Es difícil escribirles algo del asesinato masivo que tuvo lugar en Orlando, Florida, este fin de semana.

Es complicado y frustrante y parece como si ya hubiéramos pasado por esto antes. Tantos tiroteos masivos que ha habido, y ahora otro más que, al parecer, es un acto de terrorismo llevado a cabo en nombre de una ideología religiosa radical. Cuando me enteré de la noticia, me acordé de los homicidios que tuvieron lugar en San Bernardino, hace tan sólo unos meses.

La única respuesta que podemos tener es la de volvernos a Dios en oración. Nuestra oración no es algo pasivo ni tampoco una idea tardía. No es un sustituto para la acción ni una excusa para no hacer nada.

Cuando oramos, nos colocamos a nosotros mismos -a nuestras vidas, a nuestros seres queridos, a nuestro mundo- ante la presencia de los ojos llenos de amor de nuestro Creador. Reconocemos que hay un significado más elevado en los acontecimientos de nuestro tiempo y de nuestra zona; reconocemos que esta violencia sin sentido y este miedo no es “todo lo que hay”.

Recordamos que Dios está con nosotros, y que tiene un plan de amor para la creación y para la vida de cada uno. Y le pedimos al Padre de la creación que esté cerca de sus hijos que lloran, para consolar a los que están de duelo con el fin de fortalecernos a todos para poder vencer el mal con el bien y el odio con el amor.

De modo que, una vez más, estamos orando después de un tiroteo masivo que tuvo lugar en nuestro país. Hemos de orar por las víctimas inocentes de este último ataque, por sus familias y amigos. Hemos de orar por la gente de Orlando y por todos los que en nuestro país temen por el futuro.

Nuestra oración debe expresarse también en un renovado compromiso con la dignidad humana, en un compromiso a favor de la convicción fundamental de que toda vida es preciosa. Tenemos que insistir en que todas las personas están hechas a imagen de Dios y tienen una dignidad y derechos dados por Él, estemos o no de acuerdo con sus creencias o con lo que hacen con sus vidas.

Una vez más, tenemos que insistir en que la violencia nunca puede ser “santificada” y que al Dios vivo y verdadero no se le sirve con el derramamiento de sangre inocente o forzando a otros a creer lo que creemos. Tenemos que construir una nueva cultura de solidaridad y generosidad, una cultura de diálogo. No podemos permitir que nos dividan por medio del miedo a otros que no se parecen a nosotros o que no rezan como nosotros.

En este nuevo tiempo de miedo e incertidumbre, me siento inclinado también a orar con más intensidad por nuestros hermanos y hermanas en Siria, Irak y en todas las partes del mundo en donde el terror se ha convertido en una forma de vida, en donde el simple hecho de ser cristiano significa que la gente sea perseguida y asesinada.

Siempre es tentador dar por sentada nuestra fe o vivir como si el cristianismo no tuviera enemigos. Pero cuando tenemos conocimiento de los cristianos que sufren y mueren por su fe, cuando escuchamos sus historias, sabemos que eso no es cierto. Jesús dijo que debíamos amar a nuestros enemigos. Nunca dijo que no tendríamos ninguno.

Como ya lo he dicho antes, creo que tenemos que convertirnos en una Iglesia que ora todos los días por nuestros hermanos y hermanas perseguidos de todo el mundo.

Las oraciones de los primeros cristianos ayudaron a convertir a San Pablo, de perseguidor de la Iglesia, en discípulo misionero.

Tenemos que tener esa misma y profunda fe en la actualidad. Hemos de orar por la conversión de los que persiguen a la Iglesia. Tenemos que creer realmente que Dios puede revelar a su Hijo a los que en este momento están matando y causando tantos sufrimientos en nombre de la religión.

Los apóstoles enseñaron que el amor perfecto destierra el temor. Y Jesús nos mostró la perfección del amor en la cruz, ese amor de un Dios que no quita la vida, sino que da la suya propia para que nosotros tengamos vida.

En estos tiempos en que las cosas parecen oscuras e inciertas, la cruz permanece en el centro de la historia de la humanidad, como un signo de ese encuentro que siempre es posible entre el pecado humano y la misericordia divina.

La cruz nos muestra que el Dios vivo y verdadero no nos llama a sacrificar la vida de otros para servirlo a Él. La verdadera religión es el amor que le damos libremente a Dios y que expresamos en el sacrificio propio y en el servicio para bien de los demás.

Así que esta semana, al orar unos por otros, mantengamos nuestros ojos fijos en la cruz.

Encomendemos una vez más nuestras vidas al cuidado amoroso de nuestra Santísima Madre María y pidámosle que nos conceda el amor perfecto que destierra todo temor.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)