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Catequesis
del Papa Juan Pablo II:
Salmo 89
1. Los versículos que acaban
de resonar en nuestros oídos y en nuestro corazón
constituyen una meditación sapiencial que tiene,
sin embargo, el tono de una súplica. El orante
del Salmo 89 pone en el centro de su oración
uno de los temas más explorados por la filosofía,
más cantados por la poesía, más
sentidos por la experiencia de la humanidad de todos
los tiempos y de todas las regiones de nuestro planeta:
la caducidad humana y el devenir del tiempo.
Basta pensar en ciertas páginas
inolvidables del Libro de Job en las que se presenta
nuestra fragilidad. Somos como «los que habitan
en casas de arcilla, que hunden sus cimientos en el
polvo y a los que se les aplasta como a una polilla.
De la noche a la mañana quedan pulverizados.
Para siempre perecen sin advertirlo nadie» (Job
4, 19-20). Nuestra vida sobre la tierra es «como
una sombra» (Cf. Job 8, 9). Y Job sigue confesando:
«Mis días han sido más raudos
que un correo, se han ido sin ver la dicha. Se han
deslizado lo mismo que canoas de junco, como águila
que cae sobre la presa» (Job 9, 25-26).
2. Al inicio de su canto, parecido
a una elegía (Cf. Salmo 89, 2-6), el salmista
opone con insistencia la eternidad de Dios al tiempo
efímero del hombre. Esta es su declaración
más explícita: «Mil años
en tu presencia son un ayer, que pasó; una
vela nocturna» (v. 4).
Como consecuencia del pecado original,
el hombre vuelve a caer por orden divina en el polvo
del que había sido tomado, como se afirma en
la narración del Génesis: «¡Eres
polvo y al polvo tornarás» (3,19; Cf.
2,7). El creador, que plasma en toda su belleza y
complejidad la creatura humana, es también
el que reduce «el hombre a polvo» (Salmo
89, 3). Y «polvo», en el lenguaje bíblico,
es también la expresión simbólica
de la muerte, de los infiernos, del silencio sepulcral.
3. En esta súplica es intenso
el sentimiento del límite humano. Nuestra existencia
tiene la fragilidad de la hierba que despunta al alba;
enseguida oye el silbido de la hoz que la convierte
en un haz de heno. A la frescura de la vida muy pronto
le sigue la aridez de la muerte (Cf. versículos
5-6; Cf. Isaías 40,6-7; Job14,1-2; Salmo 102,
14-16).
Como sucede con frecuencia en el Antiguo
Testamento, a esta debilidad radical, el Salmista
asocia el pecado: en nosotros se da la finitud, y
también la culpabilidad. Por este motivo nuestra
existencia parece que tiene que vérselas también
con la cólera y el juicio del Señor:
«¡Cómo nos ha consumido tu cólera
y nos ha trastornado tu indignación! Pusiste
nuestras culpas ante ti... y todos nuestros días
pasaron bajo tu cólera» (Salmo 89, 7-9).
4. Al comenzar el nuevo día,
la Liturgia de los Laudes sacude con este Salmo nuestras
ilusiones y nuestro orgullo. La vida humana es limitada,
«aunque uno viva setenta años, y el más
robusto hasta ochenta», afirma el salmista.
Además, el pasar de las horas, de los días
y de los meses está salpicado por la «fatiga
y dolor» (Cf. v. 10) y los mismos años
se parecen a «un soplo» (Cf. v. 9).
Esta es la gran lección: el
Señor nos enseña a «contar nuestros
días» para que, aceptándolos con
sano realismo, «entre la sabiduría en
nuestro corazón» (v. 12). Pero el salmista
pide a Dios algo más: que su gracia sostenga
y alegre nuestros días, aun frágiles
y marcados por la prueba. Que nos haga gustar el sabor
de la esperanza, aunque la ola del tiempo parezca
arrastrarnos. Sólo la gracia del Señor
puede dar consistencia y perennidad a nuestras acciones
cotidianas: «Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos»
(v. 17).
Con la oración pedimos a Dios
que un reflejo de la eternidad penetre en nuestra
breve vida y en nuestro actuar. Con la presencia de
la gracia divina en nosotros, una luz brillará
sobre el devenir de los días, la miseria se
convertirá en gloria, lo que parece no tener
sentido adquirirá significado.
5. Concluimos nuestra reflexión
sobre el Salmo 89 dejando la palabra a la antigua
tradición cristiana, que comenta el Salterio
manteniendo en el fondo la figura gloriosa de Cristo.
De este modo, para el escritor cristiano Orígenes,
en su «Tratado sobre los Salmos», que
nos ha llegado en la traducción latina de san
Jerónimo, la resurrección de Cristo
nos da la posibilidad bosquejada por el salmista de
que «toda nuestra vida sea alegría y
júbilo» (Cf. v. 14). Porque la Pascua
de Cristo es el manantial de nuestra vida más
allá de la muerte: «Después de
haber recibido la dicha de la resurrección
de nuestro Señor, por la que creemos que hemos
sido redimidos y de resurgir también un día,
ahora, transcurriendo en la alegría los días
que nos quedan de nuestra vida, exultamos por esta
confianza, y con himnos y cánticos espirituales
alabamos a Dios por medio de Jesucristo, nuestro Señor»
(Orígenes - Jerónimo, «74 homilías
sobre el libro de los Salmos» --«74 omelie
sul libro dei Salmi»--, Milán, 1993,
p. 652).
Audiencia del Miércoles
26 de marzo del 2003
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