6 de abril de 2003 - 2:10 PM

Obispo mexicano señala: lideres deben renunciar al propio orgullo para alcanzar la paz

Redacción ACI Prensa

Obispo mexicano señala: lideres deben renunciar al propio orgullo para alcanzar la paz

En el marco de la Eucaristía dominical, Mons. Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo de San Cristóbal de las Casas, afirmó que para alcanzar la paz en el mundo “los poderosos deberían renunciar a su orgullo, a su pretensión de dominio más allá de sus fronteras, a la idolatría de su poder destructor”. Durante su homilía, Mons. Arizmendi señaló que “es un absurdo que los líderes de ambas partes de la guerra invoquen el nombre de Dios para justificarse, para exacerbar más los ánimos encontrados. Esta no puede ser una guerra de religiones. No es un enfrentamiento entre islamismo y cristianismo”.

Luego, el Prelado subrayó que “Dios no es un guerrero, ni un opresor, sino un liberador y un servidor. Su servicio llega al extremo de dar la vida por nosotros, aunque seamos sus enemigos por el pecado. Además, Jesús nos enseña que el poder es para servir; y el servicio es dar vida a los demás, no muerte y destrucción”.

“Ante tantos dolores y quebrantos que Jesús padeció, y que hoy sigue padeciendo en los que sufren los horrores de esta guerra absurda, el Salmo 50 nos invita a pedir perdón y esforzarnos por cambiar de vida”, agregó.

Más adelante, el Obispo mexicano recordó que “Jesús no ofrece a sus seguidores placeres y una vida cómoda y fácil. Todo lo contrario. Nos dice explícitamente que, si lo queremos seguir, hemos de hacer morir y sepultar muchas cosas, como costumbres, actitudes y criterios contrarios a su Evangelio”.

“¡Cuánto cuesta tal renuncia! –continuó– Por eso, son pocos los que entienden y viven seriamente el Evangelio de Jesús. Al contrario, mucha gente se obsesiona por darle gusto al cuerpo, por acumular cosas, por comprar cuanto ofrece la publicidad, por tener experiencias nuevas y raras. Después de tener todo eso, se sienten, sin embargo, vacíos interiormente”.

Tras preguntar a la feligresía “¿quiere usted que en su familia haya paz y armonía?”, Mons. Arizmendi resaltó que es necesario “sepultar su orgullo y prepotencia, su comodidad y pereza, sus excesos verbales, sus vicios y malas amistades, sus mentiras e infidelidades, sus resentimientos, envidias y todo aquello que haga sufrir injustamente a los suyos. Sin estas renuncias, no se haga ilusiones; no podrá usted sentirse a gusto ni en su propia casa”.

Asimismo, el Prelado preguntó “¿queremos que haya paz y justicia en Chiapas y en todo México? Hay que sepultar calumnias, falsos testimonios, acusaciones sin fundamento, procesos penales irregulares, violación de derechos humanos, torturas, violencia, venganzas, arbitrariedades de quienes ejercen algún poder”.

Ante ello, el obispo expresó que “si no luchamos para que desaparezcan estos pecados, sólo seguiremos envenenando el ambiente social y provocando desconfianza contra todo y contra todos. Si en vez de estar echando culpas a los demás, a los gobernantes y a los sistemas, cada uno hace lo posible por sepultar el pecado que lleva dentro, entonces nos sentiremos orgullosos de nuestra patria. Transformar a México requiere sacrificio y cruz personal y social”.

Al referirse a la función del obispo, Mons. Arizmendi indicó que “los obispos, de todos los tiempos y de todas las personalidades, debemos continuar cuanto Jesús hizo y ordenó hacer. Nosotros no somos dueños de la Iglesia, ni debemos hacer girar a los creyentes en torno nuestro”.

“Debemos procurar que nuestro pueblo se acerque a Jesucristo, lo busque y se encuentre con El. Nosotros no somos el centro, sino un puente para llegar a Jesús. Como Juan Bautista, tenemos la tarea de presentar ante los demás a Jesús, para que él crezca en los fieles, sin pretender ocupar su lugar. Los obispos no somos los redentores, sino quienes acercan a todos al Redentor”, resaltó.

Finalmente, el Prelado recordó que “este encuentro con Jesucristo se hace posible en la oración, en la escucha de la Palabra de Dios, en las celebraciones litúrgicas y en el servicio amoroso a los pobres. Estos son los lugares privilegiados donde nuestro pueblo puede abrevar para apagar su sed de Dios. Y estas son las cuatro tareas esenciales de nuestro ministerio episcopal y presbiteral”.

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