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Homilía de Mons. Víctor Ochoa Cadavid durante la misa en la Iglesia Santa María in Traspontina con el Movimiento de Vida Cristiana


"Entonces Jesús, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, subiendo hacia el cielo"

Queridos hermanos y hermanas:

Hace cuarenta días celebrábamos la fiesta de la Pascua, "el día santo en que Nuestro Señor pasó de la muerte a la vida", que nos permitió recordar, con una bellísima simbología litúrgica, en el hoy de la celebración de la fe, nuestro Bautismo y asumir un renovado vigor en nuestra opción de vida cristiana.

Esa fiesta pascual se prolonga y se extiende en el tiempo humano y nos lleva, en la sabiduría de nuestra Madre la Iglesia, a esta celebración del misterio de la Ascensión, en el cual Jesucristo, victorioso sobre el pecado y la muerte, sube al Padre, en el cielo.

Nuevo tiempo y nueva historia

La fiesta de la Ascensión del Señor, que hoy celebramos, cierra el contacto personal de Cristo con sus discípulos. No podemos dudar de que la presencia de Cristo en la Iglesia está asegurada hasta el final de los tiempos.

En esta fiesta contemplamos a Cristo, glorioso en el cielo, junto al Padre. Él es el "Evangelio viviente del Padre"; en su existencia terrena Él ha anunciado la Buena Noticia de salvación a los hombres. Después de cumplir su misión en la tierra, anunciando la misericordia del Padre, es constituido Señor de la historia humana.

Al llegar Cristo al cielo sella definitivamente la redención del género humano. Hombre verdadero según la carne, es primicia de nuestra resurrección y es signo de esperanza para nuestra condición mortal y pecadora, signo claro de salvación. Llevando al cielo nuestra condición humana, Cristo es signo visible y claro de lo que un día nosotros seremos, en la gloria, después de nuestra lucha por la santidad y por la gracia.

Con la entrada de Cristo a la gloria del Padre, los Apóstoles deben comenzar a proclamar la Buena Noticia de este acontecimiento en toda la tierra. Podemos decir que se inicia un tiempo de misión y anuncio para la Iglesia, en el cual nosotros nos insertamos con nuestra acción apostólica. Este tiempo será sellado definitivamente con la llegada del Espíritu Santo.

La Iglesia, como depositaria de esta Palabra de verdad que es Cristo, lleva el Evangelio, anuncio de salvación, a todos los hombres, hasta los confines mismos de la tierra, sin hacer ninguna distinción acerca de la raza o de la lengua.

En Jesucristo se cumple la profecía del Daniel: "A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás"

Contemplamos en este misterio, queridos hermanos, cómo se cierra un momento en la historia de la salvación y se abre el tiempo de la Iglesia, necesitada del Espíritu Santo para evangelizar, para anunciar la Buena Nueva a toda la humanidad.

Cristo debe reinar en cada uno de nosotros. A Él sólo debemos rendir culto y honor. Construyamos su imperio en medio de los hombres.

Cristo es Señor de la vida y de la muerte

Los invito, queridos hermanos, para que en este día descubramos en profundidad la liturgia del triunfo de Cristo que, resucitado, "es Señor de la vida y de la muerte"

Nos dice San Pablo: "bajo sus pies sometió todas las cosas". La Ascensión de Cristo al cielo, conservando la plenitud de su humanidad, como primicia de redención, nos manifiesta la plenitud del poder que le ha sido concedido por el Padre.

Mirando al cielo encontramos nuestra humanidad transfigurada, sin dolor, sin pecado y sin mal. Cristo es el Señor del cosmos y de la historia. En Él, en Jesucristo, la historia de la humanidad --y nuestra propia historia concretamente-- encuentra un nuevo valor y una nueva dimensión.

Si queremos ser verdaderos discípulos de Cristo, tenemos que ser conscientes de su reino y de su poder. Cristo nos abre hoy la vía, el camino del cielo, como primicia, las puertas de la gloria del Padre. En esta fiesta encontramos a Jesús mismo, presente en nuestro recuerdo y conmemoración en la historia humana.

Mirando a Cristo, encontremos nuestra santidad

La vida de Cristo es una invitación a la santidad a la que estamos llamados todos nosotros. Si el Señor ha ido al cielo, ciertamente no estamos solos. Cristo glorificado permanece en su Iglesia.

Con la Ascensión ha iniciado la "última hora" de la historia humana, en la cual tenemos una tarea y una misión: proclamar su mensaje y su salvación a todos los hombres. Debemos unir el cielo y la tierra, con nuestro trabajo y con nuestra acción pastoral o apostólica.

Quisiera que, contemplando la gloria de Cristo, contempláramos nuestra propia debilidad, la necesidad que tenemos de la gracia de Cristo para poder completar en nosotros el proyecto de Dios. Recibiremos hoy el alimento de vida eterna que nos llena de fuerza y estimula para caminar hacia el cielo.

Cada uno de nosotros está llamado a la santidad, es decir a vivir según la voluntad de Dios.

El Espíritu Santo en la Palabra de Dios que escuchamos

La primera lectura que escuchamos en esta tarde, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, está íntimamente ligada al Evangelio de San Lucas, completa las palabras de Cristo mismo, la seguridad de que en nuestro empeño y en nuestra acción tendremos la compañía del Espíritu Santo: "Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo".

Como creyentes, como discípulos de Cristo podemos tener la tentación de permanecer como los Apóstoles, mirando fijo al cielo, olvidándonos de la tarea y de la consigna que el Señor ha dado a sus discípulos: "Id a todo el mundo y predicad el Evangelio". Todos los cristianos hemos recibido de Cristo esta invitación a ser sus testigos, a ser sus anunciadores.

El Apóstol San Pablo nos invita a reconocer el "Espíritu de sabiduría y revelación" para conocerlo, para poder "comprender cuál es la esperanza a la que os llama".

El libro de los Hechos nos dice que los Apóstoles "lo vieron levantarse hasta que una nube se los quitó de la vista". Nos sucede hoy lo mismo. Durante las celebraciones de la Pascua que propiciaron en nosotros una intensa reflexión hemos visto levantarse a Cristo, de la muerte, hasta la gloria del Padre. Pero no podemos quedarnos a contemplar el misterio, debemos --contemplándolo-- anunciarlo a todos los hombres.

Quisiera que en esta celebración trajéramos las circunstancias que nos reúnen en este bellísimo templo de Santa María in Traspontina. Ustedes han llegado a Roma, para encontrar al Papa, junto con otros movimientos apostólicos, para escuchar su palabra y ser confirmados en la fe. Traen la alegría y la esperanza de tantos y tantos jóvenes que quieren comprometerse con el Evangelio y con Cristo glorioso. Celebrando esta fiesta tenemos que poner a Cristo en el centro de nuestra historia y de nuestra esperanza. Tenemos también que poner a la Iglesia y al Evangelio que anuncia en el centro de nuestra vida.

Esta peregrinación a Roma debe ser para ustedes un encuentro privilegiado con Cristo y con su Iglesia, con el Sucesor de Pedro que es garantía y seguridad en la fe.

En esta ciudad está el Obispo de Roma, el Papa, el cual es el centro de la unidad de la Iglesia, la piedra sobre la cual se apoyan todos los miembros y las "construcciones" eclesiales, sin la cual no se puede tener la seguridad de la presencia de Cristo. El encuentro que tendrán con el Papa Juan Pablo II, apóstol incansable, marcará en ustedes un momento significativo e importante para su camino de fe.

Roma aparece ante ustedes en toda su riqueza eclesial. Es una ciudad que nos evangeliza y nos conforta con el testimonio de una fe vivida durante siglos. Una ciudad que nos muestra la fuerza evangelizadora de los mártires y de los santos.

Traen ustedes la alegría y la esperanza de la Iglesia que busca el camino para servir mejor al Señor. Este camino de peregrinación "en Roma", junto a los Sepulcros de los Apóstoles Pedro y Pablo, tiene que ser para cada uno de nosotros la manera de buscar más intensamente la santidad, a la cual tenemos que dedicar nuestros carismas y acción apostólica.

"Volvieron con alegría a Jerusalén"

Llevemos la alegría del encuentro con Cristo, después de haber mirado al cielo. Vivamos en la esperanza de encontrar a Cristo en su reino, como lo diremos en el Prefacio de la Santa Misa.

Esperanza de poder ser fieles hasta el final, de empeñarnos cada vez más en la evangelización y en el anuncio de su Evangelio en medio de los hombres. En estos días la Iglesia entera se reúne en oración, junto con Santa María la Virgen, para pedir el don del Espíritu Santo, el "Consolador", la fuerza y la vitalidad, aquel que debe aconsejarnos y ayudarnos en nuestro camino de vida cristiana.

Hoy precisamente es la memoria de Santa María "Auxilio de los cristianos". Pidámosle que nos ayude a ser verdaderamente hijos de Dios, reconociendo el señorío de Cristo sobre la historia y sobre el mundo.

Que Nuestra Señora bendiga, guíe y acompañe el camino de cada uno de los miembros del Movimiento de Vida Cristiana, del Sodalicio, de sus superiores.

24 de mayo de 1998

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