Este domingo, nos unimos a los católicos de todo el país para marcar el inicio del Mes de Respeto a la Vida.

Entre las iniciativas patrocinadas por nuestra Oficina Arquidiocesana de Vida, Justicia y Paz, me entusiasma poder participar en el “Christian Service 4 Life” (“Servicio Cristiano por la Vida”) en el Centro StubHub, el 9 de octubre.

Este evento se realizará con la colaboración de LifeSoCal, y reunirá a 5,000 estudiantes de nuestras escuelas católicas para alabar al Dios de la Vida y renovar nuestro compromiso de defender la santidad y dignidad de toda vida humana, desde la concepción, a lo largo de los años, hasta la muerte natural.

La Iglesia sirve a la Vida trabajando por la construcción del Reino de Dios, de una Cultura de la Vida. Una cultura en la que la vida es acogida, apreciada y cuidada. Especialmente aquellas vidas que son “inconvenientes” o una carga para los demás, como el niño en el seno materno, los enfermos y discapacitados, los ancianos.

El Reino que buscamos es el de una cultura de compasión y preocupación los unos por los otros. Es un lugar en el que vemos a los demás como hermanos y hermanas. Es un lugar donde nadie es indiferente a los sufrimientos de los demás.

La Iglesia —y cada uno de nosotros— tiene la misión de mostrar el rostro misericordioso de Dios a nuestros prójimos. Sabemos que nuestros prójimos necesitan pan para comer, pero también necesitan alimento espiritual.

En su última entrevista con el diario italiano La Repubblica, nuestro Santo Padre Francisco nos recuerda: “La Iglesia debe sentirse responsable tanto por las almas como por los cuerpos”.

Esto es lo que la Iglesia siempre ha hecho.

Nuestra memoria histórica es corta. Se nos olvida que hasta la llegada del cristianismo no había servicios sociales organizados ni una ética de responsabilidad por los pobres.

Los grandes imperios de la historia pre-cristiana ignoraban a los pobres, a los hambrientos, a los extranjeros y a los encarcelados.

Antes del judaísmo y del cristianismo, no existía el concepto de un Dios que amara a los individuos con un amor personal, con un amor que comienza antes de que la persona haya nacido. Antes del cristianismo, ninguna religión había enseñado jamás que Dios podía ser encontrado en el prójimo.

Pero Jesús enseñó que lo que hacemos por el más pequeño de entre nosotros, lo hacemos por Él. Esto fue revolucionario en aquel entonces y lo sigue siendo aún hoy.

Los primeros cristianos fundaron los primeros hospitales y asilos para los pobres. También cuestionaban el aborto y el control de la natalidad que estaban extendidos por todo el Imperio Romano. En el año 176, un laico católico, Atenágoras, dijo: “Consideramos inclusive al feto en el vientre materno como un ser creado, y por lo tanto, objeto del cuidado de Dios”.

Así que desde el principio, ser cristiano ha significado siempre servir a los pobres y a los que sufren.

Esto es lo que somos. Somos un pueblo de la vida. Y para nosotros, la vida empieza con Dios y sólo Dios puede decidir cuándo ha de terminar.

El trabajo de la Iglesia —y nuestro trabajo como cristianos— es una obra de amor. Y el amor, en la práctica, significa “identificar las necesidades materiales e inmateriales de las personas y tratar de remediarlas como podamos”, dice el Papa.

Y nuestro amor cristiano empieza donde empieza el amor de Dios: cuando la persona está en el seno materno.

La Iglesia siempre ha sabido que la sociedad debe basarse en un profundo respeto —una reverencia— por la vida humana. Sabemos que una cultura sin respeto por la vida, una cultura que ha perdido la reverencia por el misterio de lo que la vida significa, es una cultura que siempre tenderá hacia nuevas formas de servidumbre y de muerte.

Ése es el motivo por el que ayudamos a todos con la mano solícita de Jesucristo, desde la mujer embarazada hasta los discapacitados y ancianos. Siempre somos responsables de la curación de los que están quebrantados en el cuerpo y en el espíritu.

Por eso mismo la Iglesia es la voz de aquellos que no tienen voz. Y en esta cultura, hemos de insistir en que la principal obligación de nuestro gobierno es la de proteger a los inocentes. Eso implica insistir en que nadie —ningún individuo ni institución— puede definir cuáles vidas son “plenamente humanas” o dignas de ser vividas. Eso implica insistir en que a nadie se le puede permitir elegir si alguien vive o muere, o si se le acoge en la comunidad de los vivos.

Entonces, en este Mes de Respeto a la Vida, oremos unos por otros y oremos por nuestra nación.

Pidámosle a María, Madre de la Vida, que nos ayude a ser testigos del nuevo mundo que Jesucristo vino a traer. El Reino de Dios es una cultura de la vida, de la alegría y de la libertad. De la alegría en la creación de Dios. De la libertad de aceptar el regalo de la vida, dado por Dios, y de vivir para compartirlo con los demás.

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