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Mirada sobre el Purgatorio Prefacio de Monseñor Henri Brincard - 1994 Obra traducida del francés por José Gálvez Krüger
Meditar el misterio del Purgatorio a la luz de las enseñanzas de la Iglesia es fuente de un gran beneficio espiritual para el cristiano. Esta meditación le da, en efecto, un sentido más profundo de la Santidad de Dios, lo mismo que una alta idea de su vocación, que no soporta ni tibieza ni acomodamientos ni compromisos culpables con el mundo. Le enseña la pureza del amor y vuelve mas intenso su deseo de ver a Dios. Finalmente, alarga su caridad empujándola a obrar por las que Verónica Giuliani llamaba con compasión “las almas olvidadas”. ¿No tienen el derecho, en efecto, a una solicitud particular en razón de su pobreza y de su sufrimiento? La caridad fraterna, que Jesús alabó con tanta insistencia en la parábola del Buen Samaritano, no se nos convierte en un urgente deber de apresurar su liberación mediante la oración y la ofrenda? Santa Teresa del Niño Jesús estaba convencida, no dejaba de decir cada tarde, en su sufragio, seis Pater y seis Ave. Por otro lado, son numerosos los santos que fueron llamados, en el curso de los años, a rezar especialmente por las almas del Purgatorio. El nombre de Catalina de Génova (1447-1510) está presente en todas las memorias; su Tratado del Purgatorio es el resumen admirable de una experiencia mística en la – según un modo particular – ella conoció en lo más profundo de su corazón los sufrimientos que soportan las almas en este lugar de purificación. Con el fin de alentar a los fieles a orar por las almas del Purgatorio, pareció oportuno publicar esta relación, cuyo autor, a pedido de su padre espiritual, desea permanecer en el anonimato. Ciertamente las revelaciones particulares no agregan nada a la única Revelación de Jesucristo, guardada y transmitida fielmente por la Iglesia; su conformidad con la enseñanza del Magisterio debe ser verificada. Conviene recordar también que la aprobación eclesiástica, aun cuando es concedida, no garantiza el origen sobrenatural de lo que es publicado. Finalmente, es importante subrayar que las revelaciones privadas son están destinadas a satisfacer una vana curiosidad ni a zanjar los problemas discutidos por los teólogos. Por mi parte, deseo que esta relación, más allá de su forma particular, reavive la devoción hacia las almas del Purgatorio y favorezca saludables reflexiones. Con santa Catalina de Génova, es bueno decir: “Oh bien infinito, cómo es posible que no seas amado y conocido por lo que está hecho para conocerte y gozar de ti? Por lo poco de sentimiento y de gusto que Dios, por su gracia, da a probar al hombre ya en esta vida debería, para poseerlos, dejar cualquier otra cosa” Dialogos III
Introducción Dada la profundidad del texto publicado, ha sido indispensable agregarle notas con el fin de esclarecer los pasajes más difíciles. Estas notas se inspiran sobre todo en la enseñanza de santo Tomás de Aquino, a quien la Iglesia reconoce como “la expresión particularmente elevada, completa y fiel, tanto de su Magisterio como del Sensus Fidei de todo el pueblo de Dios”. Sin duda, el lector será sacudido por la densidad, la claridad y la sobriedad de esta relación sobre el Purgatorio, siendo una de sus características principales hacer resurgir el aspecto luminoso de este misterio. Y es particularmente feliz porque “podemos sacar del Purgatorio más consolación que aprehensión” (Cardenal Journet). El Purgatorio es un don del Corazón Herido del Cordero, en el que la Misericordia envuelve a la Justicia; su contemplación debe ser la fuente de acción de gracias y de alabanzas: debemos querer no ir, no por temor servir sino “para causar placer al Buen Dios” (Santa Teresa del Niño Jesús). Algunas notas sobre la presentación de esta relación: fue redactada bajo la forma de folios clasificados cronológicamente. Para entregar al público enseñanzas beneficiosas a todos, se suprimió, con la aprobación de teólogos sagaces, todo lo que amenazaba desviar la mirada de lo esencial. Fueron separados los pasajes concernientes a la vida personal del autor y rectificadas algunas incorrecciones y gazapos de estilo. Para facilitar la comprensión del texto, ha sido dividida en tres partes: en la primera se reagrupó todo lo que concierne al fin de las revelaciones particulares y a la manera de aprovecharlas. En la segunda parte, se han reunido según un orden sistemático, las enseñanzas de carácter más doctrinal, que forman de alguna manera un tratado del Purgatorio. La tercera y última parte está consagrada a algunas manifestaciones de las almas del Purgatorio. El orden seguido no respeta estrictamente la sucesión cronológica de la relación, en la medida en la que algunas veces se manifestó el interés de reagrupar ciertas comunicaciones alrededor de un tema común. Nota sobre las revelaciones particulares “La Iglesia Católica la tiene por posibles, por reales en ciertos casos puesto que aprueba varias de ellas, por relativamente raras, por necesariamente sumisas a la revelación pública” (D.A.F.C., art. Révélation, t. IV, 1928, col. 1008). Estas revelaciones particulares no agregan nada al depósito de la fe, cerrado con la muerte del último Apóstol. En efecto, “desde que nos dio a su Hijo, que es su Palabra, no tiene otra palabra que darnos. Nos lo dice todo a la vez y de un solo golpe en esta única Palabra”. Las revelaciones particulares se distinguen en revelaciones privadas destinadas sólo al creyente, y en revelaciones públicas, concernientes a la vida de la Iglesia. Las revelaciones públicas son útiles para la conducta de los fieles que son instruidos sobre lo que deben hacer “según lo que es oportuno para la salvación de los elegidos”. La Iglesia no las aprueba sino después de haberlas examinado atentamente; se asegura, ante todo, de la objetividad de los hechos y de la conveniencia general; aun aprobadas, no se convierten en objeto de fe; sin embargo, “esas revelaciones, cuando son divinas, obligan a quienes han sido hechas y a aquellos para quienes su verdad histórica y teológica es cierta” (D.AF.C., art. citado). Respecto de las revelaciones privadas, “se impone la prudencia, pero no por la depreciación sistemática ni el escepticismo burlón”.
Primera parte Tener un corazón de niño “Oh amor, ¿qué se puede decir de ti? Oh fuego de amor, ¿que haces en este hombre? Santa Catalina de Génova
La voz de Jesús se hizo escuchar en mi alma, clarísima, muy íntima: Quiero que se rece por estas santas almas del Purgatorio, ¡Qué magnífica lección, qué consuelo y qué paz! MI Dios, concédeme la gracia de una obediencia radical, confiada, perfecta, que no me haga sólo cumplir, sino anticiparme a tus deseos! Señor, ilumíname, dame la fuerza de serte fiel.
En el curso de la mañana, como rezaba por las almas del Purgatorio, mi Ángel guardián se manifestó a mi alma y le hizo escuchar, de manera del todo interior escuchar la salutación habitual: ¡Alabado sea Jesucristo! Me incliné para responder: el Ángel me inspiró para redirigir la cabeza para recibir la señal de la Cruz que trazó sobre mi frente. Podía contemplarlo, mensajero del amor divino, nimbado de luz, y mi alma estaba en una gran paz, una felicidad profunda, su faz era luminosa, me miraba con dulzura y gravedad. Ala vista del cinto de color violeta que ornaba su túnica blanca, comprendí lo que el Señor quería de mí: oración y penitencia. Me hizo saber cuánto nos ama el Señor, y cuánto desea, a cada alma, descubrir las maravillas de su amor. Jesús quería, en adelante, de manera más particular, convidarme a la luz de su Corazón, al descubrimiento y a la contemplación del misterio del Purgatorio. Una ligera angustia me sobrecogió entonces, pero el Ángel me volvió a asegurar con pocas palabras: No tengas ningún temor ni ninguna pena. En efecto, ¿el Ángel no está cerca de nosotros para sostener, guardar e iluminar nuestras almas? No debía temer, tenía que disponerme a entregarme al Puro Querer divino: ¡el resto importa muy poco! Fue lo que respondí al Ángel guardián, pidiéndole que me ayudara, me enseñara a cumplir cada vez más y mejor lo que el Señor desea que haga. Que Jesús dispusiera de mi miseria según su voluntad, porque es muy bueno que no nos devele sino progresivamente sus planes respecto de nosotros, sabiendo bien que nuestra debilidad no podría soportar una confrontación inmediata y global a las exigencias del Amor divino… Es sólo con el auxilio de la gracia y en un conocimiento progresivo que ella es acogida, porque nuestra naturaleza debe ser purificada sin cesar. Y el ángel prosiguió: El Purgatorio es un gran misterio.
Recibí en el curso de la oración de las luces puramente interiores e intelectuales, pero mi santo Ángel guardián interviene, a veces de manera directa, para hacerme algunas preciosas o, sobre todo, ayudar a la formulación de realidades misteriosas que mi inteligencia aprehende. Percibo la presencia luminosa del Ángel guardián de una manera muy distinta, con los ojos del alma; es una imagen, por supuesto, puesto que no tiene cuerpo y no se vuelve perceptible a la mirada exterior; pero esta imagen es tan clara, tan precisa, tan evidente, que no puedo dudar de la presencia que emplea para comunicarse. Es la presencia más que la imagen lo que es importante, la comunicación establecida entre el alma y lo divino. Dios es el amo de sus dones; se sirve de ellos para su Gloria y nuestra santificación, para estimular la fe, la esperanza y la caridad en nosotros. Cuando el Ángel aparece, es casi siempre de manera inadvertida. Un gran peligro sería ligar la imaginación por un ardiente deseo de ver y escuchar. Dios mediante, la obediencia a mi Padre espiritual y también al temor que suscitaban al comienzo esas intervenciones del Ángel, me permitieron evitar este escollo. La visión del Ángel, que se fijaba en la imaginación – potencia del alma – recubre de alguna manera la visión intelectual y enriquece la memoria. Jamás tuve visión imaginaria no que no haya sido precedida de una visión intelectual de la misma realidad, porque el rol de la visión imaginaria es secundaria, no hace sino comunicar a las potencias inferiores (imaginación, memoria, entendimiento) lo que aquellas son incapaces de percibir de otra manera las realidades sobrenaturales. Las enseñanzas del Ángel son ante todo un llamado a la oración y a una constante purificación interior. Llenan el alma de calma, de paz, de dulzura, abrasándola de amor y confundiéndola frente a su Dios en una humildad sin cesar, creciente. ¡Plegue al Señor que esta humildad y este amor, tan efectivos en el curso de la visión, puedan también prolongarse después, en la vida corriente! Esa es el fin…
Como meditaba en las últimas gracias recibidas, mi santo Ángel se ma manifestó a mi vista interior, en una viva luz. Aquello me asustó en un principio, como siempre. Trazó calmadamente una cruz sobre mi frente, luego dijo con gravedad: Hijo mío, escucha, retén bien todo lo que te diga. Estas palabras me asustaron más aún. Pregunté al Ángel cómo sabría discernir estos hechos de eventuales ilusiones de mi parte – porque ¡la imaginación trabaja a veces más que la razón! – o incluso de prodigios o manifestaciones de orden diabólico, el demonio se esfuerza siempre en sumergir a las almas en la incertidumbre, la duda o el error. Le pregunté igualmente si esas manifestaciones eran indispensables. Respondió con bondad: Si el Altísimo actúa así contigo, Di mi aquiescencia en silencio, rezaba. El Ángel vlvió a tomar la palabra súbitamente: Cuando una u otra de estas almas venga, la saludarás en nombre de Jesucristo; Mi alma estaba en una gran paz. Agradecí al Ángel que me alentó con un gesto y concluyó: ¡Si supieran qué es el Amor! Diciendo estas palabras, el Ángel estaba resplandeciente, como sumido en un éxtasis, encendido, contemplando la cara misma de este Amor infinito. Veía a través de él las manifestaciones del Amor divino y me puso, sin darme cuenta, de rodillas delante de esta oración del Ángel. No se puede llegar a imaginar lo que pasó, mi alma estaba fuera de ella a la vista de este coloquio de amor entre el Amor y su mensajero, se sentía asociada a este intercambio de amor y era suave, inefable: siempre cantando el Amor divino, el Ángel me habló para comunicarme este amor, y me llevó a este amor, no puedo explicarlo. De todas maneras, perdí el uso de todos los sentidos, interiores como exteriores, y mi alma quedó inmersa en el Amor Imágenes para que comprendas A finales del mediodía, me hice una pregunta un poco extraña: ¿cómo se hacía posible que yo pudiese recibir tantas cosas bajo formas tan destacables? Mi Ángel guardián se manifestó a partir de este instante a la mirada de mi alma, radiante y sonriente; mas que nunca la bella cruz púrpura que orna su vestimenta resplandecía sobre su busto. Puso la mano sobre mi braso y dijo con dulzura: Hijo mío, esas son imágenes Estas explicaciones me causaron una viva sorpresa y mi alma quedó, no sé por qué ligeramente angustiada. “Si todo aquello es imaginario, es ilusorio”, me dije. El Ángel dijo entonces con bondad: No hijo mío, no es de ninguna manera ilusión. Dicho esto, sonrió nuevamente y desapareció de golpe. Mi alma había sido tranquilizada y pacificada.
Como trabajaba en el jardín, mi Ángel guardián se mostró a mi vista interior, en una luz deslumbrante, tan viva que trastornaba todo, atrayéndome hacia ella con fuerza, sustrayendo a mi mirada todo lo que no era ella . El Ángel dijo entonces: Alabado sea Jesucristo Pero el efecto de sorpresa fue tal que permanecí con la boca cerrada, mientras me esforzaba en convencerme que era presa de un fantasma. Entonces, sin decir nada, el Ángel vino a mi y trazó con su pulgar un signo de la cruz sobre mi frente. Lo hace siempre, pero esta vez fue verdaderamente particular: apoyó tan fuerte que tuve un sobresalto. Continuó entonces con voz calmada: ¿Desde cuándo las visiones imaginarias son fanstasmas? Mi confusión era tan grande que permanecía sin decir nada, y la cruz sobre la frente me hacía daño. No es un fantasma, ¡al menos esta sensación! El Ángel continuó gravemente: Y bien, debo explicarte lo que es una visión imaginaria: ¡Dios mío! He aquí que quería sustraerme a tu voluntad, en tu infinita ternura respecto de mí, me envías tu Ángel y me recuerdas por su boca que no es mi voluntad la que cuenta, sino solamente la tuya ¡Qué miserable soy! … y dije al Ángel que rezara en silencio mientras elevaba mi alma hacia el Señor: ¡Alabado sea Jesucristo! Ante estas palabras, salidas de mi corazón casi más que de miboca, y bajo el efecto de un profundo impulso interior, mi Ángel – vuelto aún más resplandeciente de luz – se prosternó profundamente, con la faz velada por sus manos, y proclamó: ¡Adoración, alabanza, honor y gloria Luego, se enderezó lentamente, cruzó las manos sobre su pecho y prosiguió su enseñanza: En Dios, ver y comprender son una sola y única cosa. Sucede entonces que el señor quiere dar a esta luz infusa en la inteligencia y percibida por el alma Escuchaba esta explicación con mucho interés y atención. Le pedí a mi Ángel que me explicara como él mismo se encontraba perceptible a mi vista interior. Me dijo: Tú sabes que los ángeles no tienen cuerpo, Habiendo terminado su enseñanza, el Ángel cruzó sus manos lentamente y las colocó sobre la cruz que orna su túnica de luz. Luego se inclinó, en una silenciosa adoración a dios, y desapareció a mi vista interior. La gran esperanza Oración de la tarde. Mi alma estaba toda absorta en la contemplación del Corazón Eucarístico de Jesús, y vi de pronto una multitud de personas que – como sumergidas en un gran fuego – oraban intensamente… Luego el Señor hizo escuchar su voz mi alma. Hijo, reza por estas almas, El Señor tocó, entonces mi alma con una marca de fuego brillante ¡Oh alma pequeña! Quiero abrasarte de este deseo, No puedo describir la embriaguez, las delicias con las que mi alma fue colmada: estaba como sumergida en el amor del Corazón Eucarístico, del divino Corazón de Jesús, sufriendo cruelmente por no poder responder a la perfección, y no obstante colmado de felicidad inefable. ¡Qué felicidad! ¡Oh amor infinito! El sentido de las gracias que recibes Al término de la oración, vi aparecer delante de mí a mi santo Ángel guardián. Una cruz de fuego rojo ornaba su túnica, con una luminosidad insostenible: rojo vivo como la sangre, muy radiante. Comprendo que aún me hace falta intensificar mi pobre oración y prepararme a nuevos sufrimientos. Me dijo: ¡Alabado sea Jesucristo! Estas palabras me turbaron, me parecía tan largo y tan breve, a la vez, que no sabía qué decir. Pero el tiempo ya no existe después de la muerte, al menos a nuestra manera. Es del todo distinto. Pregunto al Ángel tiene que sufrir mucho, y qué hacer. El Ángel responde: Sí, sufre bastante, cada vez más, Vi a esta persona en las llamas claras. Dije a mi Ángel y a esa Alma que, a veces no sabía qué debo hacer, porque, a menudo, tengo miedo de equivocarme, de ser víctima de mi imaginación. El Ángel me mira muy severamente, al igual que esta alma que me dijo con firmeza: ¡Cómo! Sabes lo que tienes que hacer, debes amar mucho, Esta amonestación me puso de pie, si se pudiera decir. Y la persona prosigue, con tanta firmeza como dulzura. No hace falta hacerte preguntas; Me mostró, en un abrir y cerrar de ojos, el misterio del infierno. Creí desfallecer por el choque. No dije una sola palabra. Mi Ángel me sostenía y el alma prosiguió: Dios, que es todo Bondad, quiso, sin embargo, hacer conocer Esta persona guardó silencio, levantó los ojos al cielo, radiante. Luego prosiguió con gravedad: Escucha bien lo que te digo. Es el sentido mismo a las gracias que Te voy a decir cuáles son los medios más eficaces Se calló, sonrió. Nunca había leído el tratado de Santa Catalina de Génova, y comprendí que era una de esas buenas lecturas a las que esta persona hacía alusión. Y todo desapareció. El infierno El alma se encuentra de golpe inmersa en una soledad absoluta que es como la densidad del caos, de la muerte de la nada. Todo es no presencia, no comunicación, no amor. Es una ausencia total de movimiento, de deseo, una inmersión en el pecado en estado bruto, en el mal absoluto, objetivado. El alma se sabe pecadora, pero el pecado le pertenece, ya no es suyo, la posee, la impregna. Hay como un entrelazamiento entre el condenado y el pecado. Es el infierno. Es difícil de exponer. Fuera de tiempo, compararía aquello con una suerte de atomización, una terrible concentración del mal, porque el infierno no está vacío, está lleno de la nada: hay una presión inaudita, una densidad, una opacidad atroces. Cuando hablo de la nada, no es el no ser, es el anti ser, el anti amor. En este estado, el alma no siente nada, no experimenta nada en el orden sensible, es mil veces peor que un sufrimiento continuo: una agonía del espíritu del que se sabe que no desembocará en nada más que sobre ella misma, yendo siempre hacia abajo porque el espíritu es llevado a unirse a l la ofensa infinita que constituye el pecado, con el que se identifica y se asimila cada vez más. Sin embargo no hay movimiento, ni progreso. Lo que aumenta es una no comunicación entre los condenados que están yuxtapuestos, pegados, oprimiéndose los unos a los otros por el solo hecho. Es peor que el odio, que un movimiento pasional, pulsional, y que se puede de alguna manera disecar o saborear, si se pudiera decir: es el no amor en su glacial objetividad. Porque aunque se arda en el infierno, se está igualmente en un frío de hielo que es el de la segunda muerte, de la muerte eterna. Esto, una vez más, que se comprenda bien, no es una entrada en la nada, una disolución, es la no vida: sin el dinamismo de la vida, sin creatividad, sin evolución. Es un estado permanente de vértigo y de opresión, que va siempre en aumento e intensidad porque esta muerte es infinita, y eterno el infierno. Este sufrimiento es más atroz que todo, el fuego más ardiente de la tierra es glacial en comparación de ese fuego del infierno, y el frío más gélido que aquí es ardiente comparado con el frío glacial de la segunda muerte. No es una experiencia de no ser, sino de no ser lo que se es, el absoluto imposibilitado de ser, de llegar a ser lo que se es porque estaba llamado a serlo en el misterio de la cruz salvífica que se rechazó, despreciando el don gratuito de la salvación ¡Oh Jesús, todo por ellas! MI alma estaba aún bajo el golpe de la visión del Purgatorio que me fue concedido ayer, y rogué por esas santas almas, sobre todo en esta fiesta de la Expectación de la Virgen María. En la luz de esta fiesta, ofrecí a Dios la serena espera de su Madre, a favor de las pobres almas que se consumen en tan dolorosa espera; en efecto, de la misma manera que la apacible y confiada espera de María glorificó al Señor, de la misma manera es glorificado por la espera de las almas del Purgatorio, aunque de otra manera. Y la Santísima Virgen. Esta intención ocupó gran parte de la jornada, pero la proximidad de la Navidad llenó mi alma de alegría y paz, de fuerza, de confianza. Hacia el fin de la tarde mi Ángel se mostró a mi vista interior. Se mantuvo cerca de mí, alentándome: En este tiempo de Navidad, no verás nada del Purgatorio. El Ángel se calló. Con un movimiento de la mano, me mostró el Purgatorio, visión rápida, breve, pero fuertemente densa… y prosiguió: ¿Cómo pueden permanecer insensibles Recé en silencio, repitiendo sin cesar la invocación: “Oh Jesús, todo por ellas, todo por esas santas almas! El ángel aprobó bajando la cabeza, y prosiguió: El Señor quiere que escribas todo esto para su gloria, Habiendo oído estas palabras, cedí a un breve perturbación. El Ángel concluyó calmadamente, sin darse cuenta, al parecer. ¡Permanece en la paz! Una vez partido el Ángel, quedé en paz.
Segunda parte Bienaventurados los corazones puros, El amor no se paga sino con amor La misericordia de Dios sobre el Purgatorio Después de la oración, el Señor me hizo contemplar su misericordia infinita, que se ejerce sobre el Purgatorio y se esparce en las santas almas que padecen ahí, tormentos de amor. Vi ante todo la mirada amante de la Trinidad divina puesta sobre todas esas almas, desde el Atrio hasta lo más profundo del Gran Purgatorio, y contemplando cada una de las almas en particular; vi como el Padre mira a todas esas almas resplandecientes de la Sangre de su Hijo, que es el precio único y precio de su salvación. Las mira y las ama infinitamente en su Hijo crucificado y glorificado. Vi la mirada del Verbo, puesta sobre las almas del Purgatorio, y el Verbo se regocija de verlas inmersas en el Puro Querer divino y en el consentimiento radical al amor del Padre; las quiere para el Padre, que es también nuestro Padre. Vi al espíritu santo, su espíritu de amor, mirar a esas almas con una infinita complacencia, y expandirse en ellas plenamente, como en los vasos de elección del amor divino. Era bellísimo e inmenso. Mi Ángel Guardián de mostró y me dijo: Mira hijo, las santas almas del Purgatorio Me alegré mucho al escuchar estas palabras de consolación. El Ángel rezaba delante de mí, incitándome a imitarlo, a favor de esas santas almas. Al cabote algunos instantes, dijo además: En el Purgatorio las almas conoces sus culpas, Luego, vi en el Cielo miríadas de ángeles que rezan por las almas del Purgatorio, y multitudes de santos también, rodeando a la Virgen María, y mi alma de regocijaba en la consolación que le había sido dada. Vi la oración de la Iglesia, en la tierra, a favor de esas almas como una lluvia abundante, recojida por los ángeles en copas de oro y presentada a la Santísima Virgen María, que las ofrece a la Trinidad divina. El Señor bendice esta oración, que los ángeles vierten sobre el Purgatorio en oleadas límpidas, reconfortantes. Mi Ángel guardián me dijo: Ese es, también, un efecto de la Misericordia divina, Me mostró que las almas del Purgatorio reciben, a veces, según los designios de la Providencia divina, la posibilidad de manifestarse en nuestra vida terrestre. Esas manifestaciones pueden revestir formas variadas. En esta ocasión, el Ángel me dijo: Esas manifestaciones son también permitidas por la Misericordia divina. ¡Dios mío cuántas gracias y efectos de tu amor misericordioso! Pero, el ¡Ángel concluyó con una entonación más severa: Hay muchas personas, exaltadas, o impresionables, Dicho esto, desapareció en una viva claridad que lo sustrajo a mi vista. Continué mi oración. Vista del misterio del Purgatorio Oración de la mañana. Un inmenso brasero se descubre a la vista de mi alma, silencioso e inmóvil, pero de un ardor sin igual. Su calor era inconcebible, estoy en un baño de fuego, mi alma arde tanto interiormente como exteriormente. Y lo comprendo. El Purgatorio y su misterio me han sido mostraos. Primeramente un fuego, fuego de amor, fuego iluminado por Dios, fuego que es una manifestación del misterio del Purgatorio y también su lugar propio. No sé cómo explicarlo. Este fuego me parece a la vez concreto, material, y al mismo tiempo espiritual, místico. El misterio del Purgatorio, es la purificación de las almas en sus llamas, es la reparación que deben a Dios por el pecado, y por todas del pecado en ellas, en el orden de la creación. Sin embargo, ya no hay más pecado en las almas del Purgatorio. La reparación consiste en una pena terrible: la privación actual de Dios, la privación momentánea de la visión beatífica. Estado de sufrimiento sin nombre, terrible expiación para el alma perfectamente recta e invadida por la caridad divina, cogida del todo por el Amor que la posee, que la atrae y quiere entregarse en plenitud, y que ella misma –como estando inmóvil- fija en la espera y establecida en su eterno grado de caridad- no puede poseer ni asir plenamente. Mi alma estaba hecha jirones por este sufrimiento. Es una dulcísimo languidez de amor, el exilio lejos del Amado, el deseo que devora por poseerlo. Es como un retraso que le será infligido a causa de su propia conducta: el Amado vino, y no estaba lista… En el Purgatorio, el alma no puede hcer progresos ni merecerlos. Se encuentra fija en la esperanza, toda rodeada de amor y sometida en todo al Puro Querer del Amado: deseo ardiente que abrasa sin consumir, pena expiatoria que ella agradece, ¡y cuánto! Tal es la pena misma del Purgatorio. La privación de Dios, que se ejerce en el alma siguiendo tres modalidades dolorosas. El alma cogida por la luz divina permanece, sin embargo, en la oscuridad; atraída por el Amor divino, permanece alejada; cautivada por la Belleza de Dios y su Santidad, permanece oprimida. Tales son las tres modalidades de la pena de privación de Dios, pena común a todos aquellos que están en el Purgatorio y de donde manan todas las penas, que son más sensibles y más variables según unos y otros, más particulares o mas propias a cada alma: lamentos por las gracias perdidas o desperdiciadas, sufrimiento por ser olvidadas ahí y separada de sus prójimos aun sobre la tierra, espera ansiosa de la liberación del Purgatorio, de la que no se puede calcular la duración. Esta pena de separación de Dios es el estado del Purgatorio, y de la cual manan todos los otros sufrimientos expiatorios: sufrimientos objetivos, purificadores, obra de la Justicia. Este estado es transitorio, el fuego se extinguirá un día, las almas lo saben; están en la esperanza perfecta, todas rodeadas de amor… rezo, y esta visión intelectual cesa pronto, de golpe. Le fuego de amor del Purgatorio Oración silenciosa. Me fue concedida una experimentación del fuego del Purgatorio, a partir de una vista muy simple y clara del Corazón Eucarístico de Jesús, que arde sobre nosotros con saetas de amor. El fuego del Purgatorio es fuego de amor: “El amor es fuerte como la muerte” y sus saetas una llama de Dios. ¡Sí, fuego de amor! Y que brota del Corazón de Dios, cautivando y rodeándola del deseo de la visión beatífica… Percibí este fuego del Purgatorio, como alumbrado en las almas – al interior de ellas mismas – por amor a Dios: el amor divino arde, abrasa las almas de amor por él. Este fuego es terrible por que es fuego de amor: el amor de Dios enciende en el alma que está en el Purgatorio un vivo deseo de Dios, como una dolorosa languidez, una llama violenta; y el alma es, entonces portadora de este fuego encendido en ella por Dios; está inflamada, vuelta hacia Dios que la atrae poderosamente, cautivada por él e inflamada del deseo de la visión beatífica que es unión, Y es de este fuego de amor, de esta terrible languidez de amor, que manan todas las otras penas; están como recapituladas en este fuego. Este fuego es tan espantoso como el fuego de la tierra, en comparación, ¡se revela como un bálsamo dulcísimo! Y provoca en las almas del Purgatorio una sed mística atroz, una vehemente sed de Dios: Mi alma tiene sed de ti, mi carne languidece después de ti, Ciertamente, se puede ver en este versículo del salmo una metáfora expresa el deseo de Dios que sentimos en la tierra. Pero mi Ángel no lo interpreta de esta manera, por que me preguntó si había, aquí abajo, tan grande cantidad de almas adelantadas en el amor de Dios para poder, con toda justicia, aplicarse estas palabras de la Escritura. De hecho, me es mucho fácil aplicarlas al Purgatorio, que ellas me ayudan a comprender, porque yo mismo ¡estoy demasiado lejos de experimentar tal sed de dios! Veo siempre a las almas del Purgatorio, atraídas a la vez y fuertemente por Dios, a quien ellas perciben experimentando su amor – amor que las consume de deseo, como un fuego ardiente que penetra hasta la médula del alma, si se me permite esta expresión – y al mismo tiempo retenidas en el Purgatorio por la necesidad de reparar sus faltas, de pagar su deuda, las penas del pecado que aún está en ellas. Esta expiación incluso es amada y querida, es querida – tan dolorosa como es- porque ése es el medio de ver a Dios y de llegar a la unión con él; es amada, a pesar de ser tan dolorosa, porque las almas del Purgatorio no tienen otra voluntad que la de Dios, el cumplimiento del Puro Querer divino, y porque ellas odian el pecado; ahora nbien, el Puro Querer divino es unirse plenamente con todas las almas, y las penas de pecado constituyen un obstáculo para esta unión. El único medio de alcanzar la unión con Dios es suprimir el obstáculo, las penas del pecado que están en el alma, y aquello no es posible, en el Purgatorio, más que por la expiación reparadora. De manera que las almas, que por su parte desean ardientemente la unión con Dios, quieren esta expiación: ella las purifica, la pena del pecado s encuentra así arreglada y, finalmente, las santas almas pueden acceder a la unión beatífica con Dios; de esta manera, en la plenitud del amor, se encuentra realizada el Puro Querer divino, y éste es el único deseo de las almas que están en el Purgatorio, deseo que a la vez es excitado e insatisfecho; esta oposición incluso las inflama a modo de fue fuego ardiente, el fuego del Purgatorio; es simplemente este impedimento actual que experimenta el alma de poder responder plenamente a Dios y a la atracción vehemente de su amor, y a ver colmado de manera perfecta su deseo de la visión beatífica, de la unión consumada en la gloria. En ese estado, las almas exclaman a menudo: “Eres justo, Señor, y rectos tus juicios!” Porque el deseo de las almas del Purgatorio es un deso de total adhesión y conformidad al Puro Querer divino: toda cautivada por Dios que la atrae, toda vuelta hacia Él, el alma no tiene voluntad propia, ni visión ni mirada sobre ella ni sobre las otras; toda su mirada se hace límpida, unificándose en la conformidad de su voluntad al Puro Querer de Dios, no se dirige sino hacia Dios y sólo Dios. Fue de esta manera que pude experimentar, en algo, el fuego ardiente del Purgatorio, pero me parece que hay otra cosa, un fuego verdadero, quasi material, que presenta alguna analogía con nuestro fuego terrestre, aunque siendo otro, incomparablemente más ardiente y terrible, muy misterioso; y mi Ángel guardián me confirmó esta intuición, diciéndome que s epuedever el carácter material por lo efectos que puede tener sobre la materia. Vi ese fuego como una especie de sombra ardiente, imflamada, rojiza y oscura, porque el Purgatorio es como una zona de sombra, de oscuridad, en comparación con la inefable y radiante luz del Paraíso, esta luz, es entrevista por las almas en su juicio particular. Para el infierno, el Purgatorio es incomparablemente luminosos, porque el infierno es el reino de las tinieblas eternas, incluso brillando también un fuego… Me parece que el fuego del Purgatorio aprisiona el alma, la impregna, pero también la encierra y envuelve de manera que el alma se encuentra, por ahí, como encadenada por ese fuego material; ¡para ella es un gran dolor y una viva humillación! Puramente espiritual, el alma está encadenada por este fuego, elemento puramente material: se encuentra trabada en sus actividades espirituales normales, y sometida radicalmente al Puro Querer de Dios, que ama, que se le manifiesta en esta forma sorprendente de fuego material. Creo, pues, que hay un doble fuego: el fuego interior del amor encendido en el alma por Dios, y también un verdadero fuego exterior que es una manifestación del primero. Creo, igualmente, si comprendí bien, que el fuego del Purgatorio y del infierno son el mismo fuego, no sé por qué: por una parte en el Purgatorio, es positivo, purifica y abrasa de amor; y por otra parte, en el infierno, es negativo, castiga y suscita odio. Todo esto pude parecer incríble. Lo escribo como se me dijo y mostró; si me equivoco, es que entendí mal, ¡el Purgatorio es un misterio tan grande! En todo me remito a la Madre Iglesia, que sabe y juzgara. Las penas del purgatorio Oración de la tarde. El Señor quiso hacerme ver, saber y comprender lo que son las penas del Purgatorio, en su conjunto; ciertamente, aquí abajo no podemos haber exactamente lo que son al no experimentarlas nunca. Tal o cual. Sin embargo, puede recibir del Señor las gracias de una verdadera aproximación de este misterio del Purgatorio, para dar a sus hermanos una enseñanza que les estimule a la compasión y a la oración a favor de la santas almas del Purgatorio.
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