Sobre los escritos de Tomás Moro

Por Esteban Kriskovich (Director Instituto Tomás Moro. Universidad Católica. Asunción-Paraguay)
 
En los catorce meses de prisión (17 de abril de 1534 a 6 de julio de 1535), escribió varios cientos de hojas que forman uno de los más conmovedores testimonios de la fidelidad de un ser humano a su conciencia, a la verdad y a sus principios.
 
Además de una numerosa correspondencia, que parcialmente se ha podido rescatar, y unas cuantas conmovedoras oraciones encontradas en su libro de las horas, y una "Instrucción para recibir el cuerpo de Cristo", ha escrito dos obras impresionantes:
 
1) "Un diálogo de la fortaleza contra la tribulación", en el cual dos personajes Antonio y Vicente, uno anciano y el otro joven, dialogan ante una eminente invasión turca de los peligros y adversidades que han debido sobrellevar los cristianos perseguidos por su fe dentro y fuera de Inglaterra.
 
2) "La agonía de Cristo", obra inconclusa que parece habérsele arrancado de las manos justo cuando estaba en el capítulo de la aprehensión de Cristo luego de la agonía en el huerto de los olivos. Su última expresión referida a la captura de Cristo en el huerto fue "...echaron mano sobre Jesús".
 
La imitación a Jesucristo es la plenitud del hombre, y el amor del cristiano. Como muy bien lo dice Alvaro de Silva, Moro escribió este libro con lucidez, afecto y ternura, pero sin ningún sentimentalismo. El cristiano ha de seguir los pasos de Cristo hasta el final, empujado por el amor y la belleza de Cristo. El Calvario es una montaña, no un hoyo oscuro. También la Cruz erguida es un desafío a la ley de la gravedad[3].
 
Sobre ella quiero referirme explícitamente, porque creo que en algunas páginas existe algo que luego de casi dos mil años, de casi quinientos años, permanece actual.
 
Moro hizo de la pasión de Cristo, y de manera dramática, el centro de su contemplación durante su encarcelamiento en la Torre de Londres y todo el proceso. Para fortalecerse, Moro se ensimisma en Cristo, y sigue los pasos de Cristo en su agonía, encarcelamiento, proceso, pasión y muerte[4].
 
Y en un capítulo[5], que es el que quería recordar, reflexiona el hecho de que los Apóstoles, en el huerto de los olivos, duermen mientras el traidor conspira, y Cristo les llama tres veces seguidas y ellos se vuelven a dormir, tal vez por cansancio, tal vez por pereza, tal vez por dolor, pueden existir miles de explicaciones, lo cierto es que se duermen mientras Cristo los necesita. ¡Velad y orad!, les repite y ellos se vuelven ha dormir. Estado de somnolencia. ¿No es este contraste entre el traidor y los apóstoles como un espejo, y no menos clara que triste y terrible, de lo que ocurre tantas veces a través de los siglos, desde aquellos tiempos hasta nuestros días?. La somnolencia. Con razón dice Cristo que los hijos de las tinieblas son mucho más astutos que los hijos de la luz. Y nosotros, ¿estamos despiertos mientras otros maquinan?; ¿estamos despiertos en nuestras universidades fomentando una cultura de la vida humanizadora, mientras otras universidades pueden estar produciendo tesis deshumanizante?, ¿estamos despiertos mientras nuestras leyes atentan contra la vida y la dignidad humana?, ¿estamos despiertos mientras crean nuevos términos y manipulan conceptos y el lenguaje?, legisladores, filósofos, educadores, periodistas, estudiantes, juristas, jueces, médicos, pastores, intelectuales, religiosos, hombres de gobierno, padres de familia, familias enteras, pueblo amante de lo verdadero, ¿estamos acaso despiertos?.
 
En todos sus últimos escritos se puede notar que Tomás Moro está prácticamente solo. Si no fuera por la comprensión incluso forzada de su hija Margaret estaría completamente solo. Pero "solo" en el convencimiento de su participación en la verdad y la certeza de la comunión en esa verdad con todos los santos. El excanciller es un hombre solo, pero ¿no es la libertad original y auténtica precisamente estar solo el hombre delante de su Dios?[6].
 
No se encuentra en los escritos de Moro ningún fenómeno que ocurrió a otros santos como apariciones, voces celestiales, milagros ni arrebatos místicos. Moro persevera anclado firmemente en la claridad de su conciencia cristiana frente a todo lo que tiene por delante. Sólo cuenta con su fe y su razón, su libertad anclada en el amor a Cristo y a la Iglesia. Ha formado su conciencia durante largo tiempo. Con estudio y reflexión. Su convicción es tan honda y tan pura que no tiene necesidad de juzgar, despreciar o condenar a los demás. Ni disminuye su amor y respeto al Rey que le envía a la muerte, ni su lealtad al país que tanto ama. Pero su amor a Cristo y a la Iglesia es mayor, y fundado en la clara razón, en la verdad[7]. Por esto murió, no tanto por un principio o idea o tradición, ni siquiera doctrina, sino por una persona, por Cristo. No por un amor a Cristo en abstracto, sino a su Iglesia y a la verdad revelada en ella, en su caso la aceptación y defensa de la supremacía espiritual del Romano Pontífice, la "roca". Moro amaba a Cristo y comprendió que negar aquella verdad o punto doctrinal equivalía a renegar de Cristo.
 
Moro dentro de su silencio escogió y valoró cada palabra para fabricar una de las protestas más apasionadas y al mismo tiempo serenas a favor de la libertad del espíritu humano, iluminado por la verdad. El cristiano puede vivir sin muchas cosas, pero no puede vivir sin libertad. Su pasión por la verdad debe necesariamente ir unida a su pasión por la libertad. Moro ingresó en la Torre por seguir la verdad de su conciencia. No se adhirió al juramento porque repugnaba su conciencia cristiana. Hacerlo le hubiera llevado a perder su libertad auténtica, con mayúsculas, adherida a la verdad, y por consiguiente a perderse a sí mismo para adherirse a la auténtica libertad. Sin esa libertad original del Espíritu, las demás libertades pueden ser cadenas, aunque produzcan admiración y muy hermosas parezcan. Esto es lo que Moro tiene presente al hablar en algunas cartas del "respeto a su alma".
 
Hablar de conciencia individual y de inalienable libertad, no significa de ningún modo que esté permitido tomar caprichosamente cualquier decisión, sino más bien, la aptitud y obligación de buscar la verdad en cualquier asunto, según los medios de que se disponga. Y por eso fue al suplicio sin hacer concesiones, cuando le hubiera bastado aceptar un compromiso equívoco, que todo el mundo esperaba de él, para hallarse de nuevo en el ocio con dignidad[8], o en la mentira con una supuesta dignidad.
 
La auténtica libertad es la fuente de la alegría: "La claridad de mi conciencia hizo que mi corazón brincara de alegría", escribió a su hija Margaret, en los últimos meses de vida. Y esto hacía que el santo, pueda perdonar, rezar por sus enemigos, y aún en esos momentos difíciles y dolorosos, incluso en el cadalso, con el buen humor, fruto de la alegría de pertenecer a Cristo, antes que al propio interés o a los intereses de Estado.
 
Un contemporáneo de Moro, Nicolas Maquiavelo, escribió: "Amo a mi ciudad más que a mi propia alma". En esta exclamación la trascendencia se borra, el espíritu se aplaca, la conveniencia está por encima de la verdad, y el ser de las cosas se manipula causando incalculables perjuicios. Las consecuencias las conocemos mejor nosotros y mucho más trágicamente que Maquiavelo.[9]
 
Como decía Chesterton, "dentro de la Iglesia uno tiene que quitarse el sombrero, pero no la cabeza". No luchaba Moro obstinado en su concepción personal ni subjetiva sino en defensa y amor a la verdad. No aspiraba a "salirse con la suya", sino "con la de Dios". Moro murió por una verdad que en su época había sido puesta en peligro. Moro era un intelectual de primera línea, figura cumbre del humanismo renacentista europeo. Tomás Moro estudió la cuestión con objetividad y se aseguró concienzudamente en la verdad. Su conciencia estaba bien formada, su fe era razonable y su contenido había conocido largas horas de reflexión y de estudio. No murió por defender una simple opinión de su cabeza ni por un capricho de su conciencia, sino por salvaguardar la conciencia en la verdad objetiva revelada. Se opuso a una ley dictada al antojo por intereses del momento. Se le cortó la cabeza porque ella era lo que sus enemigos no pudieron conquistar en él[10], y necesitaron de un traidor que con perjurio lo acuse infamemente. Parecería que la verdad venció sobre la mentira, pero ¿ha sido así?. Veritas magna et prevalet. La verdad es grande y prevalece (San Agustín)[11]. Su testimonio aún sigue hasta nuestros días y nos compromete. El peso de su carácter, de su energía viril, de su honestidad, de su formación jurídica y sus quince meses en prisión es abrumador en lo que respecta a sus razones en defensa de la verdad, de lo que las cosas son realmente, del bien, de la justicia. Había mantenido con su inteligencia y prestigio humanista, con la tinta de su pluma, la fe de siempre muchos años antes de librar la última batalla con la sangre de su cabeza[12].
 
En un bote antes de ser apresado, hablando con su yerno William Ropper sobre la posibilidad de perder su libertad, Moro le manifestó: "La batalla está ganada". La batalla está ganada, existen muchas interpretaciones de esta expresión: la batalla de Moro consigo mismo, la batalla frente a la tentación, la batalla contra los temores, la batalla del bien contra el mal, la batalla de la verdad contra la mentira, la batalla de la muerte contra la vida, la batalla que ya Cristo ganó por nosotros.
 
La batalla está ganada, pero no abandonemos la lucha. Estamos llamados a ser notables soldados de Cristo, sobre todo para que no hayan más víctimas inocentes del relativismo en lo concreto. Si Dios no existe, ya todo está permitido –decía Dostoievsky-. Debemos prepararnos para ello siempre, para anunciar el esplendor de la verdad en nuestro mundo, hasta las últimas consecuencias.
 
Para terminar, quisiera repetir algunas frases de la entrevista sobre Tomás Moro a Oscar Luigi Scalfaro, expresidente de Italia: "Para ser buenos políticos hay que ser, ante todo, personas íntegras y formadas; formadas especialmente en la vivencia según los valores cristianos. De este modo pueden ser fuertes interiormente para poder resistir a las tentaciones del poder. Fuertes con la gracia de Dios, que conquista y que se mantiene con la oración y los sacramentos. Cuando Moro tenía entre manos algún asunto importante o grave, iba a la Iglesia, se confesaba, asistía a Misa y recibía la Comunión[13]. Reconocía que el poder era un don que venía de lo alto. El poder por el poder es diabólico; es el pecado de soberbia; es, sobre todo, pensar en sí, en la propia carrera, en el propio interés. ¡Lo opuesto al servicio de la comunidad! La formación de la persona forma parte de los derechos y deberes naturales de la familia, es decir, de los padres. Ahora bien, también es un deber primario de la Iglesia, que es madre y maestra, y tiene la tarea formar integralmente a sus propios hijos. La responsabilidad de la Iglesia en este campo es grande: ¿quién mejor que la Iglesia puede hacer sentir al cristiano que, como ciudadano, no se puede quedar en casa durmiendo, que el bien común depende de cada uno y que el sacrificio por la comunidad es un deber de justicia?. El desafío es grande y necesita personas y sobre todo jóvenes dispuestos a vivir la política como una misión, dispuestos a seguir los grandes ideales del Evangelio, con generosidad y afrontando todo riesgo.
 
"Simón, tú duermes?" Pedro y los demás lo amaban con locura pero estaban en un estado de somnolencia. "Simón, tu duermes?", pongamos en lugar de Simón allí nuestro nombre y ensimismémonos con esta pregunta de Cristo. Permanezcamos despiertos.
 
Estas Jornadas para muchos en su historia puede marcar un hito muy importante. No es casual que nos hallamos encontrado. Dios suele llamar con una sutileza muy especial. Tal vez este llamado se haya dado con la invitación a participar de estas Jornadas. El compromiso es personal. Es personal. La tarea de la iluminación de la inteligencia no es fácil pero es necesaria y apasionante. No estamos solos, aunque aparentemente lo sintamos así, porque de hecho estamos llamados en tiempos difíciles.
 
La batalla está ganada, pero la lucha continúa. Todos estamos llamados para este desafío, aunque nos encontremos aparentemente solos contra el poder, Dios Padre nos protege, Dios Hijo Jesucristo nos acompaña, y Dios Espíritu Santo, nos ilumina con su gracia, y además tenemos la compañía de todos los santos. El mundo está hambriento de una respuesta política auténtica, humana, Dios por algo nos hizo nacer en este tiempo y en esta tierra. Respondamos a su llamado. Muchas gracias.
 
[3] Cartas desde la Torre, Introducción, Pág. 16.
[4] Un hombre solo. Cartas desde la Torre. Rialp. Madrid. 1990. Pág. 148.
[5] La Agonía de Cristo. Rialp. Madrid. 1997. Pág. 76
[6] Idem. Päg. 21
[7] Idem, 22
[8] Louis Brouyer. "Tomás Moro. Humanista y mártir". Encuentro. Madrid. Pág. 88.
[9] Carta de Maquiavelo a Francesco Vettoni el 16 de abril de 1527.
[10] La agonía de Cristo. Introducción de Álvaro de Silva. Pág. xxvi.
[11] Louis Bouyer. "Tomás Moro. Humanista y Martir". Encuentro. Madrid. Pág. 91.
[12] La agonía de Cristo. Idem. Pág. xxiv.
[13] Cartas desde la Torre. Pág. 145.
 

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