16 de octubre de 2003 - 2:01 PM

25 años después, Juan Pablo II repite al mundo: “¡No tengáis miedo!”

Redacción ACI Prensa

25 años después, Juan Pablo II repite al mundo: “¡No tengáis miedo!”

El Papa Juan Pablo II repitió esta noche en la Plaza de San Pedro ante unos 50 mil peregrinos de todo el mundo, las palabras con las que se presentó tras ser elegido Pontífice el 16 de octubre de 1978: “¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! Repito hoy con fuerza: ¡Abrid, más aún, abrid de par en par las puertas a Cristo! ¡Dejaos guiar por Él! ¡Confiaos a su amor!” La Misa contó con la participación de más de 300 cardenales y obispos de todo el mundo, líderes políticos, delegaciones oficiales, varios fundadores y superiores, como Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de San Egidio; Chiara Lubich de los Focolares; Luis Fernando Figari de la Familia Sodálite y Sor Nirmala, Superiora de las Misioneras de la Caridad y sucesora de Madre Teresa.

El Pontífice ofreció una intensa homilía en italiano –ayudado por el Mons. Leonardo Sandri, Sustituto de la Secretaria de Estado- cuya traducción ofrecemos a continuación:

“’Cantaré sin fin la misericordia del Señor’. Hace 25 años experimenté de manera particular la divina misericordia. En el Cónclave, a través del Colegio Cardenalicio, Cristo me dijo también a mí, como tiempo atrás a Pedro en el Lago de Genezaret: 'Apacienta mis ovejas'.

Sentía en mi alma el eco de la pregunta dirigida entonces a Pedro: '¿Me amas más que éstos?' ¿Cómo no podía, humanamente hablando, no temblar? ¿Cómo podía no pesarme una responsabilidad así de grande? Ha sido necesario recorrer a la divina misericordia para que a la pregunta de '¿Aceptas?' Pudiera responder con confianza: 'en la obediencia de la fe, ante Cristo mi Señor, confiándome a la Madre de Cristo y de la Iglesia, conciente de la gran dificultad, acepto'.

Hoy, queridos hermanos y hermanas, me es grato compartir con ustedes una experiencia que se prolonga ya un cuarto de siglo. Cada día se desarrolla al interior de mi corazón el mismo diálogo entre Jesús y Pedro. En mi espíritu, fijo en la mirada benévola de Cristo resucitado. Él, aún conociendo mi humana fragilidad, me anima a responder con confianza como Pedro: 'Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo' Y me invita a asumir la responsabilidad que Él mismo me ha confiado.
'El buen pastor ofrece la vida por las ovejas'. Mientras Jesús pronunciaba estas palabras, los apóstoles no sabían que hablaba de Él mismo. No lo sabía ni siquiera Juan, el apóstol predilecto. Lo comprendió en el Calvario, a los pies de la Cruz, viéndolo ofrecer silenciosamente la vida 'por sus ovejas'.

Cuando vino para él y para los otros apóstoles el tiempo de asumir esta misma misión, recordaron entonces sus palabras. Se dieron cuenta de que, sólo porque había asegurado que sería Él quien obraría a través de ellos, ellos habrían sido capaces de cumplir la misión.

Fue especialmente conciente Pedro 'testigo de los sufrimientos de Cristo', que advertía a los ancianos de la Iglesia: 'apacentad la grey de Dios que os he confiado'.
En el curso de los siglos, los sucesores de los apóstoles, guiados por el Espíritu Santo, reúnen la grey de Cristo y la guían hacia el Reino de los cielos, concientes de que pueden asumir tan grande responsabilidad 'por Cristo, con Cristo y en Cristo'.

Esta misma conciencia tuve yo cuando el Señor me llamó a desarrollar la misión de Pedro en esta amada ciudad de Roma y al servicio del mundo entero. Desde el inicio del Pontificado, mis pensamientos, mis oraciones y mis acciones han sido animadas por un único deseo: Testimoniar que Cristo, el Buen Pastor, está presente y obra en su Iglesia. Él está en continua búsqueda de cada oveja perdida, la retorna al rebaño, le cura las heridas;
cuida a la oveja débil y enferma y protege a la fuerte.

Es por ello, desde el primer día, no he dejado de exhortar: '¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! Repito hoy con fuerza: '¡Abrid, más aún, abrid de par en par las puertas a Cristo!' ¡Dejaos guiar por Él! ¡Confiaos a su amor!

Al iniciar mi Pontificado pedí: Ayudad al Papa y a cuantos quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, a servir al hombre y a toda la humanidad'. Mientras con vosotros doy gracias a Dios por estos 25 años, marcados enteramente por su misericordia, siento una particular necesidad de expresar mi gratitud también a vosotros, hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero, que habéis respondido y continuáis respondiendo de diversas maneras a mi pedido de ayuda.

Sólo Dios sabe cuántos sacrificios, oraciones y sufrimientos han sido ofrecidos para sostenerme en mi servicio a la Iglesia. Cuánta benevolencia y solicitud, cuántos signos de comunión me han rodeado este día.

¡Que el buen Dios recompense a todos con generosidad! Os ruego, queridísimos hermanos y hermanas, no interrumpáis esta gran obra de amor por el Sucesor de Pedro. Os lo pido una vez más aún: ¡Ayudad al Papa y cuantos quieren servir a Cristo, a servir al hombre y a la humanidad entera!

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