El Cardenal Jorge Mejía, archivista y bibliotecario emérito de la Santa Iglesia Romana, consideró urgente que las familias sean un testimonio constante de auténtica vida familiar, frente a las burlas o los cuestionamientos que padece.

El Purpurado disertó sobre la situación de la familia a la luz de las enseñanzas del Papa Benedicto XVI en las jornadas de estudio "Penar la Familia", que organizó la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Católica de Cuyo.

En este contexto, lamentó que afirmaciones como "la familia es un bien" o "la familia es una obra divina", que consideró "indiscutibles" a lo largo del tiempo, resulten "ahora cuestionadas. Y no solamente cuestionadas, sino directamente negadas cuando no escarnecidas y objeto de burla y de desprecio".

El Purpurado enumeró frases de moda: "¿La familia? Una creación de tal o cual circunstancia cultural pasablemente fortuita. ¿El matrimonio entre hombre y mujer? Un episodio ocasional: lo mismo da que sea entre hombre y hombre, entre mujer y mujer. ¿El sexo? Un accidente ocasional como tantos otros, fácilmente corregible con la cirugía plástica. ¿La generación de los hijos por la unión de hombre y mujer? Una tradición superada: los descubrimientos de la bioética brindan una gama de soluciones diversas, a cual más exquisita y refinada. ¿El embrión? Un conjunto de células casuales, que nada impide suprimir si crean inconvenientes, entonces o más cerca del nacimiento, con el recurso que sea".

Advirtió que "esta serie de afirmaciones diseminadas y difundidas por los medios, no son solamente un programa personal de vida, lo cual sería ya bastante alarmante", porque "ahora, la misma serie se convierte, en varias legislaciones nacionales, votadas por parlamentos y otras instituciones semejantes, en reales posibilidades de conducta social, comparables si no superiores a las viejas afirmaciones tradicionales".

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La solución

Frente a esta situación, el Cardenal Mejía consideró que la respuesta más eficaz, "es simplemente el que siguen a pesar de todo, infinidad de familias en el mundo entero: vivir con decisión y alegría lo que viven, matrimonio y no convivencia, conciencia de la diferencia irreductible entre hombre y mujer, generación de los hijos y no experimentos mecánicos y fisiológicos, amor en el placer y no placer sin amor y sin ninguna regla, que al final mata el amor".

"El primer camino es, entonces, el testimonio constante, cotidiano y todavía bastante universal, de las familias que viven como familias", y el segundo, semejante al primero, es "no ceder a la tentación de los espejismos actuales, para no acabar negando con la vida lo que se afirma con las propias convicciones: lo que está mal está mal y no se puede convertir en bien", señaló.

Finalmente, presentó "el tercer camino": recurrir a Dios para que "la conserve en medio de las oscuridades y las desviaciones y las perversiones que los hombres y las mujeres, en virtud de nuestra propia miopía y de nuestra propia estupidez, hemos inventado para nuestro mal".

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