Viernes 26 de Mayo de 2017

En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: “En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. Aquel día no me preguntaréis nada”.

Comentario:

Hoy Jesús nos sigue hablando de su partida, que ya es próxima. Como sabemos este domingo celebraremos la Ascensión del Señor. Y toda separación duele, entristece, sobre todo cuando se trata de alguien tan querido. Pero Jesús sigue insistiendo, la separación será cortísima, volveré, no hay qué temer. Y los invita a alegrarse, esta virtud tan importante, la alegría: "pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar". Porque la alegría es un don, es un regalo que Dios da, que consiste en la seguridad de saber que Dios está con nosotros, que estamos en comunión con Él, que estamos cerca por el amor que nos une y eso nadie nos lo puede quitar. La alegría no es algo que va y viene por motivos coyunturales, por cosas del momento. Es algo que permanece bien arraigado. Va más allá que estar contento un momento, de esas alegrías simplonas que nos ofrece el mundo. Por eso incluso en medio de las dificultades podemos vivir la alegría.

El dolor y el sufrimiento no nos pueden quitar el gozo de estar con el Señor. El sufrimiento lo que sí nos quita es el placer, la comodidad. Pero felizmente placer y alegría no son lo mismo, no se identifican. Podemos perder el placer y la comodidad, pueden venir los problemas y sufrimientos, pero nada de eso nos debe quitar la alegría. La alegría es ese don que nos lleva a vivir la magnanimidad, es decir, la grandeza de espíritu. Cuando se vive la alegría de tener la vida fundada en Cristo, el corazón se ensancha, y uno se hace capaz de cosas grandes, de donarse, de ser generoso, de servir a los demás y a Dios sobre todas las cosas. Eso significa ser magno, grande, magnánimo. Una persona triste no se arriesga, vive metida en sí, auto-contemplándose, miedosa, lamentándose, sin un horizonte apasionante en la vida. La alegría auténtica nos saca de nosotros mismos, para donarnos, para seguir a Jesús, y servir a los hermanos.

P. Juan José Paniagua