Estamos casi a la mitad del camino de nuestra jornada de Cuaresma.

¡El tiempo se va rápido! Espero que ustedes estén haciendo buenos progresos en los propósitos que se fijaron esta Cuaresma.

La Cuaresma no significa que ustedes están en arreglos temporales o en negación de sí mismos a corto plazo. No estamos dejando el azúcar en nuestro café solamente para que podamos ver después qué bueno va a saber cuando se acabe la Cuaresma. Nosotros no dejamos de comer postre solamente para poder perder un poco de peso.

Todas las pequeñas negaciones y sacrificios que hacemos son para ayudarnos a crecer y para fortalecernos en nuestra vida espiritual. Necesitamos mirar nuestras disciplinas de Cuaresma de oración, ayuno y dar limosna, como una forma de entrenamiento del cuerpo, la mente y el espíritu. Esas obras tienen la intención de ayudarnos a formar buenos hábitos. Ellas deben ayudarnos a desarrollar virtudes, prácticas y acciones que continuarán como parte de nuestra vida diaria.

De modo que es importante para nosotros tratar de vivir bien la Cuaresma:
usar este tiempo para crecer en el entendimiento de nuestra fe. Queremos que nuestros hábitos de Cuaresma permanezcan con nosotros, de modo que nos lleven a mejorar nuestras vidas como seguidores de Jesucristo.

La pregunta es siempre ¿Cómo podemos “seguir” a Jesús, 2000 años después de que Él caminó sobre esta tierra?

Algunas veces podemos mirar al mundo de Jesús y pensar que no es posible que los Evangelios puedan relacionarse con nuestra realidad moderna. El mundo al que Él vino era radicalmente diferente del mundo en que nosotros vivimos. No autopistas. No economía global y sistema financiero. No electricidad ni agua corriente. No tecnologías, propaganda o medios de comunicación.

Y es verdad: nuestro mundo es muy diferente. Vivimos en una sociedad compleja y todos llevamos vidas complicadas, con muchas demandas y obligaciones.

Todavía somos llamados a seguir a Jesús. Pero, ¿Cómo?

Nuestra fe no es un acuerdo con una serie de principios o de ideas teológicas. Nuestra fe, es fe en esta persona, Jesucristo.

Nosotros nos encontramos con esta persona –vamos a conocerlo, a amarlo y a confiar en Él- en su Iglesia Católica. Y esa es la clave para entender cómo debemos seguirlo.

Jesús prometió que Él permanecería con nosotros en su Iglesia. No importa cuán complejo se vuelva el mundo y no importa cuánto pueda durar el mundo, su promesa es verdadera.

Eso significa que nunca estamos siguiendo a Jesús solos. Lo seguimos siempre en compañía de otros, como sus hermanos y hermanas en la familia de Dios, su Iglesia. No importa donde estemos en nuestra jornada, tenemos a Jesús en las palabras de la Sagrada Escritura y en los sacramentos de su Iglesia.

Por eso es que es tan importante tener una participación activa en la vida de la Iglesia. A través de nuestra educación continua en la fe, de nuestro servicio a otros mediante la participación en los sacramentos, crecemos en nuestra conciencia de la presencia de Jesús en nuestra vida.

Nuestro seguimiento de Jesús debe estar arraigado siempre en nuestra reflexión orante sobre sus palabras y ejemplo en las páginas de los Evangelios. Para realmente progresar en nuestra vida espiritual, necesitamos nutrirnos cada día con la Palabra de Dios.

Pienso que sería un hermoso hábito para ustedes, orar y leer cada día un pasaje de los Evangelios.

Tenemos que leer los Evangelios con oración y como seguidores de Jesús. Siempre debemos leer como si estuviéramos “en la tierra” con Jesús y sus primeros discípulos –escuchando sus palabras y testimoniando sus milagros; hablando a Jesús, haciéndole preguntas, orando con él.

Cuando entramos en este hábito de lectura orante, descubrimos que estamos uniendo nuestra vida a la vida de Jesús. Nuestra jornada se convierte en una parte de su jornada. Él está caminando con nosotros y nosotros estamos siguiendo sus huellas en nuestra propia vida. Nuestra vida se convierte en una conversación continua con Él. Nuestros pensamientos, acciones y oraciones se vuelven un fruto de sus pensamientos, sus acciones y sus oraciones.

Así, oremos unos por otros mientras entramos en el próximo trecho de nuestra jornada de Cuaresma. Esforcémonos juntos por una fe adulta que sea más generosa, más orante y marcada más por un espíritu de sencillez, penitencia y amor sincero por nuestros hermanos y hermanas.

Y pidamos a María, nuestra Madre Santísima, que nos ayude en este tiempo de Cuaresma a escuchar otra vez a su Hijo llamarnos a la conversión de nuestro egoísmo, nuestro orgullo y nuestra injusticia.

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