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Exhortación Apostólica post-sinodal Reconciliatio et Paenitentia de Juan Pablo II al Episcopado al Clero a los fieles sobre la reconciliación y la penitencia en la misión de la Iglesia Hoy
Proemio ORIGEN Y SIGNIFICADO DEL
DOCUMENTO 1. Hablar de RECONCILIACIÓN
y PENITENCIA es, para los hombres y mujeres de nuestro tiempo, una invitación
a volver a encontrar -traducidas al propio lenguaje- las mismas palabras
con las que Nuestro Salvador y Maestro Jesucristo quiso inaugurar su predicación:
"Convertíos y creed en el Evangelio"(1) esto es, acoged
la Buena Nueva del amor, de la adopción como hijos de Dios y, en
consecuencia, de la fraternidad. ¿Por qué la Iglesia
propone de nuevo este tema, y esta invitación? El ansia por concer y comprender
mejor al hombre de hoy y al mundo contemporáneo, por descifrar su
enigma y por desvelar su misterio; el deseo de poder discernir los fermentos
de bien o de mal que se agitan ya desde hace bastante tiempo; todo esto,
lleva a muchos a dirigir a este hombre y a este mundo una mirada interrogante.
Es la mirada del historiador y del sociólogo, del filósofo
y del teólogo, del psicólogo y del humanista, del poeta y
del místico; es sobre todo la mirada preocupada -y a pesar de todo
cargada de esperanza- del pastor. Dicha mirada se refleja de una
manera ejemplar en cada página de la importante Constitución
Pastoral del Concilio Vaticano II Gaudium et spes sobre la Iglesia en el
mundo contemporáneo y, de modo particular, en su amplia y penetrante
introducción. Se refleja igualmente en algunos Documentos emanados
de la sabiduría y de la caridad pastoral de mis venerados Predecesores,
cuyos luminosos pontificados estuvieron marcados por el acontecimiento histórico
y profético de tal Concilio Ecuménico. Al igual que las otras miradas,
también la del pastor vislumbra, por desgracia, entre otras características
del mundo y de la humanidad de nuestro tiempo, la existencia de numerosas,
profundas y dolorosas divisiones. Un mundo en pedazos 2. Estas divisiones se manifiestan
en las relaciones entre las personas y los grupos, pero también a
nivel de colectividades más amplias: Naciones contra Naciones y bloques
de Países enfrentados en una afanosa búsqueda de hegemonía.
En la raíz de las rupturas no es difícil individuar conflictos
que en lugar de resolverse a través del diálogo, se agudizan
en la confrontación y el contraste. Indagando sobre los elementos
generadores de división, observadores atentos detectan los más
variados: desde la creciente desigualdad entre grupos, clases sociales y
Países, a los antagonismos ideológicos todavía no apagados;
desde la contraposición de intereses económicos, a las polarizaciones
políticas; desde las divergencias tribales a las discriminaciones
por motivos socio religiosos. Por lo demás, algunas
realidades que están ante los ojos de todos, vienen a ser como el
rostro lamentable de la división de la que son fruto, a la vez que
ponen de manifiesto su gravedad con irrefutable concreción. Entre
tantos otros dolorosos fenómenos sociales de nuestro tiempo podemos
traer a la memoria: · la conculcación
de los derechos fundamentales de la persona humana; en primer lugar el derecho
a la vida y a una calidad de vida digna; esto es tanto más escandaloso
en cuanto coexiste con una retórica hasta ahora desconocida sobre
los mismos derechos; · las asechanzas y presiones
contra la libertad de los individuos y las colectividades, sin excluir la
tantas veces ofendida y amenazada libertad de abrazar, profesar y practicar
la propia fe; · las varias formas de
discriminación: racial, cultural, religiosa, etc.; · la violencia y el terrorismo; · el uso de la tortura
y de formas injustas e ilegítimas de represión; - la acumulación
de armas convencionales o atómicas; la carrera de armamentos, que
implica gastos bélicos que podrían servir para aliviar la
pobreza inmerecida de pueblos social y económicamente deprimidos; · la distribución
inicua de las riquezas del mundo y de los bienes de la civilización
que llega a su punto culminante en un tipo de organización social
en la que la distancia en las condiciones humanas entre ricos y pobres aumenta
cada vez más.(2) La potencia arrolladora de esta división
hace del mundo en que vivimos un mundo desgarrado(3) hasta en sus mismos
cimientos. Por otra parte, puesto que la
Iglesia -aun sin identificarse con el mundo ni ser del mundo- está
inserta en el mundo y se encuentra en diálogo con él,(4) no
ha de causar extrañeza si se detectan en el mismo conjunto eclesial
repercusiones y signos de esa división que afecta a la sociedad humana.
Además de las escisiones ya existentes entre las Comunidades cristianas
que la afligen desde hace siglos, en algunos lugares la Iglesia de nuestro
tiempo experimenta en su propio seno divisiones entre sus mismos componentes,
causadas por la diversidad de puntos de vista y de opciones en campo doctrinal
y pastoral.(5) También estas divisiones pueden a veces parecer incurables. Sin embargo, por muy impresionantes
que a primera vista puedan aparecer tales laceraciones, sólo observando
en profundidad se logra individuar su raíz: ésta se halla
en una herida en lo más íntimo del hombre. Nosotros, a la
luz de la fe, la llamamos pecado; comenzando por el pecado original que
cada uno lleva desde su nacimiento como una herencia recibida de sus progenitores,
hasta el pecado que cada uno comete, abusando de su propia libertad. Nostalgia de reconciliación 3. Sin embargo, la misma mirada
inquisitiva, si es suficientemente aguda, capta en lo más vivo de
la división un inconfundible deseo, por parte de los hombres de buena
voluntad y de los verdaderos cristianos, de recomponer las fracturas, de
cicatrizar las heridas, de instaurar a todos los niveles una unidad esencial.
Tal deseo comporta en muchos una verdadera nostalgia de reconciliación,
aun cuando no usen esta palabra. Para algunos se trata casi de
una utopía que podría convertirse en la palanca ideal para
un verdadero cambio de la sociedad; para otros, por el contrario, es objeto
de una ardua conquista y, por tanto, la meta a conseguir a través
de un serio esfuerzo de reflexión y de acción. En cualquier
caso, la aspiración a una reconciliación sincera y durable
es, sin duda alguna, un móvil fundamental de nuestra sociedad como
reflejo de una incoercible voluntad de paz; y -por paradójico que
pueda parecer- lo es tan fuerte cuanto son peligrosos los factores mismos
de división. Mas la reconciliación
no puede ser menos profunda de cuanto es la división. La nostalgia
de la reconciliación y la reconciliación misma serán
plenas y eficaces en la medida en que lleguen -para así sanarla-
a aquella laceración primigenia que es la raíz de todas las
otras, la cual consiste en el pecado. La mirada del Sínodo 4. Por lo tanto, toda institución
u organización dedicada a servir al hombre e interesada en salvarlo
en sus dimensiones fundamentales, debe dirigir una mirada penetrante a la
reconciliación, para así profundizar su significado y alcance
pleno, sacando las consecuencias necesarias en orden a la acción. A esta mirada no podía
renunciar la Iglesia de Jesucristo. Con dedicación de Madre e inteligencia
de Maestra, ella se aplica solícita y atentamente, a recoger de la
sociedad, junto con los signos de la división, también aquellos
no menos elocuentes y significativos de la búsqueda de una reconciliación. Ella, en efecto, sabe que le
ha sido dada, de modo especial, la posibilidad y le ha sido asignada la
misión de hacer conocer el verdadero sentido -profundamente religioso-
y las dimensiones integrales de la reconciliación, contribuyendo
así, aunque sólo fuera con esto, a aclarar los términos
esenciales de la cuestión de la unidad y de la paz. Mis Predecesores no han cesado
de predicar la reconciliación, de invitar hacia ella a la humanidad
entera, así como a todo grupo o porción de la comunidad humana
que veían lacerada y dividida.(6) Y yo mismo, por un impulso interior
que -estoy seguro- obedecía a la vez a la inspiración de lo
alto y a las llamadas de la humanidad, he querido -en dos modos diversos,
pero ambos solemnes y exigentes- someter a serio examen el tema de la reconciliación:
en primer lugar convocando la VI Asamblea General del Sínodo de los
Obispos; en segundo lugar , haciendo de la reconciliación el centro
del Año jubilar convocado para celebrar el 1950 aniversario de la
Redención.(7) A la hora de señalar un tema al Sínodo,
me he encontrado plenamente de acuerdo con el sugerido por numerosos Hermanos
míos en el episcopado, esto es, el tema tan fecundo de la reconciliación
en relación estrecha con el de la penitencia.(8) El término y el concepto
mismo de penitencia son muy complejos. Si la relacionamos con metánoia,
al que se refieren los sinópticos, entonces penitencia significa
el cambio profundo de corazón bajo el influjo de la Palabra de Dios
y en la perspectiva del Reino.(9) Pero penitencia quiere también
decir cambiar la vida en coherencia con el cambio de corazón, y en
este sentido el hacer penitencia se completa con el de dar frutos dignos
de penitencia;(10) toda la existencia se hace penitencia orientándose
a un continuo caminar hacia lo mejor. Sin embargo, hacer penitencia es algo
auténtico y eficaz sólo si se traduce en actos y gestos de
penitencia. En este sentido, penitencia significa, en el vocabulario cristiano
teológico y espiritual, la ascesis, es decir, el esfuerzo concreto
y cotidiano del hombre, sostenido por la gracia de Dios, para perder la
propia vida por Cristo como único modo de ganarla;(11) para despojarse
del hombre viejo y revestirse del nuevo;(12) para superar en sí mismo
lo que es carnal, a fin de que prevalezca lo que es espiritual;(13) para
elevarse continuamente de las cosas de abajo a las de arriba donde está
Cristo.(14) La penitencia es, por tanto, la conversión que pasa del
corazón a las obras y, consiguientemente, a la vida entera del cristiano. En cada uno de estos significados
penitencia está estrechamente unida a reconciliación, puesto
que reconciliarse con Dios, consigo mismo y con los demás presupone
superar la ruptura radical que es el pecado, lo cual se realiza solamente
a través de la transformación interior o conversión
que fructifica en la vida mediante los actos de penitencia. El documento-base del Sínodo (también llamado Lineamenta), que fue preparado con el único objetivo de presentar el tema acentuando algunos de sus aspectos fundamentales, ha permitido a las Comunidades eclesiales existentes en todo el mundo reflexionar durante casi dos años sobre estos aspectos de una cuestión -la de la conversión y reconciliación- que a todos interesa, y de sacar al mismo tiempo un renovado impulso para la vida y el apostolado cristiano. La reflexión ha sido ulteriormente profundizada como preparación inmediata a los trabajos sinodales, gracias al Instrumentum laboris enviado en su día a los Obispos y sus colaboradores. Por último, durante todo
un mes, los Padres sinodales, asistidos por cuantos fueron llamados a la
reunión propiamente dicha, han tratado con gran sentido de responsabilidad
dicho tema junto con las numerosas y variadas cuestiones relacionadas con
él. La discusión, el estudio en común, la asidua y
minuciosa investigación, han dado como resultado un amplio y valioso
tesoro que han recogido en su esencia las Propositiones finales. La mirada del Sínodo
no ignora los actos de reconciliación (algunos de los cuales pasan
casi inobservados a fuer de cotidianos) que en diversas medidas sirven para
resolver tantas tensiones, superar tantos conflictos y vencer pequeñas
y grandes divisiones reconstruyendo la unidad. Mas la preocupación
principal del Sínodo era la de encontrar en lo profundo de estos
actos aislados su raíz escondida, o sea, una reconciliación,
por así decir fontal, que obra en el corazón y en la conciencia
del hombre. El carisma y, al mismo tiempo,
la originalidad de la Iglesia en lo que a la reconciliación se refiere,
en cualquier nivel haya de actuarse, residen en el hecho de que ella apela
siempre a aquella reconciliación fontal. En efecto, en virtud de
su misión esencial, la Iglesia siente el deber de llegar hasta las
raíces de la laceración primigenia del pecado, para lograr
su curación y restablecer, por así decirlo, una reconciliación
también primigenia que sea principio eficaz de toda verdadera reconciliación.
Esto es lo que la Iglesia ha tenido ante los ojos y ha propuesto mediante
el Sínodo. De esta reconciliación
habla la Sagrada Escritura, invitándonos a hacer por ella toda clase
de esfuerzos;(15) pero al mismo tiempo nos dice que es ante todo un don
misericordioso de Dios al hombre.(16) La historia de la salvación
-tanto la de la humanidad entera como la de cada hombre de cualquier época-
es la historia admirable de la reconciliación: aquella por la que
Dios, que es Padre, reconcilia al mundo consigo en la Sangre y en la Cruz
de su Hijo hecho hombre, engendrando de este modo una nueva familia de reconciliados. La reconciliación se
hace necesaria porque ha habido una ruptura -la del pecado- de la cual se
han derivado todas las otras formas de rupturas en lo más íntimo
del hombre y en su entorno. Por tanto la reconciliación,
para que sea plena, exige necesariamente la liberación del pecado,
que ha de ser rechazado en sus raíces más profundas. Por lo
cual una estrecha conexión interna viene a unir conversión
y reconciliación; es imposible disociar las dos realidades o hablar
de una silenciando la otra. El Sínodo ha hablado,
al mismo tiempo, de la reconciliación de toda la familia humana y
de la conversión del corazón de cada persona, de su retorno
a Dios, queriendo con ello reconocer y proclamar que la unión de
los hombres no puede darse sin un cambio interno de cada uno. La corversión
personal es la vía necesaria para la concordia entre las personas.(17)
Cuando la Iglesia proclama la Buena Nueva de la reconciliación, o
propone llevarla a cabo a través de los Sacramentos, realiza una
verdadera función profética, denunciando los males del hombre
en la misma fuente contaminada, señalando la raíz de las divisiones
e infundiendo la esperanza de poder superar las tensiones y los conflictos
para llegar a la fraternidad, a la concordia y a la paz a todos los niveles
y en todos los sectores de la sociedad humana. Ella cambia una condición
histórica de odio y de violencia en una civilización del amor;
está ofreciendo a todos el principio evangélico y sacramental
de aquella reconciliación fontal, de la que brotan todos los demás
gestos y actos de reconciliación, incluso a nivel social. De tal reconciliación,
fruto de la conversión, deseo tratar en esta Exhortación.
De hecho, una vez más -como ya había sucedido al concluir
las tres Asambleas precedentes del Sínodo- los mismos Padres han
querido hacer entrega al Obispo de Roma, Pastor de la Iglesia universal
y Cabeza del Colegio Episcopal, en su calidad de Presidente del Sínodo,
las conclusiones de su trabajo. Por mi parte he aceptado, cual grave y grato
deber de mi ministerio, la tarea de extraer de la ingente riqueza del Sínodo
un mensaje doctrinal y pastoral sobre el tema de reconciliación y
penitencia para ofrecerlo al Pueblo de Dios como fruto del Sínodo
mismo. En la primera parte me propongo
tratar de la Iglesia en el cumplimiento de su misión reconciliadora,
en la obra de conversión de los corazones en orden a un renovado
abrazo entre el hombre y Dios, entre el hombre y su hermano, entre el hombre
y todo lo creado. En la segunda parte se indicará la causa radical
de toda laceración o división entre los hombres y, ante todo,
con respecto a Dios: el pecado. Por último señalaré
aquellos medios que permiten a la Iglesia promover y suscitar la reconciliación
plena de los hombres con Dios y, por consiguiente, de los hombres entre
sí. El Documento que ahora entrego
a los hijos de la Iglesia, -mas también a todos aquellos que, creyentes
o no, miran hacia ella con interés y ánimo sincero- desea
ser una respuesta obligada a todo aquello que el Sínodo me ha pedido.
Pero es también -quiero aclararlo en honor a la verdad y la justicia-
obra del mismo Sínodo. De hecho, el contenido de estas páginas
proviene del Sínodo mismo: de su preparación próxima
y remota, del Instrumentum laboris, de las intervenciones en el aula sinodal
y en los circuli minores y, sobre todo, de las sesenta y tres Propositiones.
Encontramos aquí el fruto del trabajo conjunto de los Padres, entre
los cuales no faltaban los representantes de las Iglesias Orientales, cuyo
patrimonio teológico, espiritual y litúrgico, es tan rico
y digno de veneración también en la materia que aquí
interesa. Además ha sido el Consejo de la Secretaría del Sínodo
el que ha examinado en dos importantes sesiones los resultados y las orientaciones
de la reunión sinodal apenas concluida, el que ha puesto en evidencia
la dinámica de las susodichas Propositiones y, finalmente, ha trazado
las líneas consideradas más idóneas para la redacción
del presente documento. Expreso mi agradecimiento a todos los que han realizado
este trabajo, mientras fiel a mi misión, deseo transmitir aquí
lo que del tesoro doctrinal y pastoral del Sínodo me parece providencial
para la vida de tantos hombres en esta hora magnífica y difícil
de la historia. Conviene hacerlo -y resulta
altamente significativo- mientras todavía está vivo el recuerdo
del Año Santo, totalmente vivido bajo el signo de la penitencia,
conversión y reconciliación. Ojalá que esta Exhortación que confío a mis Hermanos en el Episcopado y a sus colaboradores, los Presbíteros y Diáconos, los Religiosos y Religiosas, a todos los fieles y a todos los hombres y mujeres de conciencia recta, sea no solamente un instrumento de purificación, de enriquecimiento y afianzamiento de la propia fe personal, sino también levadura capaz de hacer crecer en el corazón del mundo la paz y la fraternidad, la esperanza y la alegría, valores que brotan del Evangelio escuchado, meditado y vivido día a día a ejemplo de María, Madre de Nuestro Señor Jesucristo, por medio del cual Dios se ha complacido en reconciliar consigo todas las cosas.(18)
CAPÍTULO PRIMERO UNA PARÁBOLA DE LA RECONCILIACIÓN 5. Al comienzo de esta Exhortación
Apostólica se presenta a mi espíritu la página extraordinaria
de S. Lucas, que ya he tratado de ilustrar en un Documento mio anterior.(19)
Me refiero a la parábola del hijo pródigo.(20) Del hermano que estaba perdido... "Un hombre tenía dos hijos. El
más joven dijo al padre: "Padre, dame la parte de herencia que
me corresponde", dice Jesús poniendo al vivo la dramática
vicisitud de aquel joven: la azarosa marcha de la casa paterna, el despilfarro
de todos sus bienes llevando una vida disoluta y vacía, los tenebrosos
días de la lejanía y del hambre, pero más aún,
de la dignidad perdida, de la humillación y la vergüenza y,
finalmente, la nostalgia de la propia casa, la valentía del retorno,
la acogida del Padre. Este, ciertamente no había olvidado al hijo,
es más, había conservado intacto su afecto y estima. Siempre
lo había esperado y ahora lo abraza mientras hace comenzar la gran
fiesta por el regreso de "aquel que había muerto y ha resucitado,
se había perdido y ha sido encontrado". El hombre -todo hombre- es este hijo pródigo:
hechizado por la tentación de separarse del Padre para vivir independientemente
la propia existencia; caído en la tentación; desilusionado
por el vacío que, como espejismo, lo había fascinado; solo,
deshonrado, explotado mientras buscaba construirse un mundo todo para sí;
atormentado incluso desde el fondo de la propia miseria por el deseo de
volver a la comunión con el Padre. Como el padre de la parábola,
Dios anhela el regreso del hijo, lo abraza a su llegada y adereza la mesa
para el banquete del nuevo encuentro, con el que se festeja la reconciliación. Lo que más destaca en la parábola
es la acogida festiva y amorosa del padre al hijo que regresa: signo de
la misericordia de Dios, siempre dispuesto a perdonar. En una palabra: la
reconciliación es principalmente un don del Padre celestial. ...al hermano que se quedó en casa 6. Pero la parábola pone en escena
también al hermano mayor que rechaza su puesto en el banquete. Este
reprocha al hermano más joven sus descarríos y al padre la
acogida dispensada al hijo pródigo mientras que a él, sobrio
y trabajador, fiel al padre y a la casa, nunca se le ha permitido -dice-
celebrar una fiesta con los amigos. Señal de que no ha entendido
la bondad del padre. Hasta que este hermano, demasiado seguro de sí
mismo y de sus propios méritos, celoso y displicente, lleno de amargura
y de rabia, no se convierta y no se reconcilie con el padre y con el hermano,
el banquete no será aún en plenitud la fiesta del encuentro
y del hallazgo. El hombre -todo hombre- es también
este hermano mayor. El egoísmo lo hace ser celoso, le endurece el
corazón, lo ciega y lo hace cerrarse a los demás y a Dios.
La benignidad y la misericordia del Padre lo irritan y lo enojan; la felicidad
por el hermano hallado tiene para él un sabor amargo.(21) También
bajo este aspecto él tiene necesidad de convertirse para reconciliarse. La parábola del hijo pródigo
es, ante todo, la inefable historia del gran amor de un padre -Dios- que
ofrece al hijo que vuelve a Él el don de la reconciliación
plena. Pero dicha historia, al evocar en la figura del hermano mayor el
egoísmo que divide a los hermanos entre sí, se convierte también
en la historia de la familia humana: señala nuestra situación
e indica la vía a seguir. El hijo pródigo, en su ansia de
conversión, de retorno a los brazos del padre y de ser perdonado
representa a aquellos que descubren en el fondo de su propia conciencia
la nostalgia de una reconciliación a todos los niveles y sin reservas,
que intuyen con una seguridad íntima que aquélla solamente
es posible si brota de una primera y fundamental reconciliación,
la que lleva al hombre de la lejanía a la amistad filial con Dios,
en quien reconoce su infinita misericordia. Sin embargo, si se lee la parábola
desde la perspectiva del otro hijo, en ella se describe la situación
de la familia humana dividida por los egoísmos, arroja luz sobre
las dificultades para secundar el deseo y la nostalgia de una misma familia
reconciliada y unida; reclama por tanto la necesidad de una profunda transformación
de los corazones y el descubrimiento de la misericordia del Padre y de la
victoria sobre la incomprensión y las hostilidades entre hermanos. A la luz de esta inagotable parábola
de la misericordia que borra el pecado, la Iglesia, haciendo suya la llamada
allí contenida, comprende, siguiendo las huellas del Señor,
su misión de trabajar por la conversión de los corazones y
por la reconciliación de los hombres con Dios y entre sí,
dos realidades íntimamente unidas.
En la luz de Cristo reconciliador 7. Como se deduce de la parábola del
hijo pródigo, la reconciliación es un don de Dios, una iniciativa
suya. Mas nuestra fe nos enseña que esta iniciativa se concreta en
el misterio de Cristo redentor, reconciliador, que libera al hombre del
pecado en todas sus formas. El mismo S. Pablo no duda en resumir en dicha
tarea y función la misión incomparable de Jesús de
Nazaret, Verbo e Hijo de Dios hecho hombre. También nosotros podemos partir de
este misterio central de la economía de la salvación, punto
clave de la cristología del Apóstol. "Porque si siendo
enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo -escribe
a los Romanos- mucho más, reconciliados ya, seremos salvos en su
vida. Y no solo reconciliados, sino que nos gloriamos en Dios Nuestro Señor
Jesucristo, por quien recibimos ahora la reconciliación".(22)
Puesto que "Dios nos ha reconciliado con sí por medio de Cristo",
Pablo se siente inspirado a exhortar a los cristianos de Corinto: "Reconciliaos
con Dios".(23) De esta misión reconciliadora mediante
la muerte en la cruz hablaba, en otros términos, el evangelista Juan
al observar que Cristo debía morir "para reunir en uno todos
los hijos de Dios que estaban dispersos".(24) Pero S. Pablo nos permite ampliar más
aún nuestra visión de la obra de Cristo a dimensiones cósmicas,
cuando escribe que en Él, el Padre ha reconciliado consigo todas
las criaturas, las del cielo y las de la tierra.(25) Con razón se
puede decir de Cristo redentor que "en el tiempo de la ira ha sido
hecho reconciliación"(26) y que, si Él es "nuestra
paz"(27) es también nuestra reconciliación. Con toda razón, por tanto, su pasión
y muerte, renovadas sacramentalmente en la Eucaristía, son llamadas
por la liturgia "Sacrificio de reconciliación":(28) reconciliación
con Dios, y también con los hermanos, puesto que Jesús mismo
nos enseña que la reconciliación fraterna ha de hacerse antes
del sacrificio.(29) Por consiguiente, partiendo de estos y de
otros autorizados y significativos lugares neotestamentarios, es legítimo
hacer converger las reflexiones acerca de todo el misterio de Cristo en
torno a su misión de reconciliador. Una vez más se ha de proclamar la
fe de la Iglesia en el acto redentor de Cristo, en el misterio pascual de
su muerte y resurrección, como causa de la reconciliación
del hombre en su doble aspecto de liberación del pecado y de comunión
de gracia con Dios. Y precisamente ante el doloroso cuadro de
las divisiones y de las dificultades de la reconciliación entre los
hombres, invito a mirar hacia el mysterium Crucis como al drama más
alto en el que Cristo percibe y sufre hasta el fondo el drama de la división
del hombre con respecto a Dios, hasta el punto de gritar con las palabras
del Salmista: "Dios mío, Dios mío ¿por qué
me has abandonado?",(30) llevando a cabo, al mismo tiempo, nuestra
propia reconciliación. La mirada fija en el misterio del Gólgota
debe hacernos recordar siempre aquella dimensión "vertical"
de la división y de la reconciliación en lo que respecta a
la relación hombre-Dios, que para la mirada de la fe prevalece siempre
sobre la dimensión "horizontal", esto es, sobre la realidad
de la división y sobre la necesidad de la reconciliación entre
los hombres. Nosotros sabemos, en efecto, que tal reconciliación
entre los mismos no es y no puede ser sino el fruto del acto redentor de
Cristo, muerto y resucitado para derrotar el reino del pecado, restablecer
la alianza con Dios y de este modo derribar el muro de separación(31)
que el pecado había levantado entre los hombres. La Iglesia reconciliadora 8. Pero como decía San León
Magno hablando de la pasión de Cristo, "todo lo que el Hijo
de Dios obró y enseñó para la reconciliación
del mundo, no lo conocemos solamente por la historia de sus acciones pasadas,
sino que lo sentimos también en la eficacia de lo que él realiza
en el presente".(32) Experimentamos la reconciliación realizada
en su humanidad mediante la eficacia de los sagrados misterios celebrados
por su Iglesia, por la que Él se entregó a sí mismo
y la ha constituido signo y, al mismo tiempo, instrumento de salvación. Así lo afirma San Pablo cuando escribe
que Dios ha dado a los apóstoles de Cristo una participación
en su obra reconciliadora. "Dios -nos dice- ha confiado el misterio
de la reconciliación ... y la palabra de reconciliación".(33) En las manos y labios de los apóstoles,
sus mensajeros, el Padre ha puesto misericordiosamente un ministerio de
reconciliación que ellos llevan a cabo de manera singular, en virtud
del poder de actuar "in persona Christi". Mas también a
toda la comunidad de los creyentes, a todo el conjunto de la Iglesia, le
ha sido confiada la palabra de reconciliación, esto es, la tarea
de hacer todo lo posible para dar testimonio de la reconciliación
y llevarla a cabo en el mundo. Se puede decir que también el Concilio
Vaticano II, al definir la Iglesia como un "sacramento, o sea signo
e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de
todo el género humano", -y al señalar como función
suya la de lograr la "plena unidad en Cristo" para "todos
los hombres, unidos hoy más íntimamente por toda clase de
relaciones"-(34) reconocía que la Iglesia debe buscar ante todo
llevar a los hombres a la reconciliación plena. En conexión íntima con la misión
de Cristo se puede, pues, condensar la misión -rica y compleja- de
la Iglesia en la tarea -central para ella- de la reconciliación del
hombre: con Dios, consigo mismo, con los hermanos, con todo lo creado; y
esto de modo permanente, porque -como he dicho en otra ocasión- "la
Iglesia es por su misma naturaleza siempre reconciliadora".(35) La Iglesia es reconciliadora en cuanto proclama
el mensaje de la reconciliación, como ha hecho siempre en su historia
desde el Concilio apostólico de Jerusalén(36) hasta el último
Sínodo y el reciente Jubileo de la Redención. La originalidad
de esta proclamación estriba en el hecho de que para la Iglesia la
reconciliación está estrechamente relacionada con la conversión
del corazón; éste es el camino obligado para el entendimiento
entre los seres humanos. La Iglesia es reconciliadora también
en cuanto muestra al hombre las vías y le ofrece los medios para
la antedicha cuádruple reconciliación. Las vías son,
en concreto, las de la conversión del corazón y de la victoria
sobre el pecado, ya sea éste el egoísmo o la injusticia, la
prepotencia o la explotación de los demás, el apego a los
bienes materiales o la búsqueda desenfrenada del placer. Los medios
son: el escuchar fiel y amorosamente la Palabra de Dios, la oración
personal y comunitaria y, sobre todo, los sacramentos, verdaderos signos
e instrumentos de reconciliación entre los que destaca -precisamente
bajo este aspecto- el que con toda razón llamamos Sacramento de reconciliación
o de la Penitencia, sobre el cual volveremos más adelante. La Iglesia reconciliada 9. Mi venerado Predecesor Pablo VI ha tenido
el mérito de poner en claro que, para ser evangelizadora, la Iglesia
debe comenzar mostrándose ella misma evangelizada, esto es, abierta
al anuncio pleno e íntegro de la Buena Nueva de Jesucristo, escuchándola
y poniéndola en práctica.(37) También yo, al recoger
en un documento orgánico las reflexiones de la IV Asamblea General
del Sínodo, he hablado de una Iglesia que se catequiza en la medida
en que lleva a cabo la catequesis.(38) Dado que también se aplica al tema
que estoy tratando, no dudo ahora en volver a tomar la comparación
para reafirmar que la Iglesia, para ser reconciliadora, ha de comenzar por
ser una Iglesia reconciliada. En esta expresión simple y clara subyace
la convicción de que la Iglesia, para anunciar y promover de modo
más eficaz al mundo la reconciliación, debe convertirse cada
vez más en una comunidad (aunque se trate de la "pequeña
grey" de los primeros tiempos) de discípulos de Cristo, unidos
en el empeño de convertirse continuamente al Señor y de vivir
como hombres nuevos en el espíritu y práctica de la reconciliación. Frente a nuestros contemporáneos -tan
sensibles a la prueba del testimonio concreto de vida- la Iglesia está
llamada a dar ejemplo de reconciliación ante todo hacia dentro; por
esta razón, todos debemos esforzarnos en pacificar los ánimos,
moderar las tensiones, superar las divisiones, sanar las heridas que se
hayan podido abrir entre hermanos, cuando se agudiza el contraste de las
opciones en el campo de lo opinable, buscando por el contrario, estar unidos
en lo que es esencial para la fe y para la vida cristiana, según
la antigua máxima: In dubiis libertas, in necessariis unitas, in
omnibus caritas. Según este mismo criterio, la Iglesia
debe poner en acto también su dimensión ecuménica.
En efecto, para ser enteramente reconciliada, ella sabe que ha de proseguir
en la búsqueda de la unidad entre aquellos que se honran en llamarse
cristianos, pero que están separados entre sí -incluso en
cuanto Iglesias o Comuniones- y de la Iglesia de Roma. Esta busca una unidad
que, para ser fruto y expresión de reconciliación verdadera,
no trata de fundarse ni sobre el disimulo de los puntos que dividen, ni
en compromisos tan fáciles cuanto superficiales y frágiles.
La unidad debe ser el resultado de una verdadera conversión de todos,
del perdón recíproco, del diálogo teológico
y de las relaciones fraternas, de la oración, de la plena docilidad
a la acción del Espíritu Santo, que es también Espíritu
de reconciliación. Por último, la Iglesia para que pueda
decirse plenamente reconciliada, siente que ha de empeñarse cada
vez más en llevar el Evangelio a todas las gentes, promoviendo el
"diálogo de la salvación",(39) a aquellos amplios
sectores de la humanidad en el mundo contemporáneo que no condividen
su fe y que, debido a un creciente secularismo, incluso toman sus distancias
respecto de ella o le oponen una fría indiferencia, si no la obstaculizan
y la persiguen. La Iglesia siente el deber de repetir a todos con San Pablo:
"Reconciliaos con Dios".(40) En cualquier caso, la Iglesia promueve una
reconciliación en la verdad, sabiendo bien que no son posibles ni
la reconciliación ni la unidad contra o fuera de la verdad.
10. Por ser una comunidad reconciliada y
reconciliadora, la Iglesia no puede olvidar que en el origen mismo de su
don y de su misión reconciliadora se halla la iniciativa llena de
amor compasivo y misericordioso del Dios que es amor(41) y que por amor
ha creado a los hombres;(42) los ha creado para que vivan en amistad con
Él y en mutua comunión. La reconciliación viene de Dios Dios es fiel a su designio eterno incluso
cuando el hombre, empujado por el Maligno(43) y arrastrado por su orgullo,
abusa de la libertad que le fue dada para amar y buscar el bien generosamente,
negándose a obedecer a su Señor y Padre; continúa siéndolo
incluso cuando el hombre, en lugar de responder con amor al amor de Dios,
se le enfrenta como a un rival, haciéndose ilusiones y presumiendo
de sus propias fuerzas, con la consiguiente ruptura de relaciones con Aquel
que lo creó. A pesar de esta prevaricación del hombre, Dios
permanece fiel al amor. Ciertamente, la narración del paraíso
del Edén nos hace meditar sobre las funestas consecuencias del rechazo
del Padre, lo cual se traduce en un desorden en el interior del hombre y
en la ruptura de la armonía entre hombre y mujer, entre hermano y
hermano.(44) También la parábola evangélica de los
dos hijos -que de formas diversas se alejan del padre, abriendo un abismo
entre ellos- es significativa. El rechazo del amor paterno de Dios y de
sus dones de amor está siempre en la raíz de las divisiones
de la humanidad. Pero nosotros sabemos que Dios "rico
en misericordia"(45) a semejanza del padre de la parábola, no
cierra el corazón a ninguno de sus hijos. Él los espera, los
busca, los encuentra donde el rechazo de la comunión los hace prisioneros
del aislamiento y de la división, los llama a reunirse en torno a
su mesa en la alegría de la fiesta del perdón y de la reconciliación. Esta iniciativa de Dios se concreta y manifiesta
en el acto redentor de Cristo que se irradia en el mundo mediante el ministerio
de la Iglesia. En efecto, según nuestra fe, el Verbo
de Dios se hizo hombre y ha venido a habitar la tierra de los hombres; ha
entrado en la historia del mundo, asumiéndola y recapitulándola
en sí.(46) Él nos ha revelado que Dios es amor y que nos ha
dado el "mandamiento nuevo"(47) del amor, comunicándonos
al mismo tiempo la certeza de que la vía del amor se abre a todos
los hombres, de tal manera que el esfuerzo por instaurar la fraternidad
universal no es vano.(48) Venciendo con la muerte en la cruz el mal y el
poder del pecado con su total obediencia de amor, Él ha traído
a todos la salvación y se ha hecho "reconciliación"
para todos. En Él Dios ha reconciliado al hombre consigo mismo. La Iglesia, continuando el anuncio de reconciliación
que Cristo hizo resonar por las aldeas de Galilea y de toda Palestina,(49)
no cesa de invitar a la humanidad entera a convertirse y a creer en la Buena
Nueva. Ella habla en nombre de Cristo, haciendo suya la apelación
del apóstol Pablo que ya hemos mencionado: "Somos, pues, embajadores
de Cristo, como si Dios os exhortase por medio de nosotros. Por eso os rogamos:
reconciliaos con Dios".(50) Quien acepta esta llamada entra en la economía
de la reconciliación y experimenta la verdad contenida en aquel otro
anuncio de San Pablo, según el cual Cristo "es nuestra paz;
él hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro de separación,
la enemistad... estableciendo la paz, y reconciliándolos a ambos
en un solo cuerpo con Dios por la cruz".(51) Aunque este texto se refiere
directamente a la superación de la división religiosa dentro
de Israel en cuanto pueblo elegido del Antiguo Testamento y a los otros
pueblos llamados todos ellos a formar parte de la Nueva Alianza, en él
encontramos, sin embargo, la afirmación de la nueva universalidad
espiritual, querida por Dios y por Él realizada mediante el sacrificio
de su Hijo, el Verbo hecho hombre, en favor de todos aquellos que se convierten
y creen en Cristo, sin exclusiones ni limitaciones de ninguna clase. Por
tanto, todos -cada hombre, cada pueblo- hemos sido llamados a gozar de los
frutos de esta reconciliación querida por Dios. La Iglesia, gran sacramento de reconciliación 11. La Iglesia tiene la misión de
anunciar esta reconciliación y de ser el sacramento de la misma en
el mundo. Sacramento, o sea, signo e instrumento de reconciliación
es la Iglesia por diferentes títulos de diverso valor, pero todos
ellos orientados a obtener lo que la iniciativa divina de misericordia quiere
conceder a los hombres. Lo es, sobre todo, por su existencia misma
de comunidad reconciliada, que testimonia y representa en el mundo la obra
de Cristo. Además, lo es por su servicio como
guardiana e intérprete de la Sagrada Escritura, qu es gozosa nueva
de reconciliación en cuanto que, generación tras generación,
hace conocer el designio amoroso de Dios e indica a cada una de ellas los
caminos de la reconciliación universal en Cristo. Por último, lo es también por
los siete sacramentos que, cada uno de ellos en modo peculiar "edifican
la Iglesia".(52) De hecho, puesto que conmemoran y renuevan el misterio
de la Pascua de Cristo, todos los sacramentos son fuente de vida para la
Iglesia y, en sus manos, instrumentos de conversión a Dios y de reconciliación
de los hombres. Otras vías de reconciliación 12. La misión reconciliadora es propia
de toda la Iglesia, y en modo particular de aquella que ya ha sido admitida
a la participación plena de la gloria divina con la Virgen María,
con los Ángeles y los Santos, que contemplan y adoran al Dios tres
veces santo. Iglesia del cielo, Iglesia de la tierra e Iglesia del purgatorio
están misteriosamente unidas en esta cooperación con Cristo
en reconciliar el mundo con Dios. La primera vía de esta acción
salvífica es la oración. Sin duda la Virgen, Madre de Dios
y de la Iglesia,(53) y los Santos, que llegaron ya al final del camino terreno
y gozan de la gloria de Dios, sostienen con su intercesión a sus
hermanos peregrinos en el mundo, en un esfuerzo de conversión, de
fe, de levantarse tras cada caída, de acción para hacer crecer
la comunión y la paz en la Iglesia y en el mundo. En el misterio
de la comunión de los Santos la reconciliación universal se
actúa en su forma más profunda y más fructífera
para la salvación común. Existe además otra vía: la
de la predicación. Siendo discípula del único Maestro
Jesucristo, la Iglesia, a su vez, como Madre y Maestra, no se cansa de proponer
a los hombres la reconciliación y no duda en denunciar la malicia
del pecado, en proclamar la necesidad de la conversión, en invitar
y pedir a los hombres "reconciliarse con Dios". En realidad esta
es su misión profética en el mundo de hoy como en el de ayer;
es la misma misión de su Maestro y Cabeza, Jesús. Como Él,
la Iglesia realizará siempre tal misión con sentimientos de
amor misericordioso y llevará a todos la palabra de perdón
y la invitación a la esperanza que viene de la cruz. Existe también la vía, frecuentemente
difícil y áspera, de la acción pastoral para devolver
a cada hombre -sea quien sea y dondequiera se halle- al camino, a veces
largo, del retorno al Padre en comunión con todos los hermanos. Existe, finalmente, la vía, casi siempre silenciosa, del testimonio, la cual nace de una doble convicción de la Iglesia: la de ser en sí misma "indefectiblemente santa",(54) pero a la vez necesitada de ir "purificándose día a día hasta que Cristo la haga comparecer ante sí gloriosa, sin manchas ni arrugas" pues, a causa de nuestros pecados a veces "su rostro resplandece menos" a los ojos de quien la mira.(55) Este testimonio no puede menos de asumir dos aspectos fundamentales: ser signo de aquella caridad universal que Jesucristo ha dejado como herencia a sus seguidores cual prueba de pertenecer a su reino, y traducirse en obras siempre nuevas de conversión y de reconciliación dentro y fuera de la Iglesia, con la superación de las tensiones, el perdón recíproco, y con el crecimiento del espíritu de fraternidad y de paz que ha de propagar en el mundo entero. A lo largo de esta vía la Iglesia podrá actuar eficazmente para que pueda surgir la que mi Predecesor Pablo VI llamó la "civilización del amor".
El drama del hombre 13. Como escribe el apóstol San Juan:
"Si decimos que estamos sin pecado, nos engañamos a nosotros
mismos y la verdad no está con nosotros. Si reconocemos nuestros
pecados, Él que es fiel y justo nos perdonará los pecados".(56)
Estas palabras inspiradas, escritas en los albores de la Iglesia, nos introducen
mejor que cualquier otra expresión humana en el tema del pecado,
que está íntimamente relacionado con el de la reconciliación.
Tales palabras enfocan el problema del pecado en su perspectiva antropológica
como parte integrante de la verdad sobre el hombre, mas lo encuadran inmediatamente
en el horizonte divino, en el que el pecado se confronta con la verdad del
amor divino, justo, generoso y fiel, que se manifiesta sobre todo con el
perdón y la redención. Por ello, el mismo San Juan escribe
un poco más adelante que "si nuestro corazón nos reprocha
algo, Dios es más grande que nuestro corazón".(57) Reconocer el propio pecado, es más,
-yendo aún más a fondo en la consideración de la propia
personalidad- reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado,
es el principio indispensable para volver a Dios. Es la experiencia ejemplar
de David, quien "tras haber cometido el mal a los ojos del Señor",
al ser reprendido por el profeta Natán(58) exclama: "Reconozco
mi culpa, mi pecado está siempre ante mí. Contra ti, contra
ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces".(59)
El mismo Jesús pone en la boca y en el corazón del hijo pródigo
aquellas significativas palabras: "Padre, he pecado contra el cielo
y contra ti".(60) En realidad, reconciliarse con Dios presupone
e incluye desasirse con lucidez y determinación del pecado en el
que se ha caído. Presupone e incluye, por consiguiente, hacer penitencia
en el sentido más completo del término: arrepentirse, mostrar
arrepentimiento, tomar la actitud concreta de arrepentido, que es la de
quien se pone en el camino del retorno al Padre. Esta es una ley general
que cada cual ha de seguir en la situación particular en que se halla.
En efecto, no puede tratarse sobre el pecado y la conversión solamente
en términos abstractos. En la condición concreta del hombre
pecador, donde no puede existir conversión sin el reconocimiento
del propio pecado, el ministerio de reconciliación de la Iglesia
interviene en cada caso con una finalidad claramente penitencial, esto es,
la de conducir al hombre al "conocimiento de sí mismo"
según la expresión de Santa Catalina de Siena;(61) a apartarse
del mal, al restablecimiento de la amistad con Dios, a la reforma interior,
a la nueva conversión eclesial. Podría incluso decirse que
más allá del ámbito de la Iglesia y de los creyentes,
el mensaje y el ministerio de la penitencia son dirigidos a todos los hombres,
porque todos tienen necesidad de conversión y reconciliación.(62) Para llevar a cabo de modo adecuado dicho ministerio penitencial, es necesario, además, superar con los "ojos iluminados"(63) de la fe, las consecuencias del pecado, que son motivo de división y de ruptura, no sólo en el interior de cada hombre, sino también en los diversos círculos en que él vive: familiar, ambiental, profesional, social, como tantas veces se puede constatar experimentalmente, y como confirma la página bíblica sobre la ciudad de Babel y su torre.(64) Afanados en la construcción de lo
que debería ser a la vez símbolo y centro de unidad, aquellos
hombres vienen a encontrarse más dispersos que antes, confundidos
en el lenguaje, divididos entre sí, e incapaces de ponerse de acuerdo. ¿Por qué falló aquel ambicioso proyecto? ¿Por qué "se cansaron en vano los constructores"?(65) Porque los hombres habían puesto como
señal y garantía de la deseada unidad solamente una obra de
sus manos olvidando la acción del Señor. Habían optado
por la sola dimensión horizontal del trabajo y de la vida social,
no prestando atención a aquella vertical con la que se hubieran encontrado
enraizados en Dios, su Creador y Señor, y orientados hacia Él
como fin último de su camino. Ahora bien, se puede decir que el drama del
hombre de hoy -como el del hombre de todos los tiempos- consiste precisamente
en su carácter babélico.
14. Si leemos la página bíblica
de la ciudad y de la torre de Babel a la nueva luz del Evangelio, y la comparamos
con aquella otra página sobre la caída de nuestros primeros
padres, podemos sacar valiosos elementos para una toma de conciencia del
misterio del pecado. Esta expresión, en la que resuena el eco de
lo que escribe San Pablo sobre el misterio de la iniquidad,(66) se orienta
a hacernos percibir lo que de oscuro e inaprensible se oculta en el pecado.
Este es sin duda, obra de la libertad del hombre;mas dentro de su mismo
peso humano obran factores por razón de los cuales el pecado se sitúa
mas allá de lo humano, en aquella zona límite donde la conciencia,
la voluntad y la sensibilidad del hombre están en contacto con las
oscuras fuerzas que, según San Pablo, obran en el mundo hasta enseñorearse
de él.(67) La desobediencia a Dios De la narración bíblica referente
a la construcción de la torre de Babel emerge un primer elemento
que nos ayuda a comprender el pecado: los hombres han pretendido edificar
una ciudad, reunirse en un conjunto social, ser fuertes y poderosos sin
Dios, o incluso contra Dios.(68) En este sentido, la narración del
primer pecado en el Edén y la narración de Babel, a pesar
de las notables diferencias de contenido y de forma entre ellas, tienen
un punto de convergencia: en ambas nos encontramos ante una exclusión
de Dios, por la oposición frontal a un mandamiento suyo, por un gesto
de rivalidad hacia él, por la engañosa pretensión de
ser "como él".(69) En la narración de Babel la exclusión
de Dios no aparece en clave de contraste con él, sino como olvido
e indiferencia ante él; como si Dios no mereciese ningún interés
en el ámbito del proyecto operativo y asociativo del hombre. Pero
en ambos casos la relación con Dios es rota con violencia. En el
caso del Edén aparece en toda su gravedad y dramaticidad lo que constituye
la esencia más íntima y más oscura del pecado: la desobediencia
a Dios, a su ley, a la norma moral que él dio al hombre, escribiéndola
en el corazón y confirmándola y perfeccionándola con
la revelación. Exclusión de Dios, ruptura con Dios,
desobediencia a Dios; a lo largo de toda la historia humana esto ha sido
y es bajo formas diversas el pecado, que puede llegar hasta la negación
de Dios y de su existencia; es el fenómeno llamado ateísmo.
Desobediencia del hombre que no reconoce mediante un acto de su libertad
el dominio de Dios sobre la vida, al menos en aquel determinado momento
en que viola su ley. La división entre hermanos 15. En las narraciones bíblicas antes
recordadas, la ruptura con Dios desemboca dramáticamente en la división
entre los hermanos. En la descripción del "primer
pecado", la ruptura con Yavé rompe al mismo tiempo el hilo de
la amistad que unía a la familia humana, de tal manera que las páginas
siguientes del Génesis nos muestran al hombre y a la mujer como si
apuntaran su dedo acusando el uno hacia el otro;(70) y más adelante
el hermano que, hostil a su hermano, termina quitándole la vida.(71) Según la narración de los hechos
de Babel la consecuencia del pecado es la desunión de la familia
humana, ya iniciada con el primer pecado, y que llega ahora al extremo en
su forma social. Quien desee indagar el misterio del pecado
no podrá dejar de considerar esta concatenación de causa y
efecto. En cuanto ruptura con Dios el pecado es el acto de desobediencia
de una criatura que, al menos implícitamente, rechaza a aquel de
quien salió y que la mantiene en vida; es, por consiguiente, un acto
suicida. Puesto que con el pecado el hombre se niega a someterse a Dios,
también su equilibrio interior se rompe y se desatan dentro de sí
contradicciones y conflictos. Desgarrado de esta forma el hombre provoca
casi inevitablemente una ruptura en sus relaciones con los otros hombres
y con el mundo creado. Es una ley y un hecho objetivo que pueden comprobarse
en tantos momentos de la psicología humana y de la vida espiritual,
así como en la realidad de la vida social, en la que fácilmente
pueden observarse repercusiones y señales del desorden interior. El misterio del pecado se compone de esta
doble herida, que el pecador abre en su propio costado y en relación
con el prójimo. Por consiguiente, se puede hablar de pecado personal
y social. Todo pecado es personal bajo un aspecto; bajo otro aspecto, todo
pecado es social, en cuanto y debido a que tiene también consecuencias
sociales. Pecado personal y pecado social 16. El pecado, en sentido verdadero y propio,
es siempre un acto de la persona, porque es un acto libre de la persona
individual, y no precisamente de un grupo o una comunidad. Este hombre puede
estar condicionado, apremiado, empujado por no pocos ni leves factores externos;
así como puede estar sujeto también a tendencias, taras y
costumbres unidas a su condición personal. En no pocos casos dichos
factores externos e internos pueden atenuar, en mayor o menor grado, su
libertad y, por lo tanto, su responsabilidad y culpabilidad. Pero es una
verdad de fe, confirmada también por nuestra experiencia y razón,
que la persona humana es libre. No se puede ignorar esta verdad con el fin
de descargar en realidades externas -las estructuras, los sistemas, los
demás- el pecado de los individuos. Después de todo, esto
supondría eliminar la dignidad y la libertad de la persona, que se
revelan -aunque sea de modo tan negativo y desastroso- también en
esta responsabilidad por el pecado cometido. Y así, en cada hombre
no existe nada tan personal e intrasferible como el mérito de la
virtud o la responsabilidad de la culpa. Por ser el pecado una acción de la
persona, tiene sus primeras y más importantes consecuencias en el
pecador mismo, o sea, en la relación de éste con Dios -que
es el fundamento mismo de la vida humana- y en su espíritu, debilitando
su voluntad y oscureciendo su inteligencia. Llegados a este punto hemos de preguntarnos
a qué realidad se referían los que, en la preparación
del Sínodo y durante los trabajos sinodales, mencionaron con cierta
frecuencia el pecado social. La expresión y el concepto que a ella
está unido, tienen, en verdad, diversos significados. Algunos pecados, sin embargo, constituyen,
por su mismo objeto, una agresión directa contra el prójimo
y -más exactamente según el lenguaje evangélico- contra
el hermano. Son una ofensa a Dios, porque ofenden al prójimo. A estos
pecados se suele dar el nombre de sociales, y ésta es la segunda
acepción de la palabra. En este sentido es social el pecado contra
el amor del prójimo, que viene a ser mucho más grave en la
ley de Cristo porque está en juego el segundo mandamiento que es
"semejante al primero".(73) Es igualmente social todo pecado cometido
contra la justicia en las relaciones tanto interpersonales como en las de
la persona con la sociedad, y aun de la comunidad con la persona. Es social
todo pecado cometido contra los derechos de la persona humana, comenzando
por el derecho a la vida, sin excluir la del que está por nacer,
o contra la integridad física de alguno; todo pecado contra la libertad
ajena, especialmente contra la suprema libertad de creer en Dios y de adorarlo;
todo pecado contra la dignidad y el honor del prójimo. Es social
todo pecado contra el bien común y sus exigencias, dentro del amplio
panorama de los derechos y deberes de los ciudadanos. Puede ser social el
pecado de obra u omisión por parte de dirigentes políticos,
económicos y sindicales, que aun pudiéndolo, no se empeñan
con sabiduría en el mejoramiento o en la transformación de
la sociedad según las exigencias y las posibilidades del momento
histórico; así como por parte de trabajadores que no cumplen
con sus deberes de presencia y colaboración, para que las fábricas
puedan seguir dando bienestar a ellos mismos, a sus familias y a toda la
sociedad. La tercera acepción de pecado social
se refiere a las relaciones entre las distintas comunidades humanas. Estas
relaciones no están siempre en sintonía con el designio de
Dios, que quiere en el mundo justicia, libertad y paz entre los individuos,
los grupos y los pueblos. Así la lucha de clases, cualquiera que
sea su responsable y, a veces, quien la erige en sistema, es un mal social.
Así la contraposición obstinada de los bloques de Naciones
y de una Nación contra la otra, de unos grupos contra otros dentro
de la misma Nación, es también un mal social. En ambos casos,
puede uno preguntarse si se puede atribuir a alguien la responsabilidad
moral de estos males y, por lo tanto, el pecado. Ahora bien, se debe pues
admitir que realidades y situaciones, como las señaladas, en su modo
de generalizarse y hasta agigantarse como hechos sociales, se convierten
casi siempre en anónimas, así como son complejas y no siempre
identificables sus causas. Por consiguiente, si se habla de pecado social,
aquí la expresión tiene un significado evidentemente analógico. En todo caso hablar de pecados sociales,
aunque sea en sentido analógico, no debe inducir a nadie a disminuir
la responsabilidad de los individuos, sino que quiere ser una llamada a
las conciencias de todos para que cada uno tome su responsabilidad, con
el fin de cambiar seria y valientemente esas nefastas realidades y situaciones
intolerables. Dado por sentado todo esto en el modo más
claro e inequívoco hay que añadir inmediatamente que no es
legítimo ni aceptable un significado de pecado social, -por muy usual
que sea hoy en algunos ambientes,(74)- que al oponer, no sin ambiguedad,
pecado social y pecado personal, lleva más o menos inconscientemente
a difuminar y casi a borrar lo personal, para admitir únicamente
culpas y responsabilidades sociales. Según este significado, que
revela fácilmente su derivación de ideologías y sistemas
no cristianos -tal vez abandonados hoy por aquellos mismos que han sido
sus paladines-, prácticamente todo pecado sería social, en
el sentido de ser imputable no tanto a la conciencia moral de una persona,
cuanto a una vaga entidad y colectividad anónima, que podría
ser la situación, el sistema, la sociedad, las estructuras, la institución. Ahora bien la Iglesia, cuando habla de situaciones de pecado o denuncia como pecados sociales determinadas situaciones o comportamientos colectivos de grupos sociales más o menos amplios, o hasta de enteras Naciones y bloques de Naciones, sabe y proclama que estos casos de pecado social son el fruto, la acumulación y la concentración de muchos pecados personales. Se trata de pecados muy personales de quien
engendra, favorece o explota la iniquidad; de quien, pudiendo hacer algo
por evitar, eliminar, o, al menos, limitar determinados males sociales,
omite el hacerlo por pereza, miedo y encubrimiento, por complicidad solapada
o por indiferencia; de quien busca refugio en la presunta imposibilidad
de cambiar el mundo; y también de quien pretende eludir la fatiga
y el sacrificio, alegando supuestas razones de orden superior. Por lo tanto,
las verdaderas responsabilidades son de las personas. Una situación -como una institución,
una estructura, una sociedad- no es, de suyo, sujeto de actos morales; por
lo tanto, no puede ser buena o mala en sí misma. En el fondo de toda situación de pecado
hallamos siempre personas pecadoras. Esto es tan cierto que, si tal situación
puede cambiar en sus aspectos estructurales e institucionales por la fuerza
de la ley o -como por desgracia sucede muy a menudo,- por la ley de la fuerza,
en realidad el cambio se demuestra incompleto, de poca duración y,
en definitiva, vano e ineficaz, por no decir contraproducente, si no se
convierten las personas directa o indirectamente responsables de tal situación. Mortal y venial 17. Pero he aquí, en el misterio del
pecado, una nueva dimensión sobre la que la mente del hombre jamás
ha dejado de meditar: la de su gravedad. Es una cuestión inevitable,
a la que la conciencia cristiana nunca ha renunciado a dar una respuesta:
¿por qué y en qué medida el pecado es grave en la ofensa
que hace a Dios y en su repercusión sobre el hombre? La Iglesia tiene
su doctrina al respecto, y la reafirma en sus elementos esenciales, aun
sabiendo que no es siempre fácil, en las situaciones concretas, deslindar
netamente los confines. Refiriéndose también a estos
textos, la Iglesia, desde hace siglos, constantemente habla de pecado mortal
y de pecado venial. Pero esta distinción y estos términos
se esclarecen sobre todo en el Nuevo Testamento, donde se encuentran muchos
textos que enumeran y reprueban con expresiones duras los pecados particularmente
merecedores de condena,(81) además de la ratificación del
Decálogo hecha por el mismo Jesús.(82) Quiero referirme aqui
de modo especial a dos páginas significativas e impresionantes. San Juan, en un texto de su primera Carta, habla de un pecado que conduce a la muerte (pròs thánaton) en contraposición a un pecado que no conduce a la muerte (mè pròs thánaton).(83) Obviamente, aquí el concepto de muerte
es espiritual: se trata de la pérdida de la verdadera vida o "vida
eterna", que para Juan es el conocimiento del Padre y del Hijo,(84)
la comunión y la intimidad entre ellos. El pecado que conduce a la
muerte parece ser en este texto la negación del Hijo,(85) o el culto
a las falsas divinidades.(86) De cualquier modo con esta distinción
de conceptos, Juan parece querer acentuar la incalculable gravedad de lo
que es la esencia del pecado, el rechazo de Dios, que se realiza sobre todo
en la apostasía y en la idolatría, o sea en repudiar la fe
en la verdad revelada y en equiparar con Dios ciertas realidades creadas,
elevándolas al nivel de ídolos o falsos dioses.(87) Pero el
Apóstol en esa página intenta también poner en claro
la certeza que recibe el cristiano por el hecho de ser "nacido de Dios"
y por la venida del Hijo: existe en él una fuerza que lo preserva
de la caída del pecado; Dios lo custodia, "el Maligno no lo
toca". Porque si peca por debilidad o ignorancia, existe en él
la esperanza de la remisión, gracias también a la ayuda que
le proviene de la oración común de los hermanos. En otro texto del Nuevo Testamento, en el
Evangelio de Mateo,(88) el mismo Jesús habla de una "blasfemia
contra el Espíritu Santo", la cual es "irremisible",
ya que ella es, en sus manifestaciones, un rechazo obstinado de conversión
al amor del Padre de las misericordias. Es claro que se trata de expresiones extremas
y radicales del rechazo de Dios y de su gracia y, por consiguiente, de la
oposición al principio mismo de la salvación,(89) por las
que el hombre parece cerrarse voluntariamente la vía de la remisión.
Es de esperar que pocos quieran obstinarse hasta el final en esta actitud
de rebelión o, incluso, de desafío contra Dios, el cual, por
otro lado, en su amor misericordioso es más fuerte que nuestro corazón
-como nos enseña también San Juan(90)- y puede vencer todas
nuestras resistencias psicológicas y espirituales, de manera que
-como escribe Santo Tomás de Aquino- "no hay que desesperar
de la salvación de nadie en esta vida, considerada la omnipotencia
y la misericordia de Dios".(91) Pero ante el problema del encuentro de una
voluntad rebelde con Dios, infinitamente justo, no se puede dejar de abrigar
saludables sentimientos de "temor y temblor", como sugiere San
Pablo;(92) mientras la advertencia de Jesús sobre el pecado que no
es "remisible" confirma la existencia de culpas, que pueden ocasionar
al pecador "la muerte eterna" como pena. A la luz de estos y otros textos de la Sagrada Escritura, los doctores y los teólogos, los maestros de la vida espiritual y los pastores han distinguido los pecados en mortales y veniales. San Agustín, entre otros, habla de
letalia o mortifera crimina, oponiéndolos a venialia, levia o quotidiana.(93)
El significado que él atribuye a estos calificativos influirá
en el Magisterio posterior de la Iglesia. Después de él, será
Santo Tomás de Aquino el que formulará en los términos
más claros posibles la doctrina que se ha hecho constante en la Iglesia. Al definir y distinguir los pecados mortales
y veniales, no podría ser ajena a Santo Tomás y a la teología
sobre el pecado, que se basa en su enseñanza, la referencia bíblica
y, por consiguiente, el concepto de muerte espiritual. Según el Doctor
Angélico, para vivir espiritualmente, el hombre debe permanecer en
comunión con el supremo principio de la vida, que es Dios, en cuanto
es el fin último de todo su ser y obrar. Ahora bien, el pecado es
un desorden perpetrado por el hombre contra ese principio vital. Y cuando
"por medio del pecado, el alma comete una acción desordenada
que llega hasta la separación del fin último -Dios- al que
está unida por la caridad, entonces se da el pecado mortal; por el
contrario, cada vez que la acción desordenada permanece en los límites
de la separación de Dios, entonces el pecado es venial".(94)
Por esta razón, el pecado venial no priva de la gracia santificante,
de la amistad con Dios, de la caridad, ni, por lo tanto, de la bienaventuranza
eterna, mientras que tal privación es precisamente consecuencia del
pecado mortal. Considerando además el pecado bajo
el aspecto de la pena que incluye, Santo Tomás con otros doctores
llama mortal al pecado que, si no ha sido perdonado, conlleva una pena eterna;
es venial el pecado que merece una simple pena temporal (o sea parcial y
expiable en la tierra o en el purgatorio). Si se mira además a la materia del
pecado, entonces las ideas de muerte, de ruptura radical con Dios, sumo
bien, de desviación del camino que lleva a Dios o de in terrupción
del camino hacia Él (modos todos ellos de definir el pecado mortal)
se unen con la idea de gravedad del contenido objetivo; por esto, el pecado
grave se identifica prácticamente, en la doctrina y en la acción
pastoral de la Iglesia, con el pecado mortal. Recogemos aquí el núcleo de la enseñanza tradicional de la Iglesia, reafirmada con frecuencia y con vigor durante el reciente Sínodo. En efecto, éste no sólo ha vuelto a afirmar cuanto fue proclamado por el Concilio de Trento sobre la existencia y la naturaleza de los pecados mortales y veniales,(95) sino que ha querido recordar que es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento. Es un deber añadir -como se ha hecho
también en el Sínodo- que algunos pecados, por razón
de su materia, son intrínsecamente graves y mortales. Es decir, existen
actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las
circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón
de su objeto. Estos actos, si se realizan con el suficiente conocimiento
y libertad, son siempre culpa grave.(96) Esta doctrina basada en el Decálogo
y en la predicación del Antiguo Testamento, recogida en el Kérigma
de los Apóstoles y perteneciente a la más antigua enseñanza
de la Iglesia que la repite hasta hoy, tiene una precisa confirmación
en la experiencia humana de todos los tiempos. El hombre sabe bien, por
experiencia, que en el camino de fe y justicia que lo lleva al conocimiento
y al amor de Dios en esta vida y hacia la perfecta unión con él
en la eternidad, puede detenerse o distanciarse, sin por ello abandonar
la vida de Dios; en este caso se da el pecado venial, que, sin embargo,
no deberá ser atenuado como si automáticamente se convirtiera
en algo secundario o en un "pecado de poca importancia". Pero el hombre sabe también, por una
experiencia dolorosa, que mediante un acto consciente y libre de su voluntad
puede volverse atrás, caminar en el sentido opuesto al que Dios quiere
y alejarse así de Él (aversio a Deo), rechazando la comunión
de amor con Él, separándose del principio de vida que es Él,
y eligiendo, por lo tanto, la muerte. Siguiendo la tradición de la Iglesia,
llamamos pecado mortal al acto, mediante el cual un hombre, con libertad
y conocimiento, rechaza a Dios, su ley, la alianza de amor que Dios le propone,
prefiriendo volverse a sí mismo, a alguna realidad creada y finita,
a algo contrario a la voluntad divina (conversio ad creaturam). Esto puede
ocurrir de modo directo y formal, como en los pecados de idolatría,
apostasía y ateísmo; o de modo equivalente, como en todos
los actos de desobediencia a los mandamientos de Dios en materia grave.
El hombre siente que esta desobediencia a Dios rompe la unión con
su principio vital: es un pecado mortal, o sea un acto que ofende gravemente
a Dios y termina por volverse contra el mismo hombre con una oscura y poderosa
fuerza de destrucción. Durante la asamblea sinodal algunos Padres
propusieron una triple distinción de los pecados, que podrían
clasificarse en veniales, graves y mortales. Esta triple distinción
podría poner de relieve el hecho de que existe una gradación
en los pecados graves. Pero queda siempre firme el principio de que la distinción
esencial y decisiva está entre el pecado que destruye la caridad
y el pecado que no mata la vida sobrenatural; entre la vida y la muerte
no existe una vía intermedia. Del mismo modo se deberá evitar reducir
el pecado mortal a un acto de "opción fundamental" -como
hoy se suele decir- contra Dios, entendiendo con ello un desprecio explícito
y formal de Dios o del prójimo. Se comete, en efecto, un pecado mortal
también, cuando el hombre, sabiendo y queriendo elige, por cualquier
razón, algo gravemente desordenado. En efecto, en esta elección
está ya incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del
amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación: el hombre
se aleja de Dios y pierde la caridad. La orientación fundamental
puede pues ser radicalmente modificada por actos particulares. Sin duda
pueden darse situaciones muy complejas y oscuras bajo el aspecto psicológico,
que influyen en la imputabilidad subjetiva del pecador. Pero de la consideración
de la esfera psicológica no se puede pasar a la constitución
de una categoría teológica, como es concretamente la "opción
fundamental" entendida de tal modo que, en el plano objetivo, cambie
o ponga en duda la concepción tradicional de pecado mortal. Si bien es de apreciar todo intento sincero
y prudente de clarificar el misterio psicológico y teológico
del pecado, la Iglesia, sin embargo, tiene el deber de recordar a todos
los estudiosos de esta materia, por un lado, la necesidad de ser fieles
a la Palabra de Dios que nos instruye también sobre el pecado; y,
por el otro, el riesgo que se corre de contribuir a atenuar más aún,
en el mundo contemporáneo, el sentido del pecado. Pérdida del sentido del pecado 18. A través del Evangelio leído
en la comunión eclesial, la conciencia cristiana ha adquirido, a
lo largo de las generaciones, una fina sensibilidad y una aguda percepción
de los fermentos de muerte, que están contenidos en el pecado. Sensibilidad
y capacidad de percepción también para individuar estos fermentos
en las múltiples formas asumidas por el pecado, en los tantos aspectos
bajo los cuales se presenta. Es lo que se llama el sentido del pecado. Este sentido tiene su raíz en la conciencia
moral del hombre y es como su termómetro. Está unido al sentido
de Dios, ya que deriva de la relación consciente que el hombre tiene
con Dios como su Creador, Señor y Padre. Por consiguiente, así
como no se puede eliminar completamente el sentido de Dios ni apagar la
conciencia, tampoco se borra jamás completamente el sentido del pecado. Sin embargo, sucede frecuentemente en la
historia, durante períodos de tiempo más o menos largos y
bajo la influencia de múltiples factores, que se oscurece gravemente
la conciencia moral en muchos hombres. "¿Tenemos una idea justa
de la conciencia?" -preguntaba yo hace dos años en un coloquio
con los fieles- . "¿No vive el hombre contemporáneo bajo
la amenaza de un eclipse de la conciencia, de una deformación de
la conciencia, de un entorpecimiento o de una "anestesia" de la
conciencia?".(97) Muchas señales indican que en nuestro tiempo
existe este eclipse, que es tanto más inquietante, en cuanto esta
conciencia, definida por el Concilio como "el núdeo más
secreto y el sagrario del hombre",(98) está "íntimamente
unida a la libertad del hombre (...). Por esto la conciencia, de modo principal,
se encuentra en la base de la dignidad interior del hombre y, a la vez,
de su relación con Dios".(99) Por lo tanto, es inevitable que
en esta situación quede oscurecido también el sentido del
pecado, que está íntimamente unido a la conciencia moral,
a la búsqueda de la verdad, a la voluntad de hacer un uso responsable
de la libertad. Junto a la conciencia queda también oscurecido el
sentido de Dios, y entonces, perdido este decisivo punto de referencia interior,
se pierde el sentido del pecado. He aquí por qué mi Predecesor
Pio XII, con una frase que ha llegado a ser casi proverbial, pudo declarar
en una ocasión que "el pecado del siglo es la pérdida
del sentido del pecado".(100) ¿Por qué este fenómeno
en nuestra época? Una mirada a determinados elementos de la cultura
actual puede ayudarnos a entender la progresiva atenuación del sentido
del pecado, debido precisamente a la crisis de la conciencia y del sentido
de Dios antes indicada. El "secularismo" que por su misma naturaleza y definición es un movimiento de ideas y costumbres, defensor de un humanismo que hace total abstracción de Dios, y que se concentra totalmente en el culto del hacer y del producir, a la vez que embriagado por el consumo y el placer, sin preocuparse por el peligro de "perder la propia alma", no puede menos de minar el sentido del pecado. Este último se reducirá a lo sumo a aquello que ofende al hombre. Pero precisamente aquí se impone la amarga experiencia a la que hacía yo referencia en mi primera Encíclica, o sea que el hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este mundo acabará por volverse contra el hombre.(101) En realidad, Dios es la raíz y el fin supremo del hombre y éste lleva en sí un germen divino.(102) Por ello, es la realidad de Dios la que descubre e ilumina el misterio del hombre. Es vano, por lo tanto, esperar que tenga consistencia un sentido del pecado respecto al hombre y a los valores humanos, si falta el sentido de la ofensa cometida contra Dios, o sea, el verdadero sentido
del pecado. Se diluye este sentido del pecado en la sociedad
contemporánea también a causa de los equívocos en los
que se cae al aceptar ciertos resultados de la ciencia humana. Así,
en base a determinadas afirmaciones de la psicología, la preocupación
por no culpar o por no poner frenos a la libertad, lleva a no reconocer
jamás una falta. Por una indebida extrapolación de los criterios
de la ciencia sociológica se termina -como ya he indicado- con cargar
sobre la sociedad todas las culpas de las que el individuo es declarado
inocente. A su vez, también una cierta antropología cultural,
a fuerza de agrandar los innegables condicionamientos e influjos ambientales
e históricos que actúan en el hombre, limita tanto su responsabilidad
que no le reconoce la capacidad de ejecutar verdaderos actos humanos y,
por lo tanto, la posibilidad de pecar. Disminuye fácilmente el sentido del
pecado también a causa de una ética que deriva de un determinado
relativismo historicista. Puede ser la ética que relativiza la norma
moral, negando su valor absoluto e incondicional, y negando, consiguientemente,
que puedan existir actos intrínsecamente ilícitos, independientemente
de las circunstancias en que son realizados por el sujeto. Se trata de un verdadero "vuelco o de
una caída de valores morales" y "el problema no es sólo
de ignorancia de la ética cristiana", sino "más
bien del sentido de los fundamentos y los criterios de la actitud moral".(103)
El efecto de este vuelco ético es también el de amortiguar
la noción de pecado hasta tal punto que se termina casi afirmando
que el pecado existe, pero no se sabe quién lo comete. Se diluye finalmente el sentido del pecado,
cuando éste -como puede suceder en la enseñanza a los jóvenes,
en las comunicaciones de masa y en la misma vida familiar- se identifica
erróneamente con el sentimiento morboso de la culpa o con la simple
transgresión de normas y preceptos legales. La pérdida del sentido del pecado
es, por lo tanto, una forma o fruto de la negación de Dios: no sólo
de la atea, sino además de la secularista. Si el pecado es la interrupción
de la relación filial con Dios para vivir la propia existencia fuera
de la obediencia a Él, entonces pecar no es solamente negar a Dios;
pecar es también vivir como si Él no existiera, es borrarlo
de la propia existencia diaria. Un modelo de sociedad mutilado o desequilibrado
en uno u otro sentido, como es sostenido a menudo por los medios de comunicación,
favorece no poco la pérdida progresiva del sentido del pecado. En
tal situación el ofuscamiento o debilitamiento del sentido del pecado
deriva ya sea del rechazo de toda referencia a lo trascendente en nombre
de la aspiración a la autonomía personal, ya sea del someterse
a modelos éticos impuestos por el consenso y la costumbre general,
aunque estén condenados por la conciencia individual, ya sea de las
dramáticas condiciones socio-económicas que oprimen a gran
parte de la humanidad, creando la tendencia a ver errores y culpas sólo
en el ámbito de lo social; ya sea, finalmente y sobre todo, del oscurecimiento
de la idea de la paternidad de Dios y de su dominio sobre la vida del hombre. Restablecer el sentido justo del pecado es
la primera manera de afrontar la grave crisis espiritual, que afecta al
hombre de nuestro tiempo. Pero el sentido del pecado se restablece únicamente
con una clara llamada a los principios inderogables de razón y de
fe que la doctrina moral de la Iglesia ha sostenido siempre. Es lícito esperar que, sobre todo
en el mundo cristiano y eclesial, florezca de nuevo un sentido saludable
del pecado. Ayudarán a ello una buena catequesis, iluminada por la
teología bíblica de la Alianza, una escucha atenta y una acogida
fiel del Magisterio de la Iglesia, que no cesa de iluminar las conciencias,
y una praxis cada vez más cuidada del Sacramento de la Penitencia.
19. Para conocer el pecado era necesario fijar la mirada en su naturaleza, que se nos ha dado a conocer por la revelación de la economía de la salvación: el pecado es el mysterium iniquitatis. Pero en esta economía el pecado no
es protagonista, ni mucho menos vencedor. Contrasta como antagonista con
otro principio operante, que -empleando una bella y sugestiva expresión
de San Pablo- podemos llamar mysterium o sacramentum pietatis. El pecado
del hombre resultaría vencedor y, al final, destructor; el designio
salvífico de Dios permanecería incompleto o, incluso, derrotado,
si este mysterium pietatis no se hubiera inserido en la dinámica
de la historia para vencer el pecado del hombre. Encontramos esta expresión en una
de las Cartas Pastorales de San Pablo, en la primera a Timoteo. Esta aparece
al improviso como una inspiración que irrumpe. En efecto, el Apóstol
ha dedicado precedentemente largos párrafos de su mensaje al discípulo
predilecto con el fin de explicar el significado del ordenamiento de la
comunidad (el litúrgico y, unido a él, el jerárquico);
habla después del cometido de los jefes de la comunidad, para referirse
finalmente al comportamiento del mismo Timoteo "en la casa de Dios,
que es la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad".
Luego, al final del fragmento, evoca casi ex abrupto, pero con un propósito
profundo, lo que da significado a todo lo que ha escrito: "Y sin duda
... es grande el misterio de la piedad ...".(104) Sin traicionar mínimamente el sentido
literal del texto, podemos ampliar esta magnífica intuición
teológica del Apóstol a una visión más completa
del papel que la verdad anunciada por él tiene en la economía
de la salvación. "Es grande en verdad -repetimos con él-
el misterio de la piedad", porque vence al pecado. Pero, ¿qué es esta piedad en
la concepción paulina? Es el mismo Cristo 20. Es muy significativo que, para presentar
este "mysterium pietatis", Pablo, sin establecer una relación
gramatical con el texto precedente,(105) transcriba simplemente tres líneas
de un Himno cristológico, que -según la opinión de
estudiosos acreditados- era empleado en las comunidades helénico-cristianas. Con las palabras de ese Himno, densas de
contenido teológico y de gran belleza, los creyentes del primer siglo
profesaban su fe en el misterio de Cristo: · que Él se ha manifestado
en la realidad de la carne humana y ha sido constituido por el Espíritu
Santo como el justo, que se ofrece por los injustos; · que Él ha aparecido ante
los ángeles como más grande que ellos, y ha sido predicado
a las gentes como portador de salvación; · que Él ha sido creído
en el mundo como enviado del Padre, y que el mismo Padre lo ha elevado al
cielo, como Señor.(106) Por lo tanto, el misterio o sacramento de la piedad es el mismo misterio de Cristo. Es en una síntesis completa: el misterio de la Encarnación y de la Redención, de la Pascua plena de Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María; misterio de su pasión y muerte, de su resurrección y glorificación. Lo que san Pablo, recogiendo las frases del
himno, ha querido recalcar es que este misterio es el principio secreto
vital que hace de la Iglesia la casa de Dios, la columna y el fundamento
de la verdad. Siguiendo la enseñanza paulina, podemos afirmar que
este mismo misterio de la infinita piedad de Dios hacia nosotros es capaz
de penetrar hasta las raíces más escondidas de nuestra iniquidad,
para suscitar en el alma un movimiento de conversión, redimirla e
impulsarla hacia la reconcliación. Refiriéndose sin duda a este misterio,
también San Juan, con su lenguaje característico diferente
del de San Pablo, pudo escribir que "todo el nacido de Dios no peca,
sino que el nacido de Dios le guarda, y el maligno no le toca".(107)
En esta afirmación de San Juan hay una indicación de esperanza,
basada en las promesas divinas: el cristiano ha recibido la garantía
y las fuerzas necesarias para no pecar. No se trata, por consiguiente, de
una impecabilidad adquirida por virtud propia o incluso connatural al hombre,
como pensaban los gnósticos. Es un resultado de la acción
de Dios. Para no pecar el cristiano dispone del conocimiento de Dios, recuerda
San Juan en este mismo texto. Pero poco antes escribía: "Quien
ha nacido de Dios no comete pecado, porque la simiente de Dios permanece
en él"(108) Si por esta "simiente de Dios" nos referimos
-como proponen algunos comentaristas- a Jesús, el Hijo de Dios, entonces
podemos decir que para no pecar -o para liberarse del pecado- el cristiano
dispone de la presencia en su interior del mismo Cristo y del misterio de
Cristo, que es misterio de piedad. El esfuerzo del cristiano 21. Pero existe en el mysterium pietatis
otro aspecto; a la piedad de Dios hacia el cristiano debe corresponder la
piedad del cristiano hacia Dios. En esta segunda acepción, la piedad
(eusébeia) significa precisamente el comportamiento del cristiano,
que a la piedad paternal de Dios responde con su piedad filial. Al respecto podemos afirmar también
con San Pablo que "es grande el misterio de la piedad". También
en este sentido la piedad, como fuerza de conversión y reconciliación,
afronta la iniquidad y el pecado. Además en este caso los aspectos
esenciales del misterio de Cristo son objeto de la piedad en el sentido
de que el cristiano acoge el misterio, lo contempla y saca de él
la fuerza espiritual necesaria para vivir según el Evangelio. También
se debe decir aquí que "el que ha nacido de Dios, no comete
pecado"; pero la expresión tiene un sentido imperativo: sostenido
por el misterio de Cristo, como manantial interior de energía espiritual,
el cristiano es invitado a no pecar; más aún, recibe el mandato
de no pecar , y de comportarse dignamente "en la casa de Dios, que
es la Iglesia del Dios viviente",(109) siendo un "hijo de Dios". Hacia una vida reconciliada 22. Así la Palabra de la Escritura,
al manifestarnos el misterio de la piedad, abre la inteligencia humana a
la conversión y reconciliación, entendidas no como meras abstracciones,
sino como valores cristianos concretos a conquistar en nuestra vida diaria. Insidiados por la pérdida del sentido
del pecado, a veces tentados por alguna ilusión poco cristiana de
impecabilidad, los hombres de hoy tienen necesidad de volver a escuchar,
como dirigida personalmente a cada uno, la advertencia de San Juan: "Si
dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a
nosotros mismos y la verdad no estaría en nosotros";(110) más
aún, "el mundo todo está bajo el maligno".(111)
Cada uno, por lo tanto, está invitado por la voz de la Verdad divina
a leer con realismo en el interior de su conciencia y a confesar que ha
sido engendrado en la iniquidad, como decimos en el Salmo Miserere.(112) Sin embargo, amenazados por el miedo y la
desesperación, los hombres de hoy pueden sentirse aliviados por la
promesa divina que los abre a la esperanza de la plena reconciliación. El misterio de la piedad, por parte de Dios,
es aquella misericordia de la que el Señor y Padre nuestro -lo repito
una vez más- es infinitamente rico.(113) Como he dicho en la Encíclica
dedicada al tema de la misericordia divina,(114) es un amor más poderoso
que el pecado, más fuerte que la muerte. Cuando nos damos cuenta
de que el amor que Dios tiene por nosotros no se para ante nuestro pecado,
no se echa atrás ante nuestras ofensas, sino que se hace más
solícito y generoso; cuando somos conscientes de que este amor ha
llegado incluso a causar la pasión y la muerte del Verbo hecho carne,
que ha aceptado redimirnos pagando con su Sangre, entonces prorrumpimos
en un acto de reconocimiento: "Sí, el Señor es rico en
misericordia" y decimos asimismo: "El Señor es misericordia". El misterio de la piedad es el camino abierto por la misericordia divina a la vida reconciliada.
Promover la penitencia y la reconciliación 23. Suscitar en el corazón del hombre
la conversión y la penitencia y ofrecerle el don de la reconciliación
es la misión connatural de la Iglesia, continuadora de la obra redentora
de su divino Fundador. Esta es una misión que no acaba en meras afirmaciones
teóricas o en la propuesta de un ideal ético que no esté
acompañado de energías operativas, sino que tiende a expresarse
en precisas funciones ministeriales en orden a una práctica concreta
de la penitencia y la reconciliación. A este ministerio, basado e iluminado por
los principios de la fe, más arriba ilustrados, orientado hacia objetivos
precisos y sostenido por medios adecuados, podemos dar el nombre de pastoral
de la penitencia y de la reconciliación. Su punto de partida es la
convicción de la Iglesia de que el hombre, al que se dirige toda
forma de pastoral, pero principalmente la pastoral de la penitencia y la
reconciliación, es el hombre marcado por el pecado, cuya imagen más
significativa se puede encontrar en el rey David. Reprendido por el profeta
Natán, acepta enfrentarse con sus propias infamias y confiesa: "He
pecado contra Yavé"(115) y proclama: "Reconozco mi transgresión,
y mi pecado está siempre delante de mí";(116) pero reza
a la vez: "Rocíame con hisopo, y seré puro; lávame,
y seré más blanco que la nieve",(117) recibiendo la respuesta
de la misericordia divina: "Yavé ha perdonado tu pecado. No
morirás".(118) La Iglesia se encuentra, por tanto, frente
al hombre -a toda la humanidad- herido por el pecado y tocado en lo más
íntimo de su ser, pero, a la vez movido hacia un incoercible deseo
de liberación del pecado y, especialmente si es cristiano, consciente
de que el misterio de piedad, Cristo Señor, obra ya en él
y en el mundo con la fuerza de la Redención. La función reconciliadora de la Iglesia
debe desarrollarse así según aquel íntimo nexo que
une profundamente el perdón y la remisión del pecado de cada
hombre a la reconciliación plena y fundamental de la humanidad, realizada
mediante la Redención. Este nexo nos hace comprender que, siendo
el pecado el principio activo de la división -división entre
el hombre y el Creador, división en el corazón y en el ser
del hombre, división entre los hombres y los grupos humanos, división
entre el hombre y la naturaleza creada por Dios- , sólo la conversión
ante el pecado es capaz de obrar una reconciliación profunda y duradera,
donde quiera que haya penetrado la división. No es necesario repetir lo que he dicho sobre
la importancia de este "ministerio de la reconciliación"(119)
y de la relativa pastoral que lo realiza en la conciencia y en la vida de
la Iglesia. Esta erraría en un aspecto esencial de su ser y faltaría
a una función suya indispensable, si no pronunciara con claridad
y firmeza, a tiempo y a destiempo, la "palabra de reconciliación"(120)
y no ofreciera al mundo el don de la reconciliación. Conviene repetir
aquí que la importancia del servicio eclesial de reconciliación
se extiende, más allá de los confines de la Iglesia, a todo
el mundo. Por tanto, hablar de pastoral de la penitencia
y reconciliación quiere decir referirse al conjunto de las tareas
que incumben a la Iglesia, a todos los niveles, para la promoción
de ellas. Más en concreto, hablar de esta pastoral quiere decir evocar
todas las actividades, mediante las cuales la Iglesia, a través de
todos y cada uno de sus componentes -Pastores y fieles, a todos los niveles
y en todos los ambientes- y con todos los medios a su disposición
-palabra y acción, enseñanza y oración- conduce a los
hombres, individualmente o en grupo, a la verdadera penitencia y los introduce
así en el camino de la plena reconciliación. Los Padres del Sínodo, como representantes
de sus hermanos en el Episcopado y como guías del pueblo a ellos
encomendado, se han ocupado de esta pastoral en sus elementos más
prácticos y concretos. Yo me alegro de hacerles eco, asociándome
a sus inquietudes y esperanzas, acogiendo los frutos de sus búsquedas
y experiencias, animándoles en sus proyectos y realizaciones. Ojalá
puedan encontrar en esta parte de la Exhortación Apostólica
la aportación que ellos mismos han ofrecido al Sínodo, aportación
cuya utilidad quiero ofrecer, mediante estas páginas, a toda la Iglesia. Estoy pues convencido de destacar |