Somos una Iglesia de santos y de mártires.

La gran mayoría están ocultos bajo el humilde testimonio de cada día. En su calendario litúrgico, la Iglesia recuerda “oficialmente” sólo a un número selecto de los incontables santos y mártires que ha habido a lo largo de los siglos.

El domingo pasado, nos alegramos cuando el Papa Francisco canonizó a siete nuevos santos, inclusive a uno de mis héroes personales, San José Sánchez del Río, un joven mártir de México, y a dos más que son importantes para mí y para la familia de Dios de aquí, de Los Ángeles: el argentino “cura Guacho”, San José Gabriel Brochero, y Santa Isabel de la Trinidad, una mística carmelita procedente de la Francia del siglo 20.

La Iglesia eleva a los altares a ciertos santos porque en ellos podemos ver la belleza de la vida cristiana, la promesa de la santidad, y el misterio de la Iglesia.

Pero como decía antes, la mayoría de los santos y mártires de la Iglesia llevan vidas ocultas, conocidas sólo por aquellos cuyas vidas tocaron personalmente. Todos hemos conocido “santos” que vivieron en nuestras familias y en nuestras parroquias, hombres y mujeres que viven con humildad y con fe y que tratan de glorificar a Dios en el curso de su vida diaria normal.

Hay santos ocultos y hay mártires ocultos también.

Somos relativamente privilegiados aquí en Estados Unidos. Los enemigos de la Iglesia hasta ahora sólo han recurrido a los medios coercitivos de la ley, la política y la opinión pública para presionarnos y ejercer su discriminación contra nuestras creencias e instituciones.

En Medio Oriente, los cristianos se enfrentan a la opresión y a la violencia abiertas.

Esta semana me reuniré con un representante de los cristianos perseguidos de Irak, el padre Douglas Bazi, que se encuentra de visita en Los Ángeles para dar a conocer el sufrimiento de su pueblo. El dirigirá un servicio de oración en la Iglesia de San Andrés, en Pasadena, este miércoles 19 de octubre, por la tarde.

El padre Bazi es caldeo y párroco en Erbil, situado en la esquina noreste de Irak, cerca de 50 millas al este de Mosul, que es una antigua y otrora próspera ciudad cristiana, ahora capital autoproclamada del Estado Islámico.

Los cristianos en Erbil todavía oran en arameo, el idioma que Jesús habló. Durante muchos años, han soportado la humillación y el ser catalogados como ciudadanos de segunda clase, como minorías que viven bajo la ley islámica. Estos últimos años, la discriminación se ha convertido en una persecución violenta.

El Estado Islámico ya ha expulsado a más de 150,000 cristianos de Irak. Los creyentes han sido asesinados a gran escala. Las mujeres y las niñas cristianas están siendo vendidas como esclavas sexuales. El Padre Bazi mismo fue secuestrado y torturado: sus captores le golpearon los dientes con un martillo, le fracturaron la espalda y le quemaron muchas partes de su cuerpo.

A principios de este año, el Departamento de Estado de Estados Unidos finalmente se decidió a declarar que la guerra del Estado Islámico contra los cristianos de Medio Oriente es un “genocidio”.

Esa declaración llega con mucho tiempo de retraso. El Papa Francisco ha estado llamando “genocidio” a la persecución de los cristianos de esa región durante varios años, reconociendo que el Estado islámico o ISIS está tratando de llevar a la población cristiana a la extinción.

Al momento en que escribo esto, el gobierno iraquí, respaldado por las fuerzas de Estados Unidos, ha lanzado una ofensiva militar para derrotar a ISIS y reclamar Mosul. Tenemos que orar por los miles de inocentes que van a sufrir daños y desplazamiento durante estos ataques. Y después de que la batalla termine, habrá que rezar por la reconciliación y la conversión de los corazones y de las mentes.

Ante la violencia, el cristiano siempre debe continuar recorriendo el camino del amor, del perdón y de la búsqueda de la reconciliación y el mutuo entendimiento. No importa qué tan brutal sea la violencia, no importa lo difícil que sea perdonar; seguir a Jesús significa que estamos llamados a amar a nuestros enemigos y a orar por los que nos persiguen.

Y en medio de las persecuciones que están teniendo lugar hoy en día, escuchamos historias de gran santidad y gestos heroicos, de misericordia y de perdón. Estos testimonios nos dicen nuevamente que somos una Iglesia que está viva gracias al testimonio de los santos y de los mártires; a muchos de los cuales no conoceremos nunca, ni escucharemos jamás de ellos.

Y somos también una Iglesia universal, una familia de Dios que se extiende por todo el mundo. Esto significa que cuando nuestros hermanos y hermanas están sufriendo, incluso en el otro extremo del mundo, tenemos que acudir en su ayuda en solidaridad y tomando parte con ellos en su lucha por la justicia.

Cuando leemos acerca de las tragedias del Medio Oriente, tenemos que recordar que el cristianismo ha estado vivo en esta parte del mundo, desde los primeros tiempos. De hecho, San Pablo fue convertido a la fe por un sirio cristiano llamado Ananías, que vivió en Damasco.

Oren por mí y yo oraré por ustedes esta semana.

Y juntos pidámosle a nuestra Santa Madre María que conforte y guíe a todos los que están sufriendo persecución en nuestro mundo de hoy.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)