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La existencia del Purgatorio según las Sagradas Escrituras y la tradición

I

Unánime es la voz de la humanidad en admitir la existencia de un lugar donde las almas, abandonada esta vida sin estar plenamente reconciliadas con su Creador, deben ser retenidas antes de entrar en la posesión de la felicidad eterna. Ciertamente que este argumento es por sí de tan gran valor, que, aunque la Iglesia no hubiese proclamado la existencia del Purgatorio como dogma de fe, debería bastar para persuadirnos de ellas. Pero la Iglesia ha hablado claro a este respecto, y en el Concilio de Trento, apoyada en la autoridad de las sagradas Escrituras y en la constante tradición católica, definió solemnemente, en la sesión veinticinco, “que no sólo existe el Purgatorio, sino también que las almas que allí son detenidas pueden ser ayudadas con los sufragios de los fieles y especialmente con el adorable sacrificio del la Misa”. Y con esta definición condenó de una vez para siempre la doctrina protestante. Verdad es que la palabra Purgatorio no se halla formalmente expresada en los Santos Evangelios; pero ¿qué debe importarnos esto si hallamos claramente expresado cuanto ella significa? Y ante todo dos indicaciones principales nos hace Nuestro Señor Jesucristo mismo: la primera está en el evangelio de San Mateo (capítulo XIII), donde nos habla de una blasfemia injuriosa al Espíritu Santo, añadiendo que semejante pecado no se perdonará ni en esta vida ni en la futura. Los intérpretes de la Sagrada Escritura y los Doctores de la Iglesia toman este texto para demostrar la existencia del Purgatorio. En efecto, si existe en el otro mundo un lugar  donde ciertos pecados, por no ser graves, pueden ser perdonados,  este lugar no puede ser otro sino aquel que llamamos Purgatorio, porque los pecados de los condenados son irremisibles.

En el Evangelio de San Lucas (capítulo XII) el mismo divino Redentor nos dice que a prudencia nos impone el deber de habérnoslas con nuestro adversario, mientras todavía nos hallamos por el camino, esto es, en vida, por temor de que, llegados al término del viaje, él no pueda entregarnos en las manos del Juez, y éste en las de su ministro, el cual nos aherrojará en una prisión de la cual no es posible salir en tanto no se haya satisfecho la deuda hasta el último maravedí. Según esta enseñanza de Jesús, es  claro que si hacemos penitencia de nuestros pecados en la vida presente, nuestro adversario, que puede ser el demonio o también nuestra propia conciencia, en la cual está escrita la ley de Dios, nos acusará al término de la vida ante el Juez, que es el mismo Jesucristo, y él nos encerrará en una cárcel que no puede ser otra sino la del Purgatorio, y de la que no saldremos hasta que hayamos satisfecho, ya sea por medio de nuestros sufrimientos, bien por medio de la caridad de los vivos, toda la pena debida por nuestras culpas.

Pero el testimonio que más explícitamente que cualquier otro nos prueba la existencia del dogma del Purgatorio, es el que nos da san Pablo en su primera carta a los de Corinto: “Hay quien sobre el fundamento de la fe pone por materiales oro, plata, piedras preciosas, es decir, obras perfectas; otro también hay que pone maderas, heno, hojarasca, o sea, obras defectuosas. El que edificó del primer modo recibirá la paga establecida; pero el que edificó del segundo mudo deberá padecer por ello; no obstante no dejará de salvarse, si bien como quien pasa por el fuego”, esto es, deberá sufrir temporalmente en las llamas purificadoras del Purgatorio, según explican concordes los Padres de la Iglesia, revestidos de una dignidad y de una antigüedad de que no gozan los postulados protestantes, aparecidos en escena dieciséis siglos después de la Institución del cristianismo.

“El apóstol San Pablo, nota aquí San Francisco de Sales, se sirve en este pasaje de doble semejanza: la primera es la del arquitecto que, empleando materiales sólidos, construye una casa sobre buenos fundamentos; la segunda, al contrario es la del otro arquitecto que, edificando sobre los mismos fundamentos, emplea materias combustibles. Supongamos ahora, añade el Santo, para entrar en el pensamiento del Apóstol, que el fuego prenda en ambas casas; la que ha sido fabricada con materiales sólido no sufrirá desperfecto, mientras que la otra quedará al instante reducida a cenizas. Si el arquitecto de la primera se hallare dentro de ella, saldrá sano y salvo; el otro, sin embargo, si quiere salvarse, deberá necesariamente pasar a través de las llamas y recibir sobre sí las huellas del incendio. Imagen natural del Purgatorio, en el cual las almas manchadas con cualesquiera culpas que no merecen el infierno deberán pasar y recibir también las señales del incendio por las obras de la otra vida; mientras que las almas que no tienen necesidad de purificarse de ninguna mancha de culpa son preservadas de estas llamas, y van derechas al cielo a recibir la recompensa por sus buenas obras”.

Finalmente, omitiendo otros testimonios tomados de las Escrituras del Nuevo Testamento, referiré solamente lo que dice San Juan en el capítulo quinto de su Apocalipsis. “Y a todas las criaturas en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra…, oí que decían: Al que está sentado sobre el trono y al Cordero, bendición, honor, gloria y poder por los siglos de los siglos”. Cuáles sean las criaturas que están en el cielo y sobre la tierra ya lo sabemos; pero ¿cuáles son, preguntan los intérpretes aquellas otras  que debajo de la tierra cantan alabanzas al Altísimo? No pueden ser otras, responden, más que las almas de los fieles difuntos, que se hallan recluidas en aquella prisión subterránea, llamada Purgatorio, en donde, no obstante el rigor de los tormentos, no cesan de bendecir y de alabar al Señor. No son ciertamente las almas de los condenados, porque éstas, bien lejos de alabar y bendecir al Señor, le blasfeman de continuo. 

II

Conformes con estos testimonios de las Escrituras están las antiquísimas Liturgias de la Iglesia, la doctrina de los Santos Padres y los monumentos de las catacumbas. Las primeras, en efecto, que  no son otra cosa sino los libros que contienen las leyes reguladoras del culto y las oraciones autorizadas por la Iglesia, y pueden, por lo tanto definirse diciendo que son el formulario auténtico del culto público, se remontan hasta los Apóstoles, y prescriben que en el templo, después de haber sido leídos en los sagrados dípticos los nombres de las personas vivas, con las cuales había comunión de oraciones, se leyeran los de los difuntos recomendados de un modo particular, y el sacerdote, como lo practica aún en nuestros días, se recogía en oración para impetrar en su favor el lugar de refrigerio, de luz y de paz. Todas las antiguas liturgias, sin excepción, nos recuerdan este rito, el cual, por la forma en que se practicaba, tomó el nombre de oraciones sobre los dípticos.

Y ¡cuán bellas y conmovedoras son las oraciones por los muertos que hallamos registradas en estas liturgias, especialmente en las orientales, casi idénticas a las del Misal romano! ¡Qué maravillosos y vivientes monumentos de la tradición cristiana! “Acordémonos, dice la liturgia de los nestorianos de Malabar,  de nuestros padres, de nuestros hermanos, de los fieles que dejaron esta vida en la fe ortodoxa; supliquemos al Señor se digne absolverlos, perdonarles sus pecados y sus prevaricaciones, y hacerlos dignos de participar de la felicidad eterna en compañía de los justos que cumplieron la divina voluntad”. “Recibid esta oblación, oh Dios mío, dice la de los nestorianos caldeos, por todos los que lloran, se hallan enfermos, que padecen opresiones, calamidades y enfermedades, y por todos los difuntos que la muerte ha separado de nosotros… Perdonad los delitos y pecados de los que han muerto, os lo pedimos por vuestra gracias y por vuestras misericordias”.

No menos expresivo  es cuanto hallamos a este propósito en la liturgia de que se sirven los griegos hace más de doce siglos, y que ellos atribuyen a San Pablo y a San Juan Crisóstomo. “Os ofrecemos, oh Señor, se lee allí, este sacrificio también por el descanso y la libertad de vuestro siervo N, a fin de que él pueda hallar en lugar luminoso, en donde no hay dolores ni gemidos y que le deis el reposo allí donde resplandece la luz de vuestra faz”. Todos sabemos cómo en los siglos IV y V los heresiarcas Arrio, Nestorio y Eutiques arrebataron millones de al seno de la unidad de la Iglesia, La Santa Sede Romana, del mismo modo que lo hicieron en el siglo XVI los heresiarcas del protestantismo. Pues bien, estas sectas, cortadas, separadas del árbol de la vida, como sarmientos arrancados y arrojados lejos de la vid, han conservado estas antiguas Liturgias. Y es un hecho que los orientales, usan todos sin excepción, oraciones y sacrificios por los difuntos. ¿Se podrá, por tanto, decir que los cismáticos han tomado esta práctica de la Iglesia Roana después de su separación? Es imposible, porque la aversión que sienten contra esta Iglesia desde su rebelión no se los hubiera permitido. Luego esta práctica la tienen desde tiempos anteriores a su delito de deserción, y la providencial conservación de aquellas liturgias entre ellos, constituye también un monumento de lo que recibieron como doctrina de los Apóstoles. “Si hombres habitantes en diversos países, nota un agudo escritor, beben vino de igual sabor, se puede deducir la consecuencia de que tal vino está hecho de la misma calidad de uvas. Así, la doctrina del Purgatorio y de los sufragios, practicada en todas las Liturgias, procede del mismo árbol de la doctrina apostólica, plantado por el mismo divino Redentor”.

III

Y las oraciones de la liturgia llevan el aval de la autoridad de los Santos Padres, los cuales han admitido y enseñado siempre la existencia del Purgatorio. San Dionisio Areopagita, en su libro de la Jerarquía católica, que se remonta a la cuna del cristianismo, refiriendo los usos de su tiempo, entre otras cosas escribe: “En las funciones fúnebres, acercándose el venerable obispo, reza una oración sagrada sobre el difunto, y con aquella oración invoca la divina misericordia, a fin de que el difunto le sean perdonadas todas las culpas cometidas por humana fragilidad, y así legue a ser colocado en el esplendor y en la orada de los vivientes”. ¿No está acaso esta doctrina perfectamente de acuerdo con lo que hoy profesa la Iglesia católico referente al Purgatorio? Clemente Alejandrino, que vivió también en el siglo II, dice ante todo que el cristiano, el cual muere después de haber abandonado sus vicios, debe todavía satisfacer por medio de suplicios por los pecados cometidos después del bautismo; y poco después añade: “Los cristianos deben moverse a compasión del estado en que se hallan aquellos que, siendo castigados después de la muerte, aunque arrepentidos, confiesen sus propias y las expíen con tormentos que deben padecer”.

San Juan Crisóstomo asegura también, a su vez, que no en vano establecieron los Apóstoles que, cuando se celebran los sacrosantos misterios, se haga conmemoración de los que pasaron ya a la otra vida; porque ellos sabían que tanta práctica le es de gran provecho y alivio”. Por tanto, según este santo doctor, la oración hecha por los difuntos, en su forma más sublime y santa, radica ciertamente en los tiempos apostólicos, y nos sirve de documento y de prueba para demostrar la fe que en aquellos primeros siglos tenían los cristianos siglos en la existencia del Purgatorio.

Y como este Santo Padre se expresan también los Santos Basilio, Anastasio, Hilario, Jerónimo, Gregorio, Agustín y muchísimos otros que sería prolijo enumerar; todos los cuales, Padres y escritores de los primeros siglos de la Iglesia, enseñaron del modo más claro la existencia del Purgatorio, y el poder que tenemos para aliviar y socorrer a las almas que se hallan en él. Por cuanto ellos nos transmitieron se ve que no se trata ya de una innovación y variación de la doctrina cristiana, sino de una doctrina universal que data de la primera y más pura edad de la Iglesia, siendo los Padres y Doctores reconocidos como los expositores más autorizados de la religión cristiana. Pues bien, su unanimidad respecto de la doctrina que atañe al Purgatorio es tal que, Calvino, el más violento enemigo del mismo, se vio forzado a exclamar: “Confieso que desde hace mil trescientos años fue consagrado el uso de hacer oraciones por los difuntos”. Verdad es que, poco después, él mismo, como arrepentido de haberse demostrado demasiado dócil a la verdad, quiso afirmarse en su obstinación añadiendo solapadamente esta temeraria impiedad: “Todos ellos, lo confieso, fueron arrastrados al error…, y los Padres antiguos se adhirieron a la creencia del Purgatorio para condescender con la opinión corriente y vulgar”. Pero ¿qué persona de recto juicio no ve el punto que este subterfugio de Calvino no es sino una atroz impostura y calumnia contra todos los Padres?

Finalmente, entre los muchos testimonios de la antigüedad que dan fe de la creencia en el Purgatorio entre los primeros cristiano, existe también el de las catacumbas romanas. Basta solamente penetrar en aquellos subterráneos para convencerse de esta verdad. Allí, en aquellas silenciosas lápidas, que cierran los lóbulos en donde reposan los cuerpos de los primitivos cristianos, está indeleblemente esculpida la creencia en el Purgatorio. Encima de ellos la vemos expresada en los votos que se hacen por la paz del difunto, en las preces por las que se implora refrigerio para su espíritu, en la esperanza que allí se expresa de que pronto legue a posesionarse de la eterna bienaventuranza, y en las oraciones que el fallecido pide a los vivos para apresurar su liberación. Ahora bien, estos votos, estas preces, esta esperanza suponían, sin duda alguna, el temor de que aquellas almas estuviesen todavía alejadas de la felicidad a la cual suspiraban por llegar. Y las oraciones que ellas imploran de los vivos predican claramente la fe en la utilidad de nuestros sufragios. En otros términos, también, aquellas antiquísimas lápidas, que son de las más antiguas, y datan todas de tiempos anteriores a la paz de Constantino, revelan en los primitivos cristianos su fe en el Purgatorio.

Cortesía de: José Gálvez Krüger
Texto tomado de Falletti, Luis
Nuestros difuntos y el Purgatorio
Luis Pili, Editor, Barcelona, 1939

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