22 de febrero de 2009 - 3:49 PM

Dignidad y DDHH se fundan en realidad religiosa del hombre, precisa Arzobispo

Redacción ACI Prensa

Mons. Ignazio Sanna, Arzobispo de Oristano (Italia)
Mons. Ignazio Sanna, Arzobispo de Oristano (Italia)

En su intervención en el congreso "Las nuevas fronteras de la genética y el riesgo de la eugenética", el Arzobispo de Oristano, Mons. Ignacio Sanna, destacó la importancia de entender al hombre como imagen de Dios; y por lo tanto con una base espiritual sólida, y precisó que esta comprensión permite que su intrínseca dignidad y sus derechos humanos sean entendidos correctamente.

En el congreso promovido por la Pontificia Academia para la Vida, el Prelado señaló que "la fundamentación teológica es una gran ayuda originante y original, para una compresión auténtica de la dignidad humana y de los derechos del hombre, que nos permite no solo descifrarlos en su verdadero significado, sino también defender a la una de los otros de una posible instrumentación ideológica".

Tras explicar luego que "el fundamento último de la dignidad del ser humano radica en el hecho de que participa de la naturaleza de Dios" y que el "núcleo central de este fundamento teológico es sin duda la concepción del hombre como imagen de Dios", el Arzobispo señaló que la "Gaudium et spes (documento del Concilio Vaticano II, al ofrecer un esbozo de antropología cristiana, centrada toda en el tema de la imagen de Dios, dedica el primer capítulo de la primera parte a la dignidad de la persona humana".

En esta parte del documento, prosiguió, se relaciona a la dignidad humana "la constitución corporal y espiritual del hombre, su inteligencia, con la que participa de la luz de la mente de Dios, la conciencia, considerada como el núcleo más secreto y el sagrario en donde el hombre se encuentra solo con Dios, la libertad, signo altísimo del ser creado a imagen de Dios".

En última instancia, precisa el Prelado en la conferencia publicada por L'Osservatore Romano, "es la dimensión teológica la que sustenta y protege la unicidad y la irrepetibilidad de todo ser humano, que hace de cada hombre una persona, un interlocutor de Dios, la única creatura que Dios ha querido por sí misma".

Este entendimiento del hombre solo se entiende, precisa el Arzobispo, porque Cristo mismo, Dios encarnado, también se hizo hombre. "Esta trascendencia de Dios se revela a nosotros en el evento histórico de Cristo. Para relacionarse con Dios, en su trascendencia, y también para relacionarse con los hombres, en su proximidad, es necesaria la mediación de Cristo. Por ello, la persona tiene una dimensión cristológica, ya sea cuando se le quiere definir en relación a Dios, o cuando se le quiere definir en relación a los otros hombres".

El Arzobispo de Oristano precisa luego que "es claro que al exponer la dimensión teológica y cristológica de la persona no intentamos circunscribir al creyente a la posibilidad de reconocerse, solo de esta forma, a sí mismo y a los otros como sujetos personales y valores absolutos. También los humanismos laicos pueden y deben dar razón de sus afirmaciones del individuo singular como fin incondicionado. La razón humana puede demostrar que el hombre es un ser inteligente y libre, por lo tanto de naturaleza espiritual, y como tal, un fin en sí mismo".

Sin embargo, precisa el Arzobispo, "en realidad, fuera de una visión religiosa que vea al hombre por lo menos en una lejana presencia de Dios, es muy problemático darle fundamento a la dignidad absoluta, y por lo tanto a la intangibilidad del hombre".

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