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La Jerarquía celeste

(Selección, I a VI)
De: Obras completas del Pseudo Dionisio Areopagita.
Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1990. Edición preparada por Teodoro H. Martin-Lunas. págs. 119-144
 
CAPITULO I

El presbítero Dionisio a su copresbítero Timoteo. Aun cuando la iluminación procede por amor de múltiples maneras hacia los objetos que están bajo su providencia, no obstante permanece en su misma simplicidad y unifica a cuanto ilumina

1. "Todo buen don y toda dádiva perfecta viene de arriba, desciende del Padre de las luces". Más aún, la Luz procede del Padre, se difunde copiosamente sobre nosotros y con su poder unificante nos atrae y lleva a lo alto. Nos hace retornar a la unidad y deificante simplicidad del Padre, congregados en El. "Porque de El y para El son todas las cosas", como dice la Escritura.

2. Invoquemos, pues, a Jesús, la Luz del Padre, "la luz verdadera que viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre", "por quien hemos obtenido acceso" al Padre, la luz que es fuente de toda luz. Fijemos la mirada lo mejor que podamos en las luces que los Padres nos transmiten por las Sagradas Escrituras. En cuanto nos sea posible estudiemos las jerarquías de los espíritus celestes conforme la Sagrada Escritura nos lo ha revelado de modo simbólico y anagógico. Centremos fijamente la mirada inmaterial del entendimiento en la Luz desbordante más que fundamental, que se origina en el Padre, fuente de la Divinidad. Por medio de figuras simbólicas, nos ilustra sobre las bienaventuradas jerarquías de los ángeles. Pero elevémonos sobre esta profusión luminosa hasta el puro Rayo de Luz en sí mismo.

Por supuesto, este Rayo de Luz no pierde nada de su propia naturaleza ni de su íntima unidad. Aun cuando actúa y se multiplica exteriormente, como es propio de su bondad, para ennoblecer y unificar los seres que están bajo su providencia, sin embargo permanece interiormente estable en sí mismo, absolutamente firme en identidad inmóvil. Da a todos, en la medida de sus fuerzas, poder para elevarse y unirse a El según su propia simplicidad.

Pero este Rayo divino no podrá iluminamos si no está espiritualmente velado en la variedad de sagradas figuras, acomodadas a nuestro modo natural y propio, según la paternal providencia de Dios.

3. Por lo cual, nuestra sagrada jerarquía quedó establecida por disposición divina a imitación de las jerarquías celestes, que no son de este mundo. Mas las jerarquías inmateriales se han revestido de múltiples figuras y formas materiales a fin de que, conforme a nuestra manera de ser, nos elevemos analógicamente desde estos signos sagrados a la comprensión de las realidades espirituales, simples, inefables. Nosotros, los hombres, no podríamos en modo alguno elevamos por vía puramente espiritual a imitar y contemplar las jerarquías celestes sin ayuda de medios materiales que nos guíen como requiere nuestra naturaleza. Cualquier persona reflexionando se da cuenta de que la hermosura aparente es signo de misterios sublimes. El buen olor que sentimos manifiesta la iluminación intelectual. Las luces materiales son imagen de la copiosa efusión de luz inmaterial. Las diferentes disciplinas sagradas corresponden a la inmensa capacidad contemplativa de la mente. Los órdenes y grados de aquí abajo simbolizan las armoniosas relaciones del Reino de Dios. La recepción de la Sagrada Eucaristía es signo de la participación en Jesús, y lo mismo sucede con los seres del Cielo, que de modo trascendente reciben los dones, dados a nosotros simbólicamente.

La fuente de perfección espiritual nos ha provisto de imágenes sensibles que corresponden a las realidades inmateriales del Cielo, pues cuida de nosotros y quiere hacernos a semejanza suya. Nos dio a conocer las Jerarquías celestes: instituyó el colegio ministerial de nuestra propia jerarquía a imitación de la celeste, en cuanto humanamente es posible, en su divino sacerdocio. Nos reveló todo esto por medio de santas alegorías contenidas en las Sagradas Escrituras, para elevarnos espiritualmente desde lo sensible y conceptual a través de los símbolos sagrados hasta la cima simplicísima de aquellas jerarquías celestes.


CAPITULO II

En que las cosas celestiales y divinas nos son reveladas convenientemente, aun cuando sea por medio de símbolos desemejantes

1. Ante todo, creo que debo exponer cuál es el principal objeto de toda jerarquía y en qué sentido sea provechosa a sus miembros. Luego ensalzaré las jerarquías celestes, según lo que nos ha revelado la Sagrada Escritura. Por último, hay que describir bajo qué formas sagradas la Escritura representa los órdenes celestes, pues a través de esas figuras debemos elevarnos a perfecta simplicidad.

No podemos imaginar, como hace el vulgo, aquellas inteligencias celestes con muchos pies y rostros, de forma parecida a bueyes o como leones salvajes. No tienen corvos picos de águilas ni alas o plumas de pájaros. No los imaginemos como ruedas flamígeras por el cielo, tronos materiales, cómodos, donde se sienta la Divinidad, caballos variopintos, capitanes blandiendo espadas o cualquier otra forma en que las Santas Escrituras nos lo han representado en variedad de símbolos. La teología se vale de imágenes poéticas al estudiar estas inteligencias que carecen de figuras. Pero, como queda dicho, lo hace en atención a nuestra propia manera de entender, se sirve de pasajes bíblicos puestos a nuestro alcance en forma anagógica para elevarnos más fácilmente a lo espiritual.

2. Estas figuras hacen referencia a seres tan espirituales que no podemos conocerlos ni contemplarlos. Figuras y nombres de que se valen las Escrituras son inadecuados para representar tan santas inteligencias. Efectivamente, podría objetarse que si los teólogos hubieran querido dar forma corporal a lo que es absolutamente incorpóreo, deberían haber comenzado con los seres tenidos por más nobles, inmateriales y trascendentes, en vez de acudir a múltiples formas terrenas, ínfimas, para aplicarlas a realidades divinas, que son totalmente simples y celestes. Quizás lo haga con intención de elevarnos y no de rebajar lo celeste con imágenes inadecuadas. En realidad, es una ofensa indigna a los poderes divinos e induce a error nuestra inteligencia confundiéndola con esas composiciones profanas. Uno se imaginaría fácilmente que sobre los cielos hay multitud de leones y caballos, que las alabanzas son mugidos, que vuelan bandadas de pájaros o que los cielos están llenos de otra clase de animales, materias viles y semejantes desatinos que describen, hasta el absurdo, la corrupción y pasiones.

Pero si uno investiga la verdad, pone en evidencia la sabiduría de las Escrituras. Hay en ellas providencial cuidado de no ofender a los poderes divinos cuando representan con figuras las inteligencias celestes. Con la misma solicitud evitan que nos aficionemos desordenadamente a símbolos que contengan algo de bajeza y vulgaridad. Por lo demás, dos son las razones para representar con imágenes lo que no tiene figura, y dar cuerpo a lo incorpóreo. Ante todo, porque somos incapaces de elevarnos directamente a la contemplación mental. Necesitamos algo que nos sea connatural, metáforas sugerentes de las maravillas que escapan a nuestro conocimiento. En segundo lugar, es muy conveniente que para el vulgo permanezcan veladas con enigmas sagrados las verdades que contienen acerca de las inteligencias celestes. No todos son santos y la Sagrada Escritura advierte que no conviene a todos conocer estas cosas.

Con respecto a la inconveniencia de las imágenes bíblicas o al uso de comparaciones, tan bajas para significar jerarquías tan dignas y santas, es objeción a la que se responde diciendo que la revelación divina se presenta de dos maneras.

3. Una procede naturalmente por medio de imágenes semejantes a lo que significan. La otra emplea figuras desemejantes hasta la total desigualdad y el absurdo. Sucede a veces que las Escrituras en sus enseñanzas misteriosas representan la adorable santidad de Dios "Verbo", "Inteligencia" y "Esencia". Hacen ver que la racionalidad y sabiduría son atributos convenientes a Dios, a quien debemos considerar real subsistencia y causa verdadera de la subsistencia de todos los seres. Más aún, le representan como Luz y le llaman Vida.

Estas formas sagradas ciertamente muestran más reverencia y parecen superiores a las representaciones materiales. No son, sin embargo, menos deficientes que las otras con respecto a la Deidad, que está más allá de cualquier manifestación del ser y de la vida. No puede expresarla ninguna luz y toda razón o inteligencia no llega ni a tener parecido.

Ocurre, por eso, que las mismas Escrituras ensalzan la Deidad con expresiones totalmente desemejantes. La llaman invisible, infinita, incomprensible y otras cosas que dan a entender no lo que es, sino lo que no es. Esta segunda manera, a mi entender, es mucho más propia hablando de Dios, pues, como la secreta y sagrada tradición nos enseña, nada de cuanto ha existido se parece a Dios y desconocernos su supraesencia invisible, inefable, incomprensible.

Puesto que la negación parece ser más propia para hablar de Dios, y la afirmación positiva resulta siempre inadecuada al misterio inexpresable, conviene mejor referirse a lo invisible por medio de figuras desemejantes. Por lo cual, las Sagradas Escrituras, lejos de menospreciar las jerarquías celestes, las ensalzan con figuras totalmente desemejantes. De ese modo realmente nos damos cuenta de que aquellas jerarquías, tan distantes de nosotros, trascienden toda materialidad.

Por lo demás, no creo que ninguna persona sensata deje de reconocer que las desemejanzas sirven mejor que las semejanzas para elevar nuestra mente al reino del espíritu. Figuras muy nobles podrían inducir a algunos al error de pensar que los seres celestes son hombres de oro, luminosos, radiantes de hermosura, suntuosamente vestidos, inofensivamente llameantes, o bajo otras formas por el estilo con que la teología ha representado las inteligencias celestes.

Para evitar esos malentendidos entre gentes incapaces de elevarse por encima de la hermosura que perciben los sentidos, piadosos teólogos, sabia y espiritualmente, han condescendido con el uso de símbolos desemejantes. Obrando así, ellos han frenado nuestra natural tendencia a lo material y el deseo de satisfacernos perezosamente con imágenes de baja calidad. A la vez, han favorecido la elevación de la parte superior del alma, que siempre anhela las cosas de arriba. En efecto, la tosquedad de esos símbolos sirve de estímulo para que incluso los aficionados a las cosas terrenas no puedan juzgar verosímil ni posible la semejanza de estas cosas triviales con las celestes. Por lo demás, en todas las cosas hay algo de belleza , como dice rectamente la Escritura: "Todo es muy bueno".

4. Todas las cosas pueden favorecer la contemplación. Como antes decía, las desemejanzas con el mundo pueden aplicarse a esos seres que son a la vez inteligibles e inteligentes. Pero téngase siempre en cuenta la diferencia enorme que hay entre lo que cae bajo el dominio de los sentidos y lo propio del entendimiento. Así, en las criaturas irracionales la cólera nace de un impulso apasionado de movimiento irascible, mas hay que entenderlo de diferente modo cuando se trata de quienes disfrutan de razón. En este caso, la cólera es, yo creo, la firme actuación de la razón y capacidad de perseverar con tenacidad en principios santos e inmutables.

De modo parecido la concupiscencia. En los irracionales es una búsqueda ilimitada de bienes materiales a impulsos del instinto o costumbre de aficionarse a lo perecedero, apetito irracional dominante que induce a los vivientes a poseer cualquier cosa placentera a los sentidos. Pero cuando lo aplicamos al ser inteligente hay que entenderlo de diferente manera. Decimos que sienten deseos, pero significa el anhelo divino de la Realidad inmaterial, que está más allá de toda razón y de toda inteligencia. Es firme y constante deseo de contemplar pura e impasiblemente la Supraesencia. Hambre espiritual insaciable y verdadera comunión con la luz inmaculada y sublime, de espléndida e inefable hermosura. Intemperancia que será el ardor perfecto, inquebrantable, manifiesto en el anhelo constante de la divina hermosura, la total entrega al verdadero objeto de todo deseo.

Decimos que son irracionales los animales y objetos, porque les falta razón; a los objetos, además, sensación. Pero cuando lo decimos de los seres inmateriales, intelectuales, se entiende bajo el aspecto de santidad. Son criaturas que trascienden con mucho nuestra razón corporal discursiva, como la inteligencia sobrepasa las sensaciones materiales. Por tanto, podemos servirnos rectamente de figuras, tomadas incluso de la materia vil, con referencia a los seres celestes. Después de todo, las cosas terrenas subsisten gracias a la Hermosura absoluta, que contienen dentro de su condición material. Por la materia podemos elevarnos hasta los arquetipos inmateriales. Pero hay que tener especial cuidado para usar debidamente las semejanzas y desemejanzas. No puede establecerse una relación de identidad, sino que, teniendo en cuenta la distancia entre los sentidos y el entendimiento, se acomodarán según corresponda a cada cual.

5. Hallaremos que los teólogos místicos se sirven de esto para hablar de las jerarquías celestes y también para explicar los misterios de la Deidad. A veces la celebran con imágenes muy llamativas; por ejemplo, cuando dicen Sol de Justicia, Estrella de la mañana que se levanta hasta la inteligencia, Luz de fulgor intelectua. En otros casos se valen de expresiones más terrenas. Comparan a Dios con fuego que arde sin quemar, agua que comunica plenitud de vida, que metafóricamente llega a las entrañas y forma ríos inagotables. Usan también semejanzas de cosas ordinarias, como ungüento suave, piedra angular. Llegan hasta comparaciones de animales. Atribuyen a Dios propiedades del león, la pantera, el leopardo y el oso devorador. Añádase lo que parece más abyecto e impropio de todo, la forma de gusano con que han representado a Dios admirables intérpretes de los misterios divinos.

Así los que saben de Dios, intérpretes bajo la inspiración misteriosa, no mezclan con las cosas perfectas y profanas al "Santo de los santos". Utilizan aquella desemejante figura a fin de que las realidades divinas no se confundan con las inmundas ni los fervientes admiradores de los símbolos divinos se adhieran a tales figuras como si tuvieran existencia real. Así, con verdaderas negaciones y con desemejanzas, últimos reflejos divinos, honran a Dios como es debido.

Nada, pues, tiene de indigno representar los seres celestes, como queda dicho, por medio de semejanzas o desemejanzas inadecuadas al objeto.

En mi ordinaria investigación, esta dificultad no me habría estimulado hasta llegar a una explicación precisa de las virtudes sagradas si yo no hubiese tenido problema con imágenes de la Escritura, disformes con respecto a los ángeles. No podía mi mente satisfacerse con esa imaginería inadecuada. Tal inquietud me indujo a ir más allá de la representación material, a pasar santamente las apariencias y a través de ellas elevarme a realidades que no son de este mundo.

Pero baste ya lo dicho sobre las imágenes materiales e impropias con que las Escrituras Sagradas se refieren a los ángeles. Debo precisar ahora lo que entiendo por jerarquía y qué ventajas ofrece a quienes participan de ella. Que mi guía en esta exposición sea Cristo, mi Cristo, si es lícito hablar así, el inspirador de cuanto podemos conocer sobre la Jerarquía, y tú, hijo mío, debes seguir las recomendaciones de nuestra tradición jerárquica. Escucha devotamente estos razonamientos sagrados e inspirados y te servirá de iluminación esta doctrina. Guarda las santas verdades en lo recóndito de tu alma. Preserva su unidad frente a la multiplicidad de lo profano, pues, como dice la Escritura, no es lícito echar a los cerdos la pura, brillante y espléndida armonía de perlas espirituales.


CAPITULO III

Qué se entiende por jerarquía y cuál sea su provecho

1. A mi juicio, jerarquía es un orden sagrado, un saber y actuar lo más próximo posible de la Deidad. Se elevan a imitar a Dios en proporción de las luces que de El reciben, la Hermosura de Dios tan simple, tan buena, el origen de toda perfección no admite en sí la menor desemejanza. Dispensa a todos, según el mérito de cada cual, su luz y los perfecciona revistiéndolos misteriosa y establemente de su propia forma.

2. La jerarquía, pues, tiene por fin lograr en las criaturas, en cuanto sea posible, la semejanza y unión con Dios. Una jerarquía tiene a Dios como maestro de todo saber y acción . No deja de contemplar su divinísima hermosura. Lleva en sí la marca de Dios. Hace que sus miembros sean imágenes de El bajo todos los aspectos, espejos transparentes y sin mancillas, que reflejan el brillo de la luz primera y de Dios mismo. Luego que sus miembros han recibido la plenitud de su divino esplendor, transmiten generosamente la luz, conforme al plan de Dios, a aquellos que les siguen en la escala.

Sería grave error para los santos guías, y asimismo para los que de ellos aprenden, hacer algo contra las disposiciones sagradas de aquel que, después de todo, es la fuente de perfección. Sería un error la desobediencia, en especial si es que anhelan el divino resplandor de Dios, y han fijado para siempre la mirada en aquel fulgor. Es lo que conviene a su carácter sagrado. Y más si están configurados, en la medida de sus fuerzas, con aquella Luz.

Así es que el nombre de jerarquía designa una disposición sagrada, imagen de la hermosura de Dios, que representa los misterios de la propia iluminación, gracias al orden sagrado de su rango y de sus saberes. Se asemeja a la propia fuente y, en cuanto es posible, se configura con su propio origen. Porque la perfección de cada uno de cuantos están en este sagrado orden consiste principalmente en que, según la propia capacidad, tiende a la imitación de Dios. Más admirable aún: llega a ser, como dice la Escritura, "cooperador de Dios" y reflejo de la actividad divina en cuanto es posible.

Por eso, cuando el orden sagrado dispone que unos sean purificados y otros purifiquen; unos sean iluminados y otros iluminen; unos sean perfeccionados y otros perfeccionen, cada cual imitará a Dios de hecho según el modo que convenga a su función propia. Lo que nosotros llamamos bienaventuranza de Dios está libre de toda desemejanza. Es plena luz, sempiterna, perfecta, sin que le falte nada. Ella es la que purifica, ilumina y perfecciona. 0 mejor, es la santa purificación, iluminación, perfección. Está por encima de toda purificación, sobre toda iluminación; es la verdadera fuente de perfección, más que perfecta. Causa de toda jerarquía, sobrepasa con mucho todo lo sagrado.

3. A mi parecer, los ya purificados están perfectamente limpios de toda mancha y libres de la menor desemejanza. Creo que cuantos reciben la iluminación sagrada están llenos de luz divina y levantan los santos ojos de la mente hasta alcanzar plena capacidad de contemplación. Finalmente, pienso que los perfectos, lejos ya de toda imperfección, deben unirse a quienes contemplan los santos misterios con ciencia perfeccionante. Justo es que quienes purifican hagan a otros participar de su abundante pureza. Justo asimismo que quienes iluminan mentes más transparentes que las otras, gozosamente llenos de sagrado fulgor y capaces tanto de recibir como de transmitir la luz, la desborden doquier y difundan entre los que sean dignos de ella.

Por último, que quienes tienen el oficio de crear perfección, muy entendidos en la doctrina perfeccionante, deben hacer que los perfectos lleguen a ser como ellos, instruyéndolos en la doctrina sagrada de lo que ya contemplan devotamente.

Resulta, pues, que cada orden de la jerarquía sagrada, según a cada cual corresponde, se eleva hasta la cooperación con Dios. Con la gracia y poder que Dios da hace cosas que natural y sobrenaturalmente son propias de la Deidad. Algo que El lleva a cabo supraesencialmente y luego lo revela por la jerarquía a las inteligencias que aman a Dios para que éstas las imiten dentro de lo posible.


CAPITULO IV

Lo que significa el nombre "ángel"

1. Creo que he explicado ya lo que entiendo por jerarquía y debo, según eso, entonar un himno de alabanza a las jerarquías angélicas. Con ojos que miren más allá del mundo he de contemplar las figuras sagradas que les atribuyen las Escrituras para que, a través de esas místicas representaciones, podamos elevamos hasta la simplicidad de Dios. Entonces, con la debida adoración y acción de gracias, glorificaremos a la Deidad, fuente de cuanto podamos conocer de las jerarquías.

Ante todo, debemos afirmar esta verdad: la Deidad supraesencial ha establecido la esencia de todas las cosas y les ha dado la existencia. Es propio de la Causa universal, Bondad suprema, llamar a comunión consigo todas las cosas en cuanto a éstas les es posible. Por eso, todo ser participa en cierto modo de la Providencia que viene de la Deidad supraesencial, Causa de todo. En realidad, nada puede existir sin que dependa en modo alguno de aquel que es fuente de todo ser. De El participan las cosas inanimadas por el mero hecho de existir, pues todo ser debe la propia existencia a la Deidad trascendente . Los vivientes, a su vez, participan del poder que da la vida y sobrepasa toda vida. Los seres dotados de razón e inteligencia participan de la Sabiduría, perfección absoluta, primordial, que sobrepasa toda razón e inteligencia. Queda claro, pues, que estos últimos seres están más próximos a Dios porque de muchas maneras comparten con El.

2. Comparados con las cosas que se limitan a existir, con los seres de vida irracional, e incluso con nuestra naturaleza racional, los santos órdenes de seres celestes son evidentemente superiores por cuanto han recibido de la divina largueza. En el modo de conocer se parecen a Dios. Con El conforman sus inteligencias. Por eso, entran naturalmente en mayor comunión con la Deidad: porque están siempre en marcha a las alturas; porque, en cuanto es posible, tienden a concentrarse en el indeficiente amor de Dios; porque de modo inmaterial y en toda pureza reciben la luz directamente de su origen; porque su vida, guiada por tal luz, es plenamente inteligente.

Estas inteligencias son las que más íntima y ricamente participan de Dios, y a su vez son las primeras y más abundantes en transmitir a los demás los misterios escondidos de la Deidad. Por lo cual, a ellos les corresponde por excelencia antes que a nadie el título de ángel o mensajero. Son los primeros en recibir la iluminación de Dios y por medio de ellos se nos transmiten las revelaciones que exceden sobremanera nuestros alcances; como dice la Escritura, la Ley que nos fue dada por ángeles. En tiempos anteriores y después de la Ley fueron ángeles los que guiaron hasta Dios a nuestros ilustres antepasados. Lo hacían manifestándoles lo que debían hacer o apartándolos del error y vida de pecado para traerlos al camino recto de la verdad. También les revelaban las sagradas jerarquías visiones de misterios escondidos a este mundo, o divinas profecías.

3. Quizás alguien diga que Dios ha aparecido sin intermediarios a algunos santos. Debe saber que las Santas Escrituras afirman claramente que "a Dios nadie le vio jamás" y nunca verá nadie lo más recóndito de la Deidad. Cierto que Dios se ha aparecido a personas santas. Así era conveniente a la Deidad acomodarse a la manera de ser de los videntes. La sagrada teología llama con razón teofanía a las visiones en que Dios, que no tiene figura, se manifiesta en semejanza y forma determinada. Dispone a los videntes para un plano divino. Reciben iluminación de Dios y de algún modo quedan instruidos sobré los misterios divinos. Fue el poder de Dios quien dispuso a nuestros antepasados para verle de esta manera.

¿No afirma la Escritura que Moisés recibió directamente de Dios las sagradas ordenanzas de la Ley? Así podía enseñarnos con verdad que aquella legislación era copia exacta de lo divino y sacrosanto. Pero la teología nos muestra claramente que estas divinas ordenanzas nos fueron dadas por medio de los ángeles a fin de que aprendamos el mismo orden establecido por Dios: que mediante las jerarquías superiores los seres inferiores se elevan a la Deidad. Ahora bien: en la Ley dada por el que es principio supraesencial de todo orden hay disposiciones que afectan no sólo a los grados superiores y a los inferiores de aquellas inteligencias. Establece, además, que dentro de cada jerarquía los órdenes y potencias se distribuyen en tres grados: primero, medio y último, y que los más próximos a la Deidad deben instruir a los menos cercanos guiándolos hasta la presencia de Dios, su iluminación y comunión.

4. Observo también que el divino misterio del amor de Jesús a los hombres fue primeramente manifiesto a los ángeles y por medio de ellos llegó a nosotros la gracia de su conocimiento. Fue el santísimo Gabriel quien declaró al sacerdote Zacarías el misterio de que, contra toda esperanza y por gracia de Dios, tendría un hijo que sería el profeta de la obra divino‑humana de Jesús, quien iba a manifestarse para bien y salvación del mundo. Gabriel comunicó a María cómo se cumpliría en ella el misterio divino de la inefable deiformación. Otro ángel explicó a José que verdaderamente se habían cumplido las promesas hechas a su antepasado David. Otro asimismo llevó la buena nueva a los pastores que por su vida tranquila y separada de las gentes estaban ya de algún modo purificados. Se juntó al ángel "una multitud del ejército celestial" para transmitir a todos los habitantes del orbe el célebre himno de alabanza.

Levantemos ahora la mirada a las más altas revelaciones de las Escrituras. Observo, efectivamente, que Jesús, Causa supraesencial de todos los seres que viven más allá del universo, vino a tomar forma humana sin cambiar su propia naturaleza. Después nunca abandonó la forma humana que El había dispuesto y escogido. Obediente la sometió a los deseos de Dios Padre, que los ángeles hicieron manifiestos. Angeles fueron los que instruyeron a José sobre los planes del Padre para la huida a Egipto y el retorno a Judea. Jesús mismo recibió órdenes del Padre por medio de los ángeles. No tengo necesidad de recordaros la sagrada tradición del ángel que confortó a Jesús o del hecho que Jesús mismo, por la sobreabundante bondad con que llevó a cabo nuestra salvación, es contado entre los ángeles de la revelación con el nombre de "Angel del consejo". ¿No fue El en verdad un ángel por habernos anunciado lo que conoció del Padre?


CAPITULO V

¿Por qué llaman indistintamente ángeles a todos los del Cielo?

Esta es, en cuanto yo alcanzo a conocer, la razón del nombre "ángel" en las Escrituras. Pero ahora creo que debo preguntarme por qué los teólogos llaman indistintamente ángeles a todos los del Cielo, a la vez que, al tratar de las jerarquías celestes, reservan el nombre de "ángeles" para el último orden jerárquico, el que está subordinado a los grados de los arcángeles, principados, autoridades y poderes que las Escrituras reconocen superiores.

En todas las jerarquías sagradas el grado superior de cada orden posee las Iluminaciones y poderes de los que le están subordinados, pero éstos no tienen las propias de los superiores. Los teólogos dan el nombre de "ángel" también a los órdenes más altos y santos de entre los seres celestes por el hecho de que manifiestan las iluminaciones, procedentes de la Deidad. Pero hablando concretamente del último orden de los seres celestes no hay razón para llamar ángeles a los miembros de los principados, tronos o serafines, porque los ángeles no participan de los supremos poderes de éstos. Sin embargo, así como este orden superior eleva a nuestros inspirados jerarcas hasta donde ellos conocen de la luz de Dios, los órdenes del grado superior elevan a sus subordinados los ángeles hacia la Deidad.

Si la Escritura emplea el mismo nombre para todos los ángeles es porque los poderes celestes tienen en común una capacidad, inferior o superior, para identificarse con Dios y entrar, más o menos, en comunión con la luz que viene de EL.

Mas, para aclarar todo esto, contemplemos con mirada pura las santas propiedades de cada orden celeste tal como la Escritura lo ha revelado.


CAPITULO VI

Cuáles sean la primera clase, media e inferior del orden celeste

1. ¿Cuántos son y cómo se clasifican los órdenes celestes? ¿Cómo cada una de las jerarquías logra la perfección? Sólo el que es Fuente de toda perfección podría responder con exactitud a estas preguntas, pero, al menos, ellos conocen las iluminaciones y poderes propios de cada orden y su puesto en este orden sagrado y trascendente. Por lo que a nosotros toca, no es posible conocer el misterio de las mentes celestes ni entender cómo alcanzan la más alta perfección. Podemos tan sólo conocer lo que la Deidad nos ha manifestado misteriosamente por medio de ellos, ya que conocen bien sus propiedades. Nada, por tanto, tengo que decir por mí mismo de todo esto y me contento meramente con explicar como mejor pueda lo que aprendí de los santos teólogos sobre los ángeles tal como ellos nos lo transmite.

2. La Escritura ha cifrado en nueve los nombres de todos los seres celestes, y mi glorioso maestro los ha clasificado en tres jerarquías de tres órdenes cada una. Según él, el primer grupo está siempre en torno a Dios, constantemente unido a El, antes que todos los otros y sin intermediarios. Comprende los santos tronos y los órdenes dotados de muchas alas y muchos ojos que en hebreo llaman querubines y serafines. Conforme a la tradición de las Santas Escrituras están colocados inmediatamente junto a Dios y a su alrededor, más cerca que ninguno de los otros. Este triple grupo, dice mi célebre maestro, forma una sola jerarquía que es verdaderamente la primera. Sus miembros disfrutan de igual estado. Son los más divinizados y los que reciben primero y más directamente las iluminaciones de la Deidad.

El segundo grupo, dice, lo componen potestades, dominaciones y virtudes. El tercero, al final de las jerarquías celestes, es el orden de los ángeles, arcángeles y principados.


Compilado por:
José Gálvez Krüger
Director de la Revista de Humanidades
“Studia Limensia”

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