Meditaciones en la Misa de difuntos

Antes de la santa Misa

¡Oh Señor, Jesús piadosísimo! Que habéis instituido el santo sacrificio de la Misa para la salvación de los vivos y difuntos, os ofrezco esta misa, asís como las oraciones que haga durante su celebración, por las almas de N. y N., y por los otros difuntos que sufren los tormentos del Purgatorio. Os ruego, mi buen Jesús, presentéis este sacrificio a vuestro Padre celestial, así como mi humilde devoción y las intenciones de todos los santos a quienes ahora invoco, para que, por su virtud y eficacia, las almas que os recomendamos especialmente, y todas las que están sufriendo, reciban su alivio por vuestro poderoso socorro. Amen.

Introito

Colocaos en espíritu, con todas las almas que sufren en el purgatorio, ante el trono de la Santísima Trinidad, y dirigid a las tres divinas Personas las siguientes oraciones:

Oración a Dios Padre

¡Oh Padre de misericordia y Dios de todo consuelo! Haced que vuestra compasión se extienda sobre el purgatorio, que es un lugar de lamentos y de miseria. Oh Padre lleno de bondad, mirad a esas almas que gimen allí; Vos las habéis creado a vuestra imagen. Acordaos que vuestro amado Hijo Jesús os ofreció en reparación de los pecados que cometieron, el precio infinito de la preciosa sangre que salió de sus heridas. Escuchadnos favorablemente, Padre dulcísimo, y apiadaos, según vuestra grande misericordia, de todas las almas del purgatorio, y en particular de N. y N.

Oración a Dios Hijo

¡Oh Jesús, manantial de bondad y de misericordia! ¿Cómo podría ser posible que tardarais en dirigir vuestras miradas hacia esas almas desamparadas y que tanto padecen? ¡Oh dulcísimo Jesús! Recordad que también por esas almas, vinisteis del cielo a la tierra, padecisteis grandes sufrimientos y moristeis en el patíbulo de la Cruz. ¡Oh Jesús, tierno amigo de las almas! Haced que sean beneficiadas pronto con los frutos de vuestra Cruz y Pasión, las almas de N. y N., así como todas las de los difuntos que padecen en ese lugar de purificación. Así sea.

Oración a Dios Espíritu Santo

¡Oh Espíritu Santo, Dios de amor y de consuelo! ¡Cuán numerosas son las almas que sufren en el purgatorio! ¡Oh Padre de los Pobres!, escuchad nuestras súplicas y los suspiros desgarradores de esas pobres almas abandonadas, y acudid a socorrerlas en su gran miseria. Oh Espíritu Santo, dulce amigo y el mejor consolador, recordad que por medio del Santo Bautismo, de la fe y de la caridad, esas almas se hicieron vuestras esposas y os pertenecerán en el cielo. Refrigeradlas con una pequeña gota del celeste rocío de la gracia, sacadlas pronto de su prisión, conducidlas ante vuestro trono y dadles la corona de la gloria. Así sea.

Epístola

Invocad a María Santísima, a los santos ángeles y a todos los santos, para que sean sus intercesores.

¡Oh María, Madre de misericordia! Escuchad cómo las almas de vuestros siervos y siervas, que vuestro amadísimo Hijo redimió a costa de su Sangre preciosa, desde su prisión elevan a Vos sus clamores y sus súplicas. ¡Oh María, Madre afligidísima! Mirad sus lágrimas ardientes, oíd sus dolorosos gemidos y rogad por ellas a vuestro divino Hijo, que nada os niega. ¡Oh dulce, oh buena y tierna Virgen María! Sacad de ese lugar a esas almas que sufren tanto, pero que os son tan queridas, y llevadlas a gozar de Jesús, fruto bendito de vuestro vientre. Así sea.

¡Oh vosotros que habéis sido los ángeles de guarda de esas almas y fuísteis establecidos por Dios para favorecer a salvación de los hombres, mirad allí a esas almas que os fueron confiadas! ¿Quién podrá contar las súplicas y suspiros que os dirigen al cielo? ¡Cuán ardientes son sus deseos de irse a reunir con vosotros! Rogad a Dios perdone las penas que aún les falta expiar. Consoladlas, fortificadlas, aliviadlas, y conseguid llevarlas a gozar eternamente. Así sea.

¡Oh vosotros, amigos y elegidos de Dios!, mirad con ojos llenos de amor a las almas de vuestros hermanos y hermanas en Jesucristo, que sufren tantísimo. ¡Ah!, su lugar está a vuestro lado en el reino celestial. Presentaos, pues, ante el trono de Dios, uno en tres personas, y ofreced vuestros méritos, vuestros martirios y vuestra muerte, en unión de los méritos infinitos de la Pasión y Muerte de Jesucristo. Suplicad y clamad hasta que consigáis por vuestra intercesión sacar a esas almas de su prisión, y asociarlas a vuestra felicidad en el cielo. Así sea.

Ofertorio

Trasportados, en unión de las almas del Purgatorio, al Calvario; y presentad ante los ojos del Padre Eterno, todo lo que por ellas sufrió Jesucristo.

Recibid, Padre celestial, este santo Sacrificio del pan y del vino que el Sacerdote ofrece en el altar en vuestro honor y para beneficiar a los vivos y a los muertos. Os lo ofrezco también por las almas de N., y N., y por todas las otras que están aún detenidas en el purgatorio. Todos sus tormentos y súplicas, sus suspiros, sus lágrimas, sus gemidos y lamentos dolorosos, su ansiedad por ir al cielo, todos estos sentimientos los deposito en espíritu sobre el altar, para que mezclados a la sangre y a los sufrimientos de Jesucristo, os sean ofrecidos como un sacrificio de expiación.

Acordaos, oh tierno Padre, cómo vuestro Hijo único, por mí y por todos los hombres, fue atormentado tan cruelmente, y tan ignominiosamente crucificado, y tened piedad de las almas, por las que oigo esta Misa, como también por todas aquellas que sufren en el purgatorio y en particular por las que están más próximas de ser liberadas.

Padre lleno de bondad, por vuestro Hijo coronado de espinas, tened piedad de as pobres almas que están sufriendo por culpa mía. Mirad sus brazos extendidos, sus manos y pies atravesados con clavos, y su corazón abierto; y apiadaos de las almas que más sufren y más tiempo tienen que expiar en el Purgatorio. Así sea.

Consagración

Rogad a Jesús, por su dolorosa efusión de sangre, venga a socorrer a las almas del purgatorio.

A la elevación de la Santa Hostia

“Señor mío, y Dios mío”. ¡Oh Jesús, mi Dios y mi Salvador! Creo que estáis realmente presente obre el altar en la santa Hostia, con vuestra divinidad y humanidad, vuestra carne y vuestra sangre. Adoro esa sangre preciosísima que derramásteis hasta la última gota para nuestra salvación, y os ruego la apliquéis para rescatar a las almas del purgatorio.

A la elevación del Cáliz

¡Oh mi bondadoso Salvador! Adoro esa sangre divina que está ahora en el cáliz; una sola gota bastaría para apagar todas las llamas del purgatorio. Concedednos, oh, amado Jesús, que por virtud de vuestra sangre adorable, esas pobrecillas almas sean libertadas de sus penas.

Después de la consagración

Yo os adoro, preciosa Sangre de mi Salvador. Es la misma Sangre que en el jardín de los Olivos salió de las venas de mi Jesús agonizante. Rociad, Jesús mío, con vuestro sudor de sangre a las almas de los difuntos y purificadlas. Es la misma Sangre que derramasteis, oh Redentor mío, cuando fuisteis azotado en el pretorio de Pilatos.

¡Oh Jesús mío! Ofreced a vuestro Padre celestial una sola gota de esa Sangre, en satisfacción de todas las penas que sufren las almas del purgatorio.

Es la misma Sangre que las numerosas espinas hicieron brotar de la bendita cabeza de mi salvador. Oh Jesucristo, mi Rey coronado, dad a cada una de esas almas que sufren en el purgatorio una gota de esa Sangre, para que puedan regenerarse e ir al cielo alabarte. Es la misma Sangre que salió de las manos, de los pies y del costado de mi Salvador crucificado. ¡Oh mi amadísimo Jesús! haced que esta sangre adorable que sale de vuestras heridas, se derrame en el purgatorio, para apagar su fuego, para librar a las almas de sus tormentos y para que vayan a gozar de Dios eternamente. Así sea.

Comunión

Encomendad las almas del purgatorio a las cinco llagas de Jesús.

¡Oh mi Jesús crucificado!, humildemente adoro la llaga de vuestra mano derecha, y en ella coloco las almas de mi padre, madre, hermanos, parientes, bienhechores, amigos y enemigos. Por la sangre que de ella salió, tened piedad de estas almas, y sedles propicio.

¡Oh mi bondadoso Jesús!, devotamente adoro la llaga de vuestra mano izquierda, y en ella coloco las almas que más necesidad tienen de vuestro socorro. Por la sangre que de ella salió y por los dolores que padecisteis, cubridlas con vuestra dulce mano, y aliviadlas de sus penas tan largas.

¡Oh piadosísimo Jesús!, tiernamente adoro la llaga de vuestro pie derecho, y en ella coloco las almas por quienes Vos queréis que ruegue. Por la sangre que de ella salió y por los dolores que padecisteis, dirigidles las siguientes palabras: “Hoy estaréis conmigo en el paraíso”.

¡Oh Jesús pacientísimo!, fervorosamente adoro la llaga de vuestro pie izquierdo, y en ella coloco las almas que más devoción han tenido a vuestra dolorosa Pasión y a los sufrimientos de vuestra Madre afligida. Por la sangre que de ella salió y por los dolores que padecisteis, dignaos perdonarles generosamente sus penas.

¡Oh Jesús misericordioso!, con todo mi corazón adoro la sacratísima llaga de vuestro costado, y en ella coloco las almas por las cuales me he propuesto oír esta misa. Por el agua y sangre que de ella salió y por el horrible martirio que durante tres horas padecisteis en la cruz, dignaos, por intercesión de nuestra Madre dolorosa, apagar la abrasadora hoguera que las consume, y recibirlas en la gloria. Amén.

Después de la comunión

Introducid las almas del purgatorio en el Corazón abierto de Jesús, y rogad que sean admitidas en el reino de los cielos.

¡Oh dulcísimo Jesús!, que nos habéis amado tanto, que no sólo os quedasteis en el Sacramento de amor para unir vuestro Corazón al nuestro, sino que además lo dejasteis enteramente abierto, después de vuestra muerte; para que fuese para todos los fieles difuntos una puerta que los conduzca al cielo; os ruego, que por el inconmensurable amor de vuestro Corazón atravesado, os dignéis abrir esa puerta del cielo a las almas del purgatorio, y por ella conducirlas a vuestro reino. Oid a esas almas ¡como claman sin cesar a la puerta de vuestro corazón! ¡Abrid, Señor, abrid vuestro Corazón! Jesús misericordioso, desde las profundidades del abismo, abrasados clamamos a Vos, para que escuchéis nuestras súplicas y oigáis propicio nuestros ruegos, porque sólo cerca de Vos, se encuentra reconciliación y superabundante redención. Jesús piadosísimo, no tengáis por más tiempo cerrado vuestro Corazón herido de amor. Por la angustia y la aflicción, por el abandono y mortal agonía que vuestro Corazón sufrió durante el tiempo de vuestra Pasión, y por los siete dolores del Corazón de María, os suplico os dignéis abrir la puerta de salvación de vuestro amantísimo Corazón, para que por ella puedan entrar en el cielo las almas por quienes os he rogado en particular, como también todas las que con ellas están purificándose en el purgatorio. Concededme, por intercesión de estas almas, la gracia de vivir cristianamente, de tener una santa muerte, y que no sea yo detenido en el purgatorio, sino que por la puerta de vuestro divino Corazón, penetre a gozar de la eterna beatitud. Así sea.

Fuente: Manual del cristiano. R.P. Jaime Pons, S.J. 
Madrid, 1930