Quinto Día de la Novena a Santo Tomás de Aquino

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Oración para todos los días

A Vos, Dios mío, fuente de misericordia, me acerco yo, inmundo pecador, para que os dignéis lavar mis manchas. ¡Oh Sol de justicia, iluminad a este ciego! ¡Oh Médico eterno, sanad a este miserable! ¡Oh Rey de reyes, vestid a este desnudo! ¡Oh mediador entre Dios y los hombres, reconciliad a este reo! ¡Oh buen Pastor, acoged a esta oveja descarriada! Otorgad, Dios mío, perdón a este criminal, indulgencia a este impío y la unción de vuestra gracia a esta endurecida voluntad. ¡Oh clementísimo Señor!, llamad a vuestro seno a este fugitivo, atraed a este resistente, levantad al que está caído y una vez levantado sostenedle y guiad sus pasos. No olvidéis, Señor, a quien os ha olvidado, no abandonéis a quien os abandonó, no desechéis a quien os desechó y perdonad en el cielo a quien os ofendió en la tierra. Amén.

Oración a la Santísima Virgen

¡Oh bienaventurada y dulcísima Virgen María, océano de bondad, Hija del Rey soberano, Reina delos ángeles y Madre del Común Criador! Yo me arrojo confiado en el seno de vuestra misericordia y ternura, encomendándoos mi cuerpo, mi alma, mis pensamientos, mis deseos, mis afectos y mi vida entera, para que por vuestro auxilio camine yo siempre hacia el bien según la voluntad de vuestro amado Hijo, N.S. Jesucristo. Amén.

Quinto Dia: Objetivo Vastísimo de la Sabiduría

No es la sabiduría una mera virtud técnica que cifra todos sus encantos en la contemplación delas maravillas de Dios y en la simple especulación de los altísimos principios de las cosas, sino que, como dice el Apóstol, extiende su influencia a los actos de la vida regularizando los movimientos y disponiendo los fines de las causas secundarias. Por eso, al distinguir el P. San Agustín en la humana inteligencia dos facultades, una que llama razón superior y otra que llama razón inferior, añade que la primera al contemplar a Dios y sus grandezas, hace aplicación a los actos humanos acomodándolos a las leyes divinas que son base de todas las armonías. Y por lo mismo que el don de la sabiduría es tan excelente y soberano, tiene virtud y eficacia para ejercer su acción en inmensa esfera uniendo al alma con Dios a quien mira como Causa universalísima y perfecta, y moderando a la par todas las operaciones con que esa misma alma hade demostrar su actividad en la vida: y así viene a verificarse que Dios como principio soberano y necesario, es regla y medida de los actos humanos que son contingentes y mudables, resultando de esta celestial influencia, no una mengua de la libertad y una torpeza en las acciones humanas, sino más bien el esplendor augusto de esa libertad y una dulcedumbre inefable junto con un descanso y una placidez soberana con el que el alma todo lo hace en brazos de la santa Providencia. Esta paz y bienaventuranza que produce la sabiduría, no pueden conchabarse ni tener cabida en un alma pecadora y entregada a los vicios, pues que ya dice el mismo Dios, que en el alma prevaricadora no puede entrar la sabiduría, ni hará su habitación en un cuerpo que está sometido al pecado. La razón de esto es obvia y facilísima, puesto que el recto juicio que la sabiduría nos inspira, bien sobre las cosas y verdades de Dios, bien sobre los demás objetos regulados por la contemplación divina, no puede hacerse sino mediante cierta unión del alma con Dios lo cual sólo se consigue con la caridad que no se halla en un corazón dominado por culpa grave. Por eso la sabiduría legítima y verdadera es la herencia de los buenos y sólo en sus almas puede sentirse su bendita influencia cumpliéndose así aquello de Salomón, que el temor de Dios y la guarda de sus leyes, son el principio de toda sabiduría.

EJEMPLO

Desde que Santo Tomás siendo niño de cinco años disputaba con los monjes de Monte Casino preguntándoles sobre la existencia y los atributos de Dios, hasta que condecorado por las Universidades más celebres del mundo, explicaba como maestro soberano las cuestiones más abstrusas de la razón y de la fe, la sabiduría en su más hermoso sentido fue la compañera inseparable de su vida y el norte luminoso de todas sus operaciones. A semejanza del Divino Maestro, crecía el Santo Doctor en sabiduría y en edad en presencia de Dios y de los hombres y no hubo ocasión o circunstancia en que ese espíritu de entendimiento y ese don de sabiduría no apareciesen con purísimos destellos de amor y de caridad. Cada artículo de la milagrosa Suma, cada punto de sus variadísimas cuestiones, cada pensamiento de sus fecundas enseñanzas, cada argumento de sus poderosas razones, son otros tantos reverberos de celestial sabiduría, indicios peregrinos de la virtud hercúlea de la mente angelical de Tomás. El mismo insigne Doctor afirmaba que cuanto sabía, era regalo del cielo y que más aprendió a los pies del Crucifijo que revolviendo las obras de los sabios. Y como el cielo veía tan maravillosamente dispuesta el alma de Santo Tomás para recibir la lluvia abundantísima de la ciencia, caía esta sobre las facultades angélicas trocada en roció de plata y de perlas con que se enriquecían como por encanto divino todas las potencias de Santo Tomás. ¡Oh si todos los verdaderos amantes de la sabiduría, los filósofos legítimos imitasen al Rey de la ciencia cristiana en disponer su alma para la contemplación serena de la luz y para el sentimiento inspirado en caridad!... Menos aparatosa sería entonces la ciencia y más sólidos sus principios; habría más sabios y menos charlatanes y abundaría algo más el sentido común y la honradez ganando el campo a la desvergüenza y a la más absurda arbitrariedad que vemos en los reglamentos con que se pretende regenerar la ciencia y levantar á hermoso pedestal la tan cacareada y mal entendida sabiduría.

(Ahora pídase la gracia especial que se quiera conseguir y luego rézense tres Padrenuestros y Avemarías con su Gloria Patri en reverencia de la humildad, sabiduría y pureza angelical de Santo Tomás de Aquino).

Antífona

¡Oh Santo Tomás, gloria y honor de la Orden de Predicadores! Transpórtanos a la contemplación de las cosas celestiales, tú que fuisteis maestro soberano de los sagrados misterios.

V. Ruega por nosotros, Santo Tomás.

R. Para que nos hagamos dignos de las promesas de Jesucristo.

Oración final

Gracias, os doy, Señor Dios mío, y Padre de misericordias, porque os habéis dignado admitirme, a mí pobre pecador e indigno siervo vuestro, a la participación gratuita de vuestra gracia en el secreto de la oración. Yo os ruego que esta comunicación de mi alma con Vos no sea castigo de mis culpas, sino prenda segura del perdón de mis ofensas, armadura finísima de la fe y escudo invulnerable de mi corazón. Concededme la remisión de mis faltas, el exterminio de la concupiscencia y de la sensualidad, el aumento de la caridad, de la humildad, de la paciencia, de la obediencia y de todas las virtudes; defendedme de las asechanzas visibles e invisibles de los enemigos; dadme el sosiego inefable de mis apetitos y de todos mis afectos para que así pueda unirme mejor a Vos que sois mi felicidad y descanso. Suplico también. Dios mío, que después de mi muerte, os dignéis admitirme a la Pascua celestial y al convite divino donde Vos en unión del Hijo y del Espíritu Santo, sois luz verdadera, abundancia perfecta, gozo sempiterno, alegría consumada y felicidad sin medida. Amén.