Con el comienzo del nuevo año escolar, he tenido la bendición en las últimas semanas de celebrar la Misa en algunas de nuestras escuelas secundarias católicas.

La escuela secundaria es un tiempo magnífico de la vida. Es un momento en el que los jóvenes empiezan realmente a pensar en cómo van a vivir. ¿En qué voy a trabajar? ¿Con quién me casaré? ¿Encontraré a la persona adecuada? ¿En dónde voy a vivir? Este es el tiempo en el que algunos empiezan a preguntarse si Dios los llama para ser sacerdotes o para ser consagrados en la vida religiosa.

A veces pienso que nos quedamos atascados porque nos hacemos las preguntas equivocadas. Nos preguntamos: ¿Qué quiero de mi vida? Pero hemos de recordar que la razón de la vida no somos nosotros mismos. La mejor pregunta es siempre: ¿Qué quiere Dios de mi vida? ¿Por qué me hizo?

Y la respuesta que le doy a los jóvenes es que todos hemos nacido para ser santos. Todos nacemos para encontrar a Jesús y para seguirlo. Y cuando lo seguimos, descubrimos el significado de nuestras vidas.

Por supuesto, esto implica algo de labor de convencimiento, tanto en lo que respecta a los jóvenes como en lo que se refiere a los adultos. Muchos de nosotros todavía tenemos ideas equivocadas sobre la santidad y sobre lo que significa ser un santo.

Pero la verdad es que los santos no son personas “extraordinarias”. No son como “extraterrestres” que bajan a la tierra. Demasiada gente piensa eso. Y esto dificulta el poder ayudarles a ver lo que Dios quiere de nuestras vidas.

Los santos son personas comunes y corrientes, como ustedes y como yo. Lo que hace la diferencia es que los santos realmente creen que son hijos de Dios. Ellos creen realmente que Dios los creó con un motivo, para una relación.

Dios no nos creó simplemente para luego dejarnos solos. Dios no es así. Ésa no es su forma de actuar. Dios es nuestro Padre. Él quiere ayudarnos a crecer. Él ama a cada uno de nosotros como a sus propias hijas, como a sus propios hijos.

Por eso Dios envió a Jesús al mundo. Porque él estaba destinado a ser nuestro hermano mayor. Dios lo envió para mostrarnos el camino. Por eso es tan importante para nosotros tener una relación —una relación personal— con Jesús. Porque sólo cuando conocemos a Jesús podemos encontrar la verdadera felicidad, el verdadero amor.

Me parece que uno de los retos que enfrentamos hoy en día es el de ayudar realmente a la gente a creer que podemos tener una relación con Dios.

Por lo tanto, en mis conversaciones con los jóvenes los he estado desafiando a que pasen este año escolar tratando verdaderamente de que su relación con Jesús crezca.
Para mí, crecer en esa relación significa una especie de programa diario en dos pasos.

Primero, necesitamos pasar unos cuantos minutos al día rezando. Necesitamos apagar nuestros teléfonos e intentar estar solos y en silencio con Dios. Sólo háblenle a Jesús que está en su corazón. Háganle preguntas, díganle lo que están pensando, lo qué está pasando en sus vidas.

No necesitamos hacer esto durante mucho tiempo. Basta con unos cuantos minutos. Lo importante es adquirir este hábito de hablar con Jesús.

Para el segundo paso, ¡les digo a nuestros jóvenes que pueden usar sus teléfonos! Prefiero leer los Evangelios en un libro, pero les sugiero que si quieren pueden descargar una aplicación de la Biblia.

Lo importante es hacer un tiempo todos los días para tratar de leer un pasaje de los Evangelios. Para reflexionar un poco sobre las palabras de Jesús y sobre su ejemplo. Piensen en lo que Él está diciendo, en lo que está haciendo. Piensen en la manera en la que responde a las diferentes personas y situaciones.

Les he estado diciendo a los jóvenes que he estado siguiendo un programa tan sencillo como este desde que tenía su edad. Y se los prometo: ¡Funciona! Estos hábitos comienzan a cambiar su vida. Cuanto más oremos, cuanto más reflexionemos sobre los Evangelios, más empezaremos a ver que Jesús está con nosotros, que está trabajando en nuestras vidas y en el mundo.

Y mientras sigamos avanzando en pos de Jesús, empezaremos a pensar y a actuar más como Jesús, más como piensa y actúa un “santo”. Es algo hermoso. Uno se da cuenta de que está lleno de gozo, de que está feliz.

Oren por mí esta semana, que yo estaré orando por ustedes. Y oremos por nuestros jóvenes.

Que nuestra Santísima Madre María los ayude a ellos —y a todos nosotros— a crecer en nuestra relación con Jesús para que podamos llegar a ser santos y para que hagamos, del ser santos el camino para nuestras vidas.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)