Introducción
a la vida devota
San Francisco de
Sales
Capítulo
XII
De la necesidad
de la castidad
La castidad
es la flor de las virtudes: ésta hace a los hombres
casi iguales a los ángeles; nada es hermoso no
acompañado de la limpieza, y la limpieza de los
hombres es la castidad. Llamáse la castidad honestidad,
y su profesión, honra. Llámase también
integridad, y su contrario, corrupción. Tiene,
fuera desto, su gloria separada, por ser la hermosa
y blanca virtud del alma y del cuerpo.
Jamás
nos es permitido dar a nuestros cuerpos ningún
impúdico placer, de ninguna manera que sea, sino
en un legítimo matrimonio, del cual la santidad
puede, por una justa compensación, reparar la
falta que causa la delectación. También
en el matrimonio se ha de observar la honestidad de
la intención; porque, si hay alguna malicia en
el deleite, no hay sino honestidad en la voluntad.
El corazón
casto es como la madreperla, que no puede recibir ni
una gota de agua no viniendo del cielo; y así
él no puede recibir ningún placer sino
del matrimonio, el cual es ordenado del cielo. Fuera
desto, no le es permitido ningún pensamiento
deshonesto, voluntario y entretenido.
Cuanto al
primer grado desta virtud, guárdale, Filotea,
de admitir ninguna suerte de deleite que sea prohibido
y defendido, como son aquellos que se reciben fuera
del matrimonio; de la misma manera en el matrimonio,
cuando se usa fuera de la regla del matrimonio.
Cuanto a lo
segundo, te apartarás cuanto te sea posible de
los deleites inútiles y superfluos, aunque lícitos
y permitidos.
Cuanto a lo
tercero, no pondrás toda tu afición en
los placeres deleitosos que son mandados y ordenados,
porque, aunque se hayan de usar los deleites necesarios,
esto es, los que miran al fin y institución del
santo matrimonio, no por eso debemos atar a ellos el
corazón y el espíritu.
Hay cierta
semejanza entre los gozos impúdicos y los del
beber y comer, pues ambos conciernen a la carne, si
bien los primeros, en razón de su brutal vehemencia,
llámanse simplemente carnales. Explicaré,
pues, lo que no puedo decir de los unos, puesto que
lo diré de los otros; mas no hablo sino a los
casados. El comer ha sido ordenado para conservar la
persona, e hiciéronse las bodas para multiplicar
las personas y conservar el género humano. Pues
bien, comer para conservar la vida es cosa buena, santa
y ordenada. Comer, no por conservar la vida, sido por
conservar la justa conservación que debemos a
nuestra familia, es cosa honrada y justa. Comer por
simple placer sin exceso, es cosa tolerable, no alabable,
sin embargo; pero comer con exceso, según sea
grande o pequeño, es cosa más o menos
vituperable. Y el exceso en el comer y el beber, no
consiste únicamente en la cantidad y en comer
con demasía, sino en el modo y manera de comer.
Pues idénticas consideraciones han de ser hechas
para los gozos carnales entre casados, quienes únicamente
pueden usar tales; digo usar, y no abusar.
En lo demás
todos tienen gran necesidad desta virtud. Los que están
en viudez deben tener una animosa castidad, y que no
sólo menosprecien los objetos presentes y futuros,
pero que resistan a las imaginaciones que los placeres
lícitamente recibidos en el matrimonio pueden
producir en su espíritu; los cuales por esto
son más fáciles a los atraimientos deshonestos.
A este propósito San Agustín encarece
la pureza de su amado Alipio, el cual había totalmente
olvidado y menospreciado los deleite carnales, habiéndolos,
no obstante esto, experimentado en su juventud. Y es
cierto que mientras los frutos están enteros,
pueden conservarse, unos sobre la paja, otro entre la
arena, y otros en su proprio follaje; pero estando una
vez decentados, es casi imposible el guardarlos si no
es en conserva de miel y azúcar. Así,
la castidad que no está aún tocada ni
violada, puede guardarse de muchas maneras; pero estando
una vez sentida o decentada, nada le puede conservar
sino una excelente devoción, la cual (como ya
he dicho muchas veces) es la verdadera miel y azúcar
del espíritu.
Las vírgenes
han menester una castidad extremadamente simple para
despedir de su corazón toda suerte de curiosos
pensamientos, y menospreciar con un absoluto menosprecio
toda suerte de placeres inmundos; los cuales verdaderamente
no merecen ser deseados de los hombres, pues más
que los hombres, son capaces dellos los jumentos y brutos.
Guárdense, pues, estas almas puras de dudar que
la castidad no sea incomparablemente mejor que todo
aquello que le es incompatible; porque (como dice el
gran San Jerónimo) el enemigo aprieta violentamente
las vírgenes, provocándolas al deseo de
la prueba de los deleites, representándoselos
infinitamente más gustosos y regalados de lo
que ellos son; lo cual muchas veces las inquieta mucho,
por cuanto (dice este santo padre) ellas tienen por
más dulce y gustoso aquello que ignoran. Porque,
como la pequeña mariposa, viendo la llama, va
curiosamente volando alrededor della, por probar si
es tan dulce como hermosa, y apretada desta fantasía,
no cesa hasta que se pierde a la primer prueba; así
la gente moza, muy de ordinario, se deja de tal manera
asaltar de la falsa y loca estimación que hacen
del placer de las llamas lascivas, que después
de muchos curiosos pensamientos se van en fin a arruinar
y perder: más locos en esto que la mariposa,
por cuanto ésta tiene alguna ocasión de
pensar que el fuego sea regalado, pues es tan hermoso;
y ellos, sabiendo de aquello que buscan es por extremo
deshonesto, no dejan por tanto de preferir la loca y
brutal delectación.
Pero cuanto
a los casados, es cierto (no obstante que el vulgo no
lo siente así) que les es muy necesaria la castidad,
por cuanto ésta en ellos no consiste en abstenerse
absolutamente de los placeres carnales, sino en el contenerse
entre los placeres. Así como este mandamiento:
«Enojaos, y no pequéis», es a mi parecer más
difícil que éste: «No os enojéis»,
y que es antes más fácil el evitar la
cólera que el reglalla; así es también
más fácil el guardarse de todo punto de
los deleites carnales que el guardar en ellos la moderación.
Verdad es que la santa licencia del matrimonio tiene
una fuerza particular para apagar el fuego de la concupiscencia;
mas la flaqueza de los que dél gozan pasa fácilmente
de la permisión a la disolución, y del
uso al abuso. Y como se ve que muchos ricos hurtan,
no por necesidad, sino por avaricia, así también
se ve mucha gente casada desreglarse a los placeres
ilícitos sólo por intemperancia y lubricidad,
no obstante el legítimo objeto con el cual se
deberían y podrían contener; siendo su
concupiscencia como un fuego ligero que va quemando
a una parte y a otra, sin asirse a ninguna parte. Es
siempre peligroso el tomar medicamentos violentos, por
cuanto, si se toman más de lo necesario, o que
no estén bien preparados, se recibe gran daño.
El matrimonio ha sido ordenado en parte para el remedio
de la concupiscencia, y es sin duda un bonísimo
remedio, pero violento y, por consiguiente, peligroso
si no se usa con discreción.
Añado
a esto que la verdad de los negocios humanos, fuera
de las grandes enfermedades de que suele ser causa,
aparta muchas veces los maridos de con sus mujeres.
Por esto tienen los maridos necesidad de dos suertes
de castidad: la una por la abstinencia absoluta que
deben tener cuando están separados en las ocasiones
que he dicho; y la otra, por la moderación que
deben observar hallándose juntos. Es cierto que
Santa Catalina de Siena vio entre los condenados muchas
almas en extremo atormentadas por haber violado la santidad
del matrimonio: lo cual sucedió (decía
la misma santa), no por la grandeza del pecado, porque
los homicidios y las blasfemia, son más enormes,
sino por cuanto los que le cometen no hacen caso dél,
y, por consiguiente, continúan en él largo
espacio.
Bien ves tú,
pues, que la castidad es necesaria a toda suerte de
gentes. «Seguid la paz con todos (dice el Apóstol)
y la castidad, sin la cual ninguno verá a Dios».
Por la santidad, pues, se entiende la castidad, como
San Jerónimo y San Crisóstomo lo han bien
notado. No, Filotea, ninguno verá a Dios sin
la castidad; ninguno habitará en su santo tabernáculo,
que no sea limpio de corazón, y, como dice el
mismo Salvador, los sucios y deshonestos serán
desterrados, y bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Capítulo
XIII
Aviso para
conservar la castidad
Estarás
siempre, Filotea, pronta y aparejada a apartarte de
todos los caminos, halagos y cebos de la lubricidad,
porque este mal crece insensiblemente, y por pequeños
principios hace progreso a grandes accidentes. Mucho
más fácil es el huirle que el sanarle.
Los cuerpos
humanos parecen a los vidrios, que no pueden traerse
tocándose los unos con los otros sin peligro
de romperse; y a los frutos, los cuales, aunque enteros
y en su sazón, no dejan de recebir gran daño
tocándose los unos con los otros. El agua también,
por fresca que esté en un vaso, siendo tocada
de algún animal terrestre, no puede conservar
largo espacio su frescura. No permitas, pues, Filotea,
que ninguno te toque livianamente, ni por manera de
burla ni juego; porque, aunque puede ser conservarse
la castidad por estas acciones antes livianas que maliciosas,
no por eso deja de recebir mengua y detrimento la frescura
y flor de la castidad; y cuanto al dejarse tocar deshonestamente,
es siempre la total ruina de la castidad.
La castidad
depende del corazón como de su origen, pero mira
al cuerpo como su materia. Por esto, pues, se pierde
por todos los sentidos exteriores del cuerpo y por los
pensamientos y deseos del corazón. Impudicidad
es el mirar, oír, hablar, oler y tocar cosas
deshonestas cuando el corazón se detiene y recibe
en ello gusto; y San Pablo dice1 que no sólo
no se ha de pensar en la fornicación, pero ni
aun mentarla. Las abejas no sólo ni quieren tocar
los cuerpos muertos, sino que huyen y aborrecen con
extremo toda suerte de hediondez y mal olor. La sagrada
Esposa, en el Cántico de los Cánticos2,
tiene sus manos que destilan mirra, licor preservativo
de la corrupción; sus labios son de un rubí
purpúreo, señal de la vergüenza de
palabras; sus ojos de paloma, por causa de limpieza;
sus orejas tienen zarcillos de oro, muestra de pureza;
su nariz semeja a los cedros de Líbano, madera
incorruptible. Tal debe ser el alma devota: casta, limpia
y honesta de manos, de labios, de orejas, de ojos y
de todo su cuerpo.
A este propósito
quiero traerte lo que el anciano padre Juan Casiano
dice3 como pronunciado de la boca del gran
San Basilio; el cual, hablando de sí mismo, dijo
un día: «Yo no sé lo que son mujeres;
y con todo eso, no soy virgen». Verdaderamente, la castidad
se puede perder de tantas maneras como hay deshonestidades
y lascivias; las cuales, según son grandes o
pequeñas, las unas las debilitan, las otras las
hieren y las otras de todo punto matan. Hay otras pasiones,
no sólo indiscretas, pero viciosas; no sólo
locas, pero deshonestas; no sólo sensuales, pero
carnales; y por éstas la castidad queda por lo
menos muy ofendida y interesada. Dije por lo menos,
por cuanto muere y perece de todo punto cuando las lascivias
dan a la carne el último efeto de placer deleitoso;
porque entonces padece la castidad más indigna
y desventuradamente que cuando se pierde por la fornicación,
y no sólo por la fornicación, pero por
el adulterio y incesto: porque estas últimas
especies de torpezas no son sino pecados, pero las otras
(como dice Tertuliano, en el libro De la honestidad4)
son monstruos de iniquidad y pecado. Casiano no
cree, ni yo tampoco, que San Basilio tropezase en este
desconcierto cuando se acusa de no ser virgen; y así,
pienso que no decía esto sino por los malos y
viciosos pensamientos, los cuales, aunque no hubiesen
manchado su cuerpo, habían, no obstante, contaminado
su corazón, cuya castidad celan en extremo las
almas generosas.
No converses
de ninguna manera con las personas deshonestas, principalmente
si son también escandalosas (como lo son casi
siempre); porque, como los cabrones, cuando tocan con
la lengua los almendros dulces, los vuelven amargos5,
así estas almas hediondas y corazones infectados
no hablan a nadie, ni del uno ni otro sexo, que no le
hagan apartarse algo de la honestidad. Tienen los tales
el veneno en los ojos y en el aliento, como los basiliscos6.
Tratarás,
pues, las gentes castas y virtuosas: pensarás
y leerás a menudo en las cosas sagradas, porque
la palabra de Dios es casta7 y hace a los
que se deleitan en ella castos; y así, la compara
David8 al topacio, piedra preciosa, la cual,
por su propiedad, mitiga el ardor de la concupiscencia9.
Considérate
siempre cerca de Jesucristo crucificado, espiritualmente
por la meditación, y realmente por la santa comunión;
porque, de la misma manera que los que descansan sobre
la yerba llamada agnocasto se hacen castos y honestos10,
de la misma manera, reposando tu corazón en Nuestro
Señor, que es el verdadero Cordero casto y sin
mácula, verás cuán presto tu alma
y tu corazón se hallarán purificados de
toda lubricidad y torpeza.
Capítulo
XL
Una palabra
a las virgenes
No tengo,
¡oh vírgenes!, que deciros sino solas estas tres
palabras, porque por ellas podréis percibir lo
demás. Si pretendes el casamiento temporal, guardarás,
pues, celosa tu primer amor para tu primer marido. Piense
que es un gran engaño el presentar, en lugar
de un corazón entero y sincero, un corazón
usado, trasegado y contaminado de amor. Pero si tu buena
dicha te llama a las castas y virginales bodas espirituales,
y que quieras para siempre conservar tu virginidad,
conservarás tu amor lo más delicadamente
que puedas para este Esposo divino, que, como es la
pureza misma, no ama cosa tanto come la pureza, y a
quien las primicias de todas las cosas no debidas, y
principalmente las del amor. Las epístolas de
San Jerónimo te abundarán de todos las
avisos que te son necesarios. Y pues que tu estado te
obliga a la obediencia, escogerás una guía
espiritual, debajo de cuya educación puedes más
santamente dedicar tu corazón y tu cuerpo a su
divina Majestad.
¡Cuán
rara es la perfecta virginidad!, pues requiere la pureza
del corazón a más de la integridad corporal.
¡Cuántas lágrimas no habría que
derramar par la perdida de tantas virginidades, corno
ha segado la impudicicia de las malas compañías,
incluso antes que buenamente se mostrasen sobre la tierra!
¡Oh jóvenes, que cual azucenas ornáis
con vuestro blancor el jardín de la Iglesia!,
conservad santamente vuestros corazones y cuerpos de
las salpicaduras del mundo, ya para un santo matrimonio
corporal, ya para las sagradas nupcias de vuestra alma
con Dios.
Vuestra
juventud os hace agradables al resto de los hombres:
cada cual os cerca y os rodea como a arbolillos, para
ver cuándo comenzáis a florecer. Mas cuidad
no se acerquen a vosotras los machos cabríos,
cuyo solo alienta os es pernicioso. Ya en otro lugar
os di consejos para vuestra castidad.
SALES,
Francisco. Introducción a la vida devota. Madrid;
BAC 1988, 2da edición. Tercera parte, capítulos
XII ("De la necesidad de la castidad", pp.
151-155), XIII ("Aviso para conservar la castidad",
pp. 155-157) y XL ("Una palabra a las vírgenes",
pp. 242-243).
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