Cada iglesia tiene una historia que contar. Ella cuenta la historia de la gente que la construyó. Ella refleja de dónde vinieron; el tiempo en que llegaron; sus luchas y sacrificios y lo que ellos esperan.

Cada iglesia cuenta una historia de fe, porque la gente se reúne ahí como una familia de fe. Ellos se reúnen como hijos de Dios, hechos hermanos y hermanas por su fe en Jesucristo. Y ellos se reúnen en la presencia de Dios. Así, cada iglesia es una casa de Dios y también un hogar de fe.

Siempre me ha impresionado que “Iglesia” es el nombre que los cristianos dan a los edificios donde nosotros celebramos, pero también es el nombre que nos damos a nosotros mismos. Nosotros celebramos a Jesucristo en una iglesia. Y nosotros somos su Iglesia.

En las palabras de Jesús y los escritos de los apóstoles, su Iglesia Católica es a menudo descrita como un edificio. Nosotros somos “el edificio de Dios”. Somos “Templo de Dios”, construido sobre la piedra angular de Jesucristo y los cimientos de sus doce apóstoles. En las Escrituras, San Pedro y sus sucesores, el Papa, son descritos como “la roca” sobre la cual Cristo está construyendo su  Iglesia. Los apóstoles y sus sucesores, los obispos, son comparados como los “maestros constructores”. Y cada uno de nosotros es una “piedra viviente” que es llamado a edificar la “casa espiritual” de su Iglesia.

Una catedral es una iglesia muy especial. Como cada iglesia, es una casa de oración para una familia de fe. Es el lugar donde nos encontramos con el Dios vivo. Pero esto es también algo más grande.

Una catedral es la “sede” del obispo (su cátedra en latín). Y ya que el ministerio del obispo forma el cimiento de la Iglesia de Cristo en la tierra, cada catedral es un signo del Reino que Jesús vino a proclamar y a establecer.

En cada época y en cada lugar, la catedral es la primera iglesia, la iglesia madre y el fundamento que genera y une a todas las otras iglesias en la gran misión que Jesús confió a su Iglesia.

Este fin de semana estamos celebrando el 10º. Aniversario de la consagración de nuestra Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles, el 2 de septiembre de 2002.

Este es un momento muy especial en la vida de nuestra iglesia local. Y es una experiencia muy conmovedora para mí, ya que yo no estuve aquí durante la construcción de esta catedral. Pero Dios en su gracia, me ha confiado la responsabilidad de esta “sede”. Él me ha llamado a trabajar con su gracia y a edificar sobre los fuertes fundamentos colocados por aquellos que vinieron antes que yo.

Así es el camino en la Iglesia. Nosotros siempre somos trabajadores de Dios. Siempre estamos trabajando con su gracia, construyendo sobre cimientos establecidos por otros.

Los constructores de nuestra Catedral nunca vieron a Jesús. Nunca hablaron con Él. Ellos nacieron 20 siglos tarde para eso. Pero ellos escucharon su evangelio. Vino a ellos a través del testimonio de las “piedras vivientes” de su iglesia, edificada sobre Cristo y los fundamentos de los apóstoles.

Los apóstoles esparcieron la fe desde Galilea y Jerusalén por toda Europa y Asia. Sus sucesores enviaron misioneros a México y al Nuevo Mundo. Y esos misioneros evangelizaron California y trajeron la fe a esta ciudad, que ellos nombraron por Nuestra Señora de Los Ángeles.

Los constructores de nuestra catedral se pusieron ellos mismos al servicio de su gran historia de salvación. Y esta es una tarea para cada uno de nosotros. Estamos llamados a continuar edificando sobre los cimientos que ellos dejaron.

Dios quiere que cada uno de nosotros sea una piedra viviente en su Iglesia. Él nos llama a hacer nuestra parte y a participar en su gran plan de redención para el mundo. Nosotros estamos aquí para construir para Dios y con Dios. Estamos aquí para servir la misión de su Iglesia.

Como signo de nuestra fe como “piedras vivientes”, también estamos dedicando esta semana un nuevo Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, localizado dentro de la catedral.

Yo oro para que este nuevo santuario sirva como un signo de nuestra dedicación a la misión de la Iglesia de la nueva evangelización de nuestra ciudad y nuestro continente.

Al orar unos por otros esta semana, oremos para que este aniversario y este nuevo santuario nos inspiren a vivir nuestra fe con nueva alegría y nueva fuerza.

Pidamos a Nuestra Señora de Los Ángeles que haga de  nuestra Catedral, y de cada iglesia en esta gran arquidiócesis, un lugar donde la familia de Dios sea nutrida, y donde nuevas generaciones puedan encontrar al Dios vivo y conocer su misericordia y salvación.

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