El arzobispo José H. Gomez pronunció el 12 de mayo el 129° discurso anual de graduación en la Universidad Católica de América en Washington, DC. Durante las ceremonias, la universidad le otorgó al arzobispo un doctorado honoris causa de Bellas Artes, por su contribución a la defensa de los inmigrantes. La universidad también le otorgó títulos honoríficos a otros cuatro inmigrantes que han hecho contribuciones notables a sus comunidades y a su nuevo país. Lo que sigue es el discurso del Arzobispo Gómez:

Queridos amigos y querida clase de 2018:

Qué honor es compartir este podio con estos distinguidos estadounidenses. Y qué testimonio tan notable. Somos verdaderamente una nación que se desarrolla gracias a los dones aportados por pueblos provenientes de todos los lugares.

Hace tres años, tuve el privilegio de estar aquí cuando el Papa Francisco canonizó a San Junípero Serra. Fue un momento histórico; la primera vez en que un santo católico estaba siendo canonizado en tierra estadounidense.

Y es interesante pensar que San Junípero Serra ni siquiera estuvo en Washington, DC. Él fue un misionero hispano que vino de México para predicar y construir en California. Y nunca salió de allí. Los Estados Unidos de América ni siquiera fueron establecidos como nación sino hasta los últimos años de su ministerio.

Pero el Papa tomó la decisión de canonizar al Padre Serra en la capital de nuestra nación, porque él piensa que debemos recordarlo como uno de los “padres fundadores” de nuestra nación.

Yo sueño con que algún día tomemos eso en serio en este país, porque pienso que cuando lo hagamos, empezaremos a entender la historia de Estados Unidos; empezaremos a entender el significado y el propósito de esta nación.

Cada pueblo tiene una historia que contar acerca de su origen y de cómo llegaron aquí.

La historia que los estadounidenses contamos, por lo general comienza con figuras como Washington y Jefferson, Madison y Hamilton. Hablamos de los padres fundadores y de su declaración acerca de que todos nosotros fuimos creados iguales.

Pero la historia estadounidense se inició mucho antes de eso. Por lo menos 200 años antes, los misioneros migrantes estaban ya saludando como a hermanos y hermanas a los pueblos nativos del sudoeste, desde Florida hasta California, y compartiendo con ellos el don más preciado que podían imaginar: el de conocer al Dios vivo.

Antes de que yo llegara a Los Ángeles, fui arzobispo de San Antonio, Texas, que fue evangelizado por el legendario apóstol de Texas, el Venerable Antonio Margil de Jesús. Y esa ciudad está celebrando este año su 300 aniversario. Así que nuestras raíces cristianas son profundas.

No pensamos muy seguido en esto, pero vale la pena recordarlo: la primera lengua no indígena que se habló en este país no fue el inglés. Fue el español.

Los fundadores de Estados Unidos, inclusive el padre Serra, soñaban con una nación en la que los hombres y las mujeres de todas las razas, religiones y orígenes raciales pudieran vivir en igualdad; como hermanos y hermanas e hijos del mismo Dios.

Su visión a futuro ayudó a hacer de ésta una gran nación, excepcional en la historia humana, bendecida con la libertad y comprometida en compartir nuestras bendiciones con toda la raza humana.

Nuestra historia no ha sido pura. Ha estado llena de tragedias y violentas traiciones de nuestros valores más profundos. Pero esta visión de la persona humana siempre nos ha guiado al arrepentimiento y a tratar de hacer las cosas correctamente y cada vez mejor.

Hoy podemos ver los mejores frutos de la visión fundacional de Estados Unidos en los rostros de esta clase de graduados y de graduados honorarios reunidos aquí hoy. Ustedes son la promesa de Estados Unidos.

Sin embargo, amigos míos, sé que muchos de ustedes sienten, como yo, que nuestra gran nación está perdiendo el rumbo.

Mis queridos graduados, ustedes están entrando a una sociedad estadounidense que está más llena de angustias y más amargamente dividida de lo que yo haya visto en toda mi vida. Pero los mayores desafíos que enfrentamos no son acerca de la globalización, la tecnología o la demografía. Creo que nuestro mayor desafío es una crisis de identidad.

Estados Unidos ha perdido el rumbo porque hemos perdido los hilos de nuestra historia nacional. Ya no sabemos quiénes somos como pueblo ni cuál es nuestro propósito nacional.

Digo que éste es nuestro mayor desafío porque, a menos que sepamos quiénes somos y para qué estamos aquí, nunca podremos establecer las prioridades correctas o encontrar las soluciones adecuadas para los muchos desafíos que enfrentamos.

Mis queridos graduados, éste es su llamado en esta hora de nuestra historia. El llamado a contar una nueva historia para un país renovado.

Las historias que nos contamos a nosotros mismos hoy son demasiado pequeñas, demasiado temerosas. No son lo suficientemente generosas como para inspirarnos a enfrentar los desafíos que enfrentamos.

Necesitamos una nueva narrativa que nos defina y nos mantenga unidos como un pueblo unido, con un propósito común. Una narrativa nueva que nos ha de ayudar a ver más allá de nuestros estrechos individualismos y de la mentalidad de nuestro “grupo”.

Necesitamos hablar acerca de la santidad y del heroísmo estadounidenses.

Estados Unidos está vivo en sus santos, ¡y tenemos tantos! Místicos y misioneros; mártires e inmigrantes; refugiados y exiliados. Ellos vinieron de todas partes para compartir sus dones y para hacer de este país lo que tenía que ser, es decir, una luz para las naciones.

Hay santos indígenas, como Black Elk, el indio sioux lakota místico y catequista católico. Hay esclavos liberados como el padre Augustus Tolton, el primer sacerdote negro de nuestro país.

La letanía de los santos estadounidenses sigue y sigue e incluye a siervos de los pobres como a la santa criolla Henriette Delille y a la madre Marianne Cope, que servía a los leprosos; hay artistas y activistas como Dorothy Day y Thomas Merton.

Los santos que mejor conozco son los que provienen de mi tradición católica. Pero hay santos estadounidenses en todas las tradiciones de fe, y en todas las familias y vecindarios.

Ustedes los conocen. Son los santos escondidos, los santos de lo cotidiano: esposas santas y esposos santos, que trabajan arduamente para hacer lo correcto, sacrificándose por sus hijos; por ser buenos amigos y buenos vecinos; sirviendo a los pobres y trabajando por fortalecer sus comunidades.

Necesitamos tener a estas personas como ejemplos. Tenemos que contar sus historias. Hemos de tratar de ser como ellos en nuestras propias vidas.

Una santa estadounidense que significa mucho para mí llegó a este país como refugiada. La llamaban la Madre Luisita. En la Iglesia la llamamos la Venerable María Luisa Josefa del Santísimo Sacramento.

Ella fue una sierva de los pobres, una maestra y sanadora, una esposa y viuda; y más tarde se volvió hermana religiosa. La madre Luisita buscó refugio en Los Ángeles durante las persecuciones anticatólicas en México en la década de 1920.

Estados Unidos la recibió y la Iglesia Católica se hizo cargo de ella. Y ella estableció una comunidad religiosa que todavía sigue prosperando en Los Ángeles.

La madre Luisita solía decirles a todos, “Nacimos para cosas más grandes”.

Amigos míos, éste es el significado de nuestras vidas. Éste es el significado de Estados Unidos.

Los fundadores de este país, los misioneros y los estadistas, conocían esta verdad. Ellos sabían que pertenecemos a una historia que comenzó mucho antes que nosotros, la historia de nuestro Creador. Sabían que nacemos con una dignidad y un destino que nunca pueden ser negados. No importa quiénes seamos, o de dónde provengamos, o cómo hayamos llegado aquí.

Estimados graduados, ahora les toca a ustedes defender estas verdades y transmitírselas a una nueva generación.

La historia del nuevo Estados Unidos es una historia que estamos escribiendo con nuestra vida, con las decisiones que tomamos, y con la manera en que tratamos a las demás personas.

Le pido a Dios que ustedes escriban una historia que esté llena de bondad, de amor y de servicio; y esto, por medio de la oración y dando gracias por los dones sencillos. Pido en mi oración que ustedes busquen siempre saber lo que es correcto, y que tengan el valor de hacerlo.

La gente les dirá que este punto de vista es ingenuo; que no reditúa; que estamos demasiado lejos de esa meta como para alcanzarla. No lo crean.

La historia estadounidense no ha terminado todavía. Continúa en ustedes y en mí. Todavía podemos confiar en la protección de la divina providencia. Todavía podemos abrir nuestra puerta con confianza a las personas que anhelan respirar libremente. Todavía podemos practicar una política que no tenga malicia hacia nadie y sí caridad para todos. Estamos hechos para cosas más grandes.

Gracias por escuchar. ¡Felicidades, Clase de 2018! Que Dios los bendiga a ustedes y a sus familias y también a nuestro gran país.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)