Encíclica
"Sacerdotii nostri primordia"
Papa Juan XXIII
C) Su castidad
Castidad en grado
heroico
23. San Juan María
Vianney, pobre de bienes, es también un ejemplo
de voluntaria mortificación corporal. «No
hay sino una manera de darse a Dios en el ejercicio
de la renuncia y del sacrificio -decía-: darse
uno enteramente». Y en toda su vida el santo Cura
de Ars practicó en grado heroico la virtud de
la castidad.
Ejemplo
oportuno en los peligros actuales
24. Su ejemplo en este
punto parece particularmente oportuno, porque en muchos
lugares los sacerdotes se ven obligados a vivir, por
razón de su ministerio, en un mundo donde reina
una atmósfera de libertad excesiva y de sensualidad.
Y para ellos es muy cierta la expresión de Santo
Tomás: «Es más difícil vivir
bien en la cura de almas a causa de los peligros exteriores».
Incomprensión
y aislamiento
25. Y, lo que es peor,
muchos sacerdotes, con frecuencia, se sienten moralmente
solos, poco comprendidos, recibiendo muy poca ayuda
de los fieles a quienes han dedicado su vida. A todos
ellos, y en particular a los más aislados y a
los más expuestos al peligro, dirigimos un afectuoso
llamamiento para que su vida entera sea un claro testimonio
de aquella virtud que San Pío X llamaba «ornamento
insigne de nuestro orden».
La responsabilidad
de los obispos
26. Os recomendamos con
encarecida insistencia, venerables hermanos, que procuréis
para vuestros sacerdotes, con todo vuestro empeño
y a costa de cualquier sacrificio, condiciones de vida
y de trabajo ministerial tales que puedan mantener incólume
su entrega.
Obstáculos
que se han de superar
27. Por lo tanto, debe
combatirse a toda costa el peligro de aislamiento, denunciar
las imprudencias, quitar las tentaciones del ocio o
los riesgos de la actividad exagerada. Recordad también
a este propósito las enseñanzas magníficas
de nuestro predecesor en la encíclica Sacra virginitas.
El ejemplo del Cura
de Ars
28. «La castidad
brillaba en su mirada», se ha dicho del Cura de
Ars. En verdad, quien siga su vida se asombra no sólo
del heroísmo con que este atleta de Cristo dominó
su cuerpo encadenándolo, sino también
por el acento de convicción con que logró
atraer, tras su ejemplo, a multitud de sus penitentes.
El conocía muy bien, a través de su larga
práctica de confesonario, las tristes ruinas
del pecado de la carne. «Si no fuera porque hay
todavía algunas almas puras para aplacar a Dios
-solía decir-... veríais cómo seríamos
castigados». Y hablando por experiencia, añadía
a su llamamiento un aliento de hermano: «¡La
mortificación tiene un bálsamo y un gusto
a los que no se puede renunciar cuando se ha probado!...
¡En este camino, lo que cuesta es sólo
el primer paso!».
Castidad y amor
29. Estos medios ascéticos
necesarios para la castidad, lejos de encerrar al sacerdote
en un egoísmo estéril, tornan su corazón
más abierto y más pronto a todas las necesidades
de sus hermanos. «Cuando el corazón es
casto -decía muy bien el Cura de Ars-, no puede
menos de amar, porque ha encontrado de nuevo la fuente
del amor, que es Dios».
Beneficios en la
sociedad
30. ¡Cuántos
beneficios reporta a la sociedad el tener en su seno
hombres que, libres de preocupaciones temporales, se
consagran completamente al servicio divino y dedican
a los propios hermanos su vida, su pensamiento, sus
energías!
Los deseos del Corazón
de Jesús
31. ¡Cuánta
gracia atraen para la Iglesia los sacerdotes fieles
a esta virtud excelsa! Con Pío XI, Nos la consideramos
como la gloria más pura del sacerdocio católico,
y «por lo que se refiere al alma sacerdotal, nos
parece que responde de la manera más digna y
conveniente a los designios y deseos del sacratísimo
Corazón de Jesús». Pensaba el Cura
de Ars en este designio del amor divino cuando exclamó:
«El sacerdocio: he aquí el amor del Corazón
de Jesús».
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