La carta de Santiago es la
primera entre las siete Epístolas no paulinas que,
por no señalar varias de ellas un destinatario especial,
han sido llamadas genéricamente católicas
o universales, aunque en rigor la mayoría de ellas
se dirige a la cristiandad de origen judío, y las
dos últimas de S. Juan tienen un encabezamiento aún
más limitado. S. Jerónimo las caracteriza
diciendo que "son tan ricas en misterios como sucintas,
tan breves en palabras como largas en sentencias".