocturna, cuando desciende el sueño
sobre los hombres, entonces abre sus oídos y
1es da sus instrucciones. Luego, durante el sueño,
puede el hombre obrar de acuerdo con la razón
o contra ella, es decir, hacer el bien o pecar. Por
ello, parece que la polución nocturna es pecado.
En cambio está
lo que dice San Agustín en XII Super Gen.:
Cuando la imagen que acompaña a nuestra conversación
durante la vigilia se reproduce como visión,
en el que duerme, sin que éste pueda distinguir
entre ella y la verdadera unión con los cuerpos,
la carne se ve excitada y produce sus efectos normales.
Todo ello se realiza sin pecado, del mismo modo que
no es pecado decir una cosa que ha sido pensada únicamente
para decirla.
Solución. Hay
que decir: Podemos hablar de la polución
nocturna bajo dos aspectos. En primer lugar, en sí
misma. Así considerada, no es pecado, puesto
que todo pecado depende del juicio de la razón,
y así primer movimiento de sensualidad sólo
es pecado en cuanto que puede ser reprimida por
el juicio de la razón. Si quitamos el juicio
de la razón, desaparece la razón de pecado.
Ahora bien: mientras dormimos, la razón no emite
un juicio libre, sino que se gobierna todo por un mundo
de fantasmas que nos parecen seres reales, como es evidente
por lo que dijimos antes (q.84 a.8 ad 2). Por eso no
se imputa al hombre, como pecado, lo que hace mientras
duerme, como tampoco se le imputa lo que hace cuando
está furioso o demente.
En segundo lugar, podemos
considerar la polución nocturna en relación
con su causa. Esta puede ser triple. Una, corporal.
En efecto, cuando hay en el cuerpo una cantidad sobreabundante
de humor seminal, bien por conversión de los
humores o bien porque el cuerpo está demasiado
caliente o por otros motivos similares, el hombre se
imagina, en sueños, los actos que normalmente
conducen a la expulsión del humor excesivo, como
sucede con cualquier otro líquido sobreabundante.
Por ello, si la sobreabundancia de tal humor se debe
a una causa culpable, como puede ser el exceso de comida
o de bebida, en ese caso polución es culpable
en virtud de la causa que lo ha producido. En cambio,
si la sobreabundancia o emisión de tal humor
no proviene de una causa culpable, la polución
nocturna no es culpable en sí misma ni razón
de su causa.
Una segunda causa de la
polución puede ser interior al hombre: por ejemplo,
un pensamiento tenido antes del sueño. Este pensamiento
que tuvo lugar durante la vigilia es, a veces, puramente
especulativo, como sucede en las discusiones sobre materia
carnal, o puede estar revestido de cierto afecto, deseo
u horror. La polución nocturna más frecuente
procede del pensamiento sobre los vicios carnales que
va a compañado del deseo de tales deleites, ya
que entonces queda en el alma cierta huella e inclinación,
que hacen que la imaginación, en sueños,
se incline más fácilmente a consentir
en actos que dan lugar a la polución. A este
propósito dice el Filósofo en I Ethic.:
Dado que ciertos movimientos pasan gradualmente del
estada de vigilia al de sueño, los fantasmas
de los estudiosos se hacen mejores que los de otros
hombre. Y San Agustín dice, en XII
Super Gen. ad litt., que, debido a la buena
disposición del alma, algunos méritos
suyos resplandecen incluso durante el sueño.
Queda demostrado pues, que la polución nocturna
es culpable por razón de la causa que la produce.
A veces, no obstante, la polución es efecto del
pensamiento meramente especulativo de los actos carnales
o de la sensación de horror experimentada. En
este caso no es culpable ni en sí misma ni en
su causa.
Puede darse, en tercer
lugar, una causa espiritual extrínseca. Esto
se da cuando el demonio hace que las representaciones
fantásticas del que duerme se ordenen de tal
manera que llegan a producir ese efecto. Esto es culpable
a veces por la causa que la ha producido, es decir,
la negligencia en prepararse contra las ilusiones presentadas
por el demonio, como se canta en el himno de Completas:
Reprime al enemigo para que los cuerpos no se manchen.
A veces se da sin culpa alguna por parte
del hombre, y se debe sólo a la maldad del demonio
como leemos en las Collationes Patrum de uno
que siempre padecía polución nocturna
los días festivos, debido a que el diablo se
la producía para que se abstuviera de tomar la
sagrada comunión.
Con ello queda demostrado
que la polución nocturna nunca es pecado, pero
a veces es consecuencia de un pecado anterior.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: Salomón
no mereció, en sueños, que Dios le concediera
la sabiduría, sino que eso fue un símbolo
de un deseo anterior de la misma, por lo cual se dice
que tal petición agradó a Dios, como dice
San Agustín en XII Super Gen. ad litt..
2. A la segunda hay
que decir: Según que las fuerzas sensitivas
interiores se vean más o menos violentadas por
el sueño, debido a la turbulencia o la pureza
de los vapores, el uso de la razón se
ve más o menos impedido también en el
sueño. Pero siempre se ve algo impedida
por él, de tal modo que no puede ejercer totalmente
el juicio libre, como va dijimos en la primera parte
(q.84 a.2 ad 3). Por eso entonces, no es considerada
culpable de lo que hace.
3. A la tercera
hay que decir: La aprehensión de la mente
no se ve tan impedida, durante el sueño, como
el juicio, el cual se, logra mediante la conversión
a las imágenes sensibles. Por eso no hay inconveniente
en admitir que el hombre, mediante su razón,
aprenda algún concepto nuevo durante el sueño,
sea en virtud de los pensamientos e imágenes,
por revelación divina o por influjo de los ángeles
buenos y malos.
Artículo 6
¿Debe considerarse el
estupro como una especie nueva de lujuria?
2-2 q.54 a.1; In Sent.
4 dist.41 a.4 q.a1.2; De Malo q.15
a.3
Objeciones por las
que parece que no debe considerarse el estupro como
una especie nueva de lujuria.
1. El estupro es la
defloración ilícita de una virgen, tal
como aparece en las Decretales, XXXVI caus.l
q.l . Pero esto puede darse entre un hombre libre y
una mujer libre, en cuyo caso es fornicación.
Luego el estupro no debe considerarse como una especie
de lujuria distinta de la fornicación.
2. Aún más:
dice San Ambrosio en el libro De Patriarchis: Que
nadie se deje llevar por las leyes de los hombres: todo
estupro es adulterio. Ahora bien: las especies que
se oponen mutuamente no se incluyen en el mismo acto.
Luego, dado que se considera al adulterio como una especie
de lujuria, parece que no debe considerarse así
el estupro.
3. Y también: el
cometer una injuria contra uno parece decir relación
con la injusticia y no con la lujuria. Pero el que comete
estupro comete injuria contra otro, es decir, contra
el padre de la niña, que puede considerar
que se le ha hecho un daño y apelar judicialmente
contra el que ha cometido el estupro. Luego no debemos
considerar el estupro como una especie distinta de lujuria.
En cambio está
el hecho de que el estupro consiste propiamente en un
acta venéreo por el que se deflora a una virgen.
Dado que la lujuria se ocupa de los actos venéreos
parece que el estupro es una especie de la lujuria.
Solución. Hay
que decir: Dondequiera que aparezca una torpeza
especial en la naturaleza de un vicio, debe suponerse
una especie determinada de ese vicio. La Lujuria es
un pecado cuya materia son los actos venéreos,
como dijimos antes (q.153 a. l). Y existe una torpeza
especial en el hecho de que sea deflorada una virgen
que está bajo la tutela de su padre. En primer
lugar, por parte de la niña, que, por el hecho
de haber sido violada, sin mediar ningún contrato
de matrimonio, se ve en peligro de no lograr un matrimonio
legítimo y se expone a prostituirse, cosa de
la cual se retraía por temor a perder su integridad
virginal. En segundo lugar, por parte del padre que
se cuida de su custodia, conforme a lo que leemos en
Eclo 42,11: Sobre la fuerza atrevida refuerza la
vigilancia, no te haga escarnio de tus enemigos. Queda
claro, por consiguiente, que el estupro, que lleva consigo
la indebida defloración de vírgenes que
están bajo la custodia de sus padres, es una
especie nueva de lujuria.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: Aunque la
virgen está libre del vínculo matrimonial,
no está libre de la potestad paterna. Tiene,
además, el sello de la virginidad, impedimento
especial contra el pecado de fornicación y que
no debe romperse sino en el matrimonio. De ahí
que el estupro no sea una fornicación simple,
es decir, con mujeres ya corrompidas, como aparece en
la Glosa a 2 Cor 12,21, ... que no hicieron
penitencia de su impureza, de su fornicación...
2. A la segunda hay
que decir: En ese pasaje, San Ambrosio toma el estupro
de un modo más general, como pecado de lujuria
en toda su amplitud. De ahí que llame estupro
a todo acto sexual de un hombre casado con cualquiera
otra mujer que no sea la suya. Prueba de ello es que
añade: Al varón no le está
permitido lo que no está permitido a la mujer.
También se toma así en Núm
5,13: Si hay adulterio y no hay testigos,
porque no fue hallada en estupro...
3. A 1a tercera hay
que decir: Puede admitirse que un pecado se haga
más grave por la unión con otro. El pecado
de lujuria se agrava con el de injusticia, porque parece
más desordenada la concupiscencia que no se abstiene
del deleite ni siquiera para evitar una injusticia.
Lleva consigo, pues, doble injusticia. Una por parte
de la virgen, a la cual, aunque no corrompa por la fuenza,
seduce, teniendo que satisfacer por ello. Y por eso
se dice en Ex 22,16-17: Si uno seduce a una
virgen no desposada y tiene con ella comercio carnal,
pagará su dote y la tomará por mujer.
Si el padre rehusa dársela, pagará la
dote que se acostumbra por las vírgenes. Y
comete otra injusticia contra el padre de la niña,
y está obligado a pagarle por ello, puesto que
en Dt 22,28-29 se dice: Si un hombre encuentra
a una joven virgen no desposada, la coge y hace
con ella y fueran sorprendidos, el hombre que yació
con ella; dará al padre de la joven cincuenta
siclos de plata, y ella será su mujer,
por haberla él deshonrado, y no podrá
repudiarla en su vida. Y esto para simular
que no cometió el crimen, como dice
San Agustin.
Artículo 7
¿Es el rapto una especie
de lujuria distinta del estupro?
2-2 q.154 a.1 In Sent.
4 d.41 a.4 q.a1.2; De Malo q.15
a.3
Objeciones por las
que parece que el rapto no es especie de lujuria distinta
del estupro.
1. Dice San Isidoro en
sus Etimologías: El estupro, es decir,
el rapto, es propiamente un coito ilícito, derivado
de la palabra «corromper». Por eso, quien comete rapto,
goza del estupro. Parece, pues, que el rapto no
debe considerarse una especie de lujuria distinta del
estupro.
2. Aún más:
parece que el rapto lleva consigo cierta violencia,
pues se dice en las Decretales, XXXVI caus.,
q.1: El rapto se comete cuando se saca
a una niña, por la fuerza, de casa de su padre
para, una vez corrompida, tomarla por esposa. Pero
el que se emplee violencia contra alguien es accidental
a la lujuria, la cual se ocupa, esencialmente, del deleite
carnal. Por tanto, parece que el rapto no es una especie
determinada de lujuria.
3. Y también:
el pecado de lujuria se reprime mediante el matrimonio,
pues se dice en 1 Cor 7,2: Por evitar la fornicación,
tenga cada uno su mujer. Pero el rapto impide
el matrimonio subsiguiente, puesto que se dice en
el Concilio Meldense: Nos ha parecido prudente
que quienes roban mujeres o las seducen no las tengan
por esposas, aunque las reciban luego como tales con
el consentimiento de sus padres. Luego el rapto
no es una especie determinada de lujuria que se distinga
del estupro.
4. Todavía más:
el hombre puede hacer uso de su esposa sin cometer pecado
de lujuria. Pero puede cometerse rapto cuando alguien
saca a su esposa, por la fuerza, de la casa de sus padres
y tiene con ella comercio carnal. Luego no debe considerarse
el rapto como una nueva especie de lujuria.
En cambio está
el testimonio de San Isidoro, para quien el rapto
es un coito ilícito.
Solución.
Hay que decir: El rapto, tal como aquí
1o entendemos, es una especie de lujuria que a veces
se da juntamente con el estupro; otras veces se da sin
estupro, y en otras ocasiones no se da cuando hay rapto.
Se dan ambos cuando se usa violencia para deflorar a
una virgen. Dicha violencia se comete, a veces, contra
la virgen y contra el padre; otras veces se comete sólo
contra el padre, cuando la virgen consiente en ser sacada
violentamente de la casa de su padre. La violencia del
rapto presenta también otra diferencia: a veces
la joven es sacada violentamente de la casa de sus padres
y es corrompida violentamente; pero otras veces, aunque
sea sacada a la fuerza, no es corrompida violentamente,
sino con su consentimiento, bien sea corrompida con
acto de fornicación o con acto matrimonial. En
efecto, siempre que haya violencia, se salva el concepto
de rapto. Pero puede darse el rapto sin estupro si uno
arrebata a una viuda o a una niña ya corrompida.
Por eso dice el papa Símaco: Detestamos a
los raptores de viudas o de virgenes por la crueldad
del crimen. Y viceversa, el estupro se da
sin rapto cuando se desflora indebidamente a una virgen
sin emplear violencia.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: El
rapto y el estupro se dan casi siempre juntos:
de ahí que, a veces, se tome el uno por el otro.
2. A la segunda hay
que decir: El empleo de violencia parece tener origen
en la vehemencia del deseo, que hace que el hombre no
tema exponerse a los peligros correspondientes.
3. A la tercera hay
que decir: Hay que distinguir entre el rapto de
jóvenes desposadas y el de jóvenes que
no lo están. Las primeras han de ser devueltas
a sus esposos, que tienen derecho sobre ellas por el
hecho de estar desposadas. En cambio, las no desposadas
han de ser devueltas, en primer lugar, a la potestad
paterna; después, si los padres consienten, pueden
ser tomadas por esposas. El hacerlo de otro modo es
ilícito, ya que quien roba algo tiene obligación
de restituirlo. No obstante, el rapto no anula el matrimonio
ya contraído, aunque impide contraerlo.
En cuanto al texto del
Concilio que se aduce, se escribió para reprobar
ese crimen y ya está abrogado. Por eso San Jerónimo
defiende lo contrario cuando escribe: Hay en
las Escrituras tres clases de matrimonio legítimo.
La primera se da cuando una virgen casta es dada legítimamente
a un hombre. La segunda, cuando una virgen es raptada
por un hombre fuera de casa y unida a él por
la fuerza: si el padre quiere, la dotará como
el padre crea conveniente y pagará el precio
de la virginidad. La tercera se da cuando el padre de
la joven no quiere entregarla a este hombre y se la
entrega a otro. Puede referirse también dicho
texto a las que ya están desposadas, sobre todo
por palabras de presente.
4. A la cuarta hay que
decir: El esposo, en virtud de los esponsales,
tiene ya derecho sobre la esposa. Por ello, aunque peque
al emplear la fuerza, no comete rapto. Por eso dice
el papa Gelasio: La ley de los reyes antiguos dice
que se comete rapto cuando una joven no desposada es
robada con violencia.
Artículo 8
¿Es el adulterio una
nueva especie de lujuria?
2-2 q.154 a.l; In Sent.
4 dist.41 a.4 q.a1.2; De Malo q.15
a.3; Op. IV De duobus Praec.
Objeciones por
las que parece que el adulterio no es una nueva
especie de lujuria distinta de las demás.
1. Se llama adulterio
por el hecho de que uno se acerca a otra mujer
distinta de la suya, como dice la Glosa al Ex.
Pero la mujer distinta de la propia puede hallarse en
varios estados: puede ser una virgen sometida a la autoridad
paterna, una meretriz, etc. Luego parece que el adulterio
no es una especie de lujuria distinta de las otras.
2. Aún más:
dice San Jerónimo: No importa la razón
por la que uno se vuelve loco. Y Sixto Pitagórico
dice que «adúltero» es «el que ama excesivamente
a su mujer». Luego el adulterio se da en toda clase
de lujuria y no debe considerarse como una nueva especie
de ésta.
3. Y también: donde
se da la misma razón de torpeza no parece que
sea necesario asignar otra especie de pecado distinta.
Ahora bien: en el estupro y en el adulterio parece que
existe la misma razón de torpeza, ya que en ambos
casos se fuerza a una mujer sujeta a la autoridad de
otro. Por consiguiente, el adulterio no es una especie
de lujuria distinta de las otras.
En cambio está
el testimonio de San León papa, quien escribe:
Se comete adulterio cuando, o por deseo de placer
o por consentimiento de la otra persona, se tiene comercio
carnal con otro o con otra en contra del pacto conyugal.
Ahora bien: esto lleva consigo una torpeza especial
dentro de la lujuria. Luego el adulterio es una nueva
especie de lujuria.
Solución. Hay
que decir: Adulterio, como indica la misma palabra,
es acceso al tálamo ajeno. En él
se peca de dos modos contra la castidad y contra el
bien de la generación humana. Primeramente, por
tener comercio carnal con una mujer con la que no se
esta casado, como sería necesario para la educación
de la propia prole. En segundo lugar, al tener comercio
carnal con una mujer casada, impidiendo así
el bien de la prole ajena. Dígase lo mismo de
la mujer casada que se corrompe por el adulterio. De
ahí que se diga en Eclo 23,32-33: Toda mujer
que abandona a su marido pecará. En primer lugar,
por desobedecer la ley del Altísimo en la
que se ordena (Ex 20,14): «No fornicarás»;
en segundo lugar, por abandonar a su marido, actuando
en contra de la seguridad de su prole; en tercer lugar,
por cometer adulterio y procurarse hijos de otro hombre,
lo cual va contra el bien de la propia prole.
Pero lo primero es común a todos los pecados
mortales, mientras que los otros dos elementos pertenecen
de modo especial al adulterio. Queda claro, pues, que
el adulterio es una nueva especie de lujuria, dado que
encierra en sí mismo una especial deformidad
acerca de los actos venéreos.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: Si un
casado tiene comercio carnal con otra, el pecado de
él puede considerarse por parte suya, en cuyo
caso siempre será adulterio porque peca contra
la fidelidad del matrimonio, o por parte de la mujer
a la que accede. Así mirado, es adulterio a veces,
cuando un casado peca con la mujer de otro, y otras
veces estupro u otra clase de pecado, según las
diversas condiciones de las mujeres con las que tiene
la relación carnal. Ya dijimos antes (a.1) que
las diversas especies de lujuria se toman del distinto
estado de las mujeres.
2. A la segunda hay
que decir: El matrinio se ordena especialmente al
bien de la familia humana, como se dijo antes(a.2).
Ahora bien: el adulterio supone una oposición
especial al matrimonio, por cuanto viola la fe matrimonial
que cada uno debe a su cónyuge. Y puesto que
el que ama a su mujer excesivamente obra contra el bien
del matrimonio, haciendo de él un uso indebido,
aunque no viole la fidelidad, pudiendo llamársele,
en cierto modo, adúltero, esto se dice con mucha
mayor razón del que ama excesivamente a la mujer
de otro.
3. A la tercera
hay que decir: La esposa está bajo la autoridad
del marido en cuanto que está unida a él
en matrimonio, mientras que la niña está
sometida a la autoridad de su padre como persona que
ha de ser unida en matrimonio por medio de él.
De ahí que el pecado contra el bien del matrimonio
sea adulterio en el primer caso, mientras que es estupro
en el segundo. Debido a esto, hablamos de dos especies
distintas de lujuria.
De otros temas pertenecientes
al adulterio hablaremos en la Tercera Parte, al tratar
del matrimonio (Suppl. q.59 a.3; q.60 y 62).
Artículo 9
¿Es el incesto una especie
distinta de lujuria?
2-2 q.154 a.1; In Sent.
4 dist.41 a.4 q.a1.2; De Malo
q.15 a.3
Objeciones por las
que parece que el incesto no es una especie distinta
de lujuria.
1. Se llama incesto
porque significa privación de la castidad.
Ahora bien: a la castidad se opone la lujuria de un
modo genérico. Luego parece que el incesto no
es una especie determinada de lujuria, sino la lujuria
en términos generales.
2. Aún más:
en las Decretales, XXXVI caus., q.1 ,
se dice que el incesto es abuso de los consanguíneos
o afines. Pero consanguinidad y afinidad son conceptos
distintos. Luego el incesto no supone una especie de
lujuria, sino varias.
3. Y también: aquello
que de suyo no constituye fealdad no da lugar a una
determinada especie de vicio. Pero el comercio carnal
con mujeres unidas al hombre por consanguinidad o por
afinidad no es esencialmente malo; de lo contrario,
nunca estaría permitido. Por tanto, el incesto
no es una determinada especie de lujuria.
En cambio está
el hecho de que las especies de lujuria se distinguen
por la condición de las mujeres de las que se
abusa.
Ahora bien: en el incesto
se trata de una condición específica de
las mujeres, ya que es abuso de las mujeres unidas
por consanguinidad o por afinidad, como dijimos
antes (obj.2). Por consiguiente, el incesto es una determinada
especie de lujuria.
Solución. Hay
que decir: Como observamos antes (a.1 y 6), es necesario
que haya una determinada especie de lujuria donde se
halle algo que se opone al debido uso de los placeres
venéreos. Ahora bien: en el uso de mujeres unidas
a nosotros por consanguinidad o por afinidad existe
algo que no va bien con el placer venéreo, por
una triple razón. En primer lugar, porque el
hombre debe tributar cierto honor a los padres y, por
consiguiente, a los demás consanguíneos
que descienden de ellos mediante un parentesco cercano.
Tanto es así que entre los antiguos, como cuenta
Máximo Valerio, un hijo no podía bañarse
con su padre para que no se vieran mutuamente desnudos.
Ahora bien: queda claro, por lo dicho anteriormente
(q.142 a.4; q.151 a.4), que en los actos venéreos
existe una torpeza contraria al honor; por eso los hombres
se avergüenzan de ellos. Por lo que no es conveniente
que exista comercio carnal entre tales personas. Esta
misma idea parece querer expresarse en Lev 18,7: Es
tu madre; no descubrirás su desnudes.
En segundo lugar, es preciso
que las personas unidas por la sangre tengan un trato
frecuente. Por ello, si a los hombres no les estuviera
prohibido el comercio carnal, les vencería fácilmente
la ocasión de pecar y sus espíritus se
harían demasiado blandos a causa de la lujuria.
Por eso en la antigua ley se prohíbe de un modo
especial el trato con esas personas con las que se convive.
En tercer lugar, uniéndose
carnalmente con las mujeres unidas por consanguinidad
o afinidad, se impediría la multiplicación
de amigos. En efecto, al unirse el hombre a una
mujer extraña se le unen con amistad especial
todos los consanguíneos de la esposa, como si
fueran consanguíneos de él mismo. Por
eso dice San Agustín en XV De Civ. Dei:
Existe una norma rectísima de caridad según
la cual los hombres que necesitan una concordia útil
y honesta se vean relacionados por múltiples
circunstancias, de modo que no tenga uno varias mujeres,
sino que haya una para cada uno.
Aristóteles añade
una cuarta razón en II Polit. : puesto
que el hombre ama naturalmente a las mujeres consanguíneas,
si añadiera el amor derivado del comercio carnal
resultaría un amor demasiado ardiente y un gran
incentivo a la sensualidad, lo cual se opone a la castidad.
Queda demostrado así
que el incesto es una determinada especie de lujuria.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: El
uso indebido de las personas unidas a nosotros contribuiría
en grado máximo a la corrupción de la
castidad, sea por las oportunidades o por el excesivo
ardor en el amor, como dijimos antes (In corp.).
Por eso el uso indebido de tales personas se llama,
por antonomasia, incesto.
2. A la segunda
hay que decir: La persona unida por afinidad se
une a otra mediante una persona unida por consanguinidad.
Por ello, dado que lo uno se ordena a lo otro, vale
para ambas la misma razón de inconveniencia.
3. A la tercera hay
que decir: En el comercio carnal de personas consanguíneas
hay algo esencialmente indecente y opuesto a la razón
natural: el que se realice comercio carnal entre padres
e hijos, cuya relación de consanguinidad es esencial
e inmediata, puesto que los hijos deben, por naturaleza,
respeto a los padres. Por eso dice el Filósofo,
en IX De Animal., que un caballo al que se engañó
para que se uniera carnalmente con su madre se lanzó
a un precipicio, como horrorizado de lo que había
hecho, dando a entender que incluso entre algunos animales
existe una reverencia natural hacia los padres.
En cambio, en las personas
que no están ligadas entre sí próximamente,
sino por su relación con los padres, tampoco
reviste el pecado tan suma gravedad e indecencia, sino
que ésta varía según las costumbres
y la ley, sea ésta humana o divina. Ya hemos
dicho (a.2) que el uso del placer venéreo, al
estar ordenado al bien común, está sujeto
a la ley. Por eso, como dice San Agustin en XV De
Civ. Dei, el comercio carnal entre hermanos y
hermanas, si bien fue recomendable antiguamente, por
venir impuesto por la necesidad, pasó luego a
ser reprobable por prohibirlo la religión.
Artículo 10
¿Puede el sacrilegio
ser una especie de la lujuria?
2-2 q.154 a.1 ad 3; In
Sent. 4 d.41 a.4 q.2 ad 7
Objeciones por las
que parece que el sacrilegio no puede ser una especie
de la lujuria.
1. Una misma especie no
puede encontrarse bajo diversos géneros no subalternos.
Ahora bien: el sacrilegio es una especie de irreligiosidad,
como ya se dijo antes (q.99 a.2). Luego no puede constituir
una especie de lujuria.
2. Aún más:
en las Decretales, XXXVI caus., q.l, no
se incluye al sacrilegio entre otros vicios considerados
como especies de lujuria. Luego parece que no es una
de ella.
3. Y también: al
igual que la lujuria, también otros vicios pueden
dar lugar a que se haga algo contra una cosa sagrada.
Pero nunca decimos que el sacrilegio sea una especie
de la gula ni de otro vicio semejante a ella. Luego
tampoco podemos considerarlo como una especie de la
lujuria.
En cambio está
el testimonio de San Agustín, quien, en XV De
Civ. Dei, afirma que de igual manera que es inicuo traspasar
las lindes de los campos por el afán de poseer,
también es inicuo traspasar la norma de las costumbres
por el apetito de placer carnal en cosas sagradas. Ahora
bien: el traspasar los límites de los campos
en cosas sagradas es pecado de sacrilegio. Luego también
constituye sacrilegio el traspasar los límites
de las costumbres por el apetito de placer carnal en
cosas sagrada. Y como el apetito del placer carnal pertenece
a la lujuria, también el sacrilegio es un especie
de ella.
Solución. Hay
que decir: Como dijimos antes (q.85 a.3; q.99
a.2 ad 2; 1-2 q.18 a 6.7), el acto de una virtud o de
une vicio que se ordena al fin de otro asume la especie
del mismo. Así, el hurto cometido por razón
de adulterio pasa a ser adulterio. Es evidente,
por otra parte, que el acto de castidad, si se ordena
al culto de Dios, es acto de religión, como se
ve en aquellos que hacen voto de guardar virginidad,
tal como nos dice San Agustín en De Virginitate.
Es claro, por consiguiente, que también la lujuria,
cuando profana algo perteneciente al culto divino, pertenece
a la especie de sacrilegio. Desde este punto de vista,
puede considerarse el sacrilegio como una especie de
la lujuria.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: Si
la lujuria se ordena al fin de otro vicio, se convierte
en una especie del mismo. Así, alguna especie
de lujuria puede ser también una especie de irreligiosidad,
como perteneciente a un género superior.
2. A la segunda
hay que decir: En la objeción se enumeran
las especies de la lujuria en sí misma mientras
que el sacrilegio es una especie de lujuria en cuanto
ordenada al fin de otro vicio. Puede también
coexistir con diversas especies de lujuria, pues si
uno abusa de una persona unida a él mediante
lazos espirituales, comete sacrilegio semejante al incesto;
si abusa de una virgen consagrada a Dios, en cuanto
que es esposa de Cristo, comete sacrilegio semejante
al adulterio; en cuanto que está bajo el cuidado
de un padre espiritual, será un estupro espiritual;
y si se emplea la violencia, será un rapto espiritual,
que está más penalizado que otro rapto
incluso en la ley civil. De ahí que diga e1 emperador
Justiniano: Si alguien, no digo raptara, pero
si intentara siquiera raptar a vírgenes sagradas
para contraer matrimonio con ellas, sea castigado con
la pena capital.
3. A la tercera hay
que decir: El sacrilegio se comete con cosas sagradas.
Ahora bien: cosa sagrada puede ser una persona sagrada
que se desea para cometer con ella actos carnales, y
entonces cae dentro de la lujuria, o cuya posesión
se desea, en cuyo caso pertenece a la injusticia. También
puede el sacrilegio pertenecer a la ira si se comete
injuria contra una persona sagrada bajo el influjo de
la ira. Incluso, si se toma con gula un alimento sagrado,
se comete sacrilegio. Pero el sacrilegio se incluye,
de manera especial, en la lujuria, que se opone a la
castidad, a cuya observancia se consagran de modo especial
algunas personas.
Artículo 11
¿Es una especie de la
lujuria el pecado contra la naturaleza?
In Sent. 4 d.41
a.4 q.a2; De Malo q.15 a.l ad 7; a.3
Objeciones por las
que parece que el pecado contra la naturaleza no es
una especie de la lujuria.
1. En la anterior enumeración
(cf. a.10 obj.2) de las especies de lujuria no se menciona
el vicio contra la naturaleza. Luego no es una especie
de lujuria.
2. Aún más:
la lujuria se opone a una virtud, y como tal queda incluida
bajo la malicia. Pero el vicio contra la naturaleza
no está contenido bajo la malicia, sino bajo
la bestialidad, según atestigua el Filósofo
en VII Ethic.. Luego el vicio contra la naturaleza
no constituye una especie de lujuria.
3. Y también: la
lujuria tiene como materia propia actos ordenados a
la generación humana, como consta por lo ya dicho
(q.153 a.2). Pero el vicio contra la naturaleza se refiere
a actos de los que no puede seguirse la generación.
Luego no es una especie de la lujuria.
En cambio está
el pasaje de 2 Cor 12,21, donde figura el vicio contra
la naturaleza al enumerar otras clases de lujuria: No
hicieron penitencia de su inmundicia, de su fornicación
y su lascivia; sobre lo cual comenta la Glosa:
Inmundicia, es decir, lujuria contra la naturaleza.
Solución.
Hay que decir: Como dijimos ya antes (a.6 y 9),
existe una determinada especie de lujuria en la que
hay una razón de torpeza que hace que el acto
venéreo sea malo. Esto puede darse bajo un doble
aspecto. En primer lugar, porque choca contra la recta
razón, como sucede en todo vicio de lujuria.
En segundo lugar, porque se opone también al
mismo orden natural del acto venéreo apropiado
a la especie humana, y entonces se llama vicio contra
la naturaleza. Esto puede suceder de varios modos. Primero,
si se procura la polución sin coito carnal, por
puro placer, lo cual constituye el pecado de inmundicia,
al que suele llamarse molicie. En segundo
lugar, si se realiza el coito con una cosa de distinta
especie, lo cual se llama bestialidad. En tercer
lugar, si se realiza el coito con el sexo no debido,
sea de varón con varón o de mujer con
mujer, como dice el Apóstol en Rom 1,26-27, y
que se llama vicio sodomítico. En
cuarto lugar, cuando no se observa el modo natural de
realizar el coito, sea porque se hace con un instrumento
no debido o por que se emplean otras formas bestiales
y monstruosas antinaturales.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: En
1a objeción se enumeran las especies de lujuria
que no se oponen a la naturaleza humana; por eso no
se alude al vicio contra la naturaleza.
2. A la segunda hay
que decir: La bestialidad se distingue de la malicia,
que se opone a la virtud humana en cuanto a un exceso
acerca de la misma materia. Por eso puede incluirse
en el mismo género.
3. A la tercera hay
que decir: El lujurioso no busca la generación
humana, sino el placer venéreo, que puede experimentarse
sin realizar actos de los cuales se sigue la generación.
Y esto es lo que se busca en el vicio contra naturaleza.
Artículo 12
¿Es el vicio contra
la naturaleza el pecado más grave entre las especies
de la lujuria?
2-2 q.170 a.l ad 2;
1-2 q.73 a.7; In Sent. 4 d.41 a.4 q.a3;
In Rom. c.l lect.8
Objeciones por las
que parece que el vicio contra la naturaleza, no es
el pecado más grave entre las especies de la
lujuria.
1. Cualquier pecado es
tanto más grave cuanto más se opone a
la caridad. Ahora bien: parece que se oponen más
a la caridad del prójimo el adulterio, el estupro
y el rapto, que infieren una injuria al prójimo,
que los pecados contra la naturaleza, que no suponen
injuria contra nadie. Luego el pecado contra la naturaleza
no es el más grave de entre las especies de la
lujuria.
2. Aún más:
parece que son pecados más graves aquellos que
se cometen contra Dios. Pero el sacrilegio se comete
directamente contra Dios, por ser una injuria contra
el culto divino. Luego el sacrilegio es un pecado más
grave que el pecado contra la naturaleza.
3. Y también: parece
que un pecado es tanto más grave cuanto se comete
contra personas a las que debemos querer más.
Ahora bien: según el orden de la caridad, debemos
amar más a las personas que están más
unidas a nosotros, a las cuales manchamos mediante el
incesto, que a las extrañas, a las cuales manchamos
a veces por el vicio contra la naturaleza. Luego el
incesto es un pecado más grave que el vicio contra
la naturaleza.
4. Incluso más:
si el vicio contra la naturaleza es el más grave,
parece que ha de ser tanto más grave cuanto más
se opone a la naturaleza. Pero parece que los pecados
que más se oponen a la naturaleza son la inmundicia
y la molicie, ya que parece más conforme a la
naturaleza el que haya un elemento activo y otro pasivo.
Según esto, la inmundicia sería el pecado
más grave contra la naturaleza, lo cual es falso.
Luego los vicios contra la naturaleza no son los más
graves de entre los de la lujuria.
En cambio está
lo que dice San Agustín en su obra De Adulterin.
Coniugiis: De todos éstos, es decir,
de los pecados pertenecientes a la lujuria, el peor
es el que va contra la naturaleza.
Solución. Hay
que decir: En cualquier orden de cosas, la corrupción
de los principios es pésima, porque de ellos
dependen las consecuencias. Ahora bien: los principios
de la razón son los naturales, ya que la razón,
presupuestos los principios determinados por la naturaleza,
dispone los demás elementos de la manera más
conveniente. Esto se nota tanto en el orden especulativo
como en el operativo. Por ello, así como en el
orden especulativo un error sobre las cosas cuyo conocimiento
es connatural al hombre es sumamente grave y torpe,
así es también muy grave y torpe, en el
orden operativo, obrar contra aquello que ya viene determinado
por la naturaleza. Así, pues, dado que en los
vicios contra la naturaleza el hombre obra contra lo
que la misma naturaleza ha establecido sobre el uso
del placer venéreo, síguese que un pecado
en tal materia es gravísimo. A continuación
viene el incesto, el cual, como dijimos antes (a.9),
atenta contra el respeto natural que debemos a las personas
próximas a nosotros.
En efecto, las otras especies
de lujuria nos hacen pasar por encima de lo que ya viene
determinado por la recta razón, presupuestos,
no obstante, los principios naturales. Pero es más
contrario a la naturaleza el usar de los placeres venéreos
no sólo en contra de la generación de
la prole, sino cometiendo injusticia contra otro. Por
eso la fornicación simple, en la que no hay injusticia
contra otro, es la menos grave entre las especies de
lujuria. Y es mayor injusticia abusar de una mujer sujeta
a otro en lo que se refiere al uso de la facultad generativa
que si lo está sólo en cuanto a su custodia.
Por eso el adulterio es más grave que el estupro.
Uno y otro se agravan si existe violencia. Por eso el
rapto de una virgen es más grave que el estupro,
y el rapto de una esposa es más grave que el
adulterio. Todas estas especies se agravan si hay sacrilegio,
tal como ya dijimos (a.10 ad 2).
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: Así
como el orden de la recta razón procede del
hombre, así el orden natural procede de Dios.
Por eso en los pecados contra la naturaleza, en los
que se viola el orden natural, se comete una injuria
contra Dios ordenador de la naturaleza. De ahí
que diga San Agustín en III Confess.:
Los delitos contra la naturaleza son reprobables y punibles
siempre y en todo lugar, como lo fueron los de los sodomitas.
Aunque todos los hombres cometieran ese mal, seguiría
pesando el mismo reato impuesto por la ley divina, que
no hizo a los hombres para que obraran así, pues
se viola la familiaridad que debemos tener con Dios,
ya que se mancha, con la perversidad del placer, la
naturaleza de la que El es autor.
2. A la segunda hay
que decir: Los vicios contra la naturaleza
son también vicios contra Dios, según
dijimos antes (ad 1). Y son tanto más graves
que el sacrilegio cuanto el orden de la naturaleza es
anterior y más estable que cualquier orden sobreañadido.
3. A la tercera hay
que decir: A cada individuo le es mucho más
íntima la unión de la naturaleza específica
que con cualquier otro individuo extraño. Por
eso son más graves los pecados contra la naturaleza
de la especie.
4. A la cuarta hay que
decir: La gravedad de un pecado se mide más
por el abuso de una cosa que por la omisión del
uso debido. De ahí que, entre los pecados contra
la naturaleza, sea la menos grave la inmundicia que
consiste únicamente en la omisión del
coito con otra persona. El más grave de los pecados
es la bestialidad, al no guardarse en él el modo
de la especie humana. Por eso, al comentar el pasaje
de Gén 37,2, acusó a sus hermanos de
un crimen pésimo, dice la Glosa: tenían
relaciones sexuales con el ganado. Viene a continuación
el crimen sodomítico, en el que no se observa
el sexo debido. Después viene el pecado consistente
en no guardar el debido modo de realizar el coito, más
grave si no se realiza en el órgano propio de
la generación que si hay algún desorden
en cuanto a otros detalles relativos al modo de realizar
el coito.
CUESTIÓN 155
La continencia
Pasamos ahora a estudiar
las partes potenciales de la templanza. Nos ocuparemos
en primer lugar de la continencia; en segundo lugar,
de la clemencia (q.l57), en tercer lugar, de la modestia
(q.160)a.
En cuanto al primer punto,
hablaremos de la continencia y de la incontinencia (q.156).
Acerca de la continencia
se formulan cuatro problemas:
1. ¿Es la continencia una
virtud? 2. ¿Cuál es su materia? 3. ¿Cuál
es su sujeto? 4. Comparación de la misma con
la templanza.
ARTICULO 1
¿Es una virtud la
continencia?
1-2 q.58 a.3 ad 2; 3 q.7
a.2 ad 3; In.Sent. 3 d.33 q.3 a.2 q.a1
ad 1; De L ént. q.14 a.4
Objeciones por las
que parece que la continencia no es virtud.
1. La especie no se ppone
al género. Ahora bien: la continencia se opone
a la virtud, como nos dice el Filósofo en VII
Ethic.. Luego 1a continencia no es una virtud.
2. Aún más:
nadie peca mediante el ejercicio de una virtud, ya que,
según dice San Agustín en De Lib. Arbit.,
la virtud es algo de lo que nadie hace mal uso. Pero
se puede pecar por medio de la continencia, a saber:
cuando alguien quiere hacer un bien y se abstiene de
hacerlo. Luego la continencia no es virtud.
3. Y también: ninguna
virtud retrae al hombre de lo que es lícito,
sino sólo de 1o ilícito. Pero la continencia
retrae al hombre de cosas lícitas, puesto que,
según la Glosa a Gál 5,23, mediante
la continencia, el hombre se abstiene incluso
de cosas lícitas. Por consiguiente, la continencia
no es virtud.
En cambio está
el hecho de que todo hábito laudable parece ser
virtud. Pero la continencia es un hábito laudable,
ya que, según Andrónico, la continencia
es un hábito al que no vence el placer. Luego
la continencia es virtud.
Solución.
Hay que decir: La palabra continencia es tomada
en distintos sentidos por los autores. Para unos , continencia
es la abstención de todo placer venéreo
por parte del hombre. Así, el Apóstol,
en Gál 5,23, la relaciona con la castidad, y
en este sentido la continencia principal es la virginidad,
mientras que la secundaria es la viudez. Así
tomada, coincide con la virginidad, la cual, según
dijimos antes (q.152 a.2), es una virtud.
Para otros , la continencia
hace que el hombre resista a los malos deseos que se
dan en él con fuerza. De este modo la toma el
Filósofo en VII Ethic. y está
tomada, también, en las Cólaciones
de los Padres. Así considerada, la continencia
posee algunas cualidades de la virtud, en cuanto que
reafirma a la razón contra las pasiones para
que éstas no la venzan, pero no cumple totalmente
las condiciones de virtud moral, que somete incluso
el apetito sensitivo a la razón para que no se
levanten en él pasiones fuertes contrarias a
la razón. Por eso dice el Filósofo, en
IV Ethic., que la continencia no es
virtud, sino una mezcla, porque tiene algo de virtud
y, en parte, no cumple las condiciones necesarias para
la virtud. Pero hablando en un sentido más amplio,
tomándola como principio de obras laudables,
podemos decir que la continencia es una virtud c.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: El Filósofo
contrapone virtud y continencia bajo el aspecto en que
no cumple las condiciones necesarias para la virtud.
2. A la segunda hay
que decir: El hombre es propiamente lo que
es según la razón. De ahí que se
diga que uno se mantiene cuando lo hace en lo
referente a la razón. Por otra parte, lo que
pertenece a la perversidad de la razón no es
conveniente a ésta; por eso se dice que se mantiene,
únicamente, en cuanto que obra conforme a la
recta razón, no en cuanto que pertenezca a la
razón perversa. Ahora bien: a la recta razón
se oponen las concupiscencias malas. Por consiguiente,
es propiamente constante el que persevera en la recta
razón y se abstiene de las malas concupiscencias,
no el que persevera en el orden de la razón perversa
y se abstiene de las concupiscencias buenas,
pues éste puede decirse que está obstinado
en el mal.
3. A la tercera hay
que decir: La Glosa, el texto aducido, habla de
la continencia bajo el primer aspecto, en cuanto que
designa una virtud perfecta, la cual se abstiene no
sólo de los bienes lícitos, sino también
de algunas cosas lícitas menos buenas, para alcanzar
la perfección en bienes más perfectos.
Artículo 2
¿Son materia de la continencia
las concupiscencias de los placeres del tacto?
In Ethic. 7 lect.4
Objeciones por las
que parece que las concupiscencias de los placeres del
tacto no son el objeto de la continencia.
1. San Ambrosio dice, en
I De Offic., que podría considerarse
que se da la belleza general cuando el continente, regulando
todos sus actos, contribuye a la belleza y honestidad
universal. Pero no todo acto humano pertenece a
los deleites del tacto. Luego la continencia no tiene
por materia única las concupiscencias de los
placeres del tacto.
2. Aún más:
la palabra continencia indica que el hombre se
contiene en el bien de la recta razón,
como dijimos antes (a.1 ad 2). Pero hay otras pasiones
que apartan al hombre de la recta razón más
fuertemente que las concupiscencias de los deleites
del tacto. Tales son el temor al peligro de muerte,
que espanta al hombre, o la ira, que se parece a la
locura, como dice Séneca. Luego la continencia
no se ocupa propiamente de las concupiscencias de los
deleites del tacto.
3. Y también: dice
Tulio, en II Rhet. , que la continencia
es algo mediante lo cual la codicia se deja guiar por
el consejo. Ahora bien: a la codicia suele asignársele
como materia las riquezas más que los deleites
del tacto, atendiendo a lo que dice 1 Tim 6,10: La
codicia es la raíz de todos los males. Luego
la continencia no se ocupa propiamente de las concupiscencias
de los deleites del tacto.
4. Más todavía:
se dan deleites del tacto no sólo en el placer
venéreo, sino también en la comida. Pero
se dice que la continencia suele considerarse virtud
del uso del placer venéreo. Luego la concupiscencia
de los deleites del tacto no es su materia propia.
5. Además: entre
los deleites del tacto algunos no son humanos, sino
propios de los animales, tanto en la comida, como sería
el deleitarse al comer carne humana, como en lo venéreo,
como sería el abuso de los animales y de los
niños. Ahora bien: de todo esto no se ocupa la
continencia, como se dice en VII Ethic.. Luego
las concupiscencias de los deleites del tacto no son
materia propia de la continencia.
En cambio está
el testimonio del Filósofo, quien afirma, en
VII Ethic., que la continencia y la incontinencia
tienen por materias las mismas que tienen la templanza
y la intemperancia. Pero la templanza y la intemperancia
se ocupan de las concupiscencias de los deleites del
tacto, como ya dijimos (q.141 a.4). Luego la continencia
y la incontinencia se ocupan de esa misma materia.
Solución. Hay
que decir: La palabra continencia indica
un freno, en cuanto que uno se abstiene de obedecer
a las pasiones. Por consiguiente, su materia propia
son las pasiones que arrastran a conseguir algo, en
las cuales es meritorio el hecho de que la razón
refrene al hombre en su consecución, y no se
ocupa de las pasiones que suponen un retraimiento, como
el temor y otras semejantes, pues en éstas es
meritorio el conservar la firmeza en conseguir lo que
dicta la razón, como expusimos (q.123 a.l.3.4;
q.141 a.3). A este respecto hay que tener en cuenta
que las inclinaciones naturales son origen de todos
los otros movimientos sobreañadidos, como ya
dijimos (1 q.60 a.2). Por eso las pasiones arrastran
hacia la consecución de algo tanto más
cuanto más obedecen a la inclinación de
la naturaleza. Ahora bien: ésta inclina hacia
lo que es necesario para ella, bien sea a la conservación
del individuo, como es el alimento, o a la conservación
de la especie, como son los actos venéreos, cuyos
deleites pertenecen al tacto. De ahí que la continencia
y la incontinencia tengan como materia propia los deseos
de los placeres del tacto.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: Del
mismo modo que el nombre de templanza puede aplicarse,
en general, a cualquier materia, pero se aplica propiamente
a la materia en la que es sumamente conveniente refrenar
al hombre, así también la continencia
trata propiamente de la materia en la cual es sumamente
bueno y difícil que el hombre se contenga, es
decir, el deseo de deleites del tacto. Pero de un modo
común y accidental puede aplicarse una materia
cualquiera, y es en este sentido en el que lo usa San
Agustín.
2. A la segunda
hay que decir: En materia de temor no se alaba propiamente
la continencia, sino preferentemente la firmeza del
ánimo, propia de la fortaleza. En cuanto a la
ira, imprime un impulso hacia la consecución
de algo. Pero dicho impulso es, más que una inclinación
natural, efecto de la aprehensión natural, en
cuanto que el hombre se da cuenta de que ha sido ofendido
por otro. Por eso se dice que uno se contiene en cuanto
a la ira de un modo accidental, no esencial.
3. A la tercera hay
que decir: Tales bienes externos, como el honor,
las riquezas y otros semejantes, parece que, tal como
dice el Filósofo en VII Ethic. , son
dignos de ser elegidos por sí mismos, pero no
son necesarios para la conservación de la
especie. Por eso, refiriéndonos a ellos, no
decimos que alguien sea continente o incontinente de
un modo esencial, sino de un modo accidental, comparando
con ello el que sean, o no, continentes en materia de
dinero, honores u otras materias afines.
De ahí que Cicerón use el término
continencia para indicar también la continencia
en sentido no esencial, o tome el término avaricia
en sentido estricto para indicar el deseo de los
deleites del tacto.
4. A la cuarta hay que
decir: Los deleites venéreos son más
fuertes que los de la comida; de ahí que apliquemos
las palabras continencia e incontinencia a lo venéreo
más que a los alimentos, si bien, según
dice el Filósofo, pueden aplicarse a ambas materias.
5. La continencia es un
bien de la razón humana, de ahí que se
ocupe de las pasiones que pueden ser connaturales al
hombre. Por eso dice el Filósofo, en VII Ethic.,
que si a alguien que tiene un niño le apetece
comérselo o tener contacto venéreo con
él, bien se haga realidad ese deseo o no, diremos
que practica la continencia de un modo accidental, no
esencial.
Artículos 3
¿Es el apetito concupiscible
el sujeto de la continencia?
2-2 q.53 a.5 ad 3; 1-2
q.58 a.3 ad 2; In Sent. 3 d.33 q.2 a.4
q.a2; In Ethic. 7 Iect.10
Objeciones por las
que parece que el sujeto de la continencia es el apetito
concupiscible.
1. Conviene que el sujeto
de una virtud sea proporcionado a su materia. Pero la
materia de la continencia, según dijimos antes
(a.2), está constituida por los deseos de deleites
del tacto, que pertenecen al apetito concupiscible.
Luego la continencia reside en éste.
2. Aún más:
Las cosas opuestas lo son respecto de una
misma materia. Ahora bien: la incontinencia reside
en el apetito concupiscible, cuyas pasiones superan
a la razón, ya que, según Andrónico,
la incontinencia es la malicia del apetito concupiscible
que le hace elegir malos deleites contra el dictamen
de la razón. Luego, por esta misma razón,
la continencia ha de residir también en el apetito
concupiscible.
3. Y también: el
sujeto de toda virtud humana ha de ser la razón
o la facultad apetitiva, que se divide en voluntad,
apetito concupiscible y apetito irascible. Ahora bien:
la continencia no reside en la razón; de lo contrario
sería una virtud intelectual. Tampoco en la voluntad,
ya que tiene por materia las pasiones, que no están
en la voluntad. Tampoco puede estar en el apetito irascible,
cuya materia son las pasiones del mismo, tal como dijimos
antes (a.2 ad 2). Luego ha de residir en el apetito
concupiscible.
En cambio está
el hecho de que toda virtud que reside en alguna facultad
destruye el mal en ella. Pero la concupiscencia no destruye
el mal del apetito concupiscible, porque quien la
practica tiene malos deseos, como dice el Filósofo
en VII Ethic.. Por consiguiente, la continencia
no reside en el apetito concupiscible.
Solución. Hay
que decir: Toda virtud que se da en algún
sujeto hace que éste se distinga de la disposición
que posee cuando está sometido al vicio opuesto.
Ahora bien: el apetito concupiscible se porta de igual
modo en el que practica la continencia que en el incontinente,
ya que incita a los dos a fuertes deseos malos. Por
tanto, es evidente que la continencia no reside en el
apetito concupiscible. Dígase lo mismo de la
razón, que se comporta de igual modo con el que
practica la continencia que con el que no lo hace, pues
ambos poseen una razón recta y ambos, cuando
no están bajo el influjo de la pasión,
tienen el propósito de no obedecer a los malos
deseos. La primera diferencia entre ambos está
en la elección: el que practica la continencia,
aunque sufra deseos fuertes, elige no seguirlos a causa
de la razón, mientras que el incontinente decide
seguirlos a pesar de la oposición de la razón.
De ahí que la continencia tenga que residir en
la facultad del alma cuyo acto es la elección.
Y dicha facultad es la voluntad, como ya dijimos (1-2
q.13 a.l) d.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: Son materia
de la continencia los deleites del tacto, no para refrenarlos,
lo cual es propio de la templanza, que reside en el
apetito concupiscible, sino como materia a la cual resistir.
Por ello conviene que resida en otra facultad, ya que
la resistencia implica acción de uno contra otro.
2. A la segunda hay
que decir: La voluntad es una especie de término
medio entre la razón y el apetito concupiscible,
pudiendo ser movida por ambos. El que practica la continencia
es movido por la razón, mientras que el incontinente
es movido por el apetito concupiscible. Por eso la continencia
puede atribuirse a la razón como primer motor
y la incontinencia al apetito concupiscible como primer
motor, aunque ambos pertenecen a la voluntad como sujeto
propio.
3. A la tercera hay
que decir: Aunque las pasiones no tienen por sujeto
propio la voluntad, está en ella el poder resistirlas.
Es así como la voluntad del que practica la continencia
resiste a las pasiones.
Artículo 4
¿Es mejor la continencia
que la templanza?
In Sent. 3 d.33
q.3 a.2 q.a 1 ad 1; In Ethic.
7 lect.9
Objeciones por las
que parece que la continencia es mejor que la templanza.
1. En Eclo 26,20 se
dice: No tiene precio el alma del que practica
la continencia. Luego ninguna virtud puede igualarse
a la continencia.
2. Aún más:
cuanto mayor premio merece una virtud, tanto más
excelente es. Ahora bien: parece que la continencia
merece un premio mayor, puesto que en 2 Tim 2,5
se dice: No será coronado sino el que
compite legítimamente. Pero combate más
fuertemente el que es objeto de fuertes malos pensamientos
que el que practica la templanza, que no los tiene.
Luego la continencia es una virtud más excelente
que la templanza.
3. Y también: la
voluntad es una facultad más digna que el apetito
concupiscible. Ahora bien: la continencia reside en
la voluntad, mientras que la templanza reside en el
apetito concupiscible, como queda dicho (a.1). Luego
la continencia es una virtud más importante que
la templanza.
En cambio está
el testimonio de Cicerón y el de Andrónico,
que hacen de la continencia una virtud adjunta a la
templanza, siendo ésta una virtud superior.
Solución. Hay
que decir: Como ya vimos antes (a.1), el nombre
de continencia admite una doble acepción. En
primer lugar, significa cesación de todo placer
venéreo. Tomada así, es más excelente
que la templanza en sí misma, como queda demostrado
por lo que antes se ha dicho (q.152 a.5) sobre la superioridad
de la virginidad con respecto a la simple castidad.
También puede tomarse
la palabra continencia en cuanto que significa cierta
resistencia de la razón a los malos deseos, que
son fuertes en el hombre. Bajo esta consideración,
la templanza es mucho más excelente que la continencia.
En efecto, la virtud recibe su bondad de la sujeción
a la razón, y es un bien mayor el proporcionado
por la templanza, mediante la cual el apetito sensitivo
se sujeta a la razón, que el de la continencia,
en la que el apetito sensitivo opone a la razón
una oposición fuerte mediante los malos pensamientos.
Por tanto, la continencia dice a la templanza una relación
de imperfecto a perfecto.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: La
autoridad del texto aducido puede entenderse de dos
modos. Primero, en cuanto que entiende la continencia
como abstinencia de todo placer venéreo, y en
este sentido se dice que no tiene precio el alma
del continente en el terreno de la castidad, porque
tampoco la fecundidad de la carne, que se busca en el
matrimonio, puede compararse con la continencia de una
virgen o de una viuda, según dijimos antes (q.152
a.4 y 5).
Puede entenderse el nombre
de continencia de otro modo, significando, de un modo
común, toda abstinencia de cosas ilícitas.
Así, al decir que no tiene precio el alma
del continente queremos significar que está
por encima del oro y de la plata, que se miden por su
peso.
2. A la segunda hay
que decir: La fuerza o debilidad de la concupiscencia
pueden ser debidas a una doble causa. A veces se deben
a una causa corpórea, ya que algunos, por constitución
natural, son más propensos que otros a la concupiscencia.
También algunos gozan de más oportunidades
de deleites que encienden la concupiscencia que otros.
La debilidad de la concupiscencia disminuye el mérito,
mientras que la fuerza de las mismas lo aumenta.
En segundo lugar, la debilidad
o la fuerza de la concupiscencia se deben a una causa
espiritual laudable: la vehemencia de la caridad o la
fortaleza de la razón, al igual que en el hombre
que practica la templanza. En este caso, la debilidad
de la concupiscencia aumenta el mérito por razón
de su causa, mientras que la fuerza de la misma lo disminuye.
3. A la tercera hay
que decir: La voluntad está más cerca
de la razón que el apetito concupiscible. Por
eso e1 bien de la razón, que hace laudable la
virtud, es mayor, por el hecho de que llega no sólo
a la voluntad, sino también hasta el apetito
concupiscible, como sucede en el que practica la templanza,
que si llega sólo a la voluntad, como es el caso
del que practica la continencia.
Cuestión 156
La incontinencia
Nos toca ahora estudiar
la incontinencia. Sobre ella se plantean cuatro problemas,
a saber:
1. ¿Pertenece la incontinencia
al alma o al cuerpo? 2. ¿Es pecado la incontinencia?
3. Comparación de la incontinencia con la intemperancia.
4. ¿Qué es peor: ser incontinente en materia
de ira o de concupiscencia?
Artículo 1
¿Pertenece la incontinencia
al alma o al cuerpo?
In Ethic. 7 lect.7
Objeciones por las
que la incontinencia no pertenece al alma, sino al cuerpo.
1. La diversidad de sexos
no es parte del alma, sino del cuerpo. Ahora bien: dicha
diversidad da lugar a diversidad de concupiscencia,
ya que, según el Filósofo en VII Ethic.,
nunca se dice que las mujeres sean continentes o
incontinentes. Luego la incontinencia no es algo del
alma, sino del cuerpo.
2. Aún más:
lo que es propio del alma no está sometido a
las consecuencias de la complexión corporal.
Pero la incontinencia está sometida a ellas,
ya que, según testimonio del Filósofo
en VII Ethic., los más agudos (es decir,
los coléricos) y los melancólicos
son incontinentes. Luego la incontinencia pertenece
al cuerpo.
3. Y también: la
victoria se atribuye al vencedor más que al vencido.
Ahora bien: es incontinente el que se deja vencer por
la carne que lucha contra el espíritu. Luego
la incontinencia pertenece a la carne más propiamente
que al alma.
En cambio está
el hecho de que el hombre se distingue de los animales,
ante todo, por su alma. Pero el hombre también
se distingue por razón de la continencia o incontinencia,
mientras que nunca decimos que los animales sean continentes
o incontinentes, como asegura el Filósofo en
VII Ethic.. Por tanto, la continencia reside
más bien en el alma.
Solución. Hay
que decir: Todo efecto se reduce a su causa principal
antes que a la mera ocasión por la que se produjo.
Ahora bien: lo corpóreo sólo es una mera
ocasión para la incontinencia, pues la disposición
corporal puede dar origen a pasiones vehementes en el
apetito sensitivo, que es una facultad que tiene un
órgano corpóreo. Pero estas pasiones,
por muy fuertes que sean, no son causa suficiente para
la incontinencia, sino mera ocasión para ella,
dado que, haciendo uso de la razón, el hombre
puede siempre resistir a las pasiones. Pero si éstas
son tan fuertes que impiden totalmente el uso de la
razón, como en el caso de los que caen en la
locura por la vehemencia de la pasión, no habrá
razón de continencia ni de incontinencia, porque
no queda a salvo, en ese caso, el juicio de la razón,
a la cual el continente obedece y el incontinente no.
Por tanto, la causa esencial de la incontinencia es
el alma, la cual no resiste a la pasión. Esto
puede suceder de dos modos, según afirma el Filósofo
en VII Ethic.. En primer lugar, cuando el alma
cede a la pasión antes de escuchar el juicio
de la razón, en cuyo caso origina una incontinencia
desenfrenada. En segundo lugar, cuando el
hombre no persevera en el consejo dado, porque la debilidad
con que se fijó en él la razón
es grande; de ahí que esta incontinencia reciba
el nombra de debilidad. Queda demostrado, por
tanto, que la incontinencia pertenece principalmente
al alma.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: El
alma humana es la forma del cuerpo y tiene varias
facultades, cuyos actos sirven para el desarrollo de
las operaciones del alma que tienen lugar sin recurrir
a instrumentos corporales, es decir, a los actos de
la inteligencia y de la voluntad, en cuanto que el entendimiento
recibe de los sentidos y la voluntad es empujada por
la pasión del apetito sensitivo. Bajo esta consideración,
dado que la mujer tiene una complexión corporal
débil, se adhiere también con poca firmeza,
aunque a veces suceda lo contrario, conforme a Prov
31,10: ¿Quien encontrará a la mujer fuerte?
Y como lo que es pequeño se
tiene por nada, por eso el Filósofo habla
de las mujeres como de seres que no poseen firmeza en
sus juicios, aunque suceda lo contrario en algunas mujeres.
De ahí que diga que las mujeres no son continentes
porque no conducen como si tuvieran una razón
sólida, sino que son conducidas, como
seres que fácilmente se dejan llevar por las
pasiones a.
2. A la segunda hay
que decir: A 1a fuerza de las pasiones se debe el
que algunos las sigan inmediatamente, antes de que la
razón forme su juicio. Y el ímpetu de
la pasión puede tener origen en la velocidad,
caso de los coléricos, o en la vehemencia, como
sucede en los melancólicos, los cuales se enardecen
exageradamente en virtud de su complexión natural.
De igual modo, puede suceder que uno no persevere en
la decisión tomada porque su adhesión
es demasiado débil dada su frágil complexión,
como vemos en las mujeres (ad 1). Esto sucede también
en los flemáticos, por la misma razón
que en las mujeres. Pero todo esto tiene lugar porque
la complexión del cuerpo es una mera ocasión,
no causa suficiente de la incontinencia, como dijimos
antes (In corp.).
3. A la tercera hay
que decir:- La concupiscencia de la carne supera
al espíritu, en el incontinente, no necesariamente,
sino por negligencia del espíritu, que no resiste
firmemente.
Artículo 2
¿Es pecado la incontinencia?
In Ethic. 7 lect.4
Objeciones por las
que parece que la incontinencia no es pecado.
1. Como dice San Agustín
en De Lib. Arbit., nadie peca en aquello que
no puede evitar. Ahora bien: nadie puede evitar por
sí mismo la incontinencia, de acuerdo con lo
que leemos en Sab 8,21: Sé que no puedo ser
continente si Dios no me lo concede. Luego la incontinencia
no es pecado.
2. Más aún:
parece que todo pecado se basa en el juicio de la mente.
Pero en el incontinente se mata ese juicio. Luego la
incontinencia no es pecado.
3. Y también: nadie
peca por amar ardientemente a Dios. Pero algunos se
vuelven incontinentes por la vehemencia de su amor a
Dios, ya que, según dice Dionisio en IV De
Div. Nom., Pablo afirmó: vivo yo,
mas no yo, llevado de la incontinencia del amor divino.
Por tanto, la incontinencia no es pecado.
En cambio está
el texto de 2 Tim 3,3: Calumniadores, incontinentes,
inhumanos, donde la incontinencia aparece con otros
pecados. Luego ella misma es pecado.
Solución. Hay
que decir: Podemos entender de tres modos la palabra
incontinencia. En primer lugar, de un modo propio y
absoluto. En ese caso, la concupiscencia se ocupa de
los deleites del tacto al igual que la templanza, como
dijimos antes (q.155 a.2), al hablar de la incontinencia.
En este caso, la incontinencia es pecado por dos motivos.
Primero, porque el incontinente se aparta de lo que
es conforme a la razón. En segundo lugar, porque
se sumerge en torpes deleites. De ahí que diga
el Filósofo, en VII Ethic. , que la
incontinencia es vituperable no sólo como pecado,
lo cual se debe a que se aparta de la razón,
sino por la malicia, en cuanto que sigue a las
malas concupiscencias.
Podemos entender la incontinencia,
en segundo lugar, de un modo propio, en cuanto que el
hombre se aparta de aquello que es conforme a la razón,
pero no de un modo absoluto, como se da, por ejemplo,
cuando el hombre se aparta del orden de la razón
en el deseo del honor, riquezas y otras cosas afines
que parecen buenas en sí mismas, de las cuales
la incontinencia no se ocupa de un modo absoluto, sino
relativo, como ya dijimos al hablar de ella (q.155 a.2
ad 3). En este caso, la incontinencia es pecado no porque
se sumerja en graves concupiscencias, sino por no atenerse
al debido orden de la razón, aun cuando se trate
de cosas apetecibles por sí mismas.
En tercer lugar, se dice
que la incontinencia tiene por materia algo, no en un
sentido propio, sino por semejanza, como sucede con
el deseo de cosas de las que no se puede hacer mal uso,
como el deseo de las virtudes. Sobre éstas puede
decirse que uno es incontinente por semejanza, porque,
al igual que el incontinente se deja arrastrar por el
mal deseo, así puede dejarse uno llevar por el
deseo bueno conforme a la razón. Esta incontinencia
no es pecado, sino que pertenece al estado de perfección
de la virtud b.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: El
hombre puede evitar el pecado y hacer el bien, pero
no sin el auxilio divino, tal como leemos en Jn 15,5:
Sin mí no podéis hacer nada. Pero
de que el hombre necesite el auxilio divino para ser
continente no se sigue que la incontinencia sea pecado,
pues leemos en III Ethic.: Lo que podemos
hacer con la ayuda de los amigos, podemos hacerlo, en
cierta medida, nosotros mismos.
2. A la segunda
hay que decir: En el negligente queda superado el
juicio de la razón no por necesidad, lo cual
haría que no existiera razón de pecado,
sino por negligencia del hombre, que no se propone resistir
a la pasión por medio del juicio de la razón
que posee.
3. A la tercera
hay que decir: La objeción considera la incontinencia
por semejanza, no en sentido propio.
Artículo 3
¿Es más grave
el pecado del incontinente que el del intemperado?
1-2 q.78 a.4; In Sent.
2 d.43 a.4; In Ethic. 1 lect.3;
7 lect.4.7.8; De Malo q.3 a.13
Objeciones por las
que parece que el pecado del incontinente es más
grave que el del intemperado.
1. Parece que se peca tanto
más gravemente cuanto se obra más en contra
de la conciencia, conforme a lo que se dice en Lc 12,47-48:
El siervo que, conociendo la voluntad de su
señor, no la hace, será castigado con
mayor severidad. Ahora bien: parece que el incontinente
obra en contra de la conciencia en mayor medida que
el intemperado, ya que, como se dice en VII Ethic.,
el incontinente, a pesar de saber que es malo lo
que desea, no deja de hacerlo, llevado por la pasión,
mientras que el intemperado juzga que lo que desea es
bueno. Luego el incontinente peca más gravemente
que el intemperado.
2. Aún más:
cuanto más grave es un pecado, más incurable
parece. De ahí que los pecados contra el Espíritu
Santo, que son los más graves, se dice que son
imperdonables. Pero el pecado de incontinencia parece
ser más incurable que el de intemperancia. En
efecto, el pecado de uno se cura mediante la admonición
y la corrección, las cuales parece que no dicen
nada al incontinente, que sabe que obra mal pero no
deja de hacerlo, mientras que el intemperado cree que
está obrando bien, y así la admonición
podría servirle de algún provecho. Luego
parece que el incontinente peca más gravemente
que el intemperado.
3. Y también: cuanto
más grave es la pasión por la que se peca,
más grave es el pecado. Pero el incontinente
peca por una pasión mayor que el intemperado,
porque obra bajo deseos vehementes, los cuales no siempre
acompañan al intemperado. Luego el incontinente
peca más gravemente que el intemperado.
En cambio está
el hecho de que la impenitencia agrava todo pecado.
De ahí que San Agustín, en su obra De
Verb. Dom., diga que la impenitencia es un pecado
contra el Espíritu Santo. Pero tal como dice
el Filósofo en VII Ethic., el intemperado
no se arrepiente, pues sigue aferrado a lo que ha elegido,
mientras que el incontinente se arrepiente de todo.
Luego el pecado del intemperado es más grave
que el del incontinente.
Solución. Hay
que decir: El pecado, según San Agustín,
reside principalmente en la voluntad, puesto que la
voluntad es la facultad por la que se vive bien
y mal. Por eso hay pecado más grave donde
hay mayor inclinación de la voluntad hacia el
pecado. Ahora bien: en el intemperado la voluntad se
inclina hacia el pecado por elección propia,
que procede del hábito adquirido por la costumbre.
En cambio, en el incontinente la voluntad se inclina
al pecado bajo el influjo de una pasión. Y como
ésta pasa pronto, mientras que el hábito
es una cualidad difícilmente removible, síguese
que el incontinente se arrepiente en seguida, una vez
pasada la pasión. No sucede esto al intemperado.
Más aún: se alegra de haber pecado, porque
el acto de pecar se le ha hecho connatural debido al
hábito adquirido. Por eso se dice de ellos en
Prov 2,14: Sé alegran cuando obran
mal y se regocijan en los actos más viles. Queda
claro, pues, que el intemperado es mucho peor que el
incontinente, como también lo admite el Filósofo
en VII Ethic..
Respuesta a las
objeciones: 1. A la primera hay que decir: La
ignorancia del entendimiento precede, a veces, a la
inclinación del apetito y es causa de la misma.
Por eso, cuanto mayor es la ignorancia, tanto más
disminuye el pecado, o incluso exime de él cuando
hace que el acto sea totalmente involuntario. Otras
veces la ignorancia de la razón es posterior
a la inclinación del apetito, en cuyo caso, cuanto
mayor es la ignorancia más grave es el pecado,
porque es señal de que es mayor la inclinación
del apetito. Ahora bien: tanto la ignorancia del incontinente
como la del intemperado son producto de la inclinación
del apetito hacia algún objeto, sea mediante
la pasión, en el incontinente, o mediante el
hábito en el intemperado. Pero esto produce en
el intemperado una ignorancia mayor que en el incontinente
bajo dos aspectos. En primer lugar, en cuanto a la duración,
ya que en el incontinente permanece dicha ignorancia
sólo mientras dura la pasión, del mismo
modo que el acceso de fiebres tercianas permanece mientras
persiste la conmoción de los humores. La ignorancia
del intemperado, en cambio, es más duradera,
porque permanece el hábito, lo cual hace que
se asemeje a la tisis o a otra enfermedad permanente,
como dice el Filósofo en VII Ethic.. La
ignorancia del intemperado es mayor, también,
bajo otro aspecto, a saber: en cuanto al objeto que
ignora. En efecto, 1a ignorancia del incontinente se
refiere a un objeto particular de libre elección,
en cuanto que debe elegir un objeto determinado en un
momento concreto; el intemperado, en cambio, posee ignorancia
sobre el fin mismo, en cuanto que juzga que es bueno
seguir las pasiones sin moderación alguna. Por
eso dice el Filósofo, en VII Ethic.,
que el incontinente es mejor que el intemperado,
porque en él se salva el principio más
excelente, es decir, la estimación recta
del fin.
2. A la segunda
hay que decir: Para curar al incontinente no basta
el conocimiento, sino que se requiere el auxilio interior
de la gracia que mitigue la concupiscencia, y se añade
también el remedio de la admonición y
la corrección, con las cuales puede empezar a
resistir a las concupiscencias y con ello se debilita
el deseo, como ya dijimos antes (q.142 a.2). El intemperado
puede curarse también así, pero su curación
es más difícil por dos motivos. El primero
es por parte de la razón, que está corrompida
en el juicio sobre el fin último, que es como
el principio de las demostraciones, y es más
difícil hacer llegar a la verdad al que está
equivocado en los principios, al igual que, en el orden
operativo, al que está equivocado sobre el fin.
El segundo es por parte de la inclinación del
apetito, la cual en el intemperado es producto de un
hábito difícil de eliminar, mientras que
en el incontinente procede de una pasión, que
puede reprimirse más fácilmente.
3. A la tercera hay
que decir: La sensualidad de la voluntad,
que aumenta la gravedad del pecado, es, en el intemperado,
mayor que en el incontinente, como ya hemos dicho (In
corp.). Pero la sensualidad de la concupiscencia
del apetito es, a veces, mayor en el incontinente, porque
éste sólo peca si es movido por una concupiscencia;
pero el intemperado peca incluso bajo una concupiscencia
leve, incluso a veces la prepara. Por eso dice el Filósofo,
en Ethic., que reprobamos más al intemperante
porque busca el deleite sin desearlo, o pacíficamente,
es decir, sin sentir ningún estímulo
fuerte. ¿Qué haría si estuviera
bajo los efectos de una concupiscencia juvenil?
Artículo 4
¿Es el incontinente
en materia de ira peor que el incontinente en materia
de concupiscencia?
2-2 q.158 a.4; In
Sent. 3 d.26 q.l a.2; De Verit. q.25 a.2;
In Ethic. 7 lect.6; De Malo q.12 a.4
Objeciones por las
que parece que el incontinente en materia de ira es
peor que el incontinente en materia de concupiscencia.
1. Cuanto más difícil
es resistir a una pasión, tanto más leve
parece ser la incontinencia. De ahí que diga
el Filósofo en VII Ethic.: En efecto, el que
resulta vencido por fuertes y excepcionales placeres
o tristezas no es digno de admiración, sino de
perdón. Pero, como dijo Heráclito,
es más difícil luchar contra
la concupiscencia que contra la ira. Luego es más
leve la incontinencia en materia de concupiscencia que
en materia de ira.
2. Aún más:
si la pasión, por su vehemencia, elimina el juicio
de la razón, hace que al hombre se le exima de
pecado, como sucede en el que cae bajo el dominio de
la ira a causa de la pasión. Ahora bien: queda
más parte de juicio de razón en aquel
que es incontinente en materia de ira que en el que
lo es en materia de concupiscencia, ya que el que
está bajo el influjo de la ira escucha algo a
la razón, mientras que no lo hace el que está
bajo la concupiscencia, según testimonio
del Filósofo en VII Ethic.. Luego el incontinente
en materia de ira es peor que el que lo es en materia
de concupiscencia.
3. Y también: parece
que un pecado es tanto más grave cuanto más
peligroso. Pero la incontinencia en materia de ira parece
más peligrosa, porque arrastra al hombre a un
pecado mayor, es decir, al homicidio, que es más
grave que el adulterio, al que conduce la incontinencia
en materia de concupiscencia. Por tanto, la incontinencia
en materia de ira es más grave que la incontinencia
en materia de concupiscencia.
En cambio está
el testimonio del Filósofo, quien dice, en VII
Ethic., que es menos torpe la incontinencia
en materia de ira que en materia de concupiscencia.
Solución. Hay
que decir: Podemos considerar el pecado de incontinencia
bajo un doble aspecto. En primer lugar, por parte de
la pasión que desborda a la razón. Bajo
este aspecto, la incontinencia en materia de
concupiscencia posee un desorden mayor que el de la
ira. Y esto por cuatro motivos, que el Filósofo
enumera en VII Ethic. Un primer lugar, porque
el movimiento de la ira participa de la razón
en alguna medida, en cuanto que el que está bajo
el influjo de la ira tiende a vengarse de las injurias
de que se le ha hecho objeto, lo cual viene dictado
por la razón de algún modo, pero no de
un modo perfecto, ya que no busca la debida moderación
en la venganza. Pero el movimiento de concupiscencia
obedece totalmente a los sentidos y nunca a la razón.
En segundo lugar, porque el movimiento de ira está
de acuerdo con la complexión corporal, debido
a la velocidad del movimiento de cólera, que
acaba en la ira. Por ello parece más lógico
que el que está dispuesto a la ira por la complexión
corporal se enfade que el que está dispuesto
a la concupiscencia sienta el ímpetu de la misma.
Por eso es más frecuente encontrar iracundos
dentro de ese temperamento que lujuriosos dentro de
la naturaleza concupiscente. Ahora bien: lo que procede
de una disposición natural del cuerpo se considera
más digno de perdón. En tercer lugar,
porque la ira busca, por naturaleza, obrar públicamente,
mientras que la concupiscencia obra a escondidas y prefiere
la soledad. En cuarto lugar, el concupiscente se deleita
en su obrar, mientras que el airado parece que lo hace
bajo el influjo de una tristeza precedente.
Podemos considerar el pecado
de incontinencia, en segundo lugar, en cuanto al mal
en el que cae el que se aparta de la razón. Bajo
este aspecto es más grave, en la mayor parte
de los casos, la incontinencia en materia de ira, porque
nos lleva a cometer cosas que dañan al prójimo.
Respuesta a las objeciones:
1. A la primera hay que decir: Es
más difícil ser constante en la lucha
contra los deleites que contra la ira, porque la concupiscencia
es más continua. Pero, en un momento dado, es
más difícil resistir a la ira a causa
de su impetuosidad.
2. A la segunda hay
que decir: Se considera que la concupiscencia es
irracional no porque elimine totalmente el juicio de
la razón, sino porque nunca actúa conforme
al juicio de ésta. Bajo este aspecto es más
torpe.
3. A la tercera hay
que decir: La objeción se funda en
los efectos de la incontinencia.
Cuestión
151
-
Una creencia vulgar
identifica castidad con abstinencia de la vida sexual.
No es así la moral de Santo Tomás,
quien pone como objeto la castidad «el uso moderado
de los órganos corporales». Y así
la castidad virtuosa puede en algunos casos fomentar
la actividad sexual recta, como es el caso de la
castidad conyugal. Incluso llega a surgir que, en
el estado de justicia original, se gozaría
más del placer venéreo, que entonces
era por definición recto (1 q.98 a.2 ad 3).
-
El dedicar un artículo
para cuestionar que la castidad sea virtud específica,
como es éste, quizá se deba a que,
en aquel tiempo, estaba difundida la doctrina que
opinaba que se trataba de una virtud general en
sentido metafórico, como aquí se dice.
Es interesante ver aclarado que la materia de esta
virtud son «las concupiscencias de los deleites
que produce lo venéreo». Es la doctrina más
consecuente con todo lo que se está diciendo
en este tratado. Otros teólogos, sin embargo,
siguen proponiendo que la materia de esta virtud
es la actuación de la sexualidad, lo cual
es una fórmula que Santo Tomás juzgaría
incorrecta.
- El lector evitará confundir
esta «castidad espiritual» con la castidad sobrenatural.
Esta es una virtud infusa, que conoce Santo Tomás,
pero de la que dice pocas cosas expresamente, pues
toda la doctrina que aquí se ofrece se le aplica
a ella también.
Cuestión 152
-
Santo Tomás
recoge las exposiciones de San Ambrosio, San Jerónimo
y San Agustín acerca de la virginidad, dándoles
el debido relieve. Pero, al hacer una exposición
sistemática y rigurosa, tiene que optar por
precisiones en aspectos que quedaban oscuros en
los grandes tratadistas. Uno de ellos es el tratado
en este artículo, donde se define la especificidad
de esta virtud y se la distingue de la castidad
y otras virtudes afines, con las que muchos de sus
contemporáneos las confundían. Santo
Tomás supera estas dudas y vacilaciones distinguiendo
un elemento material y otro formal en la virtud.
El elemento material es «algo accidental respecto
al orden moral», y su pérdida, de no ser
consecuencia de un placer ilícito, no afecta
a la moral «más que si se perdiera la mano
o el pie». Lo formal es el placer sexual libremente
consentido cuando es desordenado, sea cuales quiera
las consecuencias físicas que acarree. También
es consecuente con su doctrina cuando propone que
la virtud de la virginidad tiene vigencia en el
orden natural. Y aduce para ello la autoridad de
Aristóteles (a.2). Cf. M. Grabmann, Gedanken
des hl. Thomas v. A. über Jungfräulichkeit
und beschauliches Leben (Paderborn 1935).
-
Si nos referimos a
la virtud sobrenatural de la virginidad, habrá
que decir, con San Agustín y con toda la
tradición antigua, que aquella sólo
es virtud cuando está motivada propter
regnum coelorum o, como aquí explica
Santo Tomás, «por el motivo de entregarse
a la contemplación de la verdad». Sin embargo,
nos queda la duda de si es posible admitir una virtud
moral natural de la virginidad, como aquí
parece enseñar el Angélico, haciendo
un concordismo entre Lc 10,42 y Aristóteles,
no sólo porque, fuera del orden de la gracia,
pocos hombres la hubieran tenido («cosa que sólo
se cuenta que hiciera Platón»: ad 3), sino
también por lo inasequible de esta motivación
virtuosa a la razón humana.
-
La castidad admite
muchos grados, según la diversidad de sujetos
y estados de vida en que puede realizarse. Pero,
al tener todos ellos la misma motivación,
se trata de una virtud única. Sin embargo,
Santo Tomás conoce estas modalidades y aquí
se refiere a la castidad conyugal y a la viudez.
Otras formas serían: la castidad perfecta,
la castidad juvenil, el celibato consagrado, la
castidad del célibe, etc. Exceptuada la virginidad,
ninguna de estas formas virtuosas es virtud distinta.
- Se refutan aquí viejas doctrinas
heréticas que propugnaban la superioridad del
matrimonio sobre la virginidad. Santo Tomás
dice que su falsedad consta incluso «a la luz de la
razón». Y la doctrina aquí expuesta
ha sido reiterada por muchos documentos de la Iglesia
en nuestros días, que suelen aducir párrafos
de estos artículos.
Cuestión 153
-
La castidad no significa
abstención de la vida sexual, como tampoco
la reprobación de la lujuria es reprobación
del placer sexual como tal, sino sólo de
aquel que no es recto a la luz de la razón,
ya que «la abundancia de placer que acompaña
a los actos venéreos no es opuesta a la virtud
mientras no sea desordenada», como aquí se
dice.
-
Los editores de la
Suma. Han corregido aquí el texto del
artículo, pues Santo Tomás había
anunciado (Pról. a c.) que iba a tratar la
cuestión de si es pecado mortal, mientras
que lo que aquí dice es que puede ser pecado.
Por lo demás, no era difícil solucionar
este problema, dado que el objeto de la lujuria
es un desorden contra la razón. Y tampoco
sería difícil mostrar su gravedad
en razón del bien lesionado (ad 2), que implica
una injuria al creador del cuerpo humano y autor
del orden natural de la sexualidad, como explica
Santo Tomás en otros lugares (De Malo
q.15 a.4). Pero, además de este razonamiento,
suficientemente convincente, el Angélico
cree poder reforzar su argumento con un supuesto
de las ciencias biológicas de su tiempo,
a saber: que en la eyaculación había
un uso inmoderado de energías vitales y un
desperdicio del semen. («hombre en potencia»: De
Malo q.15 a.2), pues se pensaba que todo el
hombre está preformado en el semen y que
la mujer nada aportaba a la generación (cf.
ad 1).
- Además de la lujuria, hay
otro vicio opuesto a la castidad por defecto, que
es la insensibilidad para el placer sexual. El autor
no se detiene en su estudio, pues nada nuevo habría
que añadir a lo ya dicho a propósito
del vicio por defecto de la templanza (q.142 a.1).
Cuestíon 154
-
Santo Tomás
recibe de Graciano una clasificación de los
pecados de lujuria, que él explica y justifica
como especies del género de lujuria. Pero
la altera algo: añade la especie de sacrilegio
y detalla formas del pecado contra la naturaleza
que no estaban en aquél. Estas especies se
encuentran ya expuestas en De Malo q.15 a.3.
En cambio, en el Comentario a las Sentencias
seguía la enumeración de Pedro
Lombardo, quien nada decía de la lujuria
contra naturam, en la que el Aquinatense
percibía especies distintas que, por lo mismo,
«no deben omitirse en confesión» (In IV
Sent. d. 41 a.4 q.a1s). Las especies
se toman de las diversas razones formales que se
detectan en el bien de la razón, que es el
uso de la facultad sexual en vistas a procrear y
asumir la necesaria educación de la prole.
Podríamos
preguntarnos cúal es el valor de esta exhaustiva
enumeración de las especies de lujuria. Si atendemos
al éxito obtenido en la historia de la teología
moral, diríamos que es definitivo, pues en adelante
no se hará más que repetir la doctrina
de estas páginas. Pero, si se pretende un enumeración
exhaustiva, se aprecia que falta el sacrilegio y que
no se enumeran las formas de pecado por parte de la
mujer que del hombre, como aquí se dice. Salvo
mejor opinión, nos parece que aquí no
se hace una clasificación exhaustiva, sino una
justificación congruente de un texto autoritario
que él acepta como base de sus explicaciones.
Sobre los artículos
siguientes, en que se explica cada una de esas formas
en particular, el lector sabrá percibir todo
lo que hay de reflexión doctrinal y lo que hay
de deuda a conocimientos periclitados de la biología
y la psicología. De todos modos, se ve que los
conceptos aquí explicados no coinciden exactamente
con los que hoy usa la moral y el derecho.
Cuestión 155
-
Completado el estudio
de las partes integrales y subjetivas (virtudes
esenciales del orden de templanza), se inicia ahora
el estudio de otras virtudes secundarias respecto
a la virtud cardinal. En la q.143 se adelantaba
una enumeración detallada de este tipo de
virtudes que están en la constelación
de la templanza. Pero aquí se estudia sólo
tres de ellas: la continencia, la clemencia y la
modestia. Se adivina en ello razones de sobriedad
expositiva, pues se relegan virtudes de las que
poca cosa podría decirse, una vez estudiadas
las principales del género de templanza.
-
Una vez más
nos traiciona el lenguaje en la filosofía
moral. Para nosotros, continencia es sinónimo
de abstención de la vida sexual. Pero la
continencia a que aquí nos referimos designa
una actitud de resistencia positiva a las inclinaciones
vehementes de la concupiscencia. Ahora bien: podríamos
preguntar: ¿no era ésa la actitud de la castidad?
Pues bien: sin captar la originalidad del concepto
de virtud que aquí usa el autor, no se explicaría
este duplicado de virtudes. Para la plenitud del
concepto de ser virtuoso no basta con una voluntad
decidida y habituada al bien; se requiere, además,
que la potencia misma que producirá el acto
virtuoso inmediatamente esté, ella también,
rectificada por la virtud («apetito domado por la
razón» es como lo llama el autor, en a.4.).
Pues bien: mientras no exista más que la
continencia, que es sólo voluntad de resistir
las concupiscencias, no tendremos el hombre perfectamente
virtuoso, mientras el mismo apetito concupiscible
no esté revestido de la virtud de la castidad.
En otras palabras: para ser una persona temperad
no basta ser continente -actitud tensa y heterónoma
de una vida moral-, sino que es preciso también
ser casto (cf. 1-2 q.56 a.4).
- Ya Aristóteles había
hablado de esta virtud, que, junto a la perseverancia,
son «inferiores a la virtud» (VII Ethic. C.1:
Bk 1145b1). Extrañamente, sin embargo, Santo
Tomás separó la perseverancia como virtud
del apetito irascible. En el caso de la templanza
tenemos un ejemplo de que la distinción de
virtudes no proviene sólo de la materia regulada,
pues aquí una mima materia -concupiscencias
y deleites del tacto- es regulada por la castidad
y la continencia, como dice Santo Tomás en
el a.2. La distinción es el motivo de la regulación:
la castidad lo hace transformando y determinando la
potencia productora de los actos buenos, mientras
que la continencia lo hace merced al dominio impuesto
por la razón superior. Por eso, en esta cuestión,
el Aquinate llamará a la continencia «resistencia»
y «contención moral», mientras que la castidad
es propiamente «moderación virtuosa» (a.3 ad
1 y ad 3). En consecuencia, aquí se dice que
la continencia «no cumple la razón perfecta
de virtud moral», y más adelante dirá
que la continencia es como lo imperfecto en el género
de templanza (a.4). Esta concepción de la continencia
la toma Santo Tomás de Aristóteles y
la expone por primera vez aquí, pues en el
Comentario a las Sentencias lo hacía
de modo distinto y en dependencia de Cicerón.
Y, sin embargo, encontró algunos autores cristianos
que ya habían hablado de la continencia en
este sentido. En esta cuestión, pues, se incorpora
a la teología moral la actitud griega de egkrateia,
que designaba un sojuzgamiento del apetito por la
razón para imponer despóticamente el
bien racional.
Cuestíon 156
-
El respeto del autor
por Aristóteles le lleva aquí a repetir
la teoría antropológica de que las
mujeres son más difíciles a la virtud
que los hombres. Y ello se confirma con un texto
de la Sagrada Escritura. Pero prescindiendo
de esta injustificada desigualdad de los sexos,
puede retenerse la observación de que la
virtud es lo menos frecuente en las personas. Y
el estudio de la moral como estudio de las virtudes
o el bien perfecto no debe hacernos olvidar la realidad
de aquella masa que no llega a esa condición
perfecta, tanto si es de un sexo como de otro.
-
Incontinencia es la
falta de firmeza en la voluntad para frenar los
placeres venéreo. Vicio menos grave que la
intemperancia, por su carácter transitorio
y de ofuscamiento. La intemperancia engloba la incontinencia
como la castidad presuponía la continencia.
La doctrina de la incontinencia como pecado se mueve,
como de ordinario, en un punto de vista objetivo
y esencialista. El moralista no debe olvidar las
condiciones subjetivas para calificar a una acción
de pecaminosa, pero de ellas se habla en la parte
general de la moral. Sólo de paso se hace
aquí (a.3 ad 1) una referencia al pecado
por ignorancia, que esperamos no pase inadvertida
al lector.
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