Anuncio del Mesías en el Antiguo Testamento

Adán

Adán es la primera figura del Salvador prometido. Prefigura al Mesías por semejanza y por contraste. Por semejanza es la obra maestra de Dios, tanto  de la creación terrestre como de la celeste. Adán fue establecido rey del universo: Dios le dio el poder de dominar sobre los peces del mar, las aves del cielo y sobre todo animal terrestre; Jesús declara que “todo poder le ha sido dado, en el cielo como en la tierra”. Adán duerme; de una de sus costillas Dios le forma una compañera; Jesús duerme sobre la cruz con el sueño de la muerte; su costado es abierto y la Iglesia, su Esposa, surge prefigurada por la sangre y el agua.

Entre Adán y Eva existe una sociedad insoluble; entre Jesucristo y su Iglesia existe una sociedad que no terminará nunca: “He aquí que estoy con ustedes todos los días hasta la consumación de los siglos”.

Adán peca y es arrojado del paraíso terrestre; Jesús se hizo pecado por amor a nosotros, después de haber descendido del paraíso celeste.

Por contraste, Adán es el padre de todos los hombres según la carne; Jesús es el padre de todos los hombres según el espíritu.

Por el pecado de Adán, todos los hombres cayeron en la condenación; por la justicia de Jesús, todos los hombres reciben la justificación. Por Adán vino la muerte; por Jesús, la resurrección de los muertos. Todos mueren en Adán, todos revivirán, igualmente, en Cristo.


Abel

Abel, el segundo hijo de Adán es, también, una figura del Mesías: Abel fue pastor de ovejas: Jesús es el pastor de almas, llama a los cristianos sus ovejas y a la Iglesia su rebaño: “Yo soy el buen Pastor, y conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen”.

El sacrificio de Abel fue agradable a Dios y el Caín, rechazado; el sacrificio de Jesús es el único que Dios acepta para la remisión de los pecados; los de la antigua ley carecen de valor para este efecto: “Lo que se ofrece según la ley no te complació. Digo entonces: Heme aquí, vengo para hacer, Dios mío, tu voluntad; abolió el primer sacrificio, para establecer le segundo (Hebr X, 9-9).

Abel por su piedad y su inocencia, excitó la envidia de Caín, su hermano; Jesús, por su santidad y sus milagros, se atrajo el odio de los judíos, sus hermanos. Caín dijo a Abel: “Salgamos”, y cuando estuvieron en el campo, lo mató; los judíos condujeron a Jesús fuera de los muros de Jerusalén y lo crucificaron en el Gólgota.

“La voz de sangre de tu hermano clama hasta mí” dice Dios a Caín; la aspersión de sangre de Jesús es más elocuente que la de la sangre de Abel”, dice San Pablo.

Adán es consolado por el nacimiento de Seth, hijo de bendición, perpetúa la raza de los justos; Dios es, por así decirlo, consolado de la muerte de Cristo, por el nacimiento de una multitud incontable de cristianos, hijos de Dios por adopción.


Henoch

El Mesías es también prefigurado por el Patriarca Henoch, que Dios llevó vivo al cielo:

Henoch llevó una vida pura y “caminó siempre con Dios”, dice la escritura; Jesús conoció todas las miserias humanas, excepto el pecado, dice san Pablo.

Henoch, según el testimonio de san Judas, profetizó en estos términos: “He aquí que viene el Señor, acompañado de todos sus millones de Ángeles, para juzgar y condenar a todos loa malvados y todos los impíos (Jud. XIV); Jesús, sin dejar de hacer al bien por todos lados, no dejó de amenazar a los malvados con la cólera celeste.

Henoch fue llevado vivo al cielo: Jesús, después de su resurrección, subió al cielo por su propia virtud, los santos Padres aplican a Henoch y a Elías estas palabras del Apocalipsis: “Daré a mis dos testigos e poder de profetizar… la bestia que sube del abismo les hará la guerra, los vencerá y los matará; … sus cuerpos permanecerán tres días y medio sin sepultura… pero después Dios soplará sobre ellos un espíritu de vida… y subirán al cielo en una nube, a la vista de sus enemigos (Apoc. II 3 y ss); “¿esta profecía no se ha realizado en el Salvador? Jesús fue matado por los judíos, instigados por el demonio, y, luego permaneció tres días en la tumba, resucitó glorioso y subió al cielo cuarenta días después de su resurrección.


Noé

Noé fue la consolación de su padre Lamech: esto es lo que significa el nombre Noé; Jesús (este nombre significa Salvador) es, por la salvación que procura a los hombres, la consolación del Padre Eterno, que el pecado había irritado.

Noe fue un hombre justo y perfecto en medio de los hombres de tu tiempo; Noé, por orden de Dios, construyó un arca que debía salvar a todo aquellos que estaban con él. Jesús estableció la Iglesia, especie de arca providencial, fuera de la cual no hay salvación.

A la vez que construía el arca, Noé no dejaba de predicar la penitencia y no dejaba de decir a los judíos: “Hagan penitencia; si no hacen penitencia, perecerán todos”; y  nadie le escuchaba.

Después del sacrificio ofrecido a la salida del arca, Dios Hizo alianza con Noé; después del sacrificio de la cruz, Dios lo hizo con Nuestro Señor, y mediante Él con los hombres, una alianza que será eterna.

Noé repobló la tierra; nuestro Señor la pobló de justos, y el cielo de santos.

Noe fue ultrajado por Cam; Jesús expuesto sobre la cruz, fue ultrajado por los judíos. Cam, hijo de Noé, fue maldito en su posteridad, y sus hermanos, benditos de Dios; los Judíos insultadores fueron malditos de Dios y los verdaderos hijos de Israel, los discípulos de Jesús, fueron colmados de bendiciones.


Abrahán

Abrahán, dice la escritura, “estaba cargado de años (tenía cien) cuando engendró a Isaac; Jesús es llamado por Daniel “el Anciano de los días” (Dan. VII.9)”.

Abrahán es el padre del pueblo de Dios: “Te haré padre de un gran pueblo, te bendeciré, haré célebre tu nombre y serás bendito. Bendeciré a los que te bendicen y maldeciré a los que te maldigan (Gen XII. 2.3); Jesús es el Padre del pueblo cristiano; es el bendito de Dios y “recibió en heredad las naciones y en posesión las extremidades de la tierra. “Los que bendicen son bendecidos y malditos los que maldicen.

Las figuras que precede nos han presentado al Mesías como “el rey de un mundo nuevo, como un justo sufriente y perseguido, como un profetaamado por Dios y despreciado por los hombres, como un salvador y, finalmente, como el padre de un pueblo nuevo.


Melquisedec

San Pablo, en persona, nos muestra en Melquisedec la figura de Jesucristo (Hebr VII. 2.3)

“No se conoce ni a su padre ni a su madre, ni su genealogía, ni el comienzo ni el fin de su vida “; Jesucristo no tiene padre sobre la tierra ni madre en el cielo; no tiene comienzo y no tendrá fin.

Melquisedec quiere decir: rey de justicia y de paz: ¿Jesucristo no es por excelencia el rey de la justicia y de la paz?

Melquisedec era sacerdote del Altísimo; Jesucristo fue hecho “sacerdote eterno, según el orden de Melquisedec”.

Melquisedec, en su calidad de sacerdote, ofreció pan y vino; Jesucristo instituyó el santo sacrificio de la misa bajo esas mismas especies de pan y de  vino.

Melquisedec bendijo a Abrahán y en él a todas las naciones; Jesucristo bendice a la Iglesia, cuyos miembros son los verdaderos hijos de Abrahán, padre de todos los creyentes.

Melquisedec ejerció su sacerdocio, no sólo respecto de los paganos, sino también respecto de Abrahán, padre de los judíos; Jesús, el sacerdote por excelencia, instituyó su sacerdocio para la conversión tanto de judíos como de gentiles.

Melquisedec era a la vez sacerdote y rey; Jesús, también, es sacerdote y rey eterno.


Isaac

El nacimiento de Isaac fue anunciado a Sara por un ángel; de manera semejante, un ángel fue el que anunció a María el nacimiento de Jesús.

Isaac, hijo único de Sara, inocente, fue condenado a morir; Jesús, hijo único de María, la inocencia misma, fue también condenado a muerte.

Isaac debe ser inmolado por su padre; es Dios Padre que ejecuta, por la mano de los judíos, la sentencia de muerte pronunciada contra su Hijo.

Isaac subió el monte Moriah cargando la madera que debía consumirlo; Jesús subió la montaña del Calvario, cargando su cruz sobre sus espaldas.

Isaac consiente a su inmolación y se deja amarrar a la hoguera sin resistencia; Jesús se ofrece a la muerte y se deja clavar a la cruz, abandonándose a sus ejecutores.

Isaac no se inmola ni resucita más que en figura; Jesucristo muerte y resucita en realidad.

Isaac es recompensado por su obediencia por la promesa de una posterioridad numerosa: Jesucristo, “se hizo obediente hasta la muerte de cruz. Por ese motivo, Dios lo exaltó y le dio un nombre por encima de todo nombre”.

Esta figura agrega dos cosas a las figuras precedentes: nos dice en qué lugar será inmolado el Salvador, y nos enseña que morirá por orden de su Padre.

De esta manera, el gran retrato del Mesías-Redentor se forma poco a poco.


El carnero inmolado por Abrahán

No es sino hasta el carnero que substituyó a Isaac por el sacrificio, que se encuentran trazos de semejanza con el Mesías:

El carnero, emblema de la inocencia, de la paciencia, está consagrado a la muerte desde su nacimiento; Jesucristo, la inocencia misma, no vino a este mundo sino para morir y, durante el curso de su pasión, jamás abrió la boca para quejarse.
La lana del carnero sirve para hacernos vestidos; san Pablo nos invita a “revestirnos” de Cristo (Rom XIII. 14).”

La carne del cordero sirve para nuestro alimento; Jesús mismo nos dice que “si no comemos su carne y si no bebemos su sangre, no tendremos vida en nosotros (Jn VI. 50)”.

El carnero de Abrahán estaba cogido de los cuernos por las espinas de una zarza; es la imagen de Jesús coronado de espinas.

Abrahán percibió al carnero detrás de sí; el Mesías no debía salir de su raza sino mucho tiempo después de su muerte.

El carnero fue sacrificado en lugar del hijo de Abrahán; Jesús sufrió la muerte en lugar de los hombres, hijos de Dios, que lo habían merecido.

El carnero fue inmolado sobre el monte Moriah, no lejos de Jerusalén; Jesús fue crucificado sobre el monte del Gólgota, igualmente cercano a Jerusalén.


Jacob

De Padre a Hijo, los patriarcas van, uno tras otro, como pintores que darán según su turno algunas pinceladas a un retrato, a suministrar algunos elementos de semejanza con el Salvador:

Jacobo, dulce y virtuoso, fue perseguido por su hermano Esaú, debido a las bendiciones que recibió de su padre: Jesús, la dulzura y la santidad mismas, fue también odiado por los judíos, porque recibió de Dios, su Padre, omnipotencia en obras y en palabras.

Jacob, hijo de un padre muy rico, y él mismo muy rico, se pone en ruta solo y a pie; Jesús, hijo de Dios, y Dios mismo, desciende del cielo en la absoluta indigencia.

Jacob, sorprendido por la noche, se vio obligado a dormir en medio del desierto, y a colocar una piedra debajo de su cabeza para servirle de almohada; Jesús, es tan pobre que no tiene siquiera una piedra donde descansar la cabeza.

Jacob, por mandato de su padre, va a buscar una esposa en un país lejano; no la obtiene sino luego de largos y rudos trabajos y regresó a su patria para recibir de nuevo la bendición de Isaac; el Hijo de Dios fue enviado por su Padre a la tierra para adquirir, al precio de su sangre, la Iglesia que es su Esposa, y regresa al cielo donde será objeto de una bendición eterna.

Por sus doce hijos, Jacob se convierte en el jefe de una  multitud innumerable de elegidos.


José

Entre los hijos de Jacob, es una de las imágenes más sorprendentes del Mesías Redentor:

José estuvo expuesto a los celos de sus hermanos porque era más amado que ellos por su padre, quien les anuncia su grandeza futura; Jesús, objeto de las complacencias del Padre, se proclama el Mesías y se convierte, por eso, en el objeto del odio y de la envidia de los judíos, sus compatriotas.

José, enviado a sus hermanos, fue vendido por ellos a mercaderes extranjeros. Jesús, enviado a los judíos, fue vendido por un judío, Judas, y entregado a extranjeros, a los romanos.

La túnica de José fue empapada con la sangre de una cabra; la túnica de Jesús fue embebida con la sangre de su flagelación.
José fue vendido como esclavo a Putifar; Jesús padeció el suplicio de la cruz, reservado a los esclavos.

José, detenido con dos prisioneros, anuncia a uno su muerte, y al otro su liberación gloriosa; Jesús crucificado entre dos ladrones, promete a uno la felicidad del cielo y abandona al otro a la condenación, a causa de su impenitencia.

José pasa de su prisión a las gradas del trono; Jesús sale glorioso de la tumba.

José nutría al pueblo con el trigo que había almacenado; Jesús es el pan de vida bajado del cielo.

El faraón cambió el nombre de José y lo llamó Salvador del mundo; Jesús es, verdaderamente, el Salvador por excelencia.
José perdona a sus hermanos; Jesús perdona a sus verdugos.

El Faraón colma a José de honores; delante del nombre de Jesús toda rodilla se dobla sobre la tierra y en los infiernos.

Esta figura nos enseña que el Salvador será condenado por un crimen que no cometió y que perdona a sus ene

 

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