Exhortación
Apostólica "Menti nostrae"
Papa Pío XII
A) Virtudes sacerdotales
d) Sentido del celibato
17. El sacerdote tiene
como campo de su propia actividad todo lo que se refiere
a la vida sobrenatural, y es órgano de comunicación
y de incremento de la misma vida en el Cuerpo místico
de Cristo. Por eso es necesario que renuncie a todo
lo que es del mundo para cuidar solamente aquello que
es del Señor. Y, precisamente porque debe estar
libre de preocupaciones del mundo para dedicarse por
entero al servicio divino, la Iglesia ha establecido
la ley del celibato, para que fuese siempre más
manifiesto a todos que el sacerdote es ministro de Dios
y padre de las almas. Con la ley del celibato, el sacerdote,
más que perder el don y el oficio de la paternidad,
lo aumenta hasta el infinito, porque, si no engendra
hijos para esta vida terrena y caduca, los engendra
para la celestial y eterna.
Cuanto más refulge
la castidad sacerdotal, tanto más viene a ser
el sacerdote, junto con Cristo, hostia pura, hostia
santa, hostia inmaculada.
Custodiar la castidad
por la vigilancia y la oración
18. Para custodiar integérrima,
como tesoro inestimable, la castidad sacerdotal, es
necesario atenerse fielmente a aquella exhortación
del Príncipe de los apóstoles que todos
los días repetimos en el oficio divino: Sed sobrios
y vigilad.
Sí, vigilad, amados
hijos, porque la castidad sacerdotal está expuesta
a muchos peligros, ya por la disolución de las
costumbres, ya por las inclinaciones del vicio, que
son tan frecuentes e insidiosas, ya, en fin, por aquella
excesiva libertad que se introduce cada vez más
en las relaciones entre ambos sexos y que intenta penetrar
también en el ejercicio del sagrado ministerio.
Vigilad y orad, acordándoos de que vuestras manos
tocan las cosas más santas y que os habéis
consagrado a Dios, y sólo a El habéis
de servir. El hábito mismo que lleváis
os advierte que no debéis vivir para el mundo,
sino para Dios. Empeñaos, pues, con ardor y valentía,
confiando en la protección de la Virgen Madre
de Dios, en conservaros siempre nítidos, limpios,
puros, castos como conviene a ministros de Cristo y
dispensadores de los misterios de Dios.
Evitando las familiaridades
19. A tal propósito
os hacemos una particular exhortación para que,
al dirigir las asociaciones y sodalicios femeninos,
os mostréis como conviene a sacerdotes: evitad
toda familiaridad; y siempre que sea necesaria vuestra
labor, prestadla como ministros sagrados. Al dirigir
estas asociaciones, vuestra función limítese
a cuanto requiere el sagrado ministerio.
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Necesidad de la
gracia para la santificación.
Transformación
en víctima con Jesús
28. San Pablo pone como
principio fundamental de la perfección cristiana
el precepto revestíos de nuestro Señor
Jesucristo. Este precepto, si vale para todos los cristianos,
obliga de un modo especial a los sacerdotes. Pero revestirse
de Cristo no es sólo inspirar los propios pensamientos
en su doctrina, sino entrar en una vida nueva que, para
resplandecer con los fulgores del Tabor, debe principalmente
conformarse a los tormentos y penas de nuestro Redentor
sufriendo en el Calvario. Esto implica un trabajo largo
y arduo que transforme nuestra alma en una víctima,
para que participe íntimamente en el sacrificio
de Cristo.
Este arduo y asiduo trabajo
no se lleva a cabo con vanas debilidades ni termina
en deseos y promesas, sino que debe ser ejercicio incansable
y continuo que lleve a una fructuosa renovación
del espíritu; debe ser ejercicio de piedad que
lo refiera todo a la gloria de Dios; debe ser ejercicio
de penitencia que frene y gobierne los movimientos del
alma; debe ser esfuerzo de caridad que inflame el alma
de amor hacia Dios y hacia el prójimo y estimule
a todas las obras de misericordia; debe ser, finalmente,
voluntad activa de lucha y de fatiga por hacer lo que
sea más perfecto.
Advertencia de San Pedro
Crisólogo
29. El sacerdote debe,
pues, intentar reproducir en su alma todo lo que ocurre
sobre el altar. Como Jesucristo se inmola a sí
mismo, su ministro debe inmolarse con El; como Jesús
expía los pecados de los hombres, así
él, siguiendo el arduo camino de la ascética
cristiana, debe trabajar por llegar a la propia y ajena
purificación. De esta suerte nos advierte San
Pedro Crisólogo: Sé sacrificio y sacerdote
de Dios; no pierdas lo que te dio la Divina autoridad.
Revístete de la estola de la santidad; cíñete
con el cíngulo de la castidad; sea Cristo velo
sobre tu cabeza; esté la cruz como baluarte sobre
tu frente; pon sobre tu pecho el sacramento de la ciencia
divina; quema siempre el perfume de la oración;
blande la espada del espíritu; haz de tu corazón
como un altar y ofrece sobre él tu cuerpo como
víctima a Dios... Ofrece la fe de modo que sea
castigada la perfidia; inmola el ayuno para que cese
la voracidad; ofrece en sacrificio la castidad para
que muera la pasión; pon sobre el altar la piedad
para que sea depuesta la impiedad; invita a la misericordia
para que se destruya la avaricia; y para que desaparezca
la necesidad, conviene inmolar la santidad; así
tu cuerpo será tu hostia, si no está herido
por ningún dardo de pecado.
La muerte mística
en Cristo
30. Queremos repetir aquí
de un modo particular a los sacerdotes todo lo que ya
hemos expuesto a la meditación de todos los fieles
en la encíclica Mediator Dei: Es muy verdadero
que Jesucristo es sacerdote: pero no por sí mismo,
sino por nosotros, presentando al eterno Padre los votos
y los sentimientos religiosos de todo el género
humano: Jesús es víctima, pero por nosotros,
poniéndose en el lugar del hombre pecador; ahora
bien, el dicho del Apóstol, «tened en vosotros
mismos los sentimientos que fueron en Jesucristo»,
exige de todos los cristianos que reproduzcan en sí,
en cuanto está en poder del hombre, el mismo
estado de ánimo que tenía el divino Redentor
cuando hacía el sacrificio de sí: la humilde
sumisión de espíritu, la adoración,
el honor, la alabanza y el agradecimiento a la suma
majestad de Dios. Requiere, además, reproducir
en sí mismo las condiciones de la víctima,
la abnegación propia, según los preceptos
del Evangelio, el voluntario y espontáneo ejercicio
de la penitencia, el dolor y la expiación de
los propios pecados. Exige, en una palabra, nuestra
muerte mística en la cruz con Cristo, de modo
que podamos decir con San Pablo: «Estoy clavado
con Cristo en la cruz».
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