Ejercicio
de perfección y virtudes Cristianas
P. Alonso
Rodríguez S.I.
Tratado
Cuarto
De la virtud de la castidad
Capítulo
1
De la excelencia
de la virtud de la castidad, y de los grados por donde
habemos de subir a la perfección de ella.
Esta es
la voluntad de Dios, dice el Apóstol San
Pablo (1 Tes 4, 3 y 7), vuestra santificación,
vuestra pureza y limpieza: porque no nos ha llamado
Dios para que nos demos a deleites de carne, sino para
que le sirvamos con pureza y entereza de cuerpo y alma.
A la castidad llama aquí el Apóstol santidad:
por nombre de santidad o santificación
entiende la castidad, como nota San Bernardo. Cristo
nuestro Redentor en el sagrado Evangelio la llama virtud
celestial y angélica; porque nos hace semejantes
a los ángeles (Mt., 22, 30): Después
de la resurrección, en aquella vida dichosa
y bienaventurada, no habrá casamientos ni
bodas, sino todos serán como ángeles de
Dios. Y así dice San Cipriano, hablando con
unas vírgenes: Lo que después habéis
de tener en la gloria, eso comenzáis a gozar
en esta vida; porque mientras perseveráis en
castidad y limpieza, sois iguales a los ángeles.
Casiano, confirmando esto mismo, dice que con ninguna
otra virtud, así se hacen los hombres semejantes
a los ángeles, como con la castidad; porque con
ella viven en carne, como si no la tuviesen, y fuesen
espíritus purísimos, conforme a aquello
de San Pablo (Rom., 8, 9): [ Vosotros no vivís
en carne, sino en espíritu]. Y aun en cierta
manera nos aventajamos en esto a los ángeles;
porque ellos, como no tienen cuerpo, no es mucho que
tengan esa puridad; pero que el hombre que vive en esta
carne mortal, que tanta guerra y contradicción
hace al espíritu, viva como si no la tuviese
y fuese puro espíritu, eso es mucho más.
Es tanto lo
que agrada a Dios esta virtud, que haciéndose
el Hijo de Dios hombre, y habiendo de nacer de mujer,
quiso nacer de madre virgen y consagrada con voto de
castidad, como notan los Santos. San Juan, en el Apocalipsis
(14, 1), dice que vio en el monte de Sión,
que es en el Cielo, a los que guardaron virginidad,
en compañía del Cordero, que es Cristo;
y que le seguían dondequiera que iba, y le
cantaban un cantar nuevo, el cual nadie podía
cantar sino los vírgenes. Nota aquí
San Gregorio, que dice que los vírgenes están
con Cristo en el monte; porque por el merecimiento grande
de la castidad están muy levantados en la gloria.
San Jerónimo
y San Agustín, tratando de aquella prerrogativa
de San Juan Evangelista de ser más especialmente
amado de Cristo que los demás discípulos
(porque de esa manera le nombra el sagrado Evangelio,
el discípulo que amaba Jesús (Jn.,
21, 7), dice que la razón de ese amor especial
era por ser virgen. Y así lo canta la Iglesia
en el oficio de su festividad: [La causa de amarle Jesús
era que por su especial prerrogativa de la castidad
se había hecho digno de señalado amor,
pues como hubiese sido elegido siendo virgen, virgen
permaneció perpetuamente]. Y así declaran
algunos de él aquello de los Proverbios (22,
11): [El que ama la limpieza de corazón, tendrá
por amigo al rey]. Por eso le quería y regalaba
tanto el Señor; por eso le recostaba en su pecho;
y lo que San Pedro, que era casado, no se atrevió
a preguntar a Cristo en la Cena, ruega a San Juan que
se lo pregunte. Y el día de la Resurrección,
diciéndoles María Magdalena que había
resucitado Cristo, él y San Pedro corrieron al
momento, pero él llegó primero. Y otra
vez, estando en su nave pescando en el mar de Tiberíades,
apareciéndoles el Señor en la ribera,
no le conocieron los demás, sólo el que
era virgen, dice San Jerónimo, con aquellos ojos
de águila, conoció al virgen y al Hijo
de la Virgen; y dijo a San Pedro: El Señor
es. Y, finalmente, estando Cristo en la cruz, en
aquel su último testamento, ¿a quién encomendó
su Madre Virgen, sino al discípulo virgen?
Pero dejando
aparte los loores y excelencias de la castidad, y otras
muchas cosas que de ella pudiéramos decir, porque
pretendo ser muy breve en este tratado, imitando a nuestro
Padre San Ignacio, Casiano pone siete grados de castidad,
por los cuales, como por escalones, habemos de procurar
subir hasta llegar a la perfección y puridad
de esta virtud celestial y angélica. El primero
es que estando el hombre velando, no se deje vencer
ni llevar de ningún pensamiento o movimiento
feo y sensual. El segundo, que no se detenga en semejantes
pensamientos, sino que en viniendo, luego los sacuda
de sí. El tercero, que no se mueva ni altere
poco ni mucho con la vista de ninguna mujer. Este grado
es de grande perfección y no tan común
como los primeros, por la grande flaqueza y corrupción
de nuestra carne, que en semejantes ocasiones luego
se alborota. El cuarto es que no consienta en ninguna
manera que el demonio se le suba a las barbas estando
despierto; y que velando no permita en sí ni
un simple movimiento de carne.
El quinto,
que cuando fuere menester tratar de cosas de esta materia,
o estudiarlas, o leerlas, pase por ellas con un ánimo
sosegado y puro, y no tenga más movimiento con
la memoria de estas cosas, que si tratase de ladrillos,
de sembrar o edificar, u otra cosa semejante. Este grado
tuvo muestro Padre San Ignacio perfectísimo desde
el principio de su conversión, como leernos en
su Vida. El sexto grado es que ni aun durmiendo
tenga ilusiones, ni representaciones, ni fantasmas de
cosa deshonesta. Esto arguye gran puridad, porque es
señal que ni aun especie de ello hay en la memoria;
y lo contrario, aunque no sea pecado por estar durmiendo,
pero es señal que el apetito sensual no está
del todo vencido y sujeto, ni borrada la memoria de
semejantes cosas. El séptimo y último
grado, dice Casiano, que es de pocos, como de un abad
Sereno y otros semejantes, a quien el Señor quiere
hacer esa merced; y es, cuando uno ha llegado a tanta
pureza, que ya ni velando ni durmiendo siente en sí
ni aun los movimientos que con causas naturales suelen
acontecer; de manera que con la fuerza de la gracia
está quieto, pacíficamente sujeto el apetito;
gozando ahora la naturaleza flaca y enferma parte de
aquella felicidad y privilegios, que tuvo en el primer
estado de la inocencia; conforme a aquello del Apóstol
San Pablo (Rom., 6, 6): [Para que sea destruido
el cuerpo del pecado]. Quítasele al pecado
en éstos, con la gracia del Señor, la
fuerza y señorío que suele tener, ya que
no sienten movimiento ninguno desordenado, ni cosa que
huela a eso, sino viven en carne, como si no la tuviesen.
Pero no queremos
con esto decir que sea contra la perfección de
la castidad sentir algunos movimientos de éstos,
velando y durmiendo, porque eso es cosa natural, y en
varones perfectos confiesa allí Casiano que los
puede haber; aunque a algunos siervos suyos hace el
Señor merced de darles aquel perfectísimo
don de castidad; otros, con la gracia del Señor
apenas sienten cosa alguna de éstas; otros, en
ofreciéndose algo, se sosiegan y quietan luego
tan fácilmente, corno si no hubiese habido nada.
Y todo esto es «imitar la puridad angélica»,
que es lo que nuestro Padre en las Constituciones nos
pone por blanco, a donde habemos de asestar y poner
los ojos. Y nótese aquella palabra enitendo,
porque eniti no sólo quiere decir
procurar y trabajar, sino trabajar forcejeando, haciéndose
violencia, como se hace en cosas dificultosas para vencerlas.
Quiérenos enseñar y avisar en esto, que
para llegar a esta pureza de los ángeles, es
menester trabajar con todas nuestras fuerzas, y que
tomemos este negocio muy de atrás, ejercitándonos
en el ejercicio de todas las virtudes, y particularmente
en la mortificación; porque aunque esto ha de
ser don de Dios, y ningunas diligencias humanas basten
para ello, pero quiere el Señor que nosotros
hagamos lo que es de nuestra parte, y de esa manera
nos quiere Él dar este don.
Capítulo
2
Que para
conservar la castidad es necesaria la mortificación
y guarda de los sentidos, y especialmente de los ojos
Casiano dice1
que era resolución de aquellos Padres antiguos,
probada con muchas experiencias, que no podría
uno refrenar ni vencer este vicio ni apetito de la carne
si no es acostumbrándose a mortificar y quebrantar
su propia voluntad en todas las cosas. Y San Basilio
y otros Santos van probando muy a la larga, que para
alcanzar y conservar la puridad y perfección
de la castidad es menester el ejercicio de todas las
virtudes, porque todas ellas sirven y ayudan y hacen
la guardia a esta virtud. Pero de esto habemos ido tratando
por todo el discurso de esta obra, especialmente en
la segunda parte; y así ahora solamente diremos
algunas cosas particulares, que nos ayudarán
mucho para esto. Y sea la primera, que si queremos alcanzar
la perfección y pureza de la castidad y conservarnos
en ella, es menester que tengamos mucha cuenta con guardar
las puertas de nuestros sentidos, y particularmente
los ojos, porque por ahí entra el mal en el corazón.
San Gregorio2, sobre aquello de Isaías
(60, 8): ¿Quién son éstos que vuelan
como nubes, y como palomas se recogen a sus ventanas?,
dice que los justos se dicen volar como nubes, porque
se levantan de las cosas de la tierra; y dícense
recogerse como palomas a sus ventanas o agujeros, porque,
guardándose de no salir fuera a mirar por estas
ventanas de los sentidos las cosas exteriores que pasan
allá fuera, están guardados de codiciarlas.
Empero los que livianamente salen a mirar por esas ventanas
de los sentidos las cosas del mundo, muchas veces son
llevados de los deseos de ellas. El Profeta David, aunque
santo y acostumbrado a volar como nube a la consideración
de los misterios altos y divinos, porque no tuvo recato
en el mirar, llevole tras sí lo que miró
(Jerem., 9, 61): Entró la muerte del
pecado por aquellas ventanas de sus ojos, y robó
y despojó su alma (Thren., 3, 51)
y la mató. Dice San Gregorio: No conviene mirar
lo que no es lícito desear; porque os llevarán
las cosas tras sí, si las miráis, arrebatarán
y robarán vuestro corazón; y cuando menos
pensáredes, os hallaréis preso y cautivo.
Por eso el
santo Job (31, 1) se previno muy bien en esto: Hice
concierto con mis ojos de no pensar en mujer. Dice
San Gregorio: ¿Qué manera de concierto es éste,
hacer concierto con los ojos de no pensar? Con el entendimiento
y con la imaginación parece que había
de hacer ese concierto de no pensar; con los ojos, de
no mirar. No, dice, sino con mis ojos hice concierto
de no pensar en mujer; porque sabía muy bien
el santo Job que por ahí entran los malos pensamientos
al corazón; y que teniendo él guardados
los ojos y las puertas de sus sentidos, tendría
guardado el corazón y el entendimiento. Por eso
dice que hizo concierto con sus ojos de no pensar en
mujer. Y así si vos queréis no tener pensamientos
deshonestos, es menester que tengáis ojos castos
y honestos, y que hagáis concierto con vuestros
ojos de no mirar lo que no es lícito desear.
Pondera San Crisóstomo3 sobre estas
palabras: ¿Quién no se maravillará, viendo
a este gran varón que hizo rostro al demonio,
y peleó cara a cara con él, y venció
todas sus máquinas y asechanzas, y no se atreve
a carear con una doncella? Para que entendamos, dice,
cuán necesario nos es el recato en estas cosas,
por más religiosos que seamos.
El santo abad
Efrén dice4 que tres cosas ayudan
mucho a la virtud, y especialmente para la pureza de
la castidad: la templanza, el silencio y la guarda de
los ojos. Y aunque guardéis las dos primeras,
si no guardáis los ojos, no será firme
vuestra castidad. Porque así como cuando se quiebran
los arcaduces, se derrama y pierde por allí el
agua, así también, cuando los ojos se
derraman y distraen, se pierde la castidad. Otro Santo
dice5 que la vista de la mujer es una saeta
tocada con hierba venenosa, que, luego hiere el corazón;
y que así como una centella, que cae en unas
pajas, si se detiene y no se sacude luego, levanta grande
llama, así es el pensamiento malo causado de
esa vista.
De San Hugón,
obispo de Grenoble, refiere Surio que fue tan extremado
su recato en esto de mirar mujeres, que con haber sido
obispo más de cincuenta años, y confesar
muchas mujeres, y tratar muchos negocios con muchas
señoras principales, que no sólo de su
obispado, sino de otras muchas partes acudían
a él por la fama de su santidad y por razón
de su oficio, nunca había mirado mujer alguna
al rostro de manera que la pudiese conocer de vista,
y así no conocía de rostro a ninguna mujer,
sino a una vieja fea que servía en su casa. Y
decía él que era menester andar con este
cuidado, porque no se puede guardar el corazón
de pensamientos malos, si no se guardan los ojos. Y
de San Bernardo se lee que una vez se descuidó
un poco en mirar una mujer, sin advertir lo que hacía;
y cuando cayó en la cuenta, quedó tan
corrido y avergonzado de sí mismo, que siendo
invierno se arrojó en un estanque de agua helada,
que estaba cerca, hasta la garganta, y estuvo en él
hasta que le sacaron medio muerto.
Capítulo
3
Que en
esta virtud de la castidad especialmente es necesario
hacer mucho caso de cosas pequeñas
Cuanto esta
virtud de la castidad es más alta y preciosa,
tanto es menester mayor cuidado y diligencia para conservarla.
En todas las cosas importa mucho hacer caso de cosas
pequeñas y menudas, porque, como dice el Sabio
(Eccli., 19, 1): El que menosprecia las cosas
pequeñas, poco a poco vendrá a caer en
las grandes; pero especialmente en esta virtud
es esto más necesario, porque cualquier cosa,
por pequeña que sea, desdora mucho la castidad.
Vemos acá comúnmente en las cosas preciosas
y hermosas que cualquier falta las afea, y tanto más
cuanto más excelentes y hermosas son. Pues así
es en la altísima y hermosísima virtud
de la castidad; y aun podemos decir que no hay virtud
ninguna más tierna ni más delicada en
esto.
Compara un
Santo, Fray Gil, la castidad a un espejo muy resplandeciente,
que con un liviano soplo o anhelito se cubre de paño
y pierde su lustre y resplandor; así la castidad,
por cosas muy pequeñas, pierde su resplandor
y hermosura. Por lo cual es menester que andemos con
mucho recato, mortificando los sentidos, y cortando
y atajando luego el mal pensamiento, y huyendo de la
ocasión. Porque así corno la llama deja
rastro de sí dondequiera que toca, más
o menos, según se detiene, y sino quemó,
a lo menos tiznó así estas cosas, si no
llegan a quemar, bastan para tiznar, porque despiertan
en el alma imaginaciones y pensamientos contrarios a
la castidad, y en el cuerpo movimientos feos y desordenados.
Con mucha
razón dijo nuestro Padre1 que lo que
toca a la castidad no quiere interpretación.
No se puede uno fiar: Hasta aquí no me quemaré,
y si tantico voy adelante, sí; hasta aquí
es lícito, y si paso un poco más adelante,
será ilícito. Ni se puede decir en materia
de castidad: Hasta aquí llegaré y no pasaré
adelante; porque cuando menos os catéis, pasaréis
adonde nunca pensasteis. Quien se echa por un resbaladero,
piensa llegar solamente al puesto, y el peso del cuerpo
y ser la piedra tan deleznable, le hace ir adelante,
aunque no tuvo tal intención al principio. Así
es acá; es este gran resbaladero, y el peso e
inclinación de nuestra carne a eso muy grande.
No permite la delicadeza de esta virtud que nos acerquemos
tanto al daño, y nos pongamos en esos peligros.
Es éste un tesoro preciosísimo y tenémosle
depositado en vaso terrizo (6 Cor.,
4, 7), que a un tris no tenemos nada. Y así es
menester andar con mucha solicitud y diligencia, atajando
por todas las vías los pasos a todo movimiento
desordenado, por donde esta pasión pueda venir
a enseñorearse de nuestro corazón.
De uno de
aquellos Padres antiguos se lee2 que tenía
gran don de castidad, y andaba con todo eso con mucho
cuidado y recato, aun en las ocasiones pequeñas,
en desechar el pensamiento malo luego al principio,
en el mirar, en el conversar y tratar. Decíanle
sus compañeros: Padre, ¿por qué temes
tanto, pues te ha fortalecido el Señor con el
don de la castidad? Respondía el Santo: Mirad,
si yo hago lo que debo y lo que es de mi parte en estas
cosas pequeñas y menudas, el Señor me
ayudará para que nunca venga a caer en cosas
mayores; pero si yo soy negligente y me comienzo a descuidar
en estas cosas, no sé si me ayudará a
lo menos mereceré que me deje el Señor
de su mano, y así venga a caer. Y por eso, dice,
no me querría descuidar en nada, sino hacer siempre
lo que es de mi parte en todas las cosas, aunque parezcan
pequeñas y menudas.
Y de Santo
Tomás de Aquino cuenta Surio que con haber recibido
de Dios sobrenaturalmente el don de la castidad, y no
sentir ya tentaciones contra ella, y haberle dicho los
ángeles que no perdería la castidad recibida,
con todo eso ponía sumo cuidado en guardar los
ojos de la vista de mujeres, y en cualquiera otra cosa
que le pudiese dañar. Pues así lo habemos
de hacer nosotros, si queremos conservarnos en la puridad
y perfección de esta virtud; y si no, podemos
temer con mucha razón la caída. Y eso
es lo que dijo el santo Job, cuando diciendo (31, 1-6):
Hice concierto con mis ojos, púseles ley
que no mirasen mujer, por excusar el mal pensamiento
que de ello me podía venir; añadió:
Porque si así no lo hiciera, ¿qué
parte tuviera Dios en mi? Como si dijera: Si este
cuidado no tuviera de recatarme, y huir las ocasiones,
y desechar el mal pensamiento, y hacer caso de cosas
pequeñas, viniera a caer en algún mal
deseo, con lo cual perdiera a Dios.
Hase el demonio
en esto como un ladrón principal, cuando quiere
robar una casa cerrada, que si ve algún agujero
o ventanilla por donde él no puede entrar, echa
un muchacho ladroncillo, para que entre y abra la puerta
para hacer su hecho. Y así el demonio echa los
malos pensamientos, y la vista liviana, y otras cosillas
semejantes, como ladroncillos que le abran la puerta
para entrar. Y así importa grandemente andar
con mucho recato, huyendo y previniendo muy de lejos
las ocasiones; y cualquier cuidado que en esto se ponga
será muy bien empleado.
Casiano trae
a este propósito aquello del Apóstol San
Pablo (1 Cor., 9, 25): [Todo luchador se abstiene
de todo lo que es impedimento para la lucha]. Dice
Casiano3: Si aquellos atletas que jugaban
y corrían en aquellos juegos olímpicos,
por no debilitar ni disminuir las fuerzas que eran menester
para ellos, se abstenían de comida que les pudiese
dañar, y se guardaban de la ociosidad, y se daban
a ejercicios con que pudiesen acrecentar las fuerzas;
y no sólo eso, sino que para estar más
ligeros y fuertes, se ponían en los riñones
planchas de plomo, para que ni entre sueños tuviesen
movimiento ni ilusión, ni les acaeciese cosa
por la cual se les perdiesen o disminuyesen las fuerzas
y vigor; y todo esto hacían para alcanzar un
premio y una corona corruptible y perecedera; ¿qué
será razón que hagamos nosotros para alcanzar
esta virtud angélica y celestial, y una corona
eterna que ha de durar para siempre jamás?
Capítulo
4
Que especialmente
en la confesión habernos de hacer caso de cualquiera
cosa que sea contra la castidad
San Buenaventura,
tratando de la confesión, da una doctrina general
y muy importante para todos: dice1 que se
guarden todos mucho y no dejen de confesar algunas cosillas
vergonzosas que suelen acontecer, con decir: esto no
es pecado, o, a lo menos, no será mortal, y los
pecados veniales no estamos obligados a confesarlos;
porque han entrado por aquí grandes males, y
a muchos les ha sido esto principio de perdición.
Dios os libre de dar esta entrada al demonio, y abrirle
este portillo, que no ha menester él más
para hacer su hecho. Presto, juntándose la vergüenza
con la vileza de la cosa, os hará creer que no
fue pecado lo que lo era, o a lo menos había
duda si lo era, y que lo dejéis de confesar.
Y en gente que ha sido buena y que no suele tener pecados
mortales, suele reinar más esta vergüenza
cuando les acontece algo; porque como la soberbia y
apetito de estimación nos es tan con natural
y está tan arraigada en las entrañas,
revive entonces y siente uno mucho caer de su reputación
y perder la buena opinión que tenía de
él su confesor; y eso le hace andar buscando
razones para persuadirse que aquella bajeza, de la que
tan afrentado se halla ahora en decirla, no llegaría
a pecado mortal, y que así no estará obligado
a confesarla.
Otras veces,
ya que del todo no la calle, es causa que la diga tan
diminutamente y por tales términos y rodeos,
que casi no se entienda, o, a lo menos, no parezca tan
grave; que es como si no la dijese. Porque lo que se
confiesa hase de confesar claramente, de manera que
el confesor entienda la gravedad del pecado. Y si uno
confiesa alguna cosa de manera que no parezca pecado,
o de manera que no se entienda la gravedad y circunstancia
necesaria, es como si del todo la dejase de confesar.
Ciégales y engáñales la vergüenza,
o, por mejor decir, la soberbia, para que no se declaren
del todo. Poco dolor tiene de sus culpas, o ninguno,
el que aun para decirlas y declararlas a su confesor
no tiene virtud. Esa vergüenza y afrenta ha uno
de ofrecer en recompensa y satisfacción de la
culpa que ha cometido, para aplacar con eso a Dios nuestro
Señor; y sólo el sentir repugnancia y
dificultad en decir la culpa, había de bastar
para tenerse uno por sospechoso, y entender que conviene
decirla, aunque no hubiese más en ello de vencer
esa repugnancia y mortificarse, y que no salgan la carne
ni el demonio con la suya.
Especialmente
que hay muchas cosas en esta materia de castidad que
los que no saben piensan que no son pecados mortales,
y realmente lo son. Y otras hay que no es fácil
determinar si llegan a eso o no, porque son muy dudosas2.
Muchas veces el mismo confesor, por docto que sea, no
se sabe determinar si llegó a mortal o no, ¿cómo
se ha de atrever el penitente, en su propia causa, a
atropellarlo, y determinarse que no llegaría
a tanto, y dejarlo de confesar? En grande peligro se
pone este tal, particularmente cuando parece que tiene
inclinación a dejarlo, y querría, si pudiese
deshacerlo, y que no pareciese tanto, por la vergüenza
que tiene en decirlo. No me atrevería yo a asegurarlo.
Y no es menester otro testigo mejor que la conciencia
propia de cada uno; porque el que se acusa en la confesión
de otras cosas menores, no puede dejar de quedar con
remordimiento, viendo que deja de decir aquello que
sabe que es más que todo esotro. Y a la hora
de la muerte no os atreveríades vos a dejar de
declarar esto; pues no os atreváis tampoco ahora;
porque de esa manera nos habemos de confesar y hacer
siempre todas nuestras obras, como si luego nos hubiésemos
de morir. San Gregorio dice3 que es señal
de buenas almas temer culpa, aun donde no la hay. Así
también es señal de no buenas almas el
no temer culpa donde hay que temerla.
Algunos dicen:
Déjolo por no hacerme escrupuloso. Ese es otro
engaño que suele poner el demonio. Esto no es
hacerse uno escrupuloso; porque menores cosas que ésas
confiesan y han de confesar los que tratan de virtud,
no por necesidad ni por escrúpulo, sino por devoción
y reverencia al Santísimo Sacramento.
Es tanta la
puridad con que habemos de andar en esto, que aun de
lo que no es culpa, es consejo de varones espirituales
que se acuse uno en esta materia: Acúsome, Padre,
que he tenido tentaciones deshonestas. Y si os parece
que tuvisteis negligencia en resistirlas, habéislo
de decir: Paréceme que tuve alguna negligencia
en admitirlas o en desecharlas; aunque no sea sino muy
ligera y muy venial; y es muy ordinario haber alguna
culpa y negligencia en ellas, por ser muy pegajosas.
Pero aunque os parezca que no habéis tenido culpa,
podéis decir: Acúsome que he tenido muchos
pensamientos y tentaciones deshonestas; añadiendo:
Paréceme, por la misericordia del Señor,
que hice lo que era de mi parte, y que no tuve culpa
en ello. Corno también aconsejan que se confiese
uno de esa manera de los malos pensamientos que le vienen
contra Dios y sus Santos y contra la fe.
Y aun de menos
que eso dicen que se ha uno de acusar en esta materia;
como de lo que acontece durmiendo, donde no hay culpa
ninguna, porque sin libertad no la puede haber; con
todo eso, es buen consejo que se acuse y se humille
de esa ilusión, aunque no es de necesidad, no
habiendo dado causa ni teniendo culpa ninguna en ello;
y así, los temerosos de Dios usan el reconciliarse
de eso antes de comulgar, por reverencia de tan alto
Sacramento. Aún allá tratan los teólogos
si se dejará por eso la Comunión, y dicen
que será más reverencia dejarla para otro
día, si no hay alguna causa particular, como
la hay en un religioso, cuando comulga toda la comunidad,
y sería nota si él no comulgase; pero
ya que se le da licencia para comulgar, es bueno guardar
el consejo dicho.
Capítulo
5
Cuan vehemente
y peligrosa es la pasión del amor, y cuanto la
debemos temer
Una de las
cosas que hay más que temer es la pasión
del amor, porque como es la más principal y más
vehemente de las pasiones, es más dificultosa
de regir; y así es mayor el peligro que corremos
de ser llevados y despeñados de ella.
El bienaventurado
San Agustín1 declara bien la fuerza
y vehemencia de esta pasión, y cuánta
razón hay de temerla, con dos ejemplos graves
de la sagrada Escritura. El primero es de nuestro padre
Adán. Pregunta el Santo: ¿Qué es la causa
que Adán obedeció a la voz de su mujer
y quebrantó el mandamiento de Dios, comiendo
del árbol vedado? ¿Por ventura fue engañado
Adán, creyendo que si comía de aquella
fruta sería como Dios, como había dicho
la serpiente a Eva? No es de creer, dice, que siendo
Adán dotado de tan alta sabiduría, pudiese
ser engañado de manera que creyese tal cosa.
Y así dice el Apóstol San Pablo (1 Timot.,
2, 14): No fue engañado Adán como Eva
de manera que creyese esto. Y así nota San
Agustín que cuando preguntó Dios a Eva:
[¿Por qué hiciste esto?] respondió
ella: La serpiente me engañó, y así,
comí. Pero cuando preguntó a Adán,
no respondió él: La mujer que me diste
me engañó, y así, comí;
sino responde (Gen., 3, 12-13): Señor,
la mujer que me disteis por compañera me dio
esa fruta, y la comí. Cobró tanto
amor y tanta afición a su mujer, que por no contristarla,
hizo lo que le pidió. De esta manera fue el engaño
de Adán, el amor le engañó. Y eso
no porque fuese vencido de la sensualidad y concupiscencia
de la carne, dice San Agustín, porque entonces
no había esa rebelión en ella; sino llevado
de un amor y benevolencia amigable, por la cual algunas
veces, por contentar al amigo, descontentamos a Dios.
De manera que por aquí entró el pecado
en el mundo y con él la muerte y todos los males
y trabajos.
El segundo
ejemplo es de Salomón. ¿Quién, dice San
Agustín, hizo caer a Salomón en tan gran
desatino, que viniese a ser idólatra? No es de
creer que un hombre a quien Dios había dado tanta
sabiduría creyese que había alguna divinidad
en los ídolos ni provecho alguno en honrarlos.
¿Pues quién le hizo que viniese a hacer un disparate
tan grande como adorarlos y ofrecerles incienso? ¿Sabéis
quién? El amor. Y esto dícenoslo claramente
la misma Escritura divina (1 Reg., 11, 1): Amó
con ardentísimo amor mujeres idólatras,
con las cuales había Díos mandado a los
hijos de Israel que no se mezclasen, porque sin duda
los pervertirían y harían que viniesen
a adorar sus dioses. No obedeció Salomón
a este mandamiento de Dios, y así le sucedió
lo que Dios había dicho; porque en tomando una
mujer de aquéllas, edificaba un templo al ídolo
que ella adoraba; y tomando otra, edificaba otro a su
ídolo, y así todas las demás. Ellas
adoraban allí a sus ídolos, y el rey Salomón,
con toda su gravedad y sabiduría, los adoraba
también, juntamente con ellas y les ofrecía
incienso, no porque entendiese que había allí
que reverenciar, dice San Agustín2,
sino vencido y ciego del amor, por no contristar a sus
amores, por darles gusto y contento a las que tanto
amaba: el amor pervirtió su corazón.
Por esto los
Santos y maestros de la vida espiritual nos avisan que
nos guardemos mucho de esa pasión y de todas
las ocasiones que nos pueden llevar a eso. Y aunque
el amor parezca bueno, y sea con personas de mucha virtud
y santidad, y aunque el trato y conversación
sea de cosas buenas y espirituales, y les parezca a
los que así tratan que se aprovechan y ayudan
mucho en su espíritu con la tal conversación;
con todo eso, anden con mucho cuidado y recato, porque
doctrina es común de los Santos y la trae San
Buenaventura3, que el amor espiritual suele
fácilmente degenerar y adulterarse, y de espiritual
convertirse en carnal y sensual; y aunque al principio
sea vino, se mezcla después con agua; y lo que
era bálsamo, se falsifica con mezcla de otros
licores bajos y viles, conforme a aquello de Isaías
(1, 22): [Tu vino, mezclado está con agua].
Antes, ése es el medio y el cebo que el demonio
suele tomar para engañar a uno, y llevarle poco
a poco a donde él quiere.
Dice muy bien
San Buenaventura4 que hace el demonio en
esto lo que dijo el otro arquitriclino, que al principio
pone el buen vino, y después lo peor. Al principio
háceles creer que todo es devoción y espíritu,
y que se aprovecharán de aquella conversación
y familiaridad; y cuando los tiene ya enternecidos y
rendidos, y parece que hay prendas, entonces descubre
su ponzoña: fue el cebo aquello primero para
cogerlos en el garlito. Y no se cansa el demonio, dice
San Buenaventura, de entretener mucho tiempo a uno en
aquel cebo, que parece bueno; todo lo da por bien empleado
a trueque de alcanzar después lo que desea, que
es que el amor espiritual venga a parar en carnal y
sensual. ¡Oh cuántos, dice el Santo, han trabado
conversación y amistad con algunas personas,
so color de espíritu, pareciéndoles que
todo aquel trato era de Dios y espiritual, y que aprovechaban
sus almas con aquello, y por ventura al principio era
así, y poco a poco fue desdiciendo y degenerando
aquel amor, y comenzaron a tratar pláticas impertinentes
de cosas livianas y ridículas. Comenzaron en
espíritu y acabaron en carne (Galat.,
3, 3).
Cuenta Gerson5
de un siervo de Dios de grandes prendas, así
en letras como en virtud, que trataba con una religiosa,
sierva de Dios, santamente y de cosas provechosas a
su alma; pero poco a poco con la conversación
y el trato creció el amor, pero no en el Señor,
sino de tal manera, que no se podía contener
de irla a visitar muchas veces y estar con ella muchos
ratos; y cuando no estaba con ella, apenas podía
dejar de estar pensando en ella; y con todo eso, estaba
tan ciego el buen hombre, que le parecía que
no había allí ningún mal ni engaño
alguno del demonio, porque decía que no le pasaba
por pensamiento cosa ninguna mala; que es una excusa
con que muchos se suelen cegar y andar engañados;
y así lo andaba éste, hasta que le fue
forzado, por cierta ocasión que se ofreció,
hacer un camino largo. Entonces al apartarse sintió
el siervo de Dios que aquel amor no era puro ni casto,
y que si Dios no le quitara la ocasión con aquella
ausencia, estaba muy cerca de caer en grande mal. Y
así, dice allí Gerson, tratando del peligro
y engaño grande que hay, en el amor, que no es
oro todo lo que reluce, ni todo caridad lo que lo parece.
Y refiere de una persona de mucha santidad, que decía
que no había cosa de que tuviese más temor
y más sospecha que del amor, aunque sea con personas
de mucha virtud y santidad, y trae aquello del Sabio
(Prov., 16, 25): Hay algunos caminos que le
parecen al hombre derechos, y no son sino muy torcidos,
y que van a parar en mal. Así, dice, suele
ser este camino.
Capítulo
6
De algunos
remedios contra las tentaciones deshonestas
En la seguida
parte, en el tratado cuarto, de las tentaciones, dijimos
de algunos remedios para estas tentaciones, y otros
remitimos a este lugar, de que trataremos ahora.
Cuanto a lo
primero, el medio de la oración es de los más
principales que la divina Escritura y los Santos nos
dan para todas las tentaciones, y el mismo Cristo nos
lo enseña en el Evangelio (Mt., 26, 41):
Velad y orad porque no entréis en la tentación.
Dice San Beda que así como el ladrón
en oyendo voces huye y todos se levantan y vienen a
socorrer, así el clamor de la oración
hace huir al demonio, y despierta a los ángeles
y a los Santos bienaventurados para que vengan en nuestro
socorro y ayuda. De San Bernardo leemos que viniéndole
a robar la castidad, dio voces: ¡Ladrones, ladrones!,
y con eso huyó el ladrón. Pues si al clamor
y apellido de los hombres huye el ladrón, ¿cuánto
más aquel tan antiguo como astuto ladrón,
que procura robar las riquezas espirituales de nuestra
alma, huirá a los clamores y apellidos que levantamos
a Dios y a sus Santos?
Especialmente
es singularísimo remedio para esto el acogernos
a pensar en la Pasión de Cristo y escondernos
en sus llagas. San Agustín dice1:
No hay medicina ni remedio más poderoso y eficaz
contra las tentaciones deshonestas, como pensar en la
Pasión y muerte de Cristo nuestro Redentor. En
ninguna cosa, dice, hallé tan eficaz remedio
como en acogerme a las llagas de Cristo; allí
duermo seguro y allí torno a revivir. Nota y
pondera muy bien un doctor grave que por eso no dijo
el Evangelista (Jn., 19, 34) que fue herido el
costado de Cristo, sino que fue abierto, para
que entendamos que está abierto el camino para
entrar en el corazón de Cristo, y que allí
ha de ser nuestro refugio y guarida (Cant., 2,
14), en aquellos agujeros de aquella piedra que
es Cristo.
San Bernardo2
pone también este remedio, y dice: Cuando sintiéredes
esta tentación, acogeos luego a pensar en la
Pasión de Cristo, y decid: Mi Dios y mi Señor
está clavado en una cruz, ¿y tengo yo de darme
a deleites y pasatiempos? Como dijo aquel criado fiel,
que diciéndole el rey que fuese a descansar y
holgar a su casa, respondió (2 Sam., 11,
11): El arca de Dios y mi señor y capitán
Joab están en el campo, y debajo de tiendas,
¿y téngome yo de ir a comer y holgar a mi casa?
Nunca Dios tal quiera. Así habemos de decir
nosotros: Vos, Señor, estáis en esa cruz
y pagáis ahí los deleites que los hombres
toman pecando: no quiero yo tomar placer tan a costa
vuestra.
Otros se ayudan
en estas tentaciones de la memoria y consideración
de los novísimos, conforme a aquello del Sabio
(Eccli., 7, 40): En todas tus obras, acuérdate
de tus postrimerías y no pecarás. Unos
se aprovechan de la consideración del infierno,
ponderando aquello que dice San Gregorio: Un momento
dura lo que deleita, y eternamente lo que atormenta.
Ahondar en aquella eternidad, en aquel «para siempre
jamás, mientras Dios fuere Dios», es medio muy
eficaz para no pecar, conforme a aquello del Profeta
(Sal., 54, 16): [Desciendan vivos al infierno].
Bajar ahora vivos al infierno con la consideración,
ayuda para no bajar allá después de muertos.
Otros se ayudan de la consideración de la gloria,
pareciéndoles desatino, como lo es, por un breve
deleite trocar a Dios y perderla gloria para siempre.
Y ¿qué mayor locura puede ser que dejar de hacer
lo que nos manda Dios, convidándonos con la gloria
por ello, por hacer lo que el demonio quiere, convidándonos
con el infierno por ello? Otros sienten mucho provecho
acordándose de la muerte y del juicio final.
Todas son muy buenas consideraciones: cada uno ha de
acudir a aquello en que sintiere más provecho:
y unas veces lo sentirá en uno, otras en otro:
y así nos habemos de ayudar de todo.
También
ayuda mucho en estas tentaciones hacer la señal
de la cruz en la frente y en el corazón, y llamar
con devoción el santo nombre de Jesús;
y se han visto efectos admirables con esto, y milagros
muchos, que tenemos en las historias.
La devoción
de nuestra Señora para todo ayuda, y así
no ha de haber nadie que no la tenga y acuda luego a
esta soberana Virgen con mucha confianza, porque no
puede dejar de ser misericordiosa la que tuvo por espacio
de nueve meses encerrada en sus entrañas la misma
misericordia. Al fin es Madre de misericordia y abogada
de pecadores, a los cuales ama, porque ve cuánto
su Hijo los amó, y por cuán caro precio
los compró; y sobre todo esto ve que los pecadores
fueron ocasión de que el Verbo Eterno tomase
carne en sus entrañas y ella fuese Madre de Dios,
y por esto los mira con ojos más piadosos, e
intercede por ellos a su Hijo, y alcanza de Él
todo lo que quiere. Porque ¿qué podrá
negar el hijo a su madre, y tal Hijo a tal Madre? De
donde vino a decir San Bernardo3 aquella
sentencia tan célebre: Calle tus alabanzas Virgen
gloriosa, el que te hubiere invocado en sus trabajos
y necesidades, y se acordare no le haber acudido.
Pero aunque
para todas las tentaciones y ocasiones es este remedio
muy eficaz, eslo muy particularmente para ésta
de que vamos tratando, por agradarle tanto a la purísima
Virgen la pureza y castidad. Algunos doctores dicen
que la pureza virginal tan subida que tuvo San Juan
Bautista, que dicen que ni aun pecado venial tuvo contra
ella, le vino de la visita de esta Señora que
estuvo tres meses con Santa Isabel. Aquélla fue
visita corporal y espiritual, dice San Ambrosio4:
[Que no fue la amistad ni el parentesco la causa única
por que la Virgen quedó tanto tiempo en casa
de su prima, sino también el provecho de tan
gran Profeta]. Y si de la primera visita se siguió
tan grande bien, que el niño se regocijó
en el vientre de su madre y quedó santificado,
y Santa Isabel fue llena del Espíritu Santo,
en oyendo la salutación de la Virgen, ¿cuál
pensáis, dice, que sería el fruto y provecho
de la presencia y conversación de tanto tiempo?
El B. Padre
Maestro Ávila dice5 haber visto muchos
efectos y provechos notables en personas molestadas
de esta tentación, por medio de la Virgen nuestra
Señora, por rezarle alguna cosa cada día
en memoria de la limpieza virginal con que concibió
y parió al Hijo de Dios: son muy a propósito
para esto aquellos versos que le canta la Iglesia:
[Virgen, que
después del parlo permaneciste inviolada.
Virgen, que eres de Dios Madre, sé con Dios nuestra
Abogada.
Virgen benigna entre todas, singular como ninguna, haznos
benignos y castos y libres de toda culpa].
Donde, poniéndole
delante su inmaculada y perpetua virginidad, le pedimos
nos alcance esta virtud, para que así agrademos
a Ella y a su preciosísimo Hijo.
También
es muy buen remedio la devoción con los Santos
y con sus reliquias. Cuenta Cesáreo6
una cosa que dice se la contó el mismo a quien
le pasó, que fue un religioso de su Orden cisterciense,
llamado Bernardo. Este, antes de entrar en la Religión,
yendo cierto camino, dice que llevaba consigo colgada
al cuello una cajita de reliquias de los santos mártires
San Juan y San Pablo. Yendo su camino, vínole
una tentación deshonesta; él entonces
no miraba tanto en eso, y descuidábase de resistir
a la tentación y de sacudir de sí aquellos
malos pensamientos que le venían. Y comenzaron
las santas reliquias, con su cajita, a darle golpes
en los pechos; y con todo eso no caía en la cuenta
ni echaba de ver en ello; y como cesase la tentación,
cesaron también los golpes. De allí a
otro poco tornó la tentación, y tornaron
luego los golpes de las santas reliquias, como si le
dijeran que advirtiese y desechase de sí aquellos
malos pensamientos. Entonces cayó en el aviso
y recuerdo que le daban, y procuró con diligencia
resistir a la tentación.
También
es muy buena devoción, y ayuda mucho para esto,
visitar muchas veces al Santísimo Sacramento
del altar, y pedir allí al Señor ayuda
y favor para salir con victoria; y, sobre todo, el recibir
a menudo este divino Sacramento es singularísimo
remedio conforme a aquellas palabras del Profeta (Sal.
22, 5): Preparasteis, Señor, y pusísteisme
delante una mesa, la cual me da virtud y fortaleza contra
todos los que me persiguen. Para todas las tentaciones,
dicen los Santos, que éste es gran remedio; pero
particularmente para vencer las tentaciones de la carne
y conservar la castidad; porque este divino Sacramento
mitiga el fomes peccati, cebo e incentivo del
pecado, disminuye y apaga los movimientos de la carne,
y los ardores de la concupiscencia, como el agua al
fuego, dice San Cirilo. Y traen para esto aquello del
Profeta Zacarías (9, 17): [Porque ¿qué
es lo bueno de Dios y qué es lo hermoso del Señor,
sino el pan de los escogidos, y el vino que engendra
vírgenes?], de lo cual dijimos en su lugar7.
Capítulo
7
Que la
penitencia y mortificación de la carne es muy
propio y principal remedio contra la tentación.
El bienaventurado
San Jerónimo, dice1: Los ardientes
y encendidos deseos y movimientos de la carne, con vigilias
y ayunos, con penitencias y asperezas, se han de refrenar
y apagar; y así lo hacía él. Y
de San Hilarión, cuenta el mismo San Jerónimo
que, siendo fatigado de tentaciones de carne y de pensamientos
torpes, se airaba con su cuerpo y decíale: Yo
te haré, asnillo, que no tires coces, porque
te quitaré la cebada y te daré solamente
paja; matarte he de hambre y de sed; pondréte
cargas pesadas, fatigarte he con calores y hielos, para
que así pienses antes en la comida que en la
lascivia. Remedio es éste muy encomendado de
los Santos, y muy usado de los siervos de Dios aun sin
sentir esta guerra.
En las Crónicas
de la Orden del bienaventurado San Francisco2
se cuenta que preguntó uno a un santo varón
por qué San Juan Bautista, siendo Santo desde
el vientre de su madre, se fue al desierto e hizo allí
tan estrecha penitencia como dice el sagrado Evangelio.
Respondió el Santo: Dime tú: ¿por qué
a la carne, estando fresca y buena, le echan sal? Respondió
el otro: Porque mejor se conserve y no se corrompa.
Pues así, dice, el glorioso Bautista se saló
con la penitencia, porque su santidad se conservase
mejor sin alguna corrupción de pecado, como la
Iglesia lo canta. Pues si aun antes de sentir estas
tentaciones, en tiempo de paz, conviene usar este ejercicio
de penitencias y mortificaciones, ¿cuánto más
convendrá en tiempo de guerra? Santo Tomás
dice3, y lo trae de Aristóteles, que
del castigo se dijo castidad, porque con el castigo
del cuerpo se ha de refrenar el vicio contrario; y dice
que los vicios deshonestos son como los muchachos, que
han menester azote, porque les falta razón.
Y si de este
mal tratamiento del cuerpo se sigue flaqueza o daño
a la salud corporal, responde el mismo San Jerónimo
en otra parte: Mas vale que duela el estómago
que el alma; y mejor es que tiemblen los pies de flaqueza
que no que vacile la castidad; aunque siempre es menester
discreción. Y así, se han de medir estas
cosas conforme a las fuerzas y a la tentación
y peligro de cada uno; porque una cosa es ser la guerra
tan grande, que pone al hombre a riesgo de perder la
castidad, y entonces a cualquier riesgo conviene poner
el cuerpo, por quedar con la vida del alma. Dicen allá
los médicos: Cuando la enfermedad es mortal,
y se ve que ya va acabando a uno, hácense remedios
exquisitos y extraordinarios. Así ha de ser también
en las tentaciones y enfermedades espirituales, cuando
son vehementes. Otra cosa es pelear con una mediana
tentación, de la cual no se teme tanto peligro,
ni es menester tanto trabajo para vencerla.
Pero advierten
aquí los maestros de la vida espiritual que estas
tentaciones de la carne unas veces nacen de la misma
carne, y del cuerpo redundan en el alma, como suele
acaecer a los mozos y a los que tienen buena salud y
regalan su carne; y entonces aprovecha mucho poner el
remedio en ella, como habemos dicho, pues está
en ella la raíz de la enfermedad.
Otras veces
nace esta tentación del alma por sugestión
del demonio, y del alma redunda en el cuerpo; y la señal
de esto es cuando combate más con pensamientos
y feas imaginaciones, que con feos sentimientos o movimientos
del cuerpo; o si hay éstos, no es porque la tentación
comience en ellos, sino comenzando por pensamientos
resultan aquellos sentimientos y movimientos en la carne,
la cual algunas veces, estando flaquísima y como
muerta, están los malos pensamientos vivísimos,
como le acaecía a San Jerónimo, según
él lo cuenta; que estando el cuerpo flaco, consumido
y casi muerto por las grandes penitencias y asperezas
que hacía, con todo eso le parecía algunas
veces que se hallaba en medio de las danzas y saraos
de las doncellas de Roma. Y tienen también otra
señal, que es venir importunamente y cuando el
hombre menos querría, y menos ocasión
hay para ello; y ni catan reverencia a tiempos de oración,
ni de Misa, ni lugares sagrados, en los cuales un hombre,
por malo que sea, suele tener acatamiento y abstenerse
de pensar estas cosas. Y algunas veces son tantos y
tales los pensamientos, que el hombre nunca oyó,
ni supo, ni imaginó tales cosas, como se le ofrecen;
y en la fuerza con que vienen, y cosas que oye interiormente
siente el hombre que no nacen de él, sino que
otro las dice, y las hace. Todas éstas son señales
manifiestas que aquélla es persecución
del demonio, y que no nace de la carne, aunque se padece
en ella; y así entonces es menester poner otros
remedios. Y todos dicen que es muy bueno para esto procurar
alguna buena ocupación que ponga al hombre en
cuidado y trabajo, con el cual pueda olvidar aquellas
feas imaginaciones. Y a este intento procuró
San Jerónimo, según él mismo cuenta,
estudiar la lengua hebrea con mucho trabajo, aunque
no sin fruto.
Y el mismo
San Jerónimo cuenta4 de un monje mancebo,
de nación griego, que estaba en un monasterio
de Egipto, que era muy fatigado de esta tentación
de carne, y ayunaba mucho, y hacía grandes penitencias
y no cesaba la tentación. El superior tomó
este medio para sanarle: mandó a un monje de
los más antiguos, grave y áspero, que
se hiciese muchas veces encontradizo con aquel mancebo,
y le reprendiese con palabras ásperas e injuriosas;
y después que le hubiese tratado mal de palabra,
se viniese él a quejar, como si hubiera sido
ofendido del otro monje. El anciano súpolo hacer
muy bien, y a cada paso, de cualquier cosa tomaba ocasión
para darle muy buenas reprensiones, y sobre eso llevábale
luego a juicio delante del superior, y tenía
ya prevenidos testigos que decían que el otro
monje había sido descomedido con el anciano.
El superior reprendía al monje y dábale
muy buenas penitencias como a culpado. Y esto pasaba
cada día; y viéndose el pobre tan mal
tratado y con tantos falsos testimonios, estaba muy
afligido y tristísimo en su celda, y derramaba
muchas lágrimas, pidiendo a nuestro Señor
que volviese por él, porque se veía desamparado
de todo favor humano: todos eran contra él, y
no se hacía en casa falta alguna o desorden,
el cual no se le achacase, luego salían dos o
tres, que testificaban contra él, y llovían
sobre su cabeza penitencias y reprensiones. Y duró
esto por todo un año. Al cabo del año
preguntóle otro monje cómo le iba de la
tentación de la carne. Respondió él:
Aun vivir no me dejan ¿y queréis que me acuerde
de eso? Ya no hay memoria de esa tentación. De
esta manera le curó su padre espiritual; con
el dolor y trabajo mayor se le quitó el menor.
Y añade allí San Jerónimo en loa
de la Religión: Si éste estuviera solo,
¿quién le ayudara a vencer la tentación?
Y en la regla de los monjes, una de las razones que
da el Santo para mostrar cuánto nos conviene
la Religión y el vivir debajo de obediencia,
es éstas5: para que no hagáis
lo que queréis, comáis lo que os dieren,
vistáis lo que os cupiere, trabajéis lo
que os mandaren, y vayáis a la noche cansado
a la cama, y aun no hayáis cumplido con el sueño,
y os hagan levantar; y así sucediendo unas cosas
a otras, andéis tan ocupado en la obediencia,
que no tengan lugar de entrar las tentaciones, ni tengáis
tiempo para pensar en otra cosa, sino en lo que habéis
de hacer.
El bienaventurado
San Francisco decía6 que había
sabido por experiencia que los demonios se espantaban
y huían de la aspereza y del rigor y penitencia,
y que se allegaban y tentaban fuertemente a los que
se trataban regalada y delicadamente. Y San Atanasio
refiere de San Antonio abad que enseñaba esto
mismo a sus discípulos: [Creedme, hermanos, decía,
teme mucho el demonio las vigilas de los buenos, sus
oraciones y ayunos y su pobreza voluntaria].
San Ambrosio
trae a este propósito aquello del Profeta (Sal.
63, 11-12): Vestíame yo de cilicio, y cubría
y guardaba mi ánima con el ayuno. Esa, dice7,
es buena defensa y buen arnés contra este enemigo,
y tenemos también para esto la doctrina de Cristo,
que nos dio cuando echó aquel espíritu
inmundo, que los discípulos no habían
podido echar (Mc., 9, 28): Este género
de demonios no puede salir sino con oración y
ayuno. A la oración añade la penitencia
y ayuno, como medio propio para ahuyentar este género
de demonios. Y así, cuando hay estas tentaciones,
no nos habemos de contentar con acudir a la oración,
ni con hacer actos y propósitos contrarios a
la tentación, sino habemos también de
ejercitarnos más particularmente en obras corporales
de penitencia y mortificación, siempre con consejo
del confesor o superior para que en todo vayamos más
acertados.
Preguntó
un religioso, que era combatido de esta tentación,
al santo fray Gil, qué remedios tendría
para ella. Díjole el Santo: ¿Qué harías
tú, hermano mío, a un perro que te viniese
a morder? Respondió el religioso: Tomaría
una piedra o palo, y heriríale hasta hacerle
huir de mí. Dice el Santo: Pues hazlo así
con tu carne, que te quiere morder, y huirá de
ti esa tentación8. Es tan bueno este
remedio, que algunas veces cualquier trabajo y dolor,
aunque sea pequeño, suele divertir y quitar esta
tentación: como extender los brazos en cruz,
hincar las rodillas, herir los pechos, tomar una disciplina,
darse algunos pellizcos o repelones, estarse en un pie
un rato, u otra cosa semejante.
En la vida
del Apóstol San Andrés se cuenta que un
viejo llamado Nicolás, estando San Andrés
en Corinto, vino a él, y le dijo que setenta
y cuatro años había vivido en deshonestidades,
dando rienda a sus apetitos desordenados, y entregándose
a todo género de torpezas, y que entrando poco
antes en la casa pública para ofender a Dios,
llevando consigo el Evangelio, una mala mujer de aquella
casa, con quien quería pecar, le apartó
con grande espanto, y, le rogó que no la tocase,
ni se llegase al lugar donde ella estaba, porque veía
en él cosas maravillosas y misteriosas. Después
de esto rogó Nicolás a San Andrés
que le diese remedio para aquella su grande flaqueza
y costumbre envejecida en el pecar. El Santo se puso
en oración, y ayunó cinco días,
suplicando a nuestro Señor que perdonase a aquel
miserable viejo, y le otorgase el don de la castidad.
Al cabo de los cinco días, perseverando el santo
Apóstol en su oración, oyó una
voz del Cielo que le decía: Yo te concedo lo
que me pides por el viejo; pero es mi voluntad que como
tú has ayunado por él, así él
ayune y se aflija por sí, si quiere ser salvo.
Mandó el santo Apóstol a Nicolás
que ayunase, y a todos los cristianos que hiciesen oración
por él y pidiesen al Señor misericordia.
Oyólos Dios de tal manera, que Nicolás
volvió a su casa, y dio todo lo que tenía
a los pobres, y maceró su carne con grande aspereza,
y por espacio de seis meses no comió sino pan
seco, y bebió un poco de agua. Y cumplida esta
penitencia, pasó de esta vida, y Dios reveló
a San Andrés, que a la sazón estaba ausente,
que se había salvado.
En el Prado
Espiritual se cuenta que un monje fue a un Padre
de los ancianos y díjole: ¿Qué haré
que no puedo sufrir los pensamientos que me combaten?
Dijo el viejo: Yo nunca he sido combatido con semejantes
pensamientos. El monje se escandalizó con esta
respuesta, y se fue a otro Padre anciano, y le dijo:
Hágote saber que tal Padre me ha dicho que no
ha sido ni es combatido de pensamientos; yo me he escandalizado,
porque me parece que ha dicho cosa que excede a la naturaleza
humana. Dijo el Padre: No sin causa te dijo aquel varón
de Dios tales palabras; vuelve a él y pídele
perdón, y te dirá la causa por qué
te dijo aquello. El monje volvió a él
y díjole: Perdóname, Padre, porque sin
despedirme de ti me fui el otro día tan neciamente;
mas ruégote me declares cómo no eres combatido.
Respondió el viejo: Porque después que
soy monje, nunca me harto de pan, ni de agua, ni de
dormir, y esta abstinencia no me ha permitido que tenga
la batalla de pensamientos que tú me dijiste.
Capítulo
8
De otros
remedios contra las tentaciones
El bienaventurado
San Gregorio dice1 que algunas veces las
tentaciones deshonestas y ser molestado uno de pensamientos
y movimientos malos suelen ser rastros y reliquias de
la mala vida pasada, y pena y castigo de la libertad
y mala costumbre antigua, y que entonces con lágrimas
se ha de apagar este fuego, llorando muy bien lo pasado.
San Buenaventura
dice2 que es muy buen remedio en las tentaciones
juzgarse uno por digno de aquella aflicción y
trabajo, y reconocer que tiene muy bien merecido aquel
castigo por sus culpas y libertad pasada, y sufrirlo
con humildad y paciencia, diciendo con los hermanos
de José (Genes., 42, 21): Con razón
padecemos estas cosas, porque pecamos contra nuestro
hermano. De esa manera, dice San Buenaventura, aplacará
uno más presto a Dios y se le convertirá
en bien y provecho la tentación. Provoca mucho
a misericordia aquellas entrañas piadosísimas
de Dios el reconocerse uno por digno de castigo; y así
leemos en la sagrada Escritura (Dan., 3, 37;
9, 5) que usaba mucho de este medio el pueblo de Israel
para alcanzar perdón de Dios.
Otro medio,
y muy eficaz, para alcanzar el favor y ayuda del Señor
y salir con victoria y triunfo de nuestros enemigos
en todas las tentaciones y particularmente en ésta,
es desconfiar de nosotros y poner toda nuestra confianza
en Dios, de lo cual tratamos largamente en otra parte3;
y después, tratando del temor de Dios, diremos
algo. Bastará ahora decir que generalmente la
humildad es gran remedio contra las tentaciones. Bien
sabido es aquello que le fue revelado al bienaventurado
San Antonio. Viendo en espíritu todo el mundo
lleno de lazos, dio voces diciendo con lágrimas:
¿Quién escapará, Señor, de tantos
lazos? Y oyó una voz que le dijo: El humilde.
Pues sed vos humilde y libraráos Dios de esos
lazos y tentaciones (Sal. 114, 6): [El Señor
guarda a los pequeñuelos, y yo me humillé
y salvóme]. Los montes altos son combatidos
de rayos y tempestades; los árboles grandes son
los que arrancan los vientos; pero las cañas,
mimbres y plantas humildes, que se abaten y encorvan
y doblan a una parte y a otra, quédanse en pie
después de las tempestades.
Conforme a
esto, será también muy bueno y muy provechoso
sacar humildad y propio conocimiento de estas tentaciones
deshonestas, viendo que tales cosas pasan por nosotros,
como diciendo: Veis aquí, Señor, quién
soy yo; ¿qué se esperaba de este muladar, sino
semejantes olores? ¿Qué se podía esperar
de la tierra que Vos maldijisteis, sino zarzas y espinas?
Este es el fruto que esta nuestra tierra puede dar,
si Vos, Señor, no la limpiáis. Buena ocasión
nos dan estas tentaciones y malas inclinaciones que
tenemos para humillarnos. Si los vestidos viles y despreciados
ayudan a uno a humillarse, como dicen los Santos, ¿cuánto
más nos ayudarán a humillar tan viles
y sucios pensamientos como pasan por nosotros? Decía
el santo fray Gil4 que nuestra carne era
como el animal inmundo, que con gran deseo corre al
lodo y en él se deleita; o como el escarabajo,
que su vida es revolverse en el estiércol. Mucho
nos ayudará esta consideración para no
dejarnos llevar de estos pensamientos.
Y generalmente,
en cualquier tentación es muy bueno no hacer
uno caso de aquello a que le lleva la tentación,
sino volver luego sobre sí, humillándose
y diciendo: ¿Que sea yo tan malo, que me vengan y pasen
por pensamiento tales cosas? Porque con esto harta el
cuerpo a la tentación y queda burlado el demonio.
Ayuda también
mucho el confundirse uno de la tentación, y de
los malos pensamientos y movimientos que le vienen,
como si fuera culpa suya, aunque está muy lejos
de consentir en ellos. Rabia el demonio y cúbrese
de pena, viendo tanta humildad, y como es tan soberbio,
no lo puede sufrir. No le podéis dar mayor bofetada
ni tomar medio con que él más presto os
deje de tentar, como ver que sacáis ganancia
de donde él procuraba vuestra pérdida.
Fuera de que con esto muestra uno cuán lejos
está su voluntad de ofender a Dios, que es cosa
que da mucha satisfacción y seguridad.
También
ayudará algunas veces baldonar y afrentar al
demonio, como diciendo: Vete de aquí, espíritu
sucio; ten vergüenza, desventurado; muy sucio eres
tú, que tales cosas me traes a la memoria. Porque
como él es tan soberbio, cuando le menosprecian
y afrentan y le tratan como quien él es, no lo
puede sufrir y huye.
Cuenta San
Gregorio5 de Dacio, obispo de Milán,
que yendo a la ciudad de Constantinopla, llegando a
la ciudad de Corinto, y no habiendo dónde se
aposentar sino una casa que estaba desamparada, porque
había muchos años que andaban en ella
los demonios, dijo el Santo: Vamos allá. Fueron,
y cerca de la medianoche, estando reposando el Santo,
comenzaron los demonios a hacer mucho ruido en forma
de diversas bestias, balando como ovejas, bramando como
leones, gruñendo como puercos, silbando como
serpientes. Despertó el Santo al ruido, y enojándose
con los demonios, dijo: ¡Oh, qué bien os vino
y cuán bien os salió la levada! Quisisteis
ser como Dios, y quedasteis hechos bestias, dragones
y serpientes; muy bien remedáis lo que sois.
Quedaron con esto tan afrentados los demonios, que dice
San Gregorio que luego desaparecieron y nunca jamás
volvieron a aquella casa, sino que se pudo habitar de
ahí adelante de todos.
San Atanasio
cuenta del bienaventurado San Antonio que era muy molestado
de tentaciones deshonestas; y un día echósele
a sus pies un muchacho negro, sucio y asqueroso, lamentándose
que había vencido a muchos y que de él
sólo había sido escarnecido. Preguntóle
San Antonio: ¿Quién eres? Soy, dice, el espíritu
de fornicación. De aquí adelante replicó
el Santo, haré poco caso de ti, pues eres cosa,
tan vil y desechada; y desapareció luego aquella
visión. Y Cristo nuestro Redentor, en el sagrado
Evangelio (Lc., 11, 24), llama sucio al
espíritu de fornicación. De esta manera
podemos nosotros afrentar y baldonar al demonio, tratándole
como quien es y haciendo burla de él. Y algunas
veces se puede hacer esto, dándole una higa,
sin decir otra cosa, ni ponerse a razonar con él;
con lo cual, sin decir nada, se dice mucho.
Capítulo
9
Del temor
de Dios
Obrad las
cosas de nuestra salvación, dice el Apóstol
San Pablo (Filip., 2, 12), con temor y temblor.
Una de las cosas que nos ayudarán mucho para
la castidad, y generalmente para conservarnos en gracia
de Dios, será andar siempre con un santo temor
y recato, desconfiando de nosotros mismos, y acudiendo
a Dios, y poniendo en Él toda nuestra confianza.
Así lo dice San Bernardo1: Por experiencia
he hallado que no hay medio tan eficaz para alcanzar
la gracia divina y conservarla, y para recobrarla si
se pierde, como andar siempre con temor delante de Dios,
y no presumir de sí, según aquello del
Sabio (Prov., 28, 14): Bienaventurado el hombre
que anda siempre con este santo temor, por el contrario,
una de las cosas que ha hecho aun a grandes Santos dar
miserables caídas, ha sido fiarse de sí
y andar con poco temor y recato. (Prov., 14,
16): El necio es atrevido y confiado y por eso
cae; pero el sabio anda con temor, y así se
libra del mal. El que lleva un licor muy precioso
en un vaso de vidrio muy delicado, y pasa con él
por lugares peligrosos, donde unos se encuentran con
otros, y corren recios vientos y tempestades, si no
conoce y teme la fragilidad del vidrio, no lo llevará
con mucho recato, y así fácilmente se
le quebrará, y derramará el licor que
lleva; mas el que conoce cuán delicado es, y
teme no se le quiebre, guárdalo muy bien, y va
con mucho tiento y cuídalo muy bien, y así
camina más seguro. De esta manera nos acontece
a nosotros; tenemos el licor y tesoro
preciosísimo de la gracia y dones de Dios en
vasos de barro, como dice el Apóstol San
Pablo (2 Cor., 4, 7), los cuales se pueden quebrar
fácilmente, y derramar y perderse todo, y andamos
en medio de muchos vientos y tempestades y donde hay
muchos encuentros y peligros. Los que no se conocen
bien, ni temen esta fragilidad y flaqueza, viven con
una falsa seguridad, y así fácilmente
vienen a caer y perderse; mas los que se conocen y temen,
andan con grande cuidado y aviso para conservarse, y
así viven más seguros; y si alguna seguridad
hay en esta vida, éstos la tienen.
¿De dónde
pensáis, dice San Bernardo2, que ha
venido a haber sido algunas personas castas en el tiempo
de su mocedad, aunque fueron combatidas, con grandes
tentaciones, y, venidas a la vejez, haber miserablemente
caído en vilezas tan feas, que ellos mismos se
espantaban de sí? La causa fue que en la mocedad
vivían con santo temor y humildad, y viéndose
tan al canto de caer, acudían a Dios y eran defendidos
por Él; mas después que con la larga posesión
de la castidad comenzaron a engreírse y a confiar
de si mismos y asegurarse, luego en aquel punto fueron
desamparados de la mano de Dios, e hicieron lo que era
suyo propio, que es caer.
El bienaventurado
San Ambrosio3 dice que ésta es la
causa por que muchos que sirven a Dios, y de noche y
de día meditan en su ley, y crucifican su carne,
y tienen refrenadas las concupiscencias e incentivos
de la sensualidad, y han sido muy pacientes en daños
grandes que han recibido, y muy constantes en persecuciones
que han tenido, al cabo han perdido toda esa confianza
y alteza de vida, y han venido a caer en grandes miserias;
porque comenzaron a confiar en su virtud y santidad
y en las buenas obras que hacían, presumiendo
y confiando desordenadamente en ellas; y a los que el
demonio no pudo persuadir amor de vicios manifiestos,
ni los pudo derribar con ímpetu de injurias y
persecuciones, los hizo caer blandamente, levantándolos
con presunción de sí mismos.
Llena tenemos
la Sagrada Escritura y los Santos de estos ejemplos
y llóralo muy bien el glorioso Agustino: muchos
habernos visto, y de otros oído decir a nuestros
mayores, que habían subido hasta el Cielo, y
puesto su nido allá entre las estrellas. ¡Ay!,
dice4, que no me puedo acordar de ello sin
gran temor; ¡cuántas de estas estrellas han caído
del Cielo! ¡Cuántos que estaban sentados a la
mesa de Dios y comían Pan de ángeles,
han venido a desear henchir sus vientres de manjares
de puercos! ¡Cuántas castidades, más finas
y más hermosas que el marfil antiguo, han sido
tiznadas y convertidas en carbones de fuego!
¿A quién
no espantará aquel ejemplo que cuenta Lipomano5,
de Jacobo, ermitaño, que después de haber
servido al Señor más de cuarenta años
con grandísimo rigor y penitencia, siendo ya
de edad de sesenta años e ilustre en milagros
y en echar demonios, le llevaron una doncella para que
le sacase un demonio, y después de echado, no
osaron los que la trajeron llevarla consigo, porque
el demonio no se le atreviese, y él permitió
que se quedase con él. Y porque se fió
presumió de sí, permitió Dios que
cayese; y porque un pecado llama a otro, hecho el mal
recaudo, con miedo de ser descubierto, la mató
y echó en un río; y por remate de todo,
desesperado de la misericordia de Dios, se determinó
de volver al siglo a entregarse del todo a los vicios
y pecados que tan tarde había comenzado. Aunque
después no le faltó la misericordia de
Dios, que le volvió a sí; y hecha rigurosísima
penitencia de diez años, volvió a cobrar
la santidad primera, y fue santo canonizado.
¿A quién
no espantará el otro monje, de quien dijo el
bienaventurado San Antonio: Hoy ha caído una
gran columna? ¿Quién no temblará con esto?
¿Quién se fiará de su santidad? ¿Quién
de religioso soy? mirad que han caído
otros mejores que vos, y que tenían más
virtud y más dones de Dios que vos. Dice el glorioso
San Jerónimo6: ¿Por ventura sois vos
más santo que David y más sabio que Salomón,
y más fuerte que Sansón? Pues todos ésos
cayeron; y uno de los doce Apóstoles de Cristo
cayó, aprendiendo en tal escuela, y conversando
con tal Maestro y con tales condiscípulos, oyendo
tales pláticas y sermones, viendo tantas virtudes
y milagros; y uno de los siete diáconos, Nicolao,
elegido por los Apóstoles, y que había
descendido el Espíritu Santo sobre él
como sobre ellos, fue después, no sólo
hereje, sino heresiarca y padre de herejes. ¿Quién
no temerá aquella serpiente antigua? Acordaos,
dice San Jerónimo, que nuestros primeros padres
cayeron y fueron echados del Paraíso, donde estaban
enriquecidos con dones de Dios y con la justicia original,
y todo fue por soberbia. Dice San Agustín7
que en ninguna manera fuera engañado el primer
hombre si primero allá en su corazón no
se hubiera apartado de Dios por soberbia; porque verdadera
es aquella sentencia del Sabio, pues es del Espíritu
Santo (Prov., 16, 18): Antes de la ruina y
perdición precede la elación del corazón.
Y si no os
bastan ejemplos de hombres, pasad y subid más
arriba, y allá en el Cielo hallaréis ejemplos
de ángeles que por soberbia y presunción
cayeron de la alteza y dignidad tan grande en que Dios
los había criado. [Mirad que aun sus ministros
fueron inconstantes, y en sus mismos ángeles
halló maldad (Job., 4, 18-19): ¡Cuánto
más serán consumidos como de polilla los
que moran en casas de barro, y cuyo cimiento es el polvo!
De la mañana a la tarde serán deshechos].
San Gregorio va ponderando muy bien a nuestro propósito
estas palabras de Job: Si en aquel oro purísimo
se halló tanta escoria; si en aquella nobilísima
naturaleza de los ángeles no hubo seguridad ni
estabilidad, ¿qué será de los que moramos
en casas de barro? Porque el barro fácilmente
se quiebra y se desmorona deshace. ¿Cómo no temerá,
o cómo podrá presumir de sí un
alma que está en un cuerpo tal como éste,
que él mismo cría polilla, y en nosotros
tenemos la raíz de nuestra perdición?
Consumiránse como de polilla. Compáralo
muy bien a la polilla, dice San Gregorio8,
porque así como la polilla nace de la vestidura,
y corrompe y destruye esa misma vestidura, así
en nosotros nuestra carne es como una vestidura del
ánima, que cría también su polilla,
porque de ella nace la tentación carnal que nos
va haciendo la guerra, y así se viene el hombre
a consumir como de polilla, cuando de la tentación,
que nace de la misma carne, se viene a corromper y a
perder.
Y más:
dijo muy bien «como de polilla», porque así como
la polilla hace el daño en la vestidura y no
hace ruido9, así también la
polilla de esta mala y perversa inclinación de
nuestra carne, de este fomes peccati, cebo
e incentivo del pecado que tenemos con nosotros hace
el daño sin ruido y casi sin sentir, que muchas
veces no lo echamos de ver, ni caemos en la cuenta hasta
que ya está hecho. Pues si aquellos espíritus
angélicos y celestiales, que no tienen cuerpo
que les críe esta polilla, ni que les haga guerra
y contradicción y les vaya consumiendo, no duraron
ni perseveraron en el bien, ¿qué hombre habrá
tan atrevido que confíe de sí, teniendo
dentro la causa de su tentación y perdición?
Pues aprendamos
de aquí a andar siempre con este temor y recato;
y ¡ay de aquel que no anduviere siempre con él!
Bien le podéis llorar, porque presto caerá.
No lo digo yo; el Espíritu Santo lo dice (Eccli.,
27, 4): Si no anduviéredes siempre con temor
y recato, huyendo del peligro, y guardándoos
de la ocasión, y desechando luego el mal pensamiento,
y previniéndoos para la tentación,
presto caeréis.
Y no se engañe
nadie con decir: ¡Oh, que no siento yo esas tentaciones
ni esos movimientos y peligros de tratar ni de mirar,
ni hacen en mí impresión esas cosas! No
os fiéis de eso, que os quiere asegurar el demonio
de esa manera, para después, al cabo de algún
tiempo, cuando vos más descuidado estéis,
armaros una zancadilla y dar con vos en el suelo, o,
por mejor decir, en el infierno. Antes advierten aquí
los Santos que mientras más mercedes hace el
Señor a uno, y más dones le hubiere comunicado,
ha de andar con mayor temor, porque tanto más
solícitos y cuidadosos andan los demonios para
hacerle caer. Su manjar es escogido, dijo
el Profeta Habacuc (1, 16); tras eso andan ellos; y
más estima el demonio el nacer caer a un siervo
de Dios y a un religioso que trata de perfección,
que a muchos millares de otros hombres del mundo, como
se verá por los ejemplos que traeremos luego.
Y así,
San Jerónimo, en la epístola a Eustoquio
(cap. 11), exhortándola a que mire por sí
y que no se descuide con el alto estado de la virginidad,
le dice: Por estar en más alto estado y por tener
más dones de Dios, no por eso os habéis
de ensoberbecer, ni presumir de vos; antes por eso habéis
de andar con mayor temor. Vais cargada de oro, y así
habéis de temer más los ladrones, y guardaros
de los pasos malos y peligrosos. No penséis que
ha de haber paz en tierra llena de abrojos y espinas.
No hay seguridad en esta vida, sino pelea; siempre habéis
de andar en centinela. Navegamos en un mar muy tempestuoso,
y en una navecilla muy flaca de esta carne, cercados
de muchos enemigos que andan bebiendo los vientos y
levantando cuantas tempestades pueden para anegarnos,
sin jamás descansar ni dormir, esperando cualquiera
ocasión para entrarnos por allí. Y así
nos da voces el glorioso Apóstol San Pablo (1
Cor., 10, 12): El que piensa que está
en pie, mire no caiga; andad siempre en vela,
la barba sobre el hombro [y guardaos no pequéis]
(1 Cor., 15, 34); y si alguna cosa nos ha
de tener en pie y asegurar, es andar siempre con este
santo temor y recelo.
Una cosa oí
contar de nuestra Compañía, que viene
muy a propósito de lo que vamos diciendo: diréla
de la manera que la oí. A los principios de la
Compañía, cuando el Padre Pedro Fabro
y el Padre Antonio de Araoz, vinieron del reino de Portugal
a Castilla, enviados del rey de Portugal, don Juan el
tercero, con la princesa doña María, su
hija, que venía a casarse con el rey don Felipe
segundo, que entonces era príncipe, tenían
los nuestros grande entrada en palacio, y confesaban
casi todas las damas y señores de la corte, y
no había tantos viejos como ahora; todos eran
mozos. Y espantábase el mundo, y con razón,
de aquello que se pone por cosa maravillosa en la Vida
de nuestro santo Padre Ignacio10, tanta
juventud con tanta castidad. Veíanles por una
parte en medio de tantas ocasiones y peligros; y por
otra con tanto olor de castidad; daba esto que decir
en la corte.
Dicen que
el rey, hablando un día con el Padre Araoz, le
dijo: Hanme dicho que los de la Compañía
traen consigo una hierba que tiene virtud para conservar
la castidad. Respondió el Padre Araoz (que era
muy cortesano): -Verdad han dicho a vuestra majestad.
-¿Qué hierba es, por vida vuestra? -Señor,
la hierba que los de la Compañía traen
consigo para conservar la castidad es el temor de Dios.
Esa es la que hace este milagro; porque tiene esa virtud
que hace huir los demonios, como el pez de Tobías
(6, 8) echado sobre las brasas.
En confirmación
de esto hace aquello del Sabio (Eccli., 33, 1):
Al que teme a Dios, no le vendrá mal ninguno,
porque Dios le conservará y librará de
todo mal. Y en otra parte dice (Eccli., 1,
27; Prov., 15, 27): El temor de Dios echa
fuera el pecado, [y por su medio se apartan los
hombres del mal]. Pues traigamos siempre
esta hierba con nosotros, andemos siempre con este temor,
y entendamos que no hay castidad ni santidad segura
sino en el temor santo de Dios. Y así la sagrada
Escritura dice que envejezcamos en él (Eccli.,
2, 6): [Guardad el temor de Dios, y envejeceos en
él]; para darnos a entender que no
sólo conviene esto a los principios, sino al
fin; no sólo los que comienzan, sino también
los criados viejos en la casa del Señor han de
vivir con este temor; y no solamente los culpables que
tienen por qué temer, sino también los
justos, que no han hecho tanto por qué. Los unos
teman porque cayeron, y los otros porque no caigan:
a los unos los males pasados, y a los otros los peligros
venideros deben poner temor. (Prov., 28, 14):
Bienaventurado el hombre que anda siempre con este
santo temor.
Capítulo
10
De los
bienes grandes que hay en este temor de Dios
Para que
estimemos y apreciemos más este santo temor,
y le procuremos siempre conservar en nosotros, diremos
aquí algunos de los muchos y grandes bienes que
hay en él. Cuanto a lo primero, este temor de
Dios no sólo no causa desconfianza ni desmayo,
ni hace a los hombres cobardes ni pusilánimes,
antes los hace más fuertes y más confiados
y animosos, como dicen los Santos de la humildad1:
porque hace desconfiar de sí y poner toda la
confianza en Dios. San Gregorio2 dice esto
muy bien sobre aquello de Job (4, 6): [¿Dónde
está tu temor, dónde tu fortaleza?]
Con mucha razón, dice, junta el temor con
la fortaleza, porque en el camino de Dios es al revés
de lo del mundo, donde la osadía causa fortaleza,
y el temor flaqueza y cobardía; pero acá
es al contrario, la osadía causa flaqueza, y
el temor, gran fortaleza, conforme a aquello del Sabio
(Prov., 14, 26): [En el temor de Dios está
la confianza de nuestra fortaleza]. Y la
razón es, porque cuando uno teme mucho a Dios
no halla qué temer en ninguna cosa del mundo;
todas las cosas temporales desprecia y las tiene en
poco (Eccli., 34, 16): [De nada temblará
ni tendrá miedo quien teme al Señor, pues
Él es su confianza]. El temor es un
género de sujeción a aquello que tememos,
como a cosa que nos puede dañar en algo; y el
que teme mucho a Dios y pone en Él toda su confianza
no tiene que temer ni al mundo, ni al tirano, ni a la
muerte, ni al demonio, ni al infierno; porque no le
puede dañar nada de eso ni aun tocar a un pelo
de la ropa sin licencia de Dios; y ésta es una
fortaleza tan grande que no la hay tal en todos los
fuertes del mundo, porque es entonces Dios
su fortaleza (Sal. 24, 14).
Más:
este santo temor de Dios no causa congoja, ni amargura
de corazón, ni da pena ni fatiga alguna, antes
es muy dulce y alegre. El temor mundano de perder la
honra o la hacienda, y el temor servil del infierno
y de la muerte causa tristeza y melancolía; pero
el temor santo y filial, que tienen los buenos hijos
de enojar y ofender a su muy querido Padre, regala el
alma, enternece el corazón, derrite las entrañas,
porque hace andar continuamente en actos de amor de
Dios, pidiéndole: No permitáis, Señor,
que me aparte jamás de Vos; antes muera yo que
os ofenda. (Eccli., 1, 11-13): [El temor de
Dios es gloria y justo motivo de gloriarse, y es alegría
y corona de triunfo. El temor del Señor recreará
el corazón, y dará contento y gozo y larga
vida. Al que teme al Señor le irá felizmente
en los últimos días de la vida, y el día
de su muerte será bendito]. ¡Con qué
abundancia de palabras y con cuanta diversidad de afectos
declara el Sabio el gozo y alegría que trae consigo
el temor de Dios! No es temor éste que hace temblar
como a esclavos por miedo de los tormentos, sino es
un temor que nace de amor de Dios; y así, cuanto
uno más le ama, tanto más teme de ofenderle
y enojarle; como vemos que lo hacen el buen hijo con
su padre, y la mujer honrada con su marido, que cuanto
más le quiere, tanto más trabaja porque
no haya en casa cosa que le pueda dar pena.
Y para que
lo digamos en una palabra: todos los loores, favores,
prerrogativas y preeminencias que la sagrada Escritura
pone de los humildes, todo lo hallamos dicho de los
que temen a Dios, y casi con las mismas palabras. Así
como dice la Escritura que Dios mira y pone sus ojos
sobre los humildes y pobrecitos, así lo dice
de los que temen a Dios (Eccli., 34, 19): [Los
ojos del Señor están puestos sobre los
que le temen].
Y así
como dice que Dios ensalza a los humildes y los llena
de bienes, lo mismo dice de los que le temen: [Su
misericordia corre de generación en generación
eternalmente sobre aquellos que le temen], dice
la sacratísima Reina de los Ángeles en
su Cántico (Lc., 1, 50). Y la Santa Judith
(16, 19): Señor, los que os temen, serán
grandes delante de Vos en todo. Y así como
los Santos3 dicen que la humildad es guarda
de todas las virtudes, y que sin ella no habrá
virtud, así lo dicen también del temor
de Dios; por lo cual el Profeta Isaías (33, 6)
llama a este santo temor tesoro del Señor,
porque en él están muy bien guardadas
y atesoradas las virtudes. Y, por el contrario, dicen
que así como el navío que va sin lastre
y sin peso, no va seguro, porque cualquier viento recio
basta para trastornarle, así tampoco va segura
el alma, que camina sin el peso del temor, que es el
peso de nuestra ánima, y quita la liviandad del
corazón, y la tiene firme y constante, para que
el viento de los favores humanos y divinos no la levanten
y trastornen; y por muy rica que vaya, si carece de
este peso, va en peligro.
San Jerónimo4
llama al temor «áncora de nuestro corazón».
San Jerónimo dice5: El temor es guarda
de las virtudes, y la seguridad hace fácil la
caída. Tertuliano6: El temor es fundamento
de nuestra salud, porque teniendo, nos guardamos, y
guardándonos nos salvaremos: el que anda con
recato y solicitud, ése podrá estar seguro.
Finalmente,
el Sabio, en muchos capítulos de los Sapienciales,
va diciendo grandes excelencias y maravillas de la sabiduría,
y por remate de todo viene a concluir que el temor de
Dios es la sabiduría. Y lo mismo dice el santo
Job (28, 28): [Mirad que el temor de Dios es la sabiduría,
y apartarse del pecado es la verdadera inteligencia].
Y así, todo lo que se dice de la sabiduría
podemos decir también del temor de Dios.
Y aún
añade el Sabio (Eccli., 1, 20) que el
temor de Dios es la plenitud y consumación de
la sabiduría, y sus frutos son muy copiosos y
abundantes; y viene a concluir con estas palabras
(Eccli., 25, 13-15): Grande es, por cierto,
el que ha hallado la sabiduría; pero no es sobre
el que teme a Dios. El temor de Dios se ha encimado
y encumbrado sobre todas las cosas. Bienaventurado aquel
a quien le ha sido dado este don de temor. Quien tiene
este don tan grande, ¿a quién le compararemos?
Capítulo
11
En que
se confirma lo dicho con algunos ejemplos
En el Prado
Espiritual se dice: Contonos uno de aquellos Padres
de Tebas, que era hijo de un sacerdote de los ídolos,
que siendo muy muchacho se solía estar con su
padre en el templo, y veía muchas veces cómo
su padre ofrecía sacrificios a su ídolo.
Y una vez entró escondidamente detrás
de él, y vio a Satanás que estaba sentado
en un alto tribunal, y alrededor de él su infernal
canalla, y uno de los principales se llegó a
él, y le adoró. Satanás le dijo:
¿De dónde vienes tú? He estado, dice,
en tal provincia, y levanté y causé muchas
guerras y disensiones, y mucho derramamiento de sangre,
y he venido a contártelo. Preguntóle Satanás:
¿Y cuánto tiempo gastaste en hacer eso? Respondió:
Treinta días. Satanás entonces le mandó
azotar, diciendo que había gastado mucho, y hecho
poco. Después se llegó otro, y adoró
al infernal capitán, el cual le preguntó:
Y tú, ¿de dónde vienes? Respondió:
He estado en el mar, y he levantado muchas tempestades,
y hundido muchas naves, y ahogado muchos hombres, y
he venido a darte cuenta de ello. Preguntóle:
¿En cuánto tiempo has hecho esto? Respondió:
En veinte días. Mandole azotar porque había
hecho poco en tantos días. Llegó el tercero,
adorole, y dijo Satanás: Y tú, ¿dónde
has estado? He estado en tal ciudad, donde se hacían
unas bodas, y los revolví, y murieron muchos,
entre ellos el mismo desposado. Dijo Satanás:
¿Y cuánto tardaste? Sólo diez días.
Y sin embargo, de tanto mal como había hecho,
le mandó azotar, diciendo: En diez días
muchas más cosas habías de haber hecho.
Estando en esto, llegó otro, y adoró a
su mal príncipe, él le preguntó:
¿De dónde vienes? Vengo del Yermo, donde he estado
cuarenta años tentando y combatiendo a un monje,
y al cabo de ellos, esta noche pasada le vencí,
y le he hecho pecar en el pecado de la fornicación.
Y como esto oyó Satanás, se levantó
y le besó, y quitándose la corona que
tenía puesta, se la puso en la cabeza, y le hizo
sentar en una silla junto a sí, diciendo: Una
gran hazaña has hecho. Yo, como esto oí,
dije: Verdaderamente grande y excelente es la Religión
y orden de los monjes. Y así me salí de
casa de mis padres, y me hice monje. Nótese aquí
de camino, que de donde otros sacan desestima de los
religiosos, por haber caído alguno en alguna
flaqueza, sacó éste, y con mucha razón,
estimar más la Religión y abrazarla. Otro
ejemplo semejante a éste cuenta San Gregorio
en los Diálogos1.
En las Vidas
de los Padres se lee que un santo ermitaño
fue llevado por un ángel a un lugar adonde había
un monasterio de religiosos, y vio allí una multitud
de demonios, que andaban volando como moscas por todas
las oficinas y lugares del monasterio. Y yendo a la
plaza de la ciudad, vio que en toda la ciudad no había
sino un solo demonio, y ése se estaba ocioso,
sentado sobre la puerta de la ciudad. Y preguntando
él qué era la causa de aquello, respondióle
el ángel que le guiaba que en la ciudad todos
hacían lo que el demonio quería, y así
un demonio bastaba para todos; pero en el monasterio
todos procuraban resistir al demonio, y por eso andaban
tantos demonios sobre ellos para tentarlos y hacerlos
caer.
Paladio cuenta2
aquel memorable ejemplo, que se refiere también
en las Vidas de los Padres, de un monje que por
muchos años se había ejercitado en buenas
obras y santos ejercicios de religioso, y aprovechado
mucho. Al cabo de los cuales tuvo contento vano de sí
y jactancia; por lo cual permitió Dios que miserablemente
cayese en un pecado deshonesto con el demonio, que se
le apareció en forma de mujer muy hermosa, que
andaba perdida por el desierto, a la cual él
acogió fácilmente, hablando largo con
ella y riendo y tocándole las manos; y finalmente
estaba ya rendido para pecar con ella, y queriendo ponerlo
por obra, se le desapareció de entre los brazos,
dando una gran voz, tras la cual fueron oídas
grandes risadas de muchos demonios que andaban por el
aire, y le decían: ¡Oh monje, monje, que te levantabas
y ensalzabas hasta los Cielos!, ¿cómo te has
hundido hasta lo profundo? Aprende, pues, de hoy más
que el que se levanta será humillado. Con las
cuales palabras parece que los demonios le daban la
vaya y burlaban de él. Y no paró en esto
el miserable, porque después de haber gastado
aquella noche y otro día en grandes llantos y
confusión, vino a desesperar, volviéndose
al mundo y soltando la rienda a los vicios.
Juan Clímaco3
refiere aquel ejemplo que tocamos arriba, de un mancebo
de quien se lee en las Vidas de los Padres que
llegó a tal alto grado de virtud, que mandaba
a las bestias fieras y las hacía servir en el
monasterio a los monjes: al cual comparó San
Antonio a un navío cargado de ricas mercaderías
y puesto en medio del mar, cuyo fin no se sabía.
Pues este mozo tan fervoroso y tan santo vino después
a caer miserablemente. Y estando él llorando
su pecado, dijo a unos monjes que por allí pasaron:
Decid al viejo, esto es, a San Antonio, que ruegue a
Dios me quiera conceder diez días de penitencia.
Oído esto, lloró el santo varón
amargamente, y con gran dolor de su corazón dijo:
Una gran columna de la Iglesia ha caído hoy.
Y pasados cinco días murió el sobredicho
monje. De manera, que el que primero, dice San Juan
Clímaco, mandaba a las bestias salvajes, fue
al cabo por cruelísimos salvajes derribado y
burlado; y el que poco antes se mantenía con
Pan del Cielo, vino después a mantenerse del
lodo y del cieno. Y cuál haya sido su caída,
no lo quiso declarar el prudentísimo Padre Antonio,
porque sabía él que era fornicación.
El B. Padre
Maestro Ávila trae un ejemplo4 de
un santo ermitaño que le dio Dios a conocer el
gran peligro en que estaba puesto en esta vida; y como
lo considerase, puso sobre su cabeza un capirote de
luto, y cubrió su cara de manera que no podía
ver sino solamente la tierra que iba a pisar, y nunca
alzó los ojos de la tierra, llorando de verse
en tan gran peligro, como vive el hombre. Y como le
venían a ver muchos a la celda, viendo la gran
mudanza que había hecho, le preguntaban la causa
de aquella novedad y de haber pasado de repente a tan
extraordinario extremo. Él nunca les respondía
otra cosa, sino: ¡Ay de mí, que aún puedo
ofender a Dios mortalmente!
RODRÍGUEZ,
Alonso. Ejercicio de
Perfección y virtudes cristianas. Madrid; ed.
Testimonio 1985, 1era edición. Parte tercera,
tratado cuarto ("De la virtud de la castidad",
pp. 1408-1452).
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