Nuestro Evangelio de esta noche nos lleva a la montaña alta, al monte de Dios. Es casi como si hubiéramos sido testigos elegidos para subir con Jesús, así como en el Evangelio Él eligió a los tres apóstoles —Pedro, Santiago y Juan— para que lo acompañaran.

Tenemos el privilegio de ver esta noche en este Evangelio lo que ellos vieron y de escuchar lo que ellos oyeron, es decir, presenciamos la “transfiguración” de nuestro Señor Jesucristo.

Es una escena asombrosa. El rostro de Jesús “está resplandeciente como el sol”. Sus vestidos se vuelven una “luz blanca”. Los grandes profetas Moisés y Elías aparecen de la nada. Y luego, por supuesto, escuchamos la voz de Dios, hablando desde una nube que cubre todo el cielo.

Es totalmente maravilloso imaginar lo que ellos ven. Esto nos recuerda que nuestras vidas son parte de un gran misterio –de una realidad cósmica— del plan amoroso del Dios vivo.

Mis jóvenes amigos, ustedes y yo formamos “parte del plan”.

En la lectura del profeta Daniel que escuchamos esta noche, presenciamos otra fantástica escena. Dios en su trono rodeado de “ruedas de fuego ardiente” y de “un torrente abundante de fuego”. Y el Hijo del hombre viene sobre las nubes celestiales, y recibe el poder y la gloria para siempre, por sobre “todos los pueblos, naciones y lenguas”.

Una vez más, es algo admirable “visualizar” esta escena. Y, nuevamente, esto nos habla de que nuestra vida es algo más grande de lo que jamás podamos imaginar. Sea lo que sea que esté pasando en nuestras vidas o en el mundo —sean cuales sean las noticias y acontecimientos: las guerras, la política y las celebridades— el plan de Dios sigue adelante.

Esas ruedas de fuego siguen girando “tras bambalinas”. Detrás de todo lo que podemos ver, Dios está estableciendo su reino en este mundo. Está estableciendo una hermosa “ciudad de santos” con gente de todas las naciones y lenguas, y con Jesús como nuestro Rey.

El propósito de nuestras vidas es ser transformados y transfigurados todos los días de nuestras vidas, para que lleguemos a ser cada día más como Jesús, hasta que un día brillemos como el sol, así como vimos brillar como el sol el rostro de Él en el Evangelio de hoy.

Este es el plan de Dios para sus vidas: ser sus hijos e hijas, así como Jesús fue su hijo amado.

Entonces, ¿cómo vamos a hacer esto? Esa es una gran pregunta. Pero tenemos la respuesta en el Evangelio. Escuchamos la voz de Dios, viniendo del cielo en la Transfiguración: “Este es mi hijo amado, en quien me complazco, ¡escúchenlo!”

¡Jesús es la respuesta! ¡Escúchenlo! Este es el mejor consejo que jamás puedan llegar a oír, ¡porque viene de Dios mismo!

Dejen que Jesús sea su maestro, su “entrenador”, su “entrenador personal”. Incluyan su plan en sus vidas. Es un plan de amor, un plan que los llevará a la felicidad.

Dos cosas prácticas que en mi vida me han ayudado a escuchar a Jesús son la oración y la lectura de los Evangelios.

Los animo a que desarrollen estos dos hábitos en su vida. Sé que ya se los he dicho antes, pero es algo tan importante…: aparten todos los días un tiempo para permanecer en silencio y para orar. Hablen con Dios, háganle preguntas y separen también un tiempo para leer y reflexionar sobre sus palabras y su ejemplo en los Evangelios.

Pueden descargar una “aplicación bíblica” en su teléfono y tendrán los Evangelios con ustedes en donde quiera que estén. Cuando tengan un minuto, pueden leer un pasaje del Evangelio. ¡Es mucho mejor que revisar su feed de Instagram!

Cuanto más oramos, más fácil se nos hace abrir nuestros corazones a Dios. Mientras más reflexionemos sobre los Evangelios, más iremos viendo a Jesús vivo y trabajando en nuestras vidas y en el mundo.

Cuanto más tratemos de escuchar a Jesús, más fácil se nos hará escucharlo, más querremos estar con Él en la Eucaristía, en el Sacramento de la Reconciliación.

Y lentamente iremos teniendo una “transfiguración” de nuestras vidas. Así es como se desarrolla todo “detrás del escenario”: empezamos a pensar y a actuar más como Jesús, más como hijos de Dios. Y es una cosa hermosa. Ustedes se dan cuenta de que están alegres, de que son felices.

Cuando en unos minutos continuemos con la celebración de la Eucaristía de esta noche, traten de pensar en esto. Así como Jesús cambia el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía, del mismo modo quiere cambiar nuestras vidas, volviéndolas a su imagen.

Vayamos siempre a Nuestra Madre Santísima, a la Virgen María. Que ella nos ayude a escuchar a Jesús y a ser “transfigurados”. ¡Y que nos ayude a transfigurar nuestro mundo en una Ciudad de Santos!

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)