(El 16 de mayo, el Arzobispo Gómez pronunció la homilía en la ordenación episcopal de Monseñor Alejandro D. Aclan como obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Los Ángeles. El texto que viene a continuación es una adaptación de su homilía).

Las palabras del profeta resuenan en nuestros oídos hoy:

«Antes de formarte en el seno de tu madre, ya te conocía;

antes de que tú nacieras, yo te consagré,

y te destiné a ser profeta de las naciones

Tú también has sido llamado, todos fuimos llamados. Dios tiene un amor apasionado y un plan para su creación. No hay nadie aquí hoy —ninguno de nosotros— que no tenga un propósito especial dentro de la providencia de Dios.

Entonces, hermano mío Alex, Dios te ha llamado en este momento y en este lugar; en este momento de la Iglesia. Él te consagra hoy y te nombra obispo, en un tiempo de renovación y de reforma dentro de la Iglesia.

Como sabemos, éste es un tiempo de sombras e incertidumbres. Pero es también un tiempo de esperanza iluminadora y de nuevas posibilidades.

Mis queridos hermanos y hermanas, Jesús sigue construyendo su Iglesia, sigue edificando la hermosa ciudad de Dios sobre la roca de San Pedro y de los 12 cimientos que son los apóstoles.

Eso lo estamos presenciando hoy, en esta ordenación episcopal.

En este día se está colocando una piedra viva sobre ese gran cimiento. Cristo Jesús está llamando a sí a un nuevo sucesor de los apóstoles. Él está construyendo su cuerpo, como lo dice San Pablo en la segunda lectura.

Querido hermano, Jesús te recuerda hoy en el Evangelio que, como obispo, no eres un “señor”, sino un siervo. No eres un “maestro”, sino un padre.

Como obispo, has de dejar que Jesús sea tu único maestro.

Permanece con Él para adorarlo y para mirarlo en la Eucaristía. Habla con Él, aparta un tiempo todos los días para estudiar sus palabras y sus acciones en el Evangelio. Santo Tomás de Aquino solía decir: “Toda acción de Cristo nos sirve de instrucción”. Esto se aplica especialmente en el caso de un obispo.

Querido hermano, le pido a Dios que todos los días seas atraído a penetrar cada vez más profundamente en el corazón de Jesús, de modo que sea su corazón el que palpite dentro del tuyo, para que vivas tu vida como Él lo hizo, no para ti mismo sino para los demás. Y esto para la gloria de Dios y la salvación de tus hermanos y hermanas.

Debes utilizar el poder que Jesús te da, como Jesús usó su propio poder, en la humildad y en el servicio amoroso.

“El Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida para la salvación de muchos”.

Él te dice esas palabras a ti hoy, hermano mío.

Y hoy Él te envía, así como envió a sus primeros apóstoles. Te envía a continuar su misión, a hacer de este mundo su reino, a llamar a nuestros hermanos y hermanas a seguir sus pasos.

Y Jesús va contigo en esta misión. Su Espíritu le sigue hablando todavía a la Iglesia. Y tenemos su promesa de que las puertas del infierno y el poder de la muerte nunca prevalecerán contra nosotros.

Este tiempo de la Iglesia —este tiempo de renovación— es un llamado para que cada uno de nosotros vuelva a Jesús. Es un llamado a proseguir la conversión de nuestros corazones.

En otro momento de reforma en la Iglesia, San Carlos Borromeo les dijo a sus obispos: “Ésta es, de hecho, la tarea a desempeñar: buscar las cosas de Dios y no las nuestras. Éste es el ministerio del pastor”.

Y esta sigue siendo la tarea, sigue siendo el ministerio del pastor. La Iglesia no nos pertenece a ninguno de nosotros. La Iglesia le pertenece a Dios. Y su plan se sigue desarrollando. Tenemos que buscar las cosas de Dios. Tenemos que buscar su voluntad y no la nuestra.

Cristo puede renovarnos. Cristo nos renovará. Solo necesitamos abrir nuestro corazón a su misericordia. Y sólo cuando le hayamos abierto nuestro corazón, podremos abrir nuestra boca para proclamarlo.

Entonces, recordemos las palabras del profeta que escuchamos hoy.

Irás adondequiera que te envíe,

y proclamarás todo lo que yo te mande.

No les tengas miedo, porque yo estaré contigo para protegerte.

Hoy Dios te dice estas palabras a ti de una manera especial, Obispo electo Alex.

Pero también nos dice estas palabras a nosotros, mis queridos hermanos y hermanas, a todos los que formamos parte de la Iglesia en este momento.

Llevemos a Jesús a este mundo, a dondequiera que Él nos envíe. Y proclamemos sus palabras de esperanza y de amor. Llenémonos de valor y recordemos que Dios va con nosotros.

Y que nuestra Santísima Madre María te cuide, mi querido hermano, ahora que das comienzo a tu nuevo ministerio entre nosotros. Que ella sea madre para todos nosotros y nos conduzca a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)