El infierno

El alma se encuentra de golpe inmersa en una soledad absoluta que es como la densidad del caos, de la muerte de la nada. Todo es no presencia, no comunicación, no amor. Es una ausencia total de movimiento, de deseo, una inmersión en el pecado en estado bruto, en el mal absoluto, objetivado. El alma se sabe pecadora, pero el pecado le pertenece, ya no es suyo, la posee, la impregna. Hay como un entrelazamiento entre el condenado y el pecado. Es el infierno. Es difícil de exponer. Fuera de tiempo, compararía aquello con una suerte de atomización, una terrible concentración del mal, porque el infierno no está vacío, está lleno de la nada: hay una presión inaudita, una densidad, una opacidad atroces. Cuando hablo de la nada, no es el no ser, es el anti ser, el anti amor.

En este estado, el alma no siente nada, no experimenta nada en el orden sensible, es mil veces peor que un sufrimiento continuo: una agonía del espíritu del que se sabe que no desembocará en nada más que sobre ella misma, yendo siempre hacia abajo porque el espíritu es llevado a unirse a l la ofensa infinita que constituye el pecado, con el que se identifica y se asimila cada vez más. Sin embargo no hay movimiento, ni progreso. Lo que aumenta es una no comunicación entre los condenados que están yuxtapuestos, pegados, oprimiéndose los unos a los otros por el solo hecho. Es peor que el odio, que un movimiento pasional, pulsional, y que se puede de alguna manera disecar o saborear, si se pudiera decir: es el no amor en su glacial objetividad. Porque aunque se arda en el infierno, se está igualmente en un frío de hielo que es el de la segunda muerte, de la muerte eterna. Esto, una vez más, que se comprenda bien, no es una entrada en la nada, una disolución, es la no vida: sin el dinamismo de la vida, sin creatividad, sin evolución. Es un estado permanente de vértigo y de opresión, que va siempre en aumento e intensidad porque esta muerte es infinita, y eterno el infierno. Este sufrimiento es más atroz que todo, el fuego más ardiente de la tierra es glacial en comparación de ese fuego del infierno, y el frío más gélido que aquí es ardiente comparado con el frío glacial de la segunda muerte. No es una experiencia de no ser, sino de no ser lo que se es, el absoluto imposibilitado de ser, de llegar a ser lo que se es porque estaba llamado a serlo en el misterio de la cruz salvífica que se rechazó, despreciando el don gratuito de la salvación.

(Visite nuestro especial sobre el purgatorio http://www.aciprensa.com/difuntos/difuntos4.htm)


Traducido del francés por José Gálvez Krüger
ACI Prensa