¿Es “Silence” una película recomendable? Obispo responde con crítica de cine

Mons. Robert Barron

LOS ÁNGELES, 02 Ene. 17 / 12:57 pm (ACI).- Este mes de enero será estrenada en Estados Unidos y España la película “Silence” (El Silencio), que trata sobre dos sacerdotes jesuitas que se enfrentan a una violenta persecución cuando viajan al Japón del siglo XVII en busca de su desaparecido mentor, de quien se rumorea, renunció a su fe bajo tortura.

“Silence” fue dirigida por Martin Scorsese y está protagonizada por Andrew Garfield, Adam Driver, Tadanobu Asano, Ciarán Hinds y Liam Neeson, quienes rodaron la película en Taiwán entre enero y mayo del 2015.

El estreno para Latinoamérica será en febrero.

Mons. Robert Barron, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Los Ángeles, hace la siguiente crítica sobre el filme:

Hace tiempo que soy fanático de las películas de Martin Scorsese. Taxi Driver, Raging Bull, Goodfellas, El Aviador, Gangs of New York, The Last Waltz, Casino, son algunas de las películas más importantes de los últimos cuarenta años. El drama sobre crimen, The Departed (2007), fue el tema principal de uno de los primeros comentarios que hice en YouTube.

El catolicismo de Scorsese, aunque mitigado y en conflicto, inspira la mayor parte de su obra. Su filme más reciente, el tan esperado Silence, basado en la novela homónima de Shusaku Endo, es una adición digna a su filmografía. Al igual que muchas de sus otras películas, está marcada por una magnífica cinematografía, excelentes actuaciones tanto de actores principales como de actores secundarios, una narrativa apasionante y suficiente complejidad temática para mantenerte pensando en el futuro previsible.

La historia se desarrolla a mediados del siglo XVII en Japón, donde está en marcha una feroz persecución contra la fe católica. A este peligroso país llegan dos jóvenes sacerdotes jesuitas (interpretados por Adam Driver y Andrew Garfield), descendientes espirituales de San Francisco Javier que son enviados a encontrar al P. Ferreira, su mentor y profesor de seminario que, según los rumores, había apostatado bajo tortura y, en realidad, había pasado al otro lado.

(Advertencia de spoiler)

Inmediatamente al llegar a tierra, son recibidos por un pequeño grupo de cristianos japoneses que habían mantenido su fe bajo tierra durante muchos años. Debido al peligro extremo, los jóvenes sacerdotes se ven obligados a esconderse durante el día, pero pueden participar en el ministerio clandestino por la noche: bautizando, catequizando, confesando, celebrando la Misa. Sin embargo, en poco tiempo las autoridades se dieron cuenta de su presencia y empezaron a sospechar de los cristianos locales, a quienes rodearon y torturaron con la esperanza de atraer a la luz a los sacerdotes.

La escena más memorable de la película, al menos para mí, fue la crucifixión en el mar de cuatro de estos valientes creyentes laicos, quienes atados a unas cruces en la orilla, son golpeados por la marea hasta ahogarse en el transcurso de varios días.

Posteriormente, sus cuerpos se colocan en piras de paja y son quemados hasta convertirse en cenizas, apareciendo para todo el mundo como holocaustos ofrecidos al Señor. Con el tiempo, los sacerdotes son capturados y sometidos a una forma única y terrible de tortura psicológica.

La película se centra en las luchas del P. Rodrigues. Como cristianos japoneses, hombres y mujeres que habían arriesgado sus vidas para protegerlo, son torturados en su presencia y se le invita a renunciar a su fe para poner fin al tormento. Con tan solo pisotear una imagen cristiana, realizar un mero signo externo o una formalidad vacía, liberaría a sus colegas del dolor, pero como buen guerrero, se niega.

Incluso cuando un cristiano japonés es decapitado, no se rinde. Finalmente, y es la escena más devastadora en la película, es llevado ante el P. Ferreira, el mentor que había estado buscando desde su llegada a Japón.

Todos los rumores eran ciertos: este antiguo maestro de la vida cristiana, este héroe jesuita, renunció a su fe, tomó una esposa japonesa y vivía como una especie de filósofo bajo la protección del Estado.

Utilizando una variedad de argumentos, el sacerdote en desgracia trata de convencer a su ex alumno de que abandone la misión de evangelizar en Japón, país que denominó como un "pantano" donde la semilla del cristianismo nunca puede arraigar.

Al día siguiente ante la presencia de cristianos terriblemente torturados, colgados al revés dentro de un pozo lleno de excrementos, se le da nuevamente la oportunidad de pisar una representación del rostro de Cristo.

En el apogeo de su angustia, resistiendo desde el fondo de su corazón, Rodrigues oye lo que él cree que es la voz de Jesús mismo, y finalmente rompe el silencio divino diciéndole que pisotee la imagen. Cuando lo hace, un gallo canta a la distancia.

A raíz de su apostasía, sigue las huellas de Ferreira y se vuelve un pupilo del Estado, un filósofo bien alimentado y bien provisto, a los que regularmente se les llama a pisar una imagen cristiana y renunciar formalmente a su fe. Luego, toma un nombre japonés, una esposa japonesa y vive por muchos años en Japón hasta el día su muerte a la edad de 64, recibiendo un entierro en una ceremonia budista.

¿Qué debemos hacer ante esta historia extraña e inquietante? Como cualquier gran película o novela, Silence obviamente resiste una interpretación unívoca o unilateral. De hecho, casi todos los comentarios que he leído, especialmente de gente religiosa, enfatizan cómo Silence trae maravillosamente la compleja, acodada y ambigua naturaleza de la fe.

Reconociendo plenamente la profunda verdad psicológica y espiritual de esa afirmación, me pregunto si podría añadir una voz algo disidente a la conversación. Me gustaría proponer una comparación, totalmente justificada por los instintos de un soldado llamado Ignacio de Loyola, que fundó la orden jesuita a la que pertenecían todos los misioneros de Silence.

Supongamos que un pequeño equipo de operaciones especiales americanas altamente entrenadas es colocado detrás de las líneas enemigas para una misión peligrosa.

Supongamos, además, que fueron ayudados por civiles leales en el terreno, quienes finalmente son capturados y demuestran estar dispuestos a morir antes que traicionar la misión.

Supongamos, finalmente, que las propias tropas son finalmente detenidas y, bajo tortura, renuncian a su lealtad a los Estados Unidos, se unen a sus oponentes y viven una vida cómoda bajo los auspicios de sus antiguos enemigos. ¿Estaría alguien ansioso de celebrar las complejas capas y la rica ambigüedad de su patriotismo? ¿No los veríamos directamente como cobardes y traidores?

Mi preocupación es que toda la tensión en la complejidad, multivalencia y ambigüedad está al servicio de la élite cultural de hoy, que no es tan diferente de la élite cultural japonesa representada en la película.

Lo que quiero decir es que el establishment secular siempre prefiere a los cristianos vacilantes, inseguros, divididos y ansiosos por privatizar su religión. Y está demasiado dispuesto a desechar a las personas apasionadamente religiosas tildándolas de peligrosas, violentas, y seamos realistas, no tan brillantes.

Revisa el discurso de Ferreira a Rodrigues sobre el supuesto cristianismo simplista del laicado japonés si dudas de mí en este punto. Me pregunto si Shusaku Endo (y quizás Scorsese) nos estaba invitando a apartar la mirada de los sacerdotes y redirigirla a ese maravilloso grupo de piadosos, dedicados y pacifistas laicos que mantuvieron viva la fe cristiana bajo las condiciones más inhóspitas imaginables, y que en el momento decisivo, presenciaron a Cristo con sus vidas.

Mientras que los especialmente entrenados Ferreira y Rodrigues se convirtieron en lacayos pagados de un gobierno tiránico, simples personas que seguían siendo una espina en el lado de la tiranía.

Lo sé, lo sé. Scorsese muestra el cadáver de Rodrigues dentro de su ataúd sosteniendo un pequeño crucifijo, lo que prueba, supongo, que el sacerdote permaneció en cierto sentido cristiano.

Pero otra vez, esa es justamente la clase de cristianismo que la cultura reinante tiene gusto: totalmente privatizado, escondido, inofensivo. Así que bien, tal vez un medio trago para Rodrigues, pero tres tragos con los vasos llenos por los mártires crucificados en la playa.

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Etiquetas: Cine, filme, películas, película católica, Mons. Robert Barron, crítica, Martin Scorsese

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